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Autor: jepelayo
Contar la verdad, desvelar los secretos
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José Emilio Pelayo | 03-06-2016 | 8:01| 0

Confieso que no sé si puedo escribir ni de qué. Creí que era periodista, noble oficio me dijeron, y que lo mío era contar historias, y hasta opinar cuando terciase y mi voluntad lo decidiera. Pero ahora ignoro qué papel me corresponde. ¿Podré revelar la tozuda realidad de que un senador del PP por Cantabria, de apellido Bárcenas, fue un corrupto? ¿Cometeré un acto ilegal si cuento cuántos políticos, de uno y otro signo, están condenados o bajo sospecha e investigados? ¿Tendré que vérmelas con un sesudo fiscal si publico una verdad a pesar de que el poder, cualquiera que sea, no quiere que se sepa? ¿Qué secreto desvelaré si digo que un diputado del PP por Asturias fue sancionado por consumo de cocaína y condenado a cárcel por tráfico de drogas? ¿Cuál es mi misión? ¿Tengo alguna? ¿Para qué escribo? ¿Tendré que pedir permiso a los corruptos, a los malos, para teclear unas líneas?

Es triste que tras casi cuarenta años de oficio descubras que lo tuyo no vale para nada. Genera asco y hastío que te percates de que para los que tienen el poder, y peor para los que a veces lo detentan, lo importante sea el silencio, el secreto, la ignorancia. Siempre ha sido así, claro. Lo grave es cuando vives en una democracia (conquistada entre todos) y compruebas que permanecen vivos todos los estigmas, modos, y comportamientos de los dictadores y los totalitarios; que toma aire aquello de silenciar al mensajero porque el ideal de quien no quiere la verdad siempre es el mismo: que no se sepa, que se censure, que se acalle…

Siempre fue así, tiempos mudos. Con el silencio como cómplice ETA fue más ETA, los corruptos más corruptos, los delincuentes más delincuentes; sin diferencias ideológicas y unidos siempre por un destino para ellos universal cimentado en tratar de mantener su secreto, ocultar la verdad.

Ahora el Partido Popular demuestra por activa y pasiva que hace suyo ese camino de ocultación al amparar a su diputado regional por Asturias, David González, empeñado en una inquisidora cruzada judicial que intenta llevar a la cárcel a dos periodistas de El Comercio cuyo delito fue y es contar la verdad. En 2014 publicaron la realidad y por ello ahora son perseguidos. No se trata de que el afectado niegue que en su juventud traficó con droga ni que hace años, no muchos, fuera multado por consumo. No, eso nadie lo duda ni él lo niega. Lo malo, nos dicen, no es matar, sino que se sepa que he matado. Lo grave no es que lo narrado sea verdad, sino contar la propia verdad. En el extremo de la censura, el chantaje y la locura, el diputado del PP y también la fiscalía arremeten contra el oficio del periodismo, piden cárcel para sus particulares e incómodos proscritos y hasta reclaman que no puedan ejercer su trabajo; negar el pan y la sal. Y no cuestionan verdad o mentira ni el correcto ejercicio de la profesión sino simplemente el hecho de contar lo que alguien siempre ha querido ocultar. ¡Estaría bueno! No conozco a traficante ni a delincuente que quiera publicitar sus fechorías… Y el deber de quien trabaja en pro de la libertad de información, que es bien público y patrimonio de todos los ciudadanos, es precisamente el contrario: destapar lo oculto, revelar los secretos, aportar luz sobre la oscuridad.

La deriva del PP y de la fiscalía tratando de condenar a dos periodistas por decir la verdad supone un insulto a la inteligencia y un ataque directo a la propia esencia del periodismo. Uno y otro buscan la ocultación, el silencio, corderos, cómplices; maniatar al mensajero, al contador de historias. No se trata de que el relato sea cierto… Es mucho peor: se pretende que no haya relato. Solo falta que en una nueva pirueta perversa alguien acuse a los dos plumillas (es bello ser plumilla) de ser cómplices necesarios para que en su día David González traficara con droga…

El pasado forma parte de nuestro ADN, nos acompaña y está menos oculto de lo que pensamos. El de David González era un secreto a voces en Gijón, y no era tampoco un hecho baladí ni un acné juvenil. Eso sí, arrepentidos los quiere el PP, porque el pasado no puede se una losa divina… Lo malo es que el otro pasado, este colectivo, el de la presión, la censura y la persecución de los periodistas, es ahora ‘popular’ y sigue vivo. Que el mal siempre prefiere el silencio.

