George Cohen. Ese será el nombre que más suene hoy por la noche, cuando la NBA se enfrente a su particular ‘día del juicio’. El director del Servicio Federal de Mediación y Conciliación se sentará entre las trincheras que han cavado el sindicato y propietarios para desatascar el lockout. «Necesitamos nuestro baloncesto», dijo la pasada semana el propio Barack Obama. Y la Casa Blanca se ha puesto manos a la obra para que el tercer deporte más popular en EEUU -después del fútbol americano y el béisbol- continúe entreteniendo a una nación que necesita escapatorias mentales a la crisis. Cohen, uno de los abogados más prestigiosos del país, es un especialista en forzar apretones de manos entre deportistas y propietarios de franquicias. Ya lo hizo como abogado del sindicato de jugadores de béisbol a mediados de los noventa y lo repitió en el cierre patronal de la NFL este mismo año. De momento, ya ha conseguido que Derek Fisher y compañía acepten volver a sentarse con los empresarios tras el fracaso de las negociaciones de la semana pasada.
Un hotel de Nueva York será, en la madrugada de hoy, el escenario donde se juegue el ‘clutch time’ de la NBA. A Cohen, como a Jordan en el 97 con aquel tiro sobre la bocina contra Utah que le dio la victoria en el primer partido de las finales, no le quemará el balón en las manos en estos minutos decisivos. Estará allí para obligar a las dos partes a llegar a un acuerdo que se antoja lejano, para limar unas diferencias que ya han provocado la cancelación de las dos primeras semanas de la liga regular. Si no lo consigue, se volverá a repetir aquella temporada del ‘asterisco’, como la definió Phil Jackson, que empezó en enero de 1999 y en la que sólo se jugaron 50 partidos en lugar de los 82 habituales. Aquella en la que los Spurs de Tim Duncan consiguieron un anillo. Ya lo ha avisado el comisionado de la NBA, David Stern: «Si no se llega a un acuerdo el martes, creo que no estaremos disputando partidos el Día de Navidad».
La distancia entre lo que piden los multimillonarios (los propietarios) y lo que quieren los millonarios (los jugadores) sigue siendo la misma que hace diez días. El reparto de las ganancias que genera la NBA es el principal punto de desencuentro. Los Wade, Durant y Rose están dispuestos a bajar sus beneficios del 57% al 53%, mientras que los empresarios quieren un 50/50. Pero ese 3% representa 120 millones de dólares al año, lo que en un convenio colectivo de diez años suponen 1.200 millones de dólares que los jugadores dejan de percibir. En el resto de cambios -el endurecimiento de la tasa de lujo en los presupuestos o la reducción de los años de contrato- no parece que exista un abismo. De momento, los jugadores no recibirán el primer cheque de la temporada. Gasol perderá 1,5 millones de dólares, LeBron 2,1 y Kobe 2,5 millones. Para otros que cobran menos -sin hablar de los empleados de los estadios que han sido despedidos- la pérdida de las nóminas puede obligarles a aceptar un acuerdo menos ventajoso pero más rápido. Otros, como Rudy, Deron Williams y medio centenar de jugadores, siguen de lejos el conflicto llenándose los bolsillos en Europa.
Mientras Dallas y Miami ya se miran de reojo, Oklahoma y Chicago hacen examen de conciencia casi sin tiempo de reacción antes de quedarse un paso de la final de la NBA. En el Oeste, Nowitzki está ante una de sus últimas oportunidades para conseguir un anillo que, malicias del destino,le arrebató Dwyane Wade y sus Miami Heat en 2006. Los expertos no dibujaron un futuro esperanzador para Dallas a comienzo de temporada, y la franquicia fue encuadrada en las de la ‘tercera edad’, junto a Boston Celtics. Hace ya mucho tiempo que pasó el mejor momento de Jason Kidd, Shawn Marion o Jason Terry. Incluso el propio jugador alemán, aunque mantiene una regularidad encomiable, tiene demasiados años en su DNI como para esperar segundas oportunidades. A pesar de todos estos obstáculos, el mejor equipo defensivo de la liga dejó en la cuneta a los actuales campeones, Los Angeles Lakers, y está a un paso de demostrar a Oklahoma que la experiencia es más importante que la juventud. Los Durant, Ibaka, Westbrook y compañía, abonados al juego de contragolpe y las carreras sin freno por la cancha han sido domados por la defensa en estático de los Mavericks. A los texanos sólo les queda una victoria para plantarse en la final, y el próximo partido es en el American Airlines Center de Dallas. Demasiadas canas para unos thunder impetuosos y que, al margen de su innegable buen juego, aún les falta pausa y cabeza para atacar y saber defender con orden.
