Los ajustes, después del 22 de mayo

Por Jesús Cabezón

Cuando sonaron las alarmas (y los teléfonos) de que los mercados dudaban de la solvencia de la economía española para hacer frente a los pagos derivados de su deuda, no quedó más remedio: recorte de los sueldos de los funcionarios, freno a la inversión pública, reforma del sistema de pensiones, desaparición de ayudas, cierta pretensión liquidatoria de las Cámaras de Comercio, la aparición de un espíritu exigente a las Cajas de Ahorros con más presión y descaro que a la banca privada, porque era esa banca quien propiciaba las exigencias a las Cajas y la salmodia del reiterado ‘cambio de modelo productivo’, que como todos los cambios estructurales tardan en concretarse y, mientras, el paro sigue desbocado y la capacidad de gasto de las Comunidades Autónomas parece un saco sin fondo.
El gobierno central ha hecho parte de sus deberes, sin contar con el apoyo de la oposición política y de los agentes sociales, un apoyo que hubiera resultado básico para devolver confianza a los mercados, a las empresas y a los ciudadanos.
Los objetivos de déficit fijados en el Plan de Estabilidad para el periodo 2011-2014 son exigentes y se necesitan los ajustes fiscales que permitan alcanzar el necesario equilibrio económico-financiero, pero es más necesario aun conseguir los instrumentos que hagan más competitiva a nuestra economía. Porque si no crece la economía, no habrá ajuste del déficit y no se creará empleo.
Para cumplir esos objetivos (menos gastos y más ingresos) el gobierno central aplicará sus planes de ajuste, pero en la misma proporción deberán aplicarse las comunidades autónomas y los ayuntamientos. No cabe camuflar o maquillar las cifras.
Los mensajes duros no son cómodos para tiempos de campañas electorales, pero lo honesto y exigible sería que en los discursos electorales se escucharan menos ocurrencias sobre lo imposible y más concreciones sobre los ajustes necesarios e inaplazables.

El quietismo

Por Bernardo Colsa

El quietismo viene a ser como la contemplación pasiva de la realidad. Para que nos entendamos, el pasotismo de la ciudadanía motivado por un estado general de indiferencia y abulia social que, en ocasiones, viene incentivado desde ciertas instituciones por propia conveniencia.
Tengo la sensación que en algún lugar de Cantabria hay algo de quietismo. Y lo entiendo; ante determinadas actitudes políticas, es difícil no caer en esa apatía.
Sin embargo, hay situaciones que invitan a elevar la voz. Sobre todo por comportamientos ante temas trascendentales, como el desempleo y a la vivienda.
Soy de la opinión que, en el caso del desempleo, todas las administraciones deben involucrarse. Por eso me rebelo cuando alguien se hace una foto en la inauguración de una empresa y alardea de los empleos creados para luego disimular cuando le preguntan por cómo combatir las cifras de desempleo en su ciudad, usando como excusa la falta de competencias políticas. Eso no es cierto. Todo dirigente tiene la obligación de generar un clima propicio para incentivar la creación de empleo. Una cosa es que desde el Gobierno se incida en las políticas activas y proactivas de empleo y otra que desde los ayuntamientos se estimule la generación de empleo con acciones, por ejemplo, referidas a bonificaciones fiscales. Cada uno en su papel, pero todos responsables.
Y en el caso de la vivienda, me ha parecido bochornoso que, ante la publicación de una cifra escandalosa como la de demandantes de viviendas públicas, se conteste con el manido «y tú más».
Me rebelo porque tenemos el ejemplo de cómo no se deben hacer las cosas, La Remonta. Una simple modificación parcial del Plan Urbano podía haber solucionado el problema de vivienda de la capital cántabra.
Todavía siguen los caballos paciendo. A más de uno mandaba yo a hacer ídem.
P. D. Menos mal que la gente empieza a rebelarse.

