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En la cocina
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remartini | 27-10-2016 | 08:48

Hola, cuánto tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando era adolescente con un cuerpo que merecía tal distinción leí ‘Sinuhé el egipcio’, de Mika Waltari. Nunca olvidaré quién escribió ese libro porque mi memoria aprendió el título y el autor de carrerilla. Me sucedió también con ‘Pedro Páramo’, de Juan Rulfo. Hasta tal punto que a veces me equivoco durante una conversación y observo a mi contertulio que hace poco he releído ‘Juan Rulfo’ de Pedro Páramo o que una de las novelas que más me han impresionado en mi vida es ‘Mika Waltari’, de Sinuhé el egipcio. Supongo que hay escritores que se confunden con su imaginación. Supongo, también, que mi cerebro es disléxico por algún lado.

 

El pasaje de Sinhué que de joven me trasvoló el entendimiento transcurre en un taller institucional donde al protagonista le enseñan a embellecer los edificios sagrados con murales y relieves alegóricos de la familia real. Al cabo de bastantes días pintando y tallando gente bajo la misma perspectiva, alguien, no recuerdo si el propio Sinuhé o un amigo que trabaja con él, le pregunta al maestro artesano por qué al faraón se le representa siempre de perfil. A lo que el maestro responde:

 

–“Porque siempre ha sido así”.

 

Los aprendices, desconcertados, cuestionan de inmediato la hierática explicación de su superior. Contraponen, con esa lógica aplastante de los adolescentes y con ese amor por la belleza tan propio de su edad, que el faraón quedaría más agraciado esculpido de frente, en lugar de perfil, y que de ese modo sus facciones aparecerían reconocibles para los súbditos y además le distinguirían de sus antepasados y sucesores en el trono de dios.

 

El maestro se escandaliza. Con el cincel temblando por cuanto acaba de escuchar, les acusa de blasfemos: han cuestionado la tradición.

 

Como digo, ese pasaje marcó mi vida, como también lo hizo con la del egipcio Sinuhé.

 

Desde que lo leí empecé a buscarle el porqué a las cosas más insignificantes: por qué me gustaban determinadas chicas; por qué el colacao no se disolvía nunca; por qué el ruido de Sonic Youth me zambullía; por qué en Semana Santa se sacaban en reverencial y silencioso paseo unas espantosas esculturas del Dolor.

 

Supongo que intentaba no ver la vida únicamente de perfil. Y a eso me acostumbré, yéndome bastante bien.

 

Durante los últimos meses, en los que la guerrilla disléxica de mi ser ha tomado el mando y se ha procesionado soberana –mañanas y noches, noches y mañanas– a lo largo y ancho de mi cerebro, gobernando con pánico, maldito Robespierre, a menudo me he preguntado por qué cocinar me proporciona tanto placer.

 

Cocino porque me divierte cocinar, porque me permite usar las manos, porque me encanta comerme el resultado y porque es una forma de ofrecer felicidad a quienes quiero.

 

Sin embargo, cocino por otra razón: cocino porque me encandilo con las cosas que cocino, aunque esto suene terriblemente new age. Desconozco si a todos los que comparten esta afición les sucede lo mismo, pero desde hace muchos años yo establezco con los ingredientes de mis guisos, con las coliflores, con los conejos o con los anchoas embalsamadas, una relación de divinidad. Siento que, en efecto, y como decía el maestro Josep Pla, los resucito y los venero al transformarlos en alimentos que trascienden su condición de simples vituallas. Regreso del mercado y ya les voy hablando cariñoso a las nuevas hortalizas y a las carnes y a los peces que en el carro se apretujan junto con la leche y las harinas de las mil maravillas que les voy dispensar, como quien le habla a un niño pequeño que aún no puede contestar, con arrullos y melindres y mohínes ciertamente vergonzantes. La gente me mira, susurra a mis espaldas, y a mí la verdad es me que da absolutamente igual.

 

Esta costumbre me ha vuelto más loco, sí, pero creo que también más bueno.

 

Mi amigo Pedro, con quien aprendí a caricaturizar faraones en los periódicos, y a quien siempre le pido palabras cuando yo no encuentro las mías, sostiene que “solo hay tres atributos que me importan. En el orden en que podemos percibirlos son belleza, inteligencia y bondad. Otros aprecian la coherencia, la firmeza, la modestia… Yo no. Solo esos tres”.

 

Yo sostengo lo mismo, porque se lo he escuchado a él.

 

La cocina es uno de los talleres que reúnen esos tres atributos capaces de alegrar cualquier vida. Y con estas palabras le rindo aquí una merecida pleitesía. Porque, durante los últimos meses, bien absorto mirando al horno o bien escondiéndome de la guillotina entre las masas de levadura, la cocina ha sido también el único sitio donde he podido enderezar mis días.

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