Mientras, en el Este, la mayor coalición de estrellas jamás vista en una misma franquicia está a un paso de cumplir la promesa que hicieron este verano, durante una presentación más cercana a Hollywood que al deporte. Chris Bosh, LeBron James y Dwyane Wade sí están sabiendo sufrir lo que en temporada regular parecía más un juego de adolescentes caprichosos. Están defendiendo, corriendo y encestando los tiros decisivos, aquellos mismos que no tocaban ni el aro en febrero y marzo. Las evidentes carencias de plantilla que supone tener tres jugadores franquicias no han supuesto la tara prevista por los expertos. Los tres jugadores importantes se multiplicaron ante Boston y, además, han descubierto a un Joel Anthony que se acaba de reencontrar con el baloncesto.
Los Heats ganan 2-1 a unos Bulls que desprenden una sensación de cansancio mortal por necesidad a estas alturas de temporada. Su mejor momento estuvo a final de la temporada regular y en los primeros partidos de play-off, pero ni el mejor jugador de la liga, Derrick Rose, ni el mejor entrenador, Tom Thibodeau, podrán levantar la eliminatoria si Chicago baja ligeramente los brazos ante Miami. En juego está la clasificación para la final, pero los hombres altos de la ciudad del viento parecen desorientados. Ni Carlos Boozer ni Joakim Noah están mandando en la pintura con la suficiencia que se esperaba ante un equipo sin presencia bajo los aros, con la excepción de un Bosh que juega de ’4′. Sin conocer el resultado del cuarto partido, las apuestas ya pagan poco por una reedición del Dallas-Miami en la final. Mala señal para los jóvenes de Chicago y Oklahoma.
La religión de Elvis comparte ahora espacio en Memphis con ese dios del baloncesto que les ha regalado la mejor temporada de sus 16 años de historia, si incluimos los seis años que la sede de los Grizzlies estuvo en Vancouver. Nunca antes habían conseguido una victoria en play-off ni, por tanto, pasar la primera ronda y jugarse un puesto en la final de Conferencia hasta el último partido. Esta vez lo han hecho mirando a los ojos, de tú a tú, a Oklahoma. Aunque la lógica se impuso en ese séptimo partido en el que los Thunder no les dieron ninguna opción, Memphis merece un sobresaliente por los obstáculos que ha tenido que sortear para estar a un paso de la final del Oeste. A principios de temporada, su entrenador Lionel Hollins tuvo que elegir entre OJ Mayo y Tony Allen para el equipo titular. Una decisión complicada entre un estilista anotador y un jugador más defensivo, sobre todo después de la pelea entre ambos en un avión por un tema de apuestas. El problema acabó con Mayo con un ojo morado y con plaza fija en el banquillo en detrimento de Allen. Pero Hollins supo gestionar los egos hasta que Mayo, en la cuerda floja del traspaso durante toda la temporada, supo aceptar su rol. No iba a ser la única zancadilla para los Grizzlies. En febrero se lesionó Rudy Gay. Los problemas en el hombro del alero, su jugador más en forma, con 20 puntos y 6 rebotes por partido, provocaron en febrero su salida de las alineaciones. Y no volvió a jugar en toda la temporada. Con una plantilla escasa de jugadores importantes en el banquillo, la franquicia tuvo que inventarse un traspaso que llevó de regreso a Memphis a Shane Battier. A pesar de todo, los Grizzlies consiguieron clasificarse octavos de conferencia y, cuando nadie daba nada por ellos, eliminaron al mejor equipo del Oeste: San Antonio Spurs. Memphis cuenta con uno de los mejores juegos interiores de la liga. Un Marc Gasol que ya suena para los equipos más importantes para la próxima temporada se ha afianzado en la NBA y es un ‘center’ peligroso no sólo por la lucha en la pintura, sino por su tiro de media distancia y su visión de juego, dos características que no predominan en los cincos norteamericanos. Junto a él, Zach Randolph ha hecho las veces de ese jugador franquicia del que carece Memphis. Instalado en el doble-doble cada noche desde hace años, la diferencia de esta temporada es que Randolph no se ha escondido en las grandes citas, y ha conseguido ser el referente de los Grizzlies tras la lesión de Gay. El salto de calidad del base Mike Conley ha sido otra de las luces de este año para el equipo de la ciudad donde nació el rock&roll. Una franquicia que ha ejemplificado mejor que ninguna los simbolos del sacrificio, sentido colectivo y trabajo. Tres valores que lo han llevado a un paso de la final de conferencia. Pero no ha sido suficiente. A pesar de los nombres de su plantilla, falta talento. No en general, sino representado en un jugador franquicia. No tiene a un Durant, a un Nowitzki, a un LeBron o a un Rose que han llevado a sus equipos a las semifinales. Y eso es lo que su propietario, Michael Heisley, debe valorar ahora. ¿Debe crecer con un buen fichaje o traspasar y seguir reinventándose como cada año?