Funcionarios desaparecidos en campaña

Por José Luis Gil

Por razones profesionales he tenido ocasión de comprobar, principalmente en los casos de algunos países latinoamericanos y de alguna de las antiguas repúblicas socialistas soviéticas, la gran medida en que condiciona su desarrollo la debilidad institucional, la falta de una administración eficaz y honesta. En ocasiones y contextos se ha puesto de ejemplo la transición española de la dictadura a la Democracia, pero creo no haber escuchado referencia alguna al papel fundamental desempeñado por los funcionarios públicos desde los de niveles altos de responsabilidad, que en muchos casos fueron la cantera de altos cargos para afrontar los enormes retos de los primeros gobiernos democráticos y por los que ocupan puestos de niveles jerárquicamente inferiores pero no menos importantes.
Otro reto ha sido la incorporación de España a la UE y la oportunidad de acceder a fondos comunitarios decisivos para superar déficits estructurales, desafío superado con bastante éxito en la mayoría de las regiones y sin duda de forma destacada por Cantabria durante los gobiernos de Martínez Sieso. Es cierto que el costo de los sueldos de funcionarios alcanza niveles críticos en los presupuestos y que a este colectivo se nos puede considerar privilegiados respecto del principal efecto de ella, el drama del paro. Y que ambos factores deben llevarnos a un esfuerzo adicional de compromiso con la función pública, incluyendo el aceptar recortes salariales solidarios para controlar el déficit. Pero eso no supone que se les considere carne de cañón y causantes de la crisis porque más importante que todo lo anterior, que pudiera quedar reducido al chocolate del loro, es que los gobernantes potencien y respeten como pilares de una eficaz administración los principios de mérito, esfuerzo y formación.
En el ambiente está que en el caso del Gobierno de Cantabria ese no ha sido su proceder en las dos últimas legislaturas primando el clientelismo político y son sonados algunos casos de prepararse puestos de funcionarios a medida para asegurarse el porvenir ante posibles avatares electorales adversos. Por eso echo en falta que esta cuestión esté siendo relevante en el debate electoral.

¿Simples anécdotas?

Por Jesús Cabezón

Qué pensará un elector cuando escucha a un líder pedir «un Gobierno como Dios manda» y referirse a la necesidad de gobernantes que «se vistan por los pies»?
O cuando otro líder, para demostrar su amistad o afinidad ideológica con el anterior, recuerda que le regala puros cuando coinciden y que en Navidades le envía latas de anchoas.
Quisiera pensar que son dos anécdotas, fruto del bajo perfil de campaña que quiere uno o consecuencia de la deriva populista a la que ha llegado el otro. Podía haber seleccionado chascarrillos de otros portavoces más o menos ilustres, que nadie se me enfade, pero estos dos me parecían suficientes.
En consecuencia, enuncio algunas propuestas para lo que resta de campaña electoral: un curso urgente para que se nos enseñe a los mortales cómo manda Dios que sea un gobierno; otro cursillo no menos intensivo para aprender a vestirse como los políticos; que al concluir los actos públicos, se repartan puros a los hombres y cigarrillos a las señoras y que se regale un cupón de asistencia, para que cuando se tenga tres se canjeen por una lata de anchoas y que se divulgue que los trajes se compran y se pagan porque no son dones caídos del cielo.
Que alguien le explique al líder de aquí que ese partido llamado PSOE, del que dice que está hoy un poco resquebrajado, ha sido su socio de gobierno y que le regaló la Presidencia cuando era el partido menos votado; que gracias al compromiso de ese PSOE, hoy Cantabria es Comunidad Autónoma y que recuerde que gobernó con el partido que encabeza su particular ‘pisapuros’.
Otra sugerencia: que el consejero de la hacienda regional deje de pronosticarnos, una semana y la siguiente, próximos crecimientos económicos, que la cosa no está para bromas. Prefiero escuchar hablar, por ejemplo, de inversiones futuras, de empleo, de sanidad o de educación.

