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Cayetana, Isabel II y el ascensor

2014 November 24

Contó doña Cayetana en sus memorias que su padre, el entonces duque de Alba, el que hacía el número diecisiete, exclamó un “¡todavía hay clases!” cuando se le propuso desde el Pardo que su hija y la de Francisco Franco celebraran juntas la puesta de largo. “¿Pero qué se ha creído?”, dejó escrito la duquesa que dijo en 1942 Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó. La Casa de Alba ni se molestó en contestar a aquella propuesta. También dio la callada por respuesta cuando se les cursó invitación para la presentación en sociedad de la jovencísima Carmen Franco. No eran, por mucho que acapararan el poder en la España de postguerra, de su clase social. Los Alba, que vivían en Londres, se codeaban en otros círculos bien distintos. Una de las amigas de juventud, como es bien sabido, de Cayetana, que este jueves falleció en Sevilla a los 88 años, era la entonces princesa Isabel, elevada al trono de Inglaterra hace más de seis décadas. Juntas pasaban tardes y compartían confidencias en Buckhingham. Se trataban de tú a tú.

Pasaron los años, una comenzó a acaparar títulos tras la muerte de su padre y la otra reinaba con altísimo grado de popularidad en Inglaterra. Y sus vidas comenzaron a distanciarse. Con el paso del tiempo, más después de que Cayetana Fitz-James Stuart apareciera en el libro Guinness de los récords como la mujer del mundo con más títulos nobiliarios, un rumor empezó a extenderse. Sí, el de que la reina Isabel tendría que ceder el paso a la duquesa de Alba.

No puede decirse que a lo largo de sus muy bien exprimidos 88 años de vida, Cayetana no se hubiera prodigado en los medios de comunicación. Era una fija en las revistas del corazón. Pero nunca cortó de raíz esta leyenda. Sí, leyenda. Porque esta monárquica reconocida y convencida era varias veces duquesa, otras tantas condesa, marquesa y varios títulos más de rango menor, pero no era miembro de una familia real. Ni de la escocesa, hoy inexistente, por mucho que en el proceso independentista que vivió Escocia en los últimos meses se diera pábulo a que en el supuesto caso de alcanzarse la independencia e instaurar una monarquía propia sería doña Cayetana la flamante reina de los escoceses.

La duquesa de Alba hace la reverencia a la reina Isabel, en octubre de 1988, en Madrid. / EFE

La duquesa de Alba hace la reverencia a la reina Isabel, en octubre de 1988, en Madrid. / EFE

Y son los miembros de las familias reales, y bien lo saben los nobles, quienes tienen preferencia de paso y tratamiento por encima de duques, condes y marqueses. E Isabel, por muy amiga de la juventud que fuera, era reina. Y Cayetana, duquesa. Los documentos gráficos de encuentros entre ambas casi brillan por su ausencia. Pero alguna fotografía existe. Por ejemplo, en 1988, la duquesa de Alba fue una de las invitadas por la reina de Inglaterra a la recepción que ofreció en el palacio del Pardo con motivo de su visita de Estado a España. Y a esta llamada sí acudió, junto a su segundo marido, Jesús Aguirre. Isabel II vestía de blanco, Cayetana de azul. Frente a frente, genuflexión de la duquesa ante le reina. Como también se le ha visto hacerla ante los miembros de la Familia Real española en numerosas ocasiones; una de las últimas, con la visita de Carlos de Inglaterra y Camila a España. En la cena de gala que los reyes Juan Carlos y Sofía ofrecieron en el Palacio Real, la duquesa de Alba rindió pleitesía a los Reyes, a los Príncipes de Asturias, al heredero al trono británico e, incluso, a la esposa de este, que no hay que olvidar que, pese a no utilizarlo por respeto a la memoria de Diana, es princesa consorte de Gales. Y, como diría el XVII duque de Alba, “¡todavía hay clases!”.

Dicho lo cual, Cayetana sólo tendría preferencia de paso ante la reina Isabel si ambas hubieran ido a subirse a un ascensor. Lo indica el protocolo, aunque bien es cierto que es ya una regla en desuso que tenía su razón de ser en la seguridad que ofrecían años atrás estos aparatos. Las personas de menor rango entraban antes para asegurarse de que el ascensor era seguro. Cuestión de formas. Y de clases.