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Un vermú navideño

Este sábado hablamos de la encomiable profesión hostelera  en la columna gastronómica del suplemento.

 

 

 

 

Hay un bar recurrente en Santander donde dispensa bebidas y pinchos de tortilla una joven mesonera que acostumbra a vestir un escote pronunciado, italiano, lollobridgido, incontestable, total. Son dos pechos arrejuntados en una amistad blanda y alzada, que con su perfecta paridad atraen la vista del cliente masculino con la fuerza de los mares y el ímpetu del viento, por ejemplo. La primera vez que me topé con ese dueto de carne tersa y blanca, hace un tiempo, el verano soleaba la capital, así que atribuí aquel desparpajo frontal a la necesidad de la buena chavala de refrescarse del sudor que provoca trabajar, a la hora del vermú, en una barra atiborrada de gente con ganas de reír y sin ninguna de pensar. Pero fueron sucediéndose las estaciones –como en esa gran elipsis de ‘Notting Hill’– y al recaer dos o tres veces en el mismo bar constaté que aquellos tremendos carrillos se presentaban siempre juntos, invariablemente subidos, por evidente decisión de su orgullosa propietaria, que es también dueña y señora del camino meridiano que se deprime bajo su cuello como la fuente seca de un manantial. Pero que nadie me malinterprete, ojo. Porque en absoluto pretendo abordar un asunto erótico con esta profusa descripción. De hecho, no pretendo abordar nada. Dios me libre de abordar.

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Una vez superada la sorpresa inicial, la sensación que provoca esta poderosa camarera es más desconcertante que arrebatadora. Enardece, sí, pero la curiosidad. Sobre todo en invierno, cuando al plantarte frente a semejante cordillera arropado con tu trenka no te apetece tanto esquiar, como abrigarla. Qué frío, la pobre, ahí sirviendo marianitos, llenándoles el barril a una pila de sanbernardos deslenguados. Eso piensas al verla, compasivo tú, e idiota. Porque esta moza desprotegida, en realidad, domina aquella barra de montaña como una Reina de las Nieves fabulosa, como una Náyade del Valle a la que, cuando te pregunta volcándose: «¿Qué quieres tomar?», solo puedes contestarle: «Eeeh…, un vermú…, y si acaso, una cabaña para pasar ahí la Navidad».

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Temas

Ramones

PINCHOS Y CHATOS SERVIDOS SIN ORDEN NI CONCIERTO PARA ALIMENTARTE ALGUNOS RATOS SUELTOS

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Hay más Remartini (en formato largo) aquí: http://blog.elcomercio.es/remartini/

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