Discurso autónomo

Por Bernardo Colsa

Hace treinta y cinco años, las fuerzas políticas vivían en un mar de dudas respecto al futuro autonómico de Cantabria. AP, hoy PP, se mostraba radicalmente contraria a la autonomía. El PSOE nunca dio relevancia a su consecución y la UCD era ambivalente. Sólo el PRC apostaría sin ambages por ella. Lograría arrastrar al resto y, definitivamente, la autonomía se acabaría conquistando. Hoy nadie discute que esa conquista fue una de las mejores decisiones de nuestros anales.
La historia del PRC es admirable. En una comunidad donde no existe un sentimiento nacional particular y la presencia de los dos grandes partidos es abrumadora, que subsista hoy en día un partido regionalista es casi milagroso. Pero que tenga el gran apoyo electoral que tiene es sencillamente espectacular.
Muchos se preguntan por su éxito. Sin duda, su líder tiene buena culpa. Pero hay más. Tiene su espacio político porque existe una identidad cántabra y porque los grandes partidos son meras sucursales que han abandonado el autonomismo. Y ahí, el regionalismo es quien sostiene la bandera.
Sólo hay que analizar esta campaña. Por aquí han venido los grandes líderes. ¿Y qué nos han dejado?. Pues miren: sus eslóganes y programas son exactamente iguales para Cantabria que para Murcia, son incapaces de concretar ni particularizar nada para esta tierra, sus únicas palabras dirigidas a Cantabria son para aplaudir a sus jefes de sucursal, silencian los perjuicios de actuaciones de otras autonomías hacia la nuestra –ejemplo: el blindaje fiscal vasco– y no hablan un ápice de políticas autónomas y autonómicas. Sólo generalidades para satisfacer un discurso en clave estatal.
Si siguen así, siempre habrá un espacio para un partido cantabrista. Y cada vez mayor. Un consejo: esto es Cantabria; no es una provincia más sin historia e identidad. Aquí hay que estilar otro discurso. A ver si nos vamos enterando.

Populismo, juventud y democracia

Por José Luis Gil

Tengo la fortuna de dedicarme profesionalmente a la docencia, trabajo que me permite el contacto frecuente con los jóvenes de esa generación española y cántabra que organismos internacionales consideran se perderá para la sociedad. Mi percepción de cómo viven la política y los problemas coincide con el análisis que ayer publicaba el profesor Zubieta, aunque matizaría alguna conclusión propia, cual es el riesgo de que buena parte de ellos caigan en manos de populistas ventajistas que para alcanzar o perpetuarse en el poder aprovechan el desencanto respecto de la política y los políticos que los estudios de opinión revelan. Son aquellos líderes que hablan más de sí mismo que de los problemas, que atribuyen a sus rivales la autoría de conspiraciones para apartarles de su sillón. ¡Habrase visto osadía!
Hace años, creo que en las Generales de 1993, asistí a un debate en la Facultad de Derecho en el que intervenía mi circunstancial compañero periodístico Jesús Cabezón, que fue abucheado por la ‘clá’ de un partido ‘no condicionado ideológicamente’ cuando rememoró tiempos cercanos en que tuvo que abandonar sus estudios por defender las libertades. Recuerdo también como apenas dos años más tarde un convecino mío se escandalizaba porque yo, de quién conocía también mi pasado estudiantil comprometido y me atribuía virtudes democráticas contrastadas, me presentara a las elecciones por un partido de centro derecha como el PP. Ambos recuerdos me entristecen porque casi veinte años después en nuestra región sigan perdurando concepciones maniqueas de la política, como la de mi conocido, o de desprecio y chantaje político hacia el compromiso ideológico partidista de aquel grupito reventador de debates. Nos enfrentamos a un futuro complicado que sin duda puede y debe ser enfrentado con esperanza, futuro en el que la juventud ha de ser protagonista principal, pero para ello es necesario que ésta se sacuda la tentación de confiar en líderes populistas que acaban considerándose salvadores indispensables.

