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Huele mal

 

Hete aquí nuestra columna virtual. Porque este sábado, en la edición de papel, no sale.

 

 

 

 

 

El principal acontecimiento gastronómico de mi semana ha sido el descubrimiento de que si cocinas unos espaguetis a la carbonara y por olvido los abandonas encima de la encimera, sin meterlos al frigorífico, a los dos días, exactamente a los dos días, huelen que apestan. Y tan asombroso ha sido este hallazgo culinario como la forma en que lo constaté.

 

Entré en mi casa de noche, regresado del trabajo, y a los pocos minutos detecté el hedor a corrupción que se había adueñado del piso. Al principio pensé que quien olía mal era yo, y me testé el tramo inmediato, o sea el pecho y los sobacos, a través del cuello y las mangas de la camiseta (un ademán muy masculino, lo sé). Luego, perseverando en esa culpa inmanente que siempre me acompaña, sopesé que quizá lo que olía a fosa común eran mis pies (siempre que detecto una hediondez alrededor sigo este mismo patrón cerebral, tan católico). Por último, y ya intentando ser razonable, decidí que el aroma a cuesco que me rodeaba provenía de mi suntuoso vecindario, una curiosa jungla compuesta por ancianos locos, madres vocingleras, narcotraficantes de chándal, perros a los que la oscuridad trastorna y otros humanoides de aficiones igualmente ajenas a cualquier urbanidad.

 

Me mantuve en esa sandez deductiva, tan cómoda como cualquier otra lógica apresurada, hasta que un rato después abrí la cacerola de marras dispuesto a recalentarme la pasta, que efectivamente atufaba como las entrañas de un cadáver reciente. Cuando vives solo te suceden episodios así, raros e inexplicables; tan raros e inexplicables como el funcionamiento de tu cerebro a solas o como los objetos con los que, a falta de personas, te relacionas. Estás tumbado en el sofá dormitando tan ricamente y, de repente, el deshumidificador se arranca porque ha detectado una tarea urgente en tu estratosfera, y tú te llevas un susto con el ruido que casi se te sale el corazón. Como si te hubiera despertado tu madre a voces porque llegabas tarde a clase.

 

Eso mismo me sucedió cuando, después de tirar los espaguetis a la basura y bajar la bolsa al contenedor, puse al fuego un arroz que pensaba despachar rápido mientras me relajaba en el sofá. Me dormí, el arroz se quemó, el deshumidificador se asustó, un anciano chilló desnudo desde el balcón de enfrente (tranquilos, lo hace a diario) y todo mi piso de barraca poligonera empezó a apestar como Sodoma y Gomorra bajo la furia de dios. Sin perder la compostura me levanté, apagué el fogón, abrí todas las ventanas, saludé al veterano y pertinaz exhibicionista de nalgas libres, puse la cacerola a remojo con su socarrat del infierno todavía adentro, y regresé al sofá como si no hubiera pasado nada. Al tumbarme, de entre los cojines saltó un trozo de galleta. Debía llevar allí náufraga desde hacía varias semanas. Sonreí de oreja a oreja. Porque ese tipo de cosas, estos regalos de cueva, son los que te reconcilian con tu soledad

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Temas

caca, Carbonara, The Cure

PINCHOS Y CHATOS SERVIDOS SIN ORDEN NI CONCIERTO PARA ALIMENTARTE ALGUNOS RATOS SUELTOS

Sobre el autor

Hay más Remartini (en formato largo) aquí: http://blog.elcomercio.es/remartini/

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