A falta de diez minutos para acabar el partido, Pau Gasol, con el rostro desencajado, aplaudía un tiro libre de Lamar Odom desde el banquillo. Era la inercia de quien se sabía derrotado y humillado. Los 36 puntos de diferencia con los que Dallas eliminó a los Lakers en el cuarto y último partido fueron el punto y final más bochornoso a un ciclo de dominio púrpura y oro. Al lado de Gasol estaba el mejor entrenador de la historia de la NBA. Veinte años en los banquillos y las mismas rondas de play-off. Once anillos de campeón en trece finales. Phil Jackson, el maestro Zen, no pudo poner la guinda a una carrera inalcanzable para casi todo el mundo. El ‘tío Phil’ no merecía dejar el baloncesto sufriendo en sus carnes un récord histórico de triples -20 metió Dallas- ni ver cómo alguno de sus jugadores no supieron encajar el adiós inevitable -la agresión de Bynum sobre Barea debería conllevar varios partidos de suspensión-. Una vez hechas las críticas más ácidas, es hora de ponerlo todo en su lugar. Los Lakers han perdido contra el quinto mejor equipo de la liga, la segunda mejor defensa y con diez años consecutivos jugando en play-off. Nowitzki, Terry y Kidd no son unos cualquiera. La derrota no es injustificable, los modos sí, pero no tanto como para faltar el respeto a un equipo que ha dominado una liga tan compleja y tan voluble como la NBA. Todos los medios norteamericanos se han apuntado ahora al ‘fin de ciclo’ y, sobre todo, a despellejar a Pau Gasol. A señalar con el dedo al español casi como único responsable de lo ocurrido. No he visto todavía ninguna crítica a Kobe Bryant. Por supuesto que existe un fin de ciclo, pero no por la caída de anteayer, sino porque el entrenador de la última década -con excepción de una temporada- se marcha. Ahora los Lakers tienen que decidirse por una línea continuista (Brian Shaw) o por acabar con el triangulo ofensivo y buscar una alternativa fuera. El segundo paso es analizar las causas de la montaña rusa que ha sido esta temporada. ¿Qué ha fallado? No ha sido una sola cosa. Desde luego no se le puede achacar toda la responsabilidad a Pau Gasol. Tiene su parcela de culpa, por supuesto, pero no se pueden obviar otros síntomas, como el error a la hora de confeccionar el banquillo. Los fichajes de Matt Barnes y Steve Blake no han aportado nada a un equipo que sólo se ha sostenido en seis jugadores. No hay segunda unidad. Tampoco ha existido intensidad defensiva ni fluidez ofensiva. La pareja Bynum-Gasol, que debería dominar en la pintura al 99% de los equipos de la liga, ha flaqueado en los momentos decisivos. Bryant ha pecado de egoísmo, como casi siempre, pero sin el acierto de otras temporadas. Y, sobre todo, ha sobrado desidia. Con la inercia de la temporada anterior no se ganan campeonatos. Y han tenido que caer desde tan arriba para ser conscientes de ello. El último paso es la renovación. Los Lakers no deben volverse locos. En EEUU no se deja de hablar de un traspaso de Gasol. Parecen no tener en cuenta que los altos contratos de los jugadores de Lakers, incluido el de Pau, son muy dificiles de colocar. Son necesarios retoques, pero no destruir la columna vertebral de un equipo campeón.
