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De la habitación de la niña (Parte I)
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Marta Muñoz | 29-10-2014 | 11:12

Cuando me quedé embarazada de mi hija yo estaba en ese grupo de las que opinaban que no hacía falta vestir a las niñas de rosa, meterlas en camas de princesas y rodearlas de muñecas. Lo decía muy convencida, ¿eh? No era una postura para marcarme contracorriente, lo pensaba de verdad de la buena.

Fue salir de la ecografía de las 20 semanas sabiendo que mi bebé era una niña (algún día contaré por qué hasta ese momento pensábamos que era un niño…) y algo me hizo clic en la cabeza, alguna hormona provocó de repente un desequilibrio químico, o quizá la ecógrafa era en realidad sacerdotisa de un extraño culto que adoraba el rosa y usaba el momento de la ecografía para insertar cosas rosas en nuestro cerebro a lo Naranja Mecánica. El caso es que yo ya sólo veía rosa. Entraba a una tienda de ropa y como un personaje de dibujo animado siguiendo por el olfato el rastro aéreo hasta el muslo de pollo llegaba yo a la ropa rosa. La cajonera de la habitación que estaba montando para ella empezó a llenarse de una marea de lana, algodón, piqué, perlé, bodoques, picunilla, nidos de abeja, muselinas…. rosa, todo rosa, marea rosa. A día de hoy no me explico qué pasó. Estaba enferma, necesitaba ayuda, pero no me daba cuenta.

Muy coherente yo, acabé decorando la habitación al tono con un papel con motivos rosas, con sus muñecas y todo. Y me encantó durante el tiempo que la usé, pero me prometí a mí misma que cuando dejase atrás la habitación de bebé me moderaría y haría algo más neutro.

No me juzguéis, en 2010 aún se llevaban los frisos a media pared.

Dos años después estaba esperando a mi segundo hijo, mi niño: era el momento de reservar los muebles de bebé para él y pasar a mi niña a una habitación “de mayor” con su camita y todo. En ese momento ya toda marca que se preciase tenía su web, el mundo materno-bloggeril estaba más desarrollado y existía ese maravilloso monstruo devorador de horas de sueño y trabajo llamado Pinterest, era mucho más fácil buscar inspiración. Y sobrecargarse de inspiración. Y volverse loca por tener demasiadas opciones. Y ser consumida por la indecisión. Pero lo tenía clarísimo… ese estilo nórdico que tanto “se llevaba”, esas paredes blancas dejando que los colores de lo demás se lleven el protagonismo, esos colores empolvados que nada tenían que ver con los primarios de Caillou, esos estampados geométricos, esos animalicos de los bosques escandinavos. Y aunque ya estaba más visto que el TBO, ese árbol de Inke del que me enamoré cuando mi hija era sólo una ilusión en mi cabeza.

En un momento de cordura (o enajenación, ahora ya no sé qué pensar) recordé que esta vez mi hija ya pensaba, hablaba, tenía preferencias (que normalmente dejaba claras de una forma muy poco delicada) y quizá estaría bien hablar con ella a ver qué me contaba.

“- Cariño, ¿sabes que vas a tener una habitación de mayor? Y una cama. Y vamos a pintar y a comprar cojines y cositas, y una estantería para los libros y…”

“- Sí, mami. Yo quiero una habitación drosa”

Horror. Lo estaba enfocando todo mal. Desde cuándo una niña de dos años y medio tiene derecho a opinión, ¿eh? ¿Eh? En qué estaría yo pensando. Pero ya le había dejado expresarse, no podía echarme atrás. Tenía que reconducir esa preferencia YA.

“- Cariño, pero las paredes las vamos a dejar blancas, porque luego…”

“- Drosa y moraro, mami. Son mis colores favoritos, drosa y moraro.”

Mal, mal, mal. ¿Esa niña no había oído hablar del furor mint o qué? ¿Un rosa viejo al menos? Empolvado. Antiguo. Iba a llevarla a mi terreno echando leches. Yo veía grietas en su resistencia.

“- Drosa y de princesa” – sentenció.

Eso me pasa por dejar que mi madre le ponga el Disney Channel. Adiós, Trine Andersen, adiós, Camilla Lundsten, adiós, otros diseñadores nórdicos con grafías de catálogo de Ikea que no sé reproducir. Fue bonito mientras duró. Seguro que para cuando toque redecorar en unos años ya odia el rosa con toda su alma de preadolescente atormentada.

Continuará…

Sobre el autor Marta Muñoz
Madre inquieta de dos criaturas aún más inquietas, empresaria, filóloga de formación y antigua librera de profesión. Navegando sin descanso por la red desde el cambio de milenio, en algún momento del crucero esa pasión se convirtió en mi trabajo. Tras la etapa universitaria en Salamanca y una aventura madrileña de ocho años, he vuelto a la tierra con ganas de exprimir a fondo el privilegio de vivir en Cantabria cuando tienes niños. menudeos.blog@gmail.com