img
De Peppa Pig, cumpleaños en el cole y El Segundo
img
Marta Muñoz | 08-10-2014 | 21:10

Me han estado avisando desde que me quedé embarazada de mi hijo pequeño, El Segundo. Que no es lo mismo, que no nos preocupamos igual, que el embarazo se pasa más rápido, que los agobios son menores, que no les compras tantas cosas, que no les regalan tantas cosas, que les cambias el pañal menos veces al día, que tardas un día más en llevarles al médico.

Lo admito: teníais razón. No es lo mismo, a veces para mejor, a veces para peor. Con mi hija tenía la sensación de haber conseguido algo para lo que había estado ahorrando cual hormiguita durante una eternidad, si ese embarazo hubiera salido mal yo habría sentido que me robaban la cartilla de ahorros de toda una vida. Con mi hijo sentí que de repente me tocaba la lotería y hasta que no le tuve conmigo esperé a que vinieran a decirme que se habían equivocado y el premio era de otro. Pero creo que eso se debe a las circunstancias para conseguir ambos embarazos y no sólo al hecho de que uno sea el primero y otro el segundo. Mi hija nació por el canal más habitual, mi hijo por cesárea. Ella no quiso saber nada del chupete (excepto durante la época de su bautizo, para salir en todas las fotos con él tapándole la cara, claro, joía niña), y a él nos ha costado quitárselo. La lactancia con mi hija supuso cinco meses de infierno avernal, con mi hijo un paseo tranquilo de año y medio. No sólo son “Primera” y “Segundo”, son niños diferentes.

Si me preguntaban, mi hija tenía “tres meses, una semana y cinco días”, “diecinueve meses y dos semanas”… mi hijo ha tenido “año y medio, más o menos” los últimos cinco meses y ahora tiene “casi dos”. Tengo que mirar su cartilla sanitaria para recordar el peso y altura de la última medición. Ha llevado pijamas rosas de su hermana en la intimidad. Ha estrenado muy poquito en el departamento de puericultura. Tardé en darme cuenta de que había echado su primer diente.

El amor hacia mi hija fue brutal, arrollador desde el mismo momento en que supe de su existencia. Con él tenía esa alternancia entre querer conocerle y sentir que un intruso venía a interferir en el dúo perfecto que formábamos mi hija y yo. Un intruso que, ¡encima!, tenía a desfachatez de traer una pilila. ¡Si yo me había pedido otra niña! Y la mayor le llevaría dos años, dos meses y dos días de ventaja en lo de hacerse querer, eso era indiscutible. No me echéis a los leones, estoy intentando ser sincera sobre lo que sentía entonces, que no tiene que ver con lo que sentí desde el momento que lo tuve en brazos.

Hasta ahora he aceptado esta especie de ley natural de El Segundo sin darle muchas más vueltas, pero en los últimos tiempos me estoy rebelando.

Hace unas semanas celebramos el cumpleaños de mi hija mayor, por primera vez lo ha celebrado con sus compañeros del cole y no en petit comité en casa. Del cumpleaños en sí hablaré otro día, que da para largo.

Entregamos las invitaciones y poco a poco fue recibiendo las confirmaciones de las otras mamás, y por suerte para la niña de mis ojos, que pasó “el mejor día de su vida” (sic), fueron muchas. Se da la circunstancia de que mi hija está en una clase mayoritariamente de Segundos (¡y Terceros!), los raros somos los padres novatos, los cuatro que entregábamos a los niños con cara de cachorrillos perdidos el primer mes. Bueno… y algunos también el segundo mes, y el quinto… Mirad si son veteranos los padres de la clase que hemos pasado un año esquivando el impepinable grupo de whatsapp. El caso es que la mitad de esas conversaciones incluían en algún punto alguna noción de El Primero versus El Segundo. “Yo es que estas cosas… con el primero aún, pero ya con el segundo volver a la rueda de los cumpleaños, qué pereza…” “Los cumpleaños del primero eran como comuniones, ahora ya no lo hacemos así” “A los padres de la clase de El Mayor sí los conozco, pero con este voy muy desconectada. ¿Cómo dices que se llama tu hija? Qué va, no me suena, no”.

Pero, pero… ¿tan naturales son esas cosas para no sólo pensarlas sino también decirlas en voz alta? ¿Así seré yo en tres o cuatro años y hablaré de mi Segundo como del segundón? De verdad, que lo entiendo, que la moderación que viene con el segundo es necesaria. Que el control de gasto es sano. Y relajar los miedos y obsesiones. Que el sentido común vuelve después de la emoción primeriza. Que el amor sí se multiplica pero la atención se divide por fuerza, tiempo y logística. Pero… ¿hasta el punto de que los segundos no tengan el mismo derecho a ciertas “primeras veces” igual que los mayores?

Hago examen de conciencia. El sábado pasado fuimos al Palacio de Festivales a sufrir ver Peppa Pig, La Búsqueda del Tesoro. Una vez más los padres demostrando las ganas de ilusionar a sus hijos… y alguien jugando con las ilusiones de todos para hacer caja. Un espectáculo caro para una calidad muy discutible, sonido pésimo. Hace unos meses vimos El Flautista Mágico de Teatro Paraíso en el mismo sitio por 10 euros y no había color. En fin. Llevamos a mi hija de cuatro años, pero no a El Segundo de “casi dos”. Si hubiera sido El Primero, ¿le hubiéramos llevado? Honestamente… sí, sin dudarlo. Entonces, ¿por qué no ahora? Yo calmo mi conciencia culpable diciendo que tampoco se va a enterar de mucho, pero ese argumento me daba igual hace un par de años con la mayor.

¿De quién es la ilusión que buscamos satisfacer llevando a los niños a hacer algo por primera vez? ¿La suya o la nuestra como padres? ¿Es posible que una vez realizada la ilusión con el primero nuestra motivación para darle al segundo las mismas oportunidades caiga? ¿Es eso justo?

Yo desde aquí le digo a mi hijo pequeño, El Segundo, mi precioso niño, mi lotería: “Prometo hacer una celebración de cumpleaños a la misma edad en la que lo celebró por primera vez tu hermana. Y llevarte a las de tus amigos igual. Prometo leerte los mismos cuentos. Prometo llevarte al cine con la misma frecuencia. Prometo ponerme ya a hacer manualidades de macarrones contigo aunque te comas la mitad por el camino como hacía ella. Prometo esforzarme para llevarte al parque tanto como a ella aunque me guste lo mismo que meterme astillas debajo de las uñas. Prometo intentar tratarte tan bien, tan bien, tan bien… como si fueras El Primero”. He dicho.

Sobre el autor Marta Muñoz
Madre inquieta de dos criaturas aún más inquietas, empresaria, filóloga de formación y antigua librera de profesión. Navegando sin descanso por la red desde el cambio de milenio, en algún momento del crucero esa pasión se convirtió en mi trabajo. Tras la etapa universitaria en Salamanca y una aventura madrileña de ocho años, he vuelto a la tierra con ganas de exprimir a fondo el privilegio de vivir en Cantabria cuando tienes niños. menudeos.blog@gmail.com