img
Categoría: Copa África
El goleador 'maldito' de la CAN resucitó de entre los muertos

Pierre Ndaye Mulamba, víctima inocente del régimen autoritario de Mobutu en el Zaire, ostenta aún el récord de dianas en un solo torneo de la Copa de África

Tenía el gol por castigo y todo un país rendido a sus pies. Pero el destino tenía guardado un cruel veredicto para Pierre Ndaye Mulamba (Kananga, 1948), a la sazón el récordman goleador en una sola edición de la Copa de África, con 9 dianas, y el único futbolista por el que se ha guardado un minuto de silencio sin estar muerto.

Conducir a golpe de su letal diestra a Zaire (hoy República Democrática del Congo) a la conquista de la CAN de Egipto-74 y convertir a los ‘Leopardos’ en la primera selección del África negra en acudir a una fase final mundialista (Alemania-74) catapultaron a Mulamba al estrellato en el lugar equivocado. Porque competir en fama y notoriedad con Mobutu Sese Seko, el sanguinario dictador que llevó a la ruina a una de las naciones más ricas en recursos naturales del continente, era una guerra imposible de ganar. Y el mejor artillero en la historia del balompié congoleño lo descubriría en sus propias carnes.

El estrépitoso fracaso del mejor equipo africano del momento en el Mundial germano (derrotas por 2-0 ante Escocia, 9-0 con Yugoslavia y 3-0 frente a Brasil) fue el móvil del que se sirvió el tristemente célebre cleptócrata, que sembró de desmanes y crímenes contra la humanidad el Zaire durante más de tres décadas, para masacrar a fuego lento a todos sus integrantes, y en especial al héroe de El Cairo gracias a aquel doblete triunfal ante Zambia en la repetición de la finalísima de la CAN que le reservó un lugar de privilegio en el panteón de los ilustres del torneo.

Mulamba, cuarto por la derecha, con la selección de Zaire

Mobutu nunca perdonaría a Ricky Mavuba (padre de Rio, jugador del Lille) y a Ndaye liderar el motín de sus compañeros en los albores de su debut mundialista motivado por el impago de las primas y regalos (un coche y una mansión en el barrio más elegante de Kinshasa) prometidos por el dictador tras ganar la CAN. Sus amenazas de cruzarse de brazos ante Yugoslavia si el dictador no cumplía su palabra se tradujeron, ante la cerrazón de éste, en la mayor paliza registrada en la historia de los mundiales. Una humillación que el rebautizado Sese Seko no estaba dispuesto a pasar por alto.

El jefe del Estado zaireño ya había dejado rastros de su creciente demencia cuando, durante la Copa de África, les advirtió que no volvieran al país si no era con la copa bajo el brazo. El aviso a navegantes, aunque cristalino, no fue tenido en cuenta por los ‘Leopardos’ en su osado órdago a la persona que se había adueñado de la voluntad de su pueblo desde mediados de los 60.

El silencio y la ignorancia presidieron el retorno de los ‘Leopardos’ a Kinshasa. Mobutu se encargó personalmente de propagar un ‘Alzheimer’ colectivo  entre la Prensa y la afición local. El todopoderoso líder encontró muy pronto en el boxeo la excusa perfecta para perpetuar sus fines: la organización del combate entre Ali y Foreman por el título mundial de los pesos pesados en Kinshasa (30/10/74) relegó al balompié a un papel secundario durante varios meses.

Mientras, su guardia pretoriana hizo el resto del trabajo sucio: privar a todos los jugadores de sus medallas y galardones ganados sobre el césped, obligar a sus clubes a rechazar cuanta oferta llegara del extranjero por sus estrellas y someterles a un acoso constante en sus vidas privadas.

Condenados a jugar para siempre en el campeonato local, ya que fueron apartados ‘sine die’ del equipo nacional, ‘Mutumbula’ (asesino en el dialecto lulua), apodo con el que se le conocía desde sus tiempos mozos en el Renaissance de Kasai, hubo de renunciar a la fuerza a un jugoso traspaso al PSG y, con él, al reconocimiento que sin duda se venía haciendo acreedor desde que en 1973 ganara la Champions africana con el AS Vita, el último de su larga ristra de clubes, al que curiosamente llegó por presiones del mismísimo Mobutu.

DOS BALAZOS Y AL EXILIO

De poco o nada sirvió que sus goles consolidaran la tiranía del club más prominente de la capital a nivel doméstico (ganó tres ligas y tres copas en la segunda mitad de los 70). El ostracismo mediático al que fue sometido se prolongó hasta el final de sus días como profesional, en 1988.

Con todo, el episodio más luctuoso estaba aún por llegar. Sucedió en 1994. La Confederación de Fútbol Africana (CAF) le homenajeó en Túnez por su carrera. Nada más regresar, un grupo de militares asaltaron su casa con nocturnidad y alevosía en busca de la medalla recibida y una supuesta prima que Ndaye nunca percibió. Ante su negativa a ceder una vez más a las presiones de los esbirros de Mobutu, éstos le descerrajaron dos tiros en una pierna y acabaron con la vida de su hijo Tridon.

