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Categoría: decoración
De mi diógenes emocional y Toy Story

Esta vez lo voy a conseguir. Es uno de los propósitos para el nuevo año y lo voy a cumplir. Igual en lo de dejar el chocolate, hacer más ejercicio, crearme una zona de trabajo decente, mejorar mi inglés, etc, etc, fracaso, pero este sí que sí, lo voy a cumplir. Voy a deshacerme de una vez por todas las cosas que ya no usan los niños, juguetes, ropa, cosas de puericultura, muebles.

 

En julio del año pasado hice una mudanza, y van… he perdido la cuenta. Muchas, demasiadas. Y en esa última mudanza me di cuenta de que no podía seguir cargando con tanto equipaje, ya siento que me pesa en la cabeza y no sólo en los brazos. Poco a poco he aprendido a dejar ir los “porsiacaso”, esas cosas  que guardo por si me sirven en el futuro, esa caja que tendrá el tamaño perfecto para algo en un par de años, ese mueble despiezado con el que haré maravillas cuando me convierta en un genio de la restauración… allá por 2025, cuando milagrosamente tenga tiempo y deje de ser inútil sin remedio con las manualidades. O ese pantalón que volverá a valerme cuando recupere la talla de mi vestido de Primera Comunión.

Esas cosas no me plantean tantos problemas, yo sé que lo mío es una especie de diógenes emocional. Colecciono recuerdos encerrados en objetos, y los recuerdos no ocupan  pero los objetos sí. Cajas de viajes llenas de billetes de tren, guías de viaje, entradas de espectáculos, facturas de restaurantes. Álbumes de fotos de verdad, con fotos impresas y pegadas. La serie de Los Primeros. Las llaves de nuestra primera casa, las primeras ecografías, los primeros patucos, el primer pijama, el primer peluche, el primer regalo del primer día de la madre, el primer dibujo de su mano.

Estas pasadas navidades fui dolorosamente consciente de que a la solución no se llega simplemente deshaciéndose de cosas, tengo que actuar en dos frentes. Necesito un examen a fondo,  un plan vital, para acumular menos. Como esa idea tan de abuelas de que no se trata de limpiar más, sino de ensuciar menos. Lo que pueden ser las navidades en volumen de regalos con dos nietos únicos, bisnietos únicos, sobrinos únicos por ambas partes es demencial, y difícil de controlar cuando todo el mundo quiere regalar, y todo el mundo quiere regalar juguetes.

Con la ropa ya empecé hace unos meses, he vendido, regalado a familia y amigos, he donado en tres sitios distintos y veo la luz al final del tunel. Pero me cuesta, me duele, para mí no es ropa, es ropa de mis hijos asociada a momentos de su vida, es la ropa con la que salieron del hospital, con la que dieron su primer paseo, el pijama que llevaban cuando dieron el primer paso o cuando soplaron la primera vela. Algunas cosas las he guardado, era demasiado, no podía dejarlas ir. Pero pocas, ¿eh?

Dos o tres.

Cajas, digo.

Con los muebles y objetos de puericultura he hecho avances también. Más o menos. Hace 8 meses quité la cuna de mi hijo, la misma que había usado la niña, para cambiarla por una camita. Sabíamos que en una vez desmontada la cuna ya no se podría volver a montar porque tenía puntos cedidos que habíamos arreglado con un apaño. No me quejaba, había pasado por dos niños y tres mudanzas. Pero me mataba de pena. No hace falta ser un genio de la psicología para ver que no era un mueble lo que dejaba ir, sino el concepto de bebé en casa. Cuando mi marido estaba a punto de meter las piezas en el ascensor para llevárselas salí corriendo y rescaté el cabecero y piecero de la cuna, dos piezas gemelas con las que hice un cabecero para la cama.

Me armo de valor, tengo una misión. Le pido al padre de las criaturas que los tenga entretenidos en el salón para que no vean lo que voy a hacer. Con dos bolsones y remangada hasta el codo, esto es un duelo en OK Corral entre las cajas de la serie Trofast de Ikea y yo. Ahí se esconden los juguetes que ya no usan. Empiezo a sacarlos para ver bien el contenido. Cojo la primera víctima, un teléfono que le regalaron a mi hija en su primer cumpleaños. El niño también jugó con él, pero ya no le hace caso, es demasiado “de bebé”. Lo meto en la bolsa. Con el gesto pulso sin querer alguna tecla y se oye esa canción que tengo más oída que La Macarena “Hola-perrito-có-mo-estás-yoes-toy-bien-tú-qué-tal”. El flashback es inmediato, mi hija en su corralito de madera, en una vivienda anterior, jugando. Mi hija arrastrando el teléfono cogido por el auricular como si fuera una carretilla. Mi hija señalando cada dibujo y diciendo los nombres de los animales en su media lengua. Ríete tú de Proust y las magdalenas. Se me pone un nudo en la garganta. Vuelvo a sacar el teléfono de la bolsa.

Ahí están las cámaras de fotos de juguete, también los dos han jugado mucho con ellas. Regalo de su bisabuela, comprada en ese otro lugar de mi infancia que ya se ha ido para siempre, San Carlos. Al año siguiente se olvidó y volvió a regalarle la misma cámara, no fui capaz de decirle nada. Están en perfecto estado, otro niño las disfrutará. Bueno… como son dos puedo quedarme al menos con una, ¿no?. Si me deshago de una ya es algo, ¿no?. Deshacerme del 50% de los juguetes es un buen promedio, ¿no?.

Dos horas después he llenado una de las bolsas. Me siento orgullosa, he sido fuerte, mi mente se siente más ligera de equipaje, ya estoy planeando qué voy a hacer con este espacio recuperado, hombros erguidos, soy imparable, soy la reina del feng shui minimalista. Voy al salón a que me den unas palmaditas en la espalda por mi magnífica labor.

Mi marido le ha puesto a los niños Toy Story 3. Me embobo viendo la escena del incinerador de basura. 

Mierda. Mierda. Mierda.

Hombros hundidos, derrota en la mirada, me vuelvo a revisar la bolsa a ver qué rescato. Woody y Buzz Lightyear se ríen a mis espaldas, los tres sabemos que tampoco voy a deshacerme de nada esta vez.

 

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Sobre el autor Marta Muñoz
Madre inquieta de dos criaturas aún más inquietas, empresaria, filóloga de formación y antigua librera de profesión. Navegando sin descanso por la red desde el cambio de milenio, en algún momento del crucero esa pasión se convirtió en mi trabajo. Tras la etapa universitaria en Salamanca y una aventura madrileña de ocho años, he vuelto a la tierra con ganas de exprimir a fondo el privilegio de vivir en Cantabria cuando tienes niños. menudeos.blog@gmail.com