Las dudas, las sorpresas y la igualdad fueron la nota dominante de los primeros partidos de play-off. Los favoritos parecen adormilados, como en una especie de calma autosuficiente a la espera de rivales más trascendentes. Y los aspirantes, con ‘rosters’ más jóvenes, han revelado un hambre de victorias que ha dado el susto a más de uno. Las quinielas conservadoras nunca son cien por cien fiables en la NBA y en la primera ronda siempre hay un equipo sin demasiadas aspiraciones que rompe las apuestas.
En Los Ángeles esperan que esa franquicia no sean los Hornets (‘Avispas’) de New Orleans. El entrenador Phil Jackson ha contagiado su filosofía zen a la plantilla. Quizás en exceso. No han sido normales las ‘pájaras’ de los Lakers en temporada regular. Y tampoco lo ha sido perder el primer partido de play-off en casa contra un equipo sostenido únicamente en el talento de Chris Paul y con la ausencia de David West, su mayor reboteador. Gasol jugó su peor partido desde que llegó a Estados Unidos. Ocho puntos y seis rebotes son un bagaje lamentable para uno de los pilares del equipo que pretende conseguir el ‘three peat’.
Al menos los angelinos fueron autocríticos a la hora de explicar la derrota. El propio Gasol no puso excusas a los pocos minutos de perder el factor cancha con Nueva Orleans: «Nunca imaginé que fuéramos a empezar así. Por momentos parecía que no estaba en la cancha, así que tengo que ser mucho más agresivo e intentar ser productivo como siempre».
Aunque no es momento de rasgarse las vestiduras, en Los Ángeles deberían repasar los vídeos de su enfrentamiento contra Oklahoma del año pasado. Una victoria por 4-2 en primera ronda que acabó con un solo punto de diferencia por una canasta en el último segundo. Después todo fue más sencillo antes de esa gran final ante Boston.
También en el Oeste, San Antonio sufrió un descalabro similar frente a los Grizzlies. La franquicia de Memphis, recién renovado Zach Randolph por 4 años y 66 millones de dólares, ganó a los Spurs de los récords y estrenó su cuenta de victorias en play-off por primera vez en la historia. Marc firmó uno de esos partidos que valen una renovación de contrato o la titularidad en un aspirante real al anillo, con 24 puntos y 9 rebotes. Mientras, los texanos siguen esperando la recuperación de Ginobili para parecerse a los que encandilaron en la temporada regular.
En el Este, el primer asalto de esta ronda de play-off no deparó tantas sorpresas, pero sí obligó a los favoritos a un esfuerzo extra para sacar adelante unos partidos que empezaron perdiendo. En Boston, fue un triple de Ray Allen el que dio un agónico triunfo frente a unos Knicks exasperantes. Carmelo Anthony, el recaudador de ilusiones de New York, falló un tiro sobre la bocina que pone la clasificación cuesta arriba para los de D’Antoni. No es ese error el que se le achaca a ‘Melo’. Hay muchos que piensan que sin él, y sin su festival de tiros forzados y fallados, los Knicks hubiesen ganado a los Celtics. Miami y Chicago, con más dificultad de la prevista, también sacaron adelante sus partidos por la insistencia de sus estrellas.
Quedan nueve días para acabar la liga regular. Nueve días para que las matemáticas terminen de ordenar la cabeza de las dos conferencias y confirmen los últimos puestos de entrada en los play-off. Después de siete meses de competición, de viajes de costa a costa, de decepciones y de descubrimientos, de rachas históricas y de la amenaza de un cierre patronal que ensombrece el futuro de la NBA, ahora comienza la otra liga. Ya no hay tiempo para rectificar errores ni partidos para acoplar modos de jugar. Es ahora cuando los Lakers, con una racha de nueve victorias en diez partidos pero con muchas dudas por su irregularidad toda la temporada, tendrán que apretar los dientes para no tropezar antes de la más que segura final de Conferencia contra los Spurs, que ha perdido siete de sus últimos diez encuentros. Kobe, Gasol (pendiente de una revisión médica después de lesionarse la rodilla este domingo), Bynum, Fischer, Odom y Artest todavía pueden arrebatarle a San Antonio la primera plaza del Oeste. Los de Popovich, al contrario que otras temporadas, han quemado su gasolina al comienzo. Con Duncan, Parker y Ginobili tocados, ‘Pop’ se ve obligado a darles descanso para que su columna vertebral empiece sana los play-off. Por abajo, Portland, New Orleans y Memphis están a sólo un partido entre ellos y los nueve días que quedan serán los que decidan en qué orden, del sexto al octavo, entran en los cuadros. Depende de ese orden podríamos ver un duelo entre los hermanos Gasol en la primera ronda o con el otro español en liza, Rudy Fernández. En semifinales de Conferencia será más complicado, ya que Grizzlies y Trail Blazers tienen, en principio, pocas papeletas para seguir adelante contra equipos más fuertes como Dallas.
