«¡Qué entereza la de Sean Connery!». «¡Qué actitud!». «¡Qué gran ejemplo!»; más o menos esto –o aún mejor— me he hinchado a leer estos días en los feibucs de mis amigos/contactos/o lo que sean, todos rendidos al coloso del celuloide, tras descubrirse su heróico rechazo a los cantos de sirena del manzanero Steve Jobs, que en 1998 le ofrecía ‘cambiar el mundo’ rodando anuncios de ordenadores.
Lo que ha circulado, en concreto, ha sido esta carta:
Si no fallan mis décadas de estudio del inglés a cargo del sistema educativo público, el señor Connery no sólo rechaza airadamente al ‘comerciante de ordenador’, sino que se le va un poco la olla asegurando ser «el puto James Bond».
Dejando aparte el asunto de creerse el personaje, y lo bien o mal que pueda caernos el tal Jobs –después de ver ‘Piratas de Sillicon Valley’, la cosa no está como para tirar cohetes—, el gesto de Sean Connery, rechazando poner precio a su integridad.
El único problema es que la carta —que, por cierto, está maravillosamente diseñada— resulta que no es de Connery. En realidad, se trata de una bromita de Scoopertino, una web humorística. Vamos, lo que se dice un fake en toda regla. Y, para más coña, encima ya algo pasado de moda: fue la fiebre de twitter ¡nada menos que en junio del año pasado! El que quiere entretenerse, puede leer la noticia en el Washington Post, o el post original en Scoopertino.
Lo curioso de todo el asunto es que, a pesar de conocer el engaño, todavía hay quien valora positivamente la (supuesta) actitud y dignidad de Connery. ¿Por qué?
Para empezar, el proceso de santificación de Steve Jobs, que llevamos algunos meses sufriendo, ha hecho crecer cierta antipatía contra una figura que se nos vende como la del gran benefactor de la humanidad de los últimos tiempos, cuando en realidad se trataba de lo de siempre, un particular que quería forrarse —con todos los matices que se quiera añadir, por supuesto—. Hace algunos años, quizá la simpatía por el débil —en su lucha contra el imperio del mal, personificado por Micro$oft— jugaba a su favor, pero el éxito desbordante de la familia ipod/iphone/ipad le condena al odio eterno de una gran parte de la población mundial —me temo que esto funciona igual que el fútbol: o soy de tu equipo o te apedreo el autobús–. En fin…
Pero es que, además, entra en juego nuestra mitomanía, y la increíble capacidad que tenemos para seguir tragándonos cualquier milonga, siempre que entre en juego el audiovisual. Por ese motivo, un señor que presenta un telediario nos puede anunciar un banco online o las tarifas de tu estafador de telefonía móvil favorito, y funciona. ¿Por qué? Porque el presentador tiene ‘credibilidad’. Es decir, que sale con un traje muy chulo, bien peinado, y con sonrisa de dentífrico nos recita con cadencia perfecta las mentiras tendenciosas que le ha escrito el redactor de turno. Y cuela, todo cuela, siempre que salga por pantalla.
El caso de Connery, sin embargo, es mucho más curioso. No es que él se crea 007, es que para nosotros ‘es’ 007. Y aún más. Es el enigmático Forrester/Salinger, que se permite detestar a todo el mundo sin que el mundo deje de adorarle, y el caradura simpático de cualquiera de sus películas, que roba lo que haga falta sin perder la sonrisa. El mérito se lo tiene que repartir con los guionistas y con los actores de doblaje, cierto, pero es innegable que el tío ‘transmite’. Lo que ya no tengo tan claro es que encaje tan bien en el papel de tipo íntegro, capaz de parar los pies a Jobs y de negarse a vender su alma al diablo. ¿Por qué? Vean este vídeo.
¿Les suena? Pues a Connery que no tuvo reparos en anunciar un whisky japonés, le causó bastantes quebraderos de cabeza. Poco menos que de traidor a la patria le pusieron; cosas de ser escocés, supongo. Tras público arrepentimiento, unos añitos más tarde anunció también el producto nacional. O sea, que lo mismo le da, que le da lo mismo.
En fin, si quieren tener tirria a Jobs, pues adelante. Si quieren admirar al señor ese que hace películas, pues perfecto. Pero lo de hincharnos a compartir y comentar chorradas, como que no. Mucho ir de listos, y al final somos todos unos pringaos de cuidado.