Confieso que sí sé de qué escribir y de quién. De los corruptos, de los que se esconden, de los que imponen mordazas… Del Mariano fiel al tancredismo y siempre de perfil que mira para otro lado mientras los suyos tratan, desde Asturias, de quebrar la libertad; del Pablo que quiere ser presidente y jefe de espías y olvida amistades peligrosas ávidas de censuras y no recuerda que a uno de sus amigos, uno de los de su casta, casi se le olvida declarar ante el fisco; del Pedro que huye de sus propios, barones ellos, y avista el horizonte para no cruzar la mirada con ‘eres’ que le asaltan… En fin, que escribo de lo que quiero y mezclo: opinión -bendita libertad de expresión- con realidades y verdades -bendita libertad de información-. En una frase: revelo secretos, cuento la verdad, también escribo en ‘El Comercio’ y soy reo y periodista. No hay silencio.

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Caso Almería, aniversario del horror
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José Emilio Pelayo | 12-05-2016 | 9:00| 0

Hay aniversarios que prefieres no celebrar. No hay nada que festejar. Y sumas décadas de recuerdos en esa zona dónde habitan los corazones negros que te devuelven al horror. Recuperas rostros preñados de sufrimiento. Las lágrimas de una madre, hoy ya ausente, Dolores Mier; los lloros de una hermana, y también los de por entonces un niño de 10 años que había hecho la primera comunión casi en silencio porque sus padres y su hermano, de nombre Juan, no llegaron a la ceremonia.

Se cumplen años, para algunos más de media vida. Ocurrió allá por mayo de 1981, el nueve de mayo de 1981, meses después del intento de golpe de Estado, días después de un atentado de ETA en Madrid contra el teniente general Valenzuela. En ese clima de ‘otra España’ nació entre vómitos el ‘caso Almería’, la historia de un error que fue un horror, el asesinato de tres jóvenes (Luis Cobo, Juan Mañas y Luis Montero) que habían partido de Santander hacia Almería para asistir a una primera comunión a la que nunca llegaron… Fueron detenidos por la Guardia Civil, con el teniente coronel Castillo Quero al mando; fueron torturados, acribillados a balazos, quemados… Y en aquella España que balbuceaba la palabra democracia y seguía cargada de miedos, el silencio fue la norma oficial. Se intentó tapar la crueldad. Se pudo solo a medias. La valentía de Darío Fernández, abogado que llevó el caso en nombre de las familias de las víctimas, impidió que el crimen fuera sepultado… Y los autores de la barbarie fueron condenados aunque sus condenas fueron livianas; pocos años de cárcel para tanta atrocidad, la peor de las atrocidades.

Y ahora que se cumplen 35 años de ese horror, que ya las canas llenan mi pelo, mi memoria se carga de cientos de líneas escritas, de vivencias, de conversaciones con las familias, con Darío… Recupero primeras páginas de El Diario Montañés y de pocos periódicos más, porque pocos fueron los que quisieron abrir el cielo para contar el infierno. Y recobro la imagen de una mujer que un 11 de mayo de 1981 me abrió la puerta de su casa de la calle Isabel La Católica en Santander y se me echó a llorar… Era Loli, la madre de Luis Cobo, asesinado en Almería… Y como hoy no quiero escribir, hago que vuelvan a tomar vida líneas escritas en otro aniversario, cuando se cumplían 25 de aquella sinrazón malvada. Hace ahora diez años…

 

 