En el Este las cosas están más claras. Unos Bulls imparables con la defensa impuesta por Tom Thibodeau, la genialidad de Rose y la fuerza en la pintura de Boozer y Noah parecen tener asegurada la primera plaza, por lo que evitaría hasta la final de Conferencia a Boston y Miami. Ninguno de estos dos últimos querrá quedar segundo porque los Knicks de Carmelo y Stoudemire esperan en su séptima plaza. Esta semana podemos ver a los Celtics y a los Heat con un despropósito de derrotas para evitar el cruce con New York y verse las caras con Philadelphia, sexto clasificado. Lo que ya es casi seguro es un espectacular Orlando-Atlanta en primera ronda. Horford y Smith contra ‘Superman’ Howard y un recuperado para la causa Hedo Turkoglu.
Sólo un anillo de Lebron, Wade, Bosh y compañía pueden evitar que esta temporada sea para siempre la de Blake Griffin y Derrick Rose. El primero, rookie del año, ha conmocionado la liga con sus mates y ha conseguido despertar el interés por la NBA en rincones que ya habían olvidado el ‘showtime’ del baloncesto norteamericano. El segundo será elegido el MVP de la temporada en su tercer año como profesional. Desde Michael Jordan, nadie había conseguido levantar tanta expectación en la ciudad del viento.
Se cumple ahora una década de la última final de la NBA que pisaron los Philadelphia Sixers. Fue contra los Lakers, el mismo rival que se encontraron en 1983, su anterior aparición en unas finales. En esa ocasión, los Sixers ganaron de forma tan incontestable como Los Ángeles le respondió en 2001. Hace 28 años, el anillo que ganaron se lo pusieron Julius Erving, Moses Malone y Maurice Cheeks. Lo mismo que un tal Chamberlain en 1967. Hace diez años fue Allen Iverson, que en Philadelphia es tanto como decir Michael Jordan, fue el que lideró al equipo que rozó la gloria. Pero no lo consiguió. Los Sixers no tienen ahora el nombre de antes, pero esta temporada, sin levantar la voz, sin estrellas, sin pretensiones y ni siquiera sin buen juego, están consiguiendo arañar las victorias suficientes para estar en play-off. De momento ocupan la sexta posición de Conferencia. Por encima de los Knicks de Carmelo y Stoudemire. Ese es el milagro Philadelphia. El de una franquicia con entrenador nuevo y plagado de jugadores jóvenes que se peleara -si todo acaba como ahora- con Miami en la primera ronda. Muchos lo achacan al relax de la Conferencia Este. Con ese parcial de victorias-derrotas, en el Oeste estaría al nivel de Utah, muy lejos de los puestos que dan acceso al play-off. Sea por una cosa u otra, la primera temporada de Doug Collins en el banquillo no puede ser mejor con los retales que le dieron. El entrenador es un hombre de la casa, aunque lleve más de treinta años sin entrar en el vestuario de los Sixers, el equipo que lo eligió como jugador en primera ronda del draft en 1973 y donde jugó sus ocho años como profesional. En los 80 dirigió a los Bulls de Jordan sin conseguir un anillo. Allí lo sustituyó sus asistente, el ‘maestro zen’, Phil Jackson. Tras pasar por Detroit y Washington, Collins ha conseguido sacar petróleo de una plantilla sin nombres. Andre Iguodala no puede ser considerado jugador franquicia. Es uno de los mejores defensores de la liga, pero no tiene el status de estrella. Collins ha conseguido recuperar a un Elton Brand imponente que va camino de acabar una temporada sin lesiones. Con él, Jrue Holiday (20 años) o Louis Williams (24) han encontrado un hueco que en otras muchas franquicias no hubiesen tenido. Su reto ahora es hacer de Evan Turner, pick 2 del pasado draft, un jugador aprovechable. Sus pésimos porcentajes de tiro y aportación al equipo están empezando a levantar las primeras voces críticas con la elección de los Sixers.