Demasiados municipios

Por Jesús Cabezón

Existen diferentes opiniones y documentos en los que se argumenta que el número de municipios en España parece excesivo, si tenemos en cuenta que más del 50% no alcanza los 2.000 habitantes. También en Cantabria los 102 ayuntamientos, a los que hay que sumar juntas locales y pedanías, se antojan como un exceso de administraciones locales con escasa capacidad, en bastantes casos, de generar ingresos propios suficientes para prestar servicios a sus habitantes y con pocos instrumentos financieros y de gestión para atraer nuevas inversiones o crear calidad de vida y condiciones atractivas sociales y económicas, para que sea posible retener a la población o mejorar su censo poblacional.
¿Ha llegado el momento de abrir un debate en España sobre la actual dispersión municipal? Los intentos de propiciar comarcas o mancomunidades no han servido en la práctica para eliminar estructuras administrativas, sino para crear algunas nuevas, con lo que no se lograba el ahorro de gasto pretendido y no mejoraba sustancialmente la eficacia en la gestión.
Durante una campaña electoral no es el momento propicio para abrir este debate y extraer conclusiones. Pero quizá fuera bueno que se confirmara un compromiso para que en la próxima legislatura se acometiera ese necesario debate sobre la supresión de juntas vecinales y pedanías y, avanzar hacia una agrupación de municipios, que no tiene que poner en cuestión nombres e identidades, sino que debe buscar la eficacia de su funcionamiento y profesionalizar más la gestión de determinados servicios. Sé que es más prioritario dotar a los ayuntamientos de una nueva ley que actualice ámbitos competenciales y financiación, pendiente durante demasiado tiempo, y plantear la descentralización de algunos servicios desde las Comunidades Autónomas a los Ayuntamientos, algo que debiera haberse hecho ya, pero esa urgencia de lo prioritario no debiera alejarnos de la necesidad de racionalizar la dimensión de nuestras administraciones locales.

Estabilidad y pactos

Por Bernardo Colsa

Los últimos sondeos electorales publicados vaticinan que, de nuevo, ningún partido logrará la mayoría absoluta. Pregunta al canto: ¿debe gobernar la lista más votada?
Recordemos que tenemos un sistema parlamentario. Esto es, el poder ejecutivo –Gobierno– es elegido por el legislativo –Parlamento– que, a su vez, es elegido por el pueblo. A diferencia del sistema presidencialista, el ciudadano no elige al Presidente; el votante elige a unos representantes y estos elegirán como Presidente a aquel de entre ellos que más apoyos tenga.
En consecuencia, que nadie se llame a engaño. Afirmar que en nuestra comunidad o en cualquier lugar de España deba gobernar siempre la lista más votada, es mucho afirmar.
Particularmente soy de la opinión que es deseable que la lista más votada gobierne siempre…., siempre y cuando sea capaz de aportar estabilidad. Un partido, por mucho que sea el más votado, si no obtiene la mayoría absoluta, es que no la tiene. Es una obviedad, pero hay que recordarlo.
Está obligado a reunir apoyos parlamentarios. Y para ello debe ser capaz de pactar. Esto es, debe tener capacidad de entender que hay otros que piensan diferente para alcanzar consensos.
No es fácil. Solo hay que escuchar los discursos apocalípticos que algunos estilan y que, lejos de tender puentes que aproximen las orillas ideológicas, los edifican con minas en sus cimientos.
Una comunidad, un país, un ayuntamiento…, necesita estabilidad. Es imprescindible. No tiene por qué gobernar la lista más votada si el resto de fuerzas políticas llegan a un acuerdo. Ejemplos tenemos para regalar. Sin ir más lejos, Euskadi. Yendo mucho más allá, Canarias, donde una abultada victoria del PSOE no le sirvió para impedir que PP y Coalición Canaria sellaran un pacto de gobierno. Ante todo estabilidad, gobierno, gestión. ¿Se acuerdan lo que pasó en Cantabria entre 1987 y 1995? Pues eso.

