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Hanna Arendt, el coraje y el precio de pensar

2014 January 22
Hanna Arendt y su inseparable cigarrillo En estos tiempo en los que las humanidades y en concreto la filosofía parecen carentes de utilidad ante los supremos valores de la rentabilidad económica y los beneficios materiales, la figura de Hanna Arendt adquiere una singular importancia. Una época además en la que se echan en falta pensadores que puedan aportar claridad y ejemplaridad ante unas formas de hacer política cada día más alejadas de la transparencia y del debate público. [caption id="attachment_143" align="alignright" width="296" caption="Hanna Arendt y su inseparable cigarrillo"]Hanna Arendt y su inseparable cigarrillo[/caption] La película de Margarethe von Trotta no es una obra fallida, pero sabe a poco. La limitación de tiempo y forma de la obra cinematográfica necesariamente la obligan a sintetizar y resumir. Sin embargo, queda claro el mensaje de que Arendt tuvo que pagar un alto precio personal para mantener su verdad y la independencia de sus ideas. En vez de aceptar incondicionalmente, como buena judía, las tesis de su pueblo y aplicar de forma mecánica la idea de la criminalidad nazi en todas sus manifestaciones, se atrevió a pensar, a reflexionar sobre el hecho concreto que se planteaba ante ella.  La filósofa judía fue contratada por la prestigiosa revista ‘New Yorker’ como enviada especial para escribir una serie de artículos sobre el crimina nazi, Adolf Eichmann, a quien los servicios del Mossad secuestraron en su refugio de Buenos Aires. A diferencia la versión del fiscal del juez que retrató al mando de las SS como un monstruo criminal al servicio de un régimen genocida,  Arendt lo describió como un tipo normal, un ambicioso burócrata, incapaz de pensar más allá de sí mismo, tan solo preocupado por cumplir las órdenes que se le daban. En su obra ‘La banalidad del mal’, Arendt nos refleja a un personaje obsesionado con que los ‘trenes de la muerte’ funcionasen, como un engrasado mecanismo de relojería, que llegasen con puntualidad a los campos de exterminio, sin mostrar el más mínimo sentimiento de culpa. Una pieza más del sistema que imperaba en su entorno y que todos, salvo contadas excepciones, aceptaba como natural. Como dice su personaje en la película al destacar el pensamiento como ese supremo valor de conocimiento y de diálogo con nosotros mismos: Eichmann había dejado de pensar y por tanto de sentir como ser humano. Como dijo Arendt: “no era una ideología racional y coherente, sino simplemente la sensación de participar en algo histórico, grandioso, único”. Más controversia aún si cabe la provocó su análisis de que la colaboración de los dirigentes de las comunidades judías con los nazis, para salvar egoístamente su vida o ingenuamente para evitar un mayor número de deportaciones y muertes, facilitaron la labor de exterminio, que las víctimas fueron también sujetos activos de su propio sacrificio. Aunque ella misma era judía y estuvo internada en un campo en Francia del que escapó in extremis no se libró de unos ataques feroces y de un profundo desgarro personal a causa del rechazo de algunos de sus amigos más queridos y entre los medios académicos estadounidenses.
 La película de Margarethe von Trotta ha vuelto a poner de actualidad la controversia que supuso sus escritos sobre el juicio de Eichmann