Sólo unos minutos antes de derrotar a Charlotte y colocarse a una victoria de Boston, primer clasificado de la Conferencia Este, los Chicago Bulls celebraron el veinte aniversario del primero de los seis anillos que coronaron la mejor época de su historia, en la década de los noventa. Aquella generación de jugadores capitaneados por Michael Jordan, Scottie Pippen o John Paxon recibieron la ovación cerrada del United Center. Y es que los 20.000 seguidores que aplaudieron el recuerdo de los años dorados llevan más de una década de peregrinaje por el desierto. Desde la despedida de ‘Air’ Jordan, nada importante ha vuelto a pasar en Chicago. Hasta ahora.
Los Bulls han dado un golpe sobre la mesa en la recta final de la liga regular y ya están por encima de Miami. Lejos de quedarse deslumbrado por el oropel de los LeBron, Wade y compañía, Chicago ha apretado los dientes para postularse como un firme candidato al anillo. Esa etiqueta de aspirante no es gratuita, y existen tres razones para que los Bulls estén un peldaño por encima de otros equipos que a comienzo de temporada partían con las mismas posibilidades, como Atlanta o New York. La primera es el cambio en el banquillo. Tom Thibodeau, que suena muy fuerte para ser el entrenador del año, ha forjado sus conocimientos defensivos a la sombra de Doc Rivers en los Boston Celtics. Este es el primer año que ejerce como primer coach, pero la experiencia de veinte años siendo secundario no pasa desapercibida. «No me imagino unos Celtics sin él entrenando la defensa», dijo en su momento Ray Allen. Y tenía razón. Chicago se ha convertido en una versión 2.0 del sistema Celtics: defensa, compañerismo, equipo y dureza, sin dejar en la cuneta el ‘show time’ de sus estrellas. El segundo pilar de este equipo es Derrick Rose. El jugador que amenaza a Kobe y LeBron con llevarse el MVP de este año. Un base que, en su tercer año en la NBA, ya está considerado como uno de los cinco mejores en su puesto. Hasta ahora se le había criticado por no ser un ‘playmaker’, pero a su virtud anotando ha añadido este año las asistencias. Rose penetra y hace jugar al equipo, y ya nadie duda de la buena elección del draft de Chicago en 2008. La tercera razón es su acierto en la contratación de Carlos Boozer. En un verano solapado por el fichaje de LeBron por Miami, los Bulls, sin levantar la voz, se hicieron con el ala-pivot de Utah para convertirse en una máquina reboteadora. Con él, Joakim Noah y Luol Deng, el juego interior de Chicago no tiene nada que envidiar ni siquiera a los Lakers.
Charles Barkley y Dwight Howard se miraron incrédulos cuando Javale McGee consiguió hacer dos mates con dos balones en dos canastas distintas en un sólo salto. Y más aún cuando machacó tres balones de una tacada. El pivot de Washington, de sólo 23 años, derramó originalidad durante todo el concurso de mates previo al All-Star de este fin de semana. Pero el público que llenaba el Staples Center de Los Ángeles, como en un circo romano, quería sangre. Y el que mejor sabe hacer sufrir el aro hoy en día es Blake Griffin. El rookie de los Clippers es un salvaje. Quitándole las connotaciones negativas a la palabra, es la que mejor define el juego del joven de 22 años elegido en el número uno del draft de 2009. Todos los ‘highlights’ de la temporada están salpicados de pases de Baron Davis al cielo para que Griffin los baje destrozando el aro. Durante la liga ha hecho mates de todos los colores y con todos los escorzos posibles. No le ha importado incluso tener que apartar con la mano al defensor -que se lo digan a Mozgov, pívot de los Knicks-. Por eso todas las apuestas lo daban como ganador del concurso. Los pronósticos se cumplieron, pero, quizás influenciado por las expectativas, no pude evitar que me defraudara su recital del sábado por la noche, como también me pareció muy baja la puntuación que recibió el medio español Serge Ibaka por su mate desde la línea de tiros libres, el más largo de la historia.
