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Agua caliente

 

Este sábado publicamos una columna reposada.

 

 

 

 

 

Huyendo del café he acabado por aficionarme al , una bebida sobre la que no existe un canon hostelero (que alguien estandarice ya la cantidad de agua en la que sumergir las puñeteras bolsitas, por dios) y una bebida que, en principio, nada tiene que ver conmigo. El té, o agua caliente con olor, resulta más propio de personas sutiles, reposadas, buenas. Difícilmente encaja con la cabra desquiciada que mi madre alumbró hace 42 años, asustándose, zarandeando a la matrona, «¡¿de dónde ha salido ese bicho?!», etcétera. El té precisamente está evitando que me despeñe en los últimos meses. Un cambio de ubicación laboral y un par de accidentes familiares han alterado mi inestable naturaleza, preocupándome a deshoras con cuestiones que suelen quedar fuera de mi alcance. En esta tesitura, el té me relaja: entra caliente por la garganta, amansa el estómago y lo libera de los nudos que las angustias domésticas han ido plantando por allí. Y también facilita el pis. Los hombres electrón necesitamos este tipo de bálsamos: alimentos zen, gente pausada que nos compense, amigos sensatos que nos centren y, a ser posible, ninguna mujer. Las mujeres son el café de la vida: adictivas y estimulantes, sí, pero a la postre un marrón. Rodearte de mujeres conduce siempre a acelerarte, por una causa o por otra. El té, por contra, actúa como un coro gregoriano: en lugar de embriagar, narcotiza, acuna tu desconsuelo, amodorra el remordimiento y te deja casi rozando el cielo. El otro cielo, claro, el de los buenos.

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Temas

Café, Ellos, Té

PINCHOS Y CHATOS SERVIDOS SIN ORDEN NI CONCIERTO PARA ALIMENTARTE ALGUNOS RATOS SUELTOS

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Hay más Remartini (en formato largo) aquí: http://blog.elcomercio.es/remartini/

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