“Supuestamente había democracia. Supuestamente vivíamos en un Estado de Derecho. Supuestamente vivíamos en libertad… Ninguno de esos supuestos les sirvió a ellos. Detenidos, dijeron que por error, y torturados y ejecutados, con horror, las víctimas de ‘El caso Almería’ fueron los muertos más sonados de la incipiente democracia…

En aquella España de entonces, tratar de averiguar la verdad de lo sucedido fue una tarea difícil, compleja y solitaria. Un trabajo en el que el abogado de la acusación Darío Fernández fue un coloso y en el que algunos periodistas y periódicos, tampoco muchos, lucharon contra el silencio oficial, contra la presión oficial, contra la tapadera oficial.

Aquellos jóvenes fueron «culpables» de emprender un viaje con destino a una primera comunión… Y en aquella España, ese trayecto resultó mortal para ellos. A Cobo, a Montero, a Mañas… les dieron por terroristas, fueron detenidos, encarcelados y prefiero no contar el resto. Fueron otras víctimas, es cierto, del clima de terror que se registraba en España como consecuencia de los atentados de ETA, pero también fueron víctimas de los rescoldos de una dictadura que aún tenía sometida y secuestrada a la Guardia Civil, a muchos estamentos oficiales y, lo peor, a muchas mentes irreductibles, irracionales, crueles y nostálgicas.

Han pasado los años y algunos familiares de los jóvenes asesinados con los que compartí muchos días nos han dejado… Nos queda el recuerdo de un horror. De cómo unos desalmados con uniforme pensaron que podían decidir vidas y muertes, que eran ley y castigo, que podían tapar su crueldad y sus asesinatos. Han pasado los años y recupero para mi memoria el llanto de la madre de Cobo. Han pasado los años y recuerdo a un guardia civil subido a la tapia del muro del cementerio de Ciriego, metralleta en mano, amenazándonos… ¿Su miedo? Que hiciéramos una fotografía, una sencilla fotografía de la exhumación de uno de los cadáveres. No hay consuelo, pero era, por suerte, otra España”.

 

LAS PÁGINAS DE EL DIARIO MONTAÑÉS HACE 35 AÑOS

 

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La suma imposible, la renuncia de la UE, la nada, el museo que siempre espera…
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José Emilio Pelayo | 13-03-2016 | 3:50| 0

No hay silencio, o sí. Decides tomarte tu tiempo para callar, escuchar, hasta lamerte heridas… Son tiempos de silencio y de no llenar líneas. Sí hay silencio. Luego, meses, vuelves. Y no sabes qué contar… Puedes decir que no entiendes lo de ese, que gana unas elecciones, pierde votos por miles, es castigado, está obligado a mover ficha y abdica. No comprendes al otro, derrotado en la historia con fuga en las urnas, que no se va y mueve, él sí, la pieza de su ajedrez para intentar un territorio imposible entre el amor de los ‘ciudadanos’ y la soberbia de los que dicen a coro ‘podemos’, los neos populistas que predican transparencia y mutantes formas cuando en realidad tienen bastante de rancios… Tras ese y el otro, hablo un poco más de los otros, de los que llegan al Congreso y se dicen inventores de la democracia, anuncian vicepresidencias y equipos de Gobierno mientras el ‘otro’, de nombre Pedro, se reúne con el ‘real’. Y los que quieren poder y se dicen ‘podemos’ descubren que sufren -­ terrible casta y añado caspa- por ser partido y ver que lo que eran círculos concéntricos se convierten sin más en geometría imposible en la que revientan al mismo tiempo Madrid, País Vasco, Cantabria… Y esos, ellos, lo que se creían que ‘podemos-podían’, nombran aquí una gestora, en otro lugar echan, allí transitan y cargan las culpas sobre los mensajeros -los de siempre, casta- y sobre el otro; que cualquiera puede ser reo de sus propias debilidades… Y ellos, los otros, te hacen tragar saliva cuando a un terrorista que sale de la cárcel le llaman preso político, cuando deambulan por el Congreso como si hasta ese día no existiera, como si la transición fuera un invento, como si nadie en este país hubiera trabajado por nada, creado nada, renunciado a nada, sufrido nada…

