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La liebre navideña

 

Este sábado, la columna gastronómica se acerca a esas fechas tan hermosas…

 

 

 

 

 

Con esta, ya serán tres las Navidades que me proponga preparar una liebre “à la royale” para luego acabar cocinando cualquier otra cosa, alguna bagatela, o saliendo a cenar fuera. Por supuesto, tampoco esta vez consumaré mi empeño, está claro, pues soy un hombre de principios. Pero a fuer de imaginarla y luego aparcarla, esa receta solariega –hoy en desuso– se ha encumbrado en tremenda quimera personal, en mito, como la tierra seca de Waterworld o la secreta dirección de las caricias de Pablo Alborán. Indiscutiblemente, la liebre a la royal es un plato mayúsculo: excesivo en su concepto, carísimo de precio, y complejo hasta la temeridad para un aficionado de breve estatura fogonera como yo. Por esas mismas razones, no puedo quitármela de la cabeza, me obsesiona, me desvela, ¡oh, Halle Berry de mi guisar!, ¡oh, puchero legendario! ¿Cuántas veces me habré imaginado manipulando entrañas, sangre y trufas; o deshuesando a la pequeña bestia; o preparando el foie grass tradicional que sustancia su colosal relleno? He llegado incluso a soñar que, por fin estofada, le servía mi primera royale a un Rey Luis en Versalles sobre una soberbia bandeja de plata y disfrazado yo de baturro (un sueño raro, sí, pero créanme que coherente con mi idiosincrasia). Dicen los libracos viejos que la elaboración centenaria de la liebre real ocupa al menos diez o doce horas de sudor, paciencia y fuego. Tonterías. A mí me ocupa un mes entero, y sin tocar siquiera al animal.

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Temas

Halle Berry, Liebre à la royale, Pablo Alborán, Señor Chinarro, Waterworld

PINCHOS Y CHATOS SERVIDOS SIN ORDEN NI CONCIERTO PARA ALIMENTARTE ALGUNOS RATOS SUELTOS

Sobre el autor

Hay más Remartini (en formato largo) aquí: http://blog.elcomercio.es/remartini/

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