Malherido, Mulamba fue arrojado por un puente al río Congo, de donde fue rescatado milagrosamente por unos pescadores. La diosa Fortuna quiso que un doctor belga recién llegado a Kinshasa se empeñara en salvarle la pierna, frente a la postura de sus colegas locales. Un par de semanas después, el citado galeno le ayudaba a huir a Sudáfrica.

Su nueva vida como exilado político no resultó fácil. Discapacitado, sin dinero, oficio ni beneficio, Ndaye, a quien los hinchas del Bantou llamaban ‘Volvo’ por el cochazo que le regaló su presidente tras firmar una cincuentena de goles en su primera temporada, conoció de primera mano el significado del término ‘homeless’ en Phillipi, una villa miseria de Ciudad El Cabo. Fueron tiempos durísimos en lo que sobrevivió como aparcacoches, la más popular de las ocupaciones entre los sin techo en el país del Arco iris.

Su condición de indigente, unido a la de prófugo zaireño (como el padre de Mavuba), le privaron de todo tipo de contacto con su familia por más de una década. Sólo la benevolencia de una asistenta social, con la que llegó a contraer matrimonio un año después del fallecimiento de su esposa, le ayudó a respirar y también a encontrar un trabajo digno como entrenador de chavales con problemas.

Sorprendida de su ‘resurrección’ después de que durante un partido de la Copa de África de 1998, celebrada en Burkina Faso, se guardara un minuto de silencio en homenaje a su figura por una supuesta muerte en Angola, la FIFA se acordó al fin del gran goleador congoleño, a quien el propio Sepp Blatter condecoró por su carrera en 2005.

La CAF guardó un minuto de silencio en su honor antes de un partido de la Copa africana de 1998 tras darle por muerto en un accidente de tráfico en Angola

Decepcionado por la temprana eliminación de su país del torneo sudafricano que concluirá este fin de semana, ‘Mutumbula’ echó mano de sus estadísticas para responder a la pregunta de un canal de televisión local respecto a qué es lo que le había faltado a estos ‘Leopardos’ para repetir la gesta del 74: “Un 9 como yo”.

Ver Post >
Akakpo despierta al fin de su pesadilla

A Serge Ognadon Akakpo (Lomé, 1987) los cambios bruscos de temperatura no le sientan demasiado bien. Pasar del frío eslovaco -juega en el Zilina- al calor tórrido sudafricano desperezó ese par de cicatrices que tiene en su espalda, recuerdo imborrable del día más nefasto de su vida.

Pero regresar al continente que le vio nacer para disputar una nueva edición de la Copa de África ha permitido al fibroso central de la selección de Togo cerrar felizmente un círculo que estuvo muy cerca de romperse el 8 de enero de 2010.

El central togolés, uno de los dos jugadores mal heridos en el atentado de Angola, se reivindica con ‘Los Gavilanes’ tres años después en Sudáfrica 2013

Aquel infausto día, el autobús que trasladaba a los ‘Gavilanes’ desde Point-Noire (República del Congo) al enclave angolano de Cabinda para disputar la Copa de África resultó tiroteado por un grupo guerrillero independentista, el FLEC (frente para la Liberación del enclave de Cabinda). Akakpo fue uno de los dos jugadores heridos graves en el intercambio de ráfagas con la escolta que protegía a Adebayor y compañía.

Ver Post >
Cabo Verde o las dentelladas del 'Mou' africano

Lúcio Antunes, controlador aéreo de profesión, lleva al pequeño archipiélago a hacer historia en su primera Copa de África

Hasta el pasado mes de septiembre, las únicas referencias que existían del fútbol caboverdiano allende sus reducidos dominios respondían a nombres propios como Nani, Eliseu, Gelson Fernandes, el díscolo Manuel o el inolvidable Henrik Larsson, aunque en este último caso se debiera a su padre, originario de este archipiélago lusófono integrado por 15 islas e islotes y situado a 570 kilómetros de la costa occidental africana.

Empero, los ‘Tubarões Azuis’ (Tiburones Azules) se sacaron sus complejos de encima el día que la poderosa Camerún visitó Praia, la capital, con la intención de sellar su pasaporte rumbo a Sudáfrica 2013. Nadie, y mucho menos los 10.000 espectadores que abarrotaron aquella tarde el estádio da Várzea, esperaban que los pupilos de Lúcio Antunes se zamparan con un par de finas dentelladas a los ‘Leones Indomables’. El gabinete de crisis ulterior a la debacle insular aceleró el esperado indulto a Samuel Eto’o, convencidos de que con el ex azulgrana al frente enmendarían la plana en Yaoundé. Pero ni siquiera la presencia del futbolista mejor pagado del planeta arredró el paso de una escuadra que ha hecho del descaro, el orden y el buen trato del cuero su tarjeta de presentación.

Ver Post >