En fin, que con esos mimbres casi prefieres seguir sin escribir, renunciar a las líneas porque para lo que hay… Y hay, o no: un Gobierno que no existe y en funciones; un PP ganador y ausente y un Rajoy de perfil; un Sánchez perdedor, escapista, casi valiente y en busca de salida dicen que utópica; un Ciudadanos buscando tesoro; un Podemos salvapatrias… Si no fuera por la alcaldesa de Madrid, que dice ‘va’ y luego ‘para’, y Bescansa que concilia vida familiar y exhibe y enseña a su niño, desde chiquitín, lo que significa una persona y un voto (con lloro para Izquierda Unida y hastío por el modelo electoral), sería mejor ampararse en la nada. No hablo, no digo, no escribo.

Con ese panorama lleno de estrategias, dudas si escribir. No vaya a ser que mientras lo haces, vomites al comprobar la negación de la Unión Europea, eso que se llama Europa, muy pendiente de una Inglaterra a la fuga -dinero- mientras deja languidecer y fenecer a miles de refugiados. Esos sin rostro que están lejos y se trocan por dinero, miles de millones de euros, para comprar su ausencia; que si la miseria no la ves a lo mejor hasta no existe. Y han pasado meses, muchos, y la guerra en Siria crece y mata, y la fuga de almas prosigue… Europa tiene el remedio, el suyo: miles de millones para Turquía.

En fin, que entre unos y otros, aterrizo en lo patrio y compruebo que la ‘cosa nostra’ (¡horror!, no quiero hablar de corrupción, que no tengo líneas, ni soy compi de nadie ni me entero de lo que pasa en casa ni borro discos duros ni distraigo dineros públicos ni…) está como está. Porque si lo que dicen es verdad, si la plática en el Congreso y extramuros es cierta, ellos -ese, otro y otros- y por sinapsis nosotros, volveremos a ir a las urnas. Lo peor es que dos más dos son cuatro, las matemáticas saben de números, los vasos comunicantes son los que son y volveremos a sumar lo mismo con diferentes sumandos… Aritmética imposible salvo que haya renuncias, pasos atrás y alguien piense en España, es decir, sus gentes.

Para no cansarme y ahora que vuelvo a las andadas (opinar, decir, juntar palabras…) me quedo con el esparcimiento de ida y vuelta del Museo de Prehistoria. Bienvenido sea el hijo nonato, ese que predicamos que tenemos y al que nunca hemos querido, el niño viejo ambulante, el desterrado. Y es probable que sea mejor no decir nada, aunque metido en la feria tampoco estaría mal aportar otro emplazamiento…, que es época de nubes. Aquí o allá, lejos o cerca, en un solar vacío o en un edificio que languidece; anillo, cubo o estalactita, bastón de no mando… Nunca jamás su historia en piedra ha sido tan querida. Desde el Gobierno, bis PSOE, se está sondeando y explorando, la opción Torrelavega: decisión política para animar a la comarca del Besaya, muchas veces ignorada y maniatada por la crisis; desde Santander, se defienden paternidad y capitalidad. En definitiva, entretenidos, como lo está desde hace años la maqueta de un Mupac futuro que cruzó el charco y acabó en otro museo. Tiempos de ricos, de Moneo y siempre ricos… ¿Quién da más? Muchos posibles en Santander, otros en Santillana, la Lechera (sin cuento) en Torrelavega, Puente Viesgo a la zaga avalado por sus cuevas, y Ramales que también las muestra, y Villaescusa que se revuelve y tiene cerca fieras que defenderán su candidatura… ¡Qué miedo! Conocida la tierra, uno se teme que el infante Museo, el penitente orillado y despreciado, siga como está. Es su sino. ¡Ojalá no! Ojalá las naves en las que se arrumban joyas que son un legado para todos pasen a mejor vida -vivan- y las piezas puedan exhibirse un día… Mientras…, ¿quién da más?