Yo estaba allí

Por José Luis Gil

En algún texto cuyo título y autor he olvidado leí que tras siglos de cambios en la sociedad y en la política los recursos oratorios que en la actualidad utilizan los líderes políticos no difieren de los presentes en el discurso funerario de Pericles, en la primera Catilinaria de Cicerón o en El Clamor de Inglaterra de Pym. La gama de emociones que se pretende suscitar son similares a las que conmovían a los coetáneos de los clásicos y se imitan o intentan imitar sus estrategias dialécticas. No necesariamente en busca del bien general y en bastantes ocasiones tratando que la excitación emocional típica de las campañas electorales secuestre la capacidad crítica para juzgar manifestaciones que en un contexto de serenidad ofenderían al sano juicio del común de los ciudadanos.
Durante esta campaña leo que nuestro presidente Revilla dice haber vivido unos últimos años terribles de cohabitación con el Partido Popular en el gobierno regional, hecho que atribuye al convencimiento de los populares de alcanzar la mayoría absoluta en las elecciones autonómicas del 2003. Tras estas y aprovechando unos resultados electorales y una coyuntura política determinados, él consiguió satisfacer una legítima y parece que ansiada aspiración, ser presidente de Cantabria, bien que fuera poniendo patas arriba la voluntad manifestada en las urnas por los cántabros. Pero a pesar del tiempo transcurrido y posiblemente para tratar de justificar la repetición de la jugada si se presenta la ocasión pretende buscar motivos donde no los hay. Porque a mí no es que me lo hayan contado, sucede que yo estaba allí sentándome junto a él cada semana durante ocho años en los Consejos de Gobierno, en los que no hubo tensión alguna, incluso cuando en el Parlamento regional el PRC retiró el apoyo al proyecto de ley del Plan de Ordenación del Litoral que habían aprobado sin objeción alguna en las sesiones de aquel. Respeto la opinión política que cada uno pueda tener de Martínez Sieso pero estoy seguro que pocos dudan de su caballerosidad que pretende negar Revilla ahora, cuando le había ofrecido un pacto preelectoral incluso si el PP alcanzaba la mayoría absoluta.

¿Importan las ideas y los valores?

Por Jesús Cabezón
Asistimos al preocupante crecimiento de la extrema derecha en países europeos de tradición democrática. En España crece el discurso de extrema derecha, aunque no se traduzca, todavía, en una fuerza política articulada y con representación institucional significativa, porque ese discurso ha encontrado acomodo en una opción conservadora, que hábilmente ha sabido ubicar en su seno corrientes de pensamiento dispares.
Son varias las razones que pueden explicar ese crecimiento de la ideología excluyente de la extrema derecha. Resulta imposible profundizar en ellas en una columna: la forma confusa de cómo gestionar una inmigración heterogénea y escasamente integrada en muchos casos; el creciente integrismo religioso de la jerarquía católica defendido por diferentes grupos; los efectos de la crisis económica que añade riesgos al futuro del estado del bienestar; la débil influencia de intelectuales comprometidos con un pensamiento progresista; los contenidos y comentarios de algunos medios de comunicación; las tesis dominantes en el discurso de algunos políticos conservadores; los diferentes populismos carentes de sustrato ideológico; el desconcierto del socialismo democrático necesitado de adecuar sus principios a los cambios sociales producidos.
Es tremenda la pobreza del discurso político, donde predomina la descalificación del adversario a la capacidad de propuesta. Se prefiere el grito patriotero a la defensa del Estado constitucional que nos articula. No se critican las políticas sino que se insulta al político. No se discrepa de las decisiones desde la razón y con argumentos, sino que se simplifica cuestionando a las instituciones.
Si en una campaña electoral no se destacan las ideas y valores que sustentan la acción política y las propuestas, el electorado concluirá pensando que es igual una opción que otra, que no importan las personas sino los territorios, que la austeridad y la honestidad en lo público tienden a desaparecer y que la demagogia del populismo alcance más éxito que la concreción de trabajar por la calidad de las políticas posibles.

El Diario Montañes

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