Griffin dio más espectáculo en sus intentos fallidos que en sus aciertos. En su primer mate fue puntuado muy alto con un 360º. Pero lo que hizo al público ponerse en pie fue su salto y giro en el aire de 540º sin conseguir meter la pelota. Después llegó su particular homenaje a Vince Carter y al mate del año 2000 en el que quedó hundido desde el codo en la canasta. En la pared de su habitación en casa de sus padres, como él mismo ha reconocido. todavía está colgado el poster del ahora jugador de Phoenix cuando lo hizo hace once años.
Un tercer mate bastante discreto para el nivel del concurso dio pase al momento álgido de la noche, segundo homenaje de Griffin. La organización metió un coche en el parqué y lo colocó debajo de la canasta mientras un coro de gospel comenzó a interpretar el ‘I believe I can fly’ (‘Creo que puedo volar’), canción incluida en la banda sonora de la película ‘Space Jam’, que protagonizó Michael Jordan en 1996. Baron Davis se metió en el vehículo, abrió el techo solar y, desde allí dentro, lanzó la pelota al aire para que Griffin, sin la capa de Supermán que utilizó Dwight Howard en 2008, volara por encima del coche para ganar el concurso. Algunos corearon la estética del mate y otros su originalidad. Pero ni lo uno ni otro. Marko Milicic ya había machacado el aro por encima de un coche hace 16 años y su complejidad sólo estaba en acertar el momento del salto. Simplemente ganó quien la gente quería que ganara y quien más lo ha merecido en la temporada, no en el concurso. Postdata: cuarto All-Star para Pau Gasol.

Lo más importante es amar el juego», dijo en su día Jerry Sloan cuando le preguntaron por la clave para triunfar en la NBA. Esta visión romántica del que fuera, hasta la semana pasada, el entrenador de Utah Jazz durante 23 años, contrasta con el amor de todo un país por la frialdad de los récords y las estadísticas. Es EEUU un territorio conquistado por el pragmatismo. También en el deporte. Por eso Sloan, que nunca ha ganado un anillo, se marcha sin un sólo título de ‘Mejor entrenador del año’. Porque allí las leyendas sólo lo son con una vitrina llena. Sloan se despide sin un reconocimiento individual más allá de que es el tercer técnico con más triunfos en la historia de la liga, sólo por detrás de Don Nelson y Lenny Wilkens.
A sus 68 años dijo adiós entre lágrimas después de convertirse en el entrenador que más tiempo lleva en el mismo equipo dentro de los cuatro grandes deportes profesionales que hay en Estados Unidos –baloncesto, fútbol americano, béisbol y hockey sobre hielo–. Pero lo que ha conmocionado a todo Utah y a la NBA ha sido su forma de marcharse. A mitad de temporada, con los Jazz coqueteando con quedarse fuera de los play-off y sólo tres días después de firmar una extensión de contrato. «Siento que es el momento de cambiar de dirección, mi nivel de energía no es el que era antes», dijo en la rueda de prensa en la que oficializó su despedida. Hasta en el adiós fue elegante el hombre capaz de llenar tarros enteros de billetes de un dólar por cada vez que dice ‘fuck’ en un partido. Elegante porque ha mentido para no ensuciar a la franquicia que ha sido su casa en las dos últimas décadas. Sloan no se ha marchado por cansancio, sino por la falta de respeto de las estrellas, de los jugadores cuyos egos les impiden seguir aprendiendo o reconocer sus errores. Sin respeto por los galones, la edad y la experiencia.
Karl Malone, ex jugador de Utah, que estuvo a las ordenes de Sloan durante muchos años, ha sido el que mejor ha explicado la situación: «Cambiaron la cancha a la vieja escuela. Cambiaron el uniforme a la vieja escuela. Que alguien le diga a los malditos jugadores que empiecen a jugar como en la vieja escuela. El individuo que conozco y amo –Sloan–, nunca renunciaría a nada». Con estas palabras, Malone recrimina directamente la actitud de Deron Williams, base de los Utah y jugador franquicia, quien empujó a la puerta de salida a Sloan. En el último partido contra Chicago, el entrenador marcó una jugada, el base no siguió la orden y decidió ejecutar otra. La discusión en el vestuario fue monumental. No era la primera vez. Quizás Williams debería revisar las cintas de las últimas temporadas de John Stockton, uno de los mejores armadores de todos los tiempos que no cruzaba el medio campo antes de ver qué señal le enviaba Sloan. El entrenador le comunicaba qué jugada se ejecutaría posesión por posesión.