Puestos a proponer, deslizo otra ocurrencia para solaz de los comunes: el Seminario de Corbán. ¿Pólvora ajena? Seguro, que el recinto no es público como tampoco La Porticada, ni Correos ni…; es más, Corbán es noble, está casi vacío y la Iglesia hasta se haría un favor abriendo la mano, quitándose un dinero anual de mantenimiento y llegando a un acuerdo mínimo que redundaría en favor de su actividad social; sí, social y de justicia, esa, la importante. Puestos a decir, me apunto a la carrera. Ahora solo me falta para llegar a la nube un viñeta del genial Ansola de El Diario, ese inventor de la creatividad; y una reflexión de mi compañero periodista Guillermo Balbona, pura clarividencia y de los de al pan, pan. Eso y decir que el ir y venir sin sentido me hastía. Que los tontos suelen ser esféricos: mires por dónde les mires, lo son.

En fin (otra vez). Una opinión más. Seguro que también necia y equivocada.

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Ni mártires ni martirios
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José Emilio Pelayo | 07-10-2015 | 8:38| 0

Lo digo de entrada: no me gustan las beatificaciones, al menos algunas. No porque no crea que la Iglesia está en su derecho y es libre de abrir un proceso, en años, y proclamar que determinadas personas fueron mártires como consecuencia de la sinrazón; tampoco porque rechace que tras un periodo de tránsito y de escudriñar en testigos, personas y escritos, se reconozca que el odio, la nada, el fanatismo (el que está envuelto de religión es, mira por donde, de los peores) se cobraron víctimas inocentes…; y añado, todas lo son. No, no es eso.

No me atraen las beatificaciones porque me perturba, y de qué manera, que alguien pierda su vida por el sinsentido de otra persona, otro ser humano. Por eso no quiero mártires porque el martirio revela que otra mano humana está dispuesta a infligir un castigo inaceptable al ajeno, al diferente. Y para lamento común y demostración de la necedad colectiva y la incapacidad de todos, personas y Estados, la crueldad sigue acampando, la muertos son realidad y la complicidad y la cotidianidad hacen que cada vez nos conturbe menos…

Abomino también no de quien quiere reconocer a los suyos, sino de quienes cuestionan que lo haga. Visualizar a los tuyos, a los que perdieron la vida por defender lo que creían sin haber sido depredadores de nada ni nadie, es más que lógico. Justicia histórica, y da igual azul que roja, blanca o gris porque en todos los casos la barbarie siempre es negra, acaba en negro. Se trata de un ejercicio intimista aunque a veces se haga público. Es íntimo llorar por y a los tuyos…

No me resigno a aceptar que a fecha hoy, pasadas décadas, haya ‘avanzados’ y cultos, así se presentan, que clamen contra los horrores de la guerra civil española pero sigan enmarcándola en colores. ¡Claro que fue un horror, una locura irracional! Y sé que los vencidos defendieron ley y orden, el voto de todos, y que los vencedores subvirtieron la legalidad aprobada, adocenaron y encerraron voluntades, quebrantaron ideas y persiguieron durante años a los derrotados… Y aunque lo respiré en mis adentros y lo reviví con los míos, años de exilio después, aquella atrocidad la tengo aislada en el pasado -no digo olvidada, por aquello de evitar repetirla-, tras gritar contra el dictador que la creo y la alargó.

Se precisa, sí, devolver a la memoria histórica a los que desaparecieron en cunetas víctimas no solo de la confrontación entre bandos, sino de la perversidad de las mentes; como otros también lo hacen con sus propios mártires por la vía de la beatificación. Y es lógico que unos y otros, familias enteras, quieran venerar a los suyos, que sigan pidiendo esa justicia no revanchista pero sí cargada de dolor que hoy se muestra heredado porque muy pocos de los que hacemos el relato padecimos nada de lo que nos narraron. Por eso, reacciono contra el que cree ver en una beatificación o en una exhumación de cadáveres de una zanja nuevas armas de confrontación. Cierto es que los vencidos padecieron más…, siempre. Pero el horror y la sinrazón, nunca serán patrimonio de un solo bando en una contienda; el horror y la sinrazón son axioma de la propia guerra.

Los muertos son memoria pero también esqueleto hiriente y perverso que iguala. Y para recordar a los propios, para no adulterar la historia, para reclamar lo que la memoria no me ha dado, jamás recurriré a la vuelta de tuerca de renegar de los otros, de pervertir otra vez palabras y mentes, de medir y confrontar, de buenos y malos…, aunque rechace los comportamientos sectarios, a los dictadores, extremistas, predicadores, arribistas y hasta a los tontos esféricos.

Porque por suerte para los que hoy vivimos, aquello, la nada, no lo vivimos. Es más, algunos recibimos la lección de perdedores propios que llegados a casa cuarenta años después tendieron la mano cargada de sus historias, sus principios, sus valores, sus creencias y sus vidas, pero libres de odio.

No me gustan las beatificaciones ni las exhumaciones…, pero entiendo la necesidad de dar descanso a las entrañas propias. No me gustan, no, porque repudio que pueda haber martirios. Que la crueldad, en nombre de quien sea, es pura negación.

 

Posdata. Un apunte más mundano… Hay otras cosas que me martirizan. Por ejemplo, una Justicia lenta y otra que distingue… Que es muy edificante comprobar que una secretaria y un testaferro pasan dos noches en los calabozos mientras el jefe de la supuesta tropelía duerme en casa aunque sin pasaporte. Equidistancias. Justicia de a pie para reflexionar un rato.

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Cantabria: de ínsulas, vectores y Ave
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José Emilio Pelayo | 30-09-2015 | 7:46| 0

Hete aquí que en la ínsula todos quedaron quietos, plenos de meditado sosiego con aquella nueva. Y no porque se sintieran henchidos en la deleitación del bien anunciado, sino por la complacencia de aceptar un mal menor que viniera a apaciguar sus quebrantos. Habían pasado días desde que su merced, suponían que por boca del amo y señor de las grandes tierras, les dejara dicho lo que en los años, no enumeró cuántos, llegaría.

Digo, pues, que andaban tranquilos en esta la periferia, por nombre Cantabria. Y era así porque el gran señor, sucesor de otros que existieron y que poco les habían legado, dejó prometido que el camino sería andado, que la vía férrea habría de ser trabajada y que los tiempos de demora mudarían, no en vuelo pero sí en reales para engullir segundos y llantos perpetuados desde los ancestros. Palabra de amo, habían predicado, aunque ella, la señora, de apellido Pastor y la encargada de no digo decir sino proferir aquella nueva, había optado por alargar espacios temporales, en un peculiar hacerse de rogar que solo el egoísmo propio entendía.

Pero no era menester fecha, porque el don anunciado se presuponía bálsamo: no habría satisfacción a la justa demanda de un tren que vuele, AVE de nombre, pero vistas las gentes -en número pequeño, y quizá contemplativa-, y los años de pedido, aceptable sería recortar los tiempos de viaje y que la vía de hierro que hoy se transita en mil horas y un día -no se atrevió a pronunciar cifra concreta para no recordar el lamento- se limitara a un chaca-chaca de no mucho más de tres horas. Y así se rubricó la venida, aunque sin firma y no sin recelo de los propios, cántabros de cuna, hastiados ellos de engaños pretéritos y promesas vacuas. “Si no ha de ser AVE -de mucho coste y emolumentos que hemos de pagar todos los que moramos en esta patria, catalanes incluidos para que ellos sean solidarios y por tener años antes lo que todavía aquí nos resta-, es menester que la vía requerida quede reducida en ancho y ampliada en modernez, siempre que la premura de la obra marque buenos tiempos y en esta tierra de la periferia podamos ponerla en haber antes de ayer, casi mañana”.

Aceptados el trueque, la vía de hierro y el tren, y asumida la pérdida por mor de las realidades mundanas y para emplear los dineros en premuras más notables, la periferia quedó otra vez en silencio, actitud muy de la costumbre de un pueblo, otrora guerrero y hoy pausado y lleno de raciocinio y templanza.

Y en esas estaba Cantabria, tierra allende la capital, cuando desde no más allá de unos cientos de kilómetros, cerca y en línea recta a los mares del Cantábrico, otra vez el señor tomó la palabra. Y sus palabras, de las que dicen los sabios que no ha lugar a ignorar, resonaron también en la ínsula, en esta una sola región llamada Cantabria. Y el señor, quizá no percatándose de que las voces siempre tienen eco, proclamó: “El tren AVE que hoy abrimos es un poderoso mensaje que esta nuestra España envía al mundo, para dar muestra de territorio solidario, innovador y vanguardista”. Y dicho el aserto, el amo, elegido y amparado en la suma de quienes así lo decidieron, prosiguió: “La vía que hoy abrimos entre Valladolid, Palencia y León es un nuevo vector de crecimiento y empleo, y estos kilómetros (caminos de hierro nuevo) contribuyen a una España mejor y más vertebrada”.

Digo, pues, que sus palabras resonaron y hubo de cruzarse en el destino del amo la mala o buena suerte de que uno de la periferia, despistado en el camino, escuchara la plática. Y aunque era un tanto necio, de poco saber y educación liviana, acertó a mascullar: “En la periferia también lo queremos. Que no estaría mal ser ejemplo de desarrollo y solidario; que bien es verdad que el vector ese de crecimiento no sé si le entiendo pero lo del empleo bien que nos vendría que ha tiempo que los mozos tienen que dejar casa y caminar leguas para encontrar labor, y otros malviven al perder el quehacer que durante años llevó el pan a sus casas. ¡Y qué voy a decir de nuestra necesidad de tener un tren de esos, de los que vuela cual Ave, porque con ello somos una España mejor y más vertebrada. Así es la palabra de amo”.

El hombre de la periferia acabó su perorata, no se sabe si pensamiento. No volvió a hablar del amo, Rajoy de nombre, pero sí de sus rectas palabras. Transcurridos miles de tiempos llegó a casa, cubiertas millas de chaca-chaca en la vía de hierro y tras parar, nunca supo por qué, cuando la máquina se detuvo en un lugar llamado Hoces, a medias entre Reinosa y Los Corrales. Y llegado al hogar, casi en el quicio de la puerta de su hogar, se detuvo. “Poderoso mensaje…, vector de crecimiento…, empleo,… solidaridad”, repicaron de nuevo en su mente las palabras que hablaban de un tren, de vulgo Ave. Y si aquello era bueno, se preguntó por qué su ínsula no lo tenía, por qué en la tierra de su nacimiento no había lugar a “vectores”. Y se acordó del amo y de los que le precedieron. Y antes de llegar a casa gritó: “Yo también lo quiero… Y que no se me queje el Mas que ha años que tiene lo que aquí solo son lamentos”. Y le vino a la mente algo que había leído…”Sancho amigo, la ínsula que os he prometido no es movible ni fugitiva: raíces tiene tan hondas, echadas en los abismos de la tierra…”. Y ahí se plantó, en abismos, y pensó en eso del Ave y aceptó otros vuelos “que es de justicia que lleguen raudo”. Entonces, solo entonces, se durmió en su ínsula.

 

Posdata: no está mal leer las palabras de Rajoy referidas a la nueva línea de AVE entre Valladolid, Palencia y León inaugurada el martes, 29 de septiembre de 2015. En Cantabria nos quedamos sin palabras.

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Sobre el autor José Emilio Pelayo
Santander (1958). Iniciado en el mundo del periodismo cuando apenas contaba quince años, desde su ingreso en la plantilla del decano de la prensa cántabra su labor profesional ha transitado por todas las secciones del periódico, donde en la actualidad es director adjunto. Compatibilizó su trabajo en El Diario con la corresponsalía de Diario 16 y de la revista Tiempo. Está en posesión del Premio Estrañi de periodismo que le concedió en 2004 la Asociación de la Prensa de Cantabria.

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