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De padres novatos, cultura para preandantes y Las Cuatro Pes.
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Marta Muñoz | 19-05-2014 | 11:53

Era un santanderino día de noviembre. Es decir, caían chuzos de punta. Mi hija había cumplido los dos años, la vorágine playera del verano quedaba ya muy lejos y las posibilidades de ocio fuera de casa me parecían muy limitadas. Yo estaba embarazada de siete meses largos y sentía cómo se iba agotando el tiempo que nos quedaba para disfrutar de ella como hija única, así que me puse a buscar un plan especial para el fin de semana. ¿Cine? Nah, aunque a nosotros nos encanta era muy pequeña y no había ninguna película que nos pareciese adecuada. ¿Biblioteca? Ya habíamos ido unos días antes y había sudado la gota gorda quitándole de las manos todos los libros con desplegables. Donde decia “desplegables” ella leía “recortables”, creo. Huy… ¿teatro infantil? Eso sonaba muy bien. Para niños entre 2 y 6 años, podía valer, sí. Ya conocía a la compañía, pero no sabía que tenían sala propia para representaciones propias y ajenas.

El domingo por la mañana nos preparamos para ir. Muy previsora yo, me dije que lo mismo era buena idea llegar media hora antes para comprar las entradas. La media hora se redujo a la mitad: que si la lluvia, que si el aparcamiento en el centro… blablabla, ya sabéis cómo funciona. Llegando a la puerta vimos que había cola… mucha cola. Ahí ya se me dispararon las alarmas. Cuando llegamos a la ventanilla la señorita que vende las entradas (cuando quedan) nos informó amablemente de que las entradas estaban agotadas. ¿Agotadas? ¿Cómo que agotadas? ¡Que era una obra infantil en la que representaban Blancanieves con productos de limpieza, hombre! ¡Que el caballo del príncipe era una fregona!

Ahí ya empecé a pensar que había infravalorado la demanda de espectáculos infantiles en la ciudad. Nos informó también de que podíamos haber comprado las entradas por Internet. Ojiplática me quedé, tal idea ni se me había ocurrido. ¡A mí, que ya hacía la compra del súper por Internet cuando aún te daban bolsas gratis! Me imagina más bien algo como un señor mayor con cuatro pelos repeinados tapando la calva y un rollo de entradas impresas con la tinta emborronada. A saber por qué.

Yo sospechaba que la buena mujer nos miraba con un punto de burla divertida en los ojos, debía de ser la quincuagésima vez que soltaba el mismo discurso y veía las mismas caras de padres novatos en esto de la cultura para preandantes. Después de pintarlo todo muy negro nos arrojó el rayito de esperanza: había una cola de lista de espera para cubrir los huecos de las entradas no recogidas. También existía la opción de que entrase sólo el niño y se sentase en un grupito en el suelo a pie de escenario.

No mantengo más el suspense: al final conseguimos entrar. Me sentí muy feliz cuando encajé como pude mi barrigón en aquellas incómodas butacas, tanto como si nos hubieran tocado entradas para el concierto de Año Nuevo con tarta Sacher incluida por lo menos. Mi hija disfrutó, yo aguanté como nunca en mi tercer trimestre las ganas de ir al servicio porque me daba miedo de que hubiera otra lista de espera para butacas temporalmente abandonadas, todos contentos.

Ese día aprendí alguna lección muy valiosa sobre no dejar los planes con niños a la improvisación cuando hay medios para asegurarlos*. Y, sobre todo, entendí que había muchos padres por ahí con hambre de hacer llegar a sus hijos “algo más”, que no aceptan que los días de lluvia signifiquen más horas de televisión, que quieren incluir a sus hijos en los planes de fin de semana aunque tengan cuatro abuelos como cuatro soles rifándose el turno de “quedárselo”, que piensan que para los niños “ocio” puede ser algo mucho más amplio de lo que los adultos solemos clasificar como ocio infantil. Padres que sí, por supuesto, recuerdan con cariño la infancia de Las Cuatro Pes (playas, pipas, paseo, pelota) e incluso reconocen que algunas cosas eran mejores antes, pero quieren abrir ventanitas a otros mundos.

*Bueno, vale, quizá no la aprendí a la primera. Cuando llamé a la biblioteca unas semanas más tarde para pedir sitio en un cuentacuentos para cuatro días después la señora se aguantó (mal) la risa. Pero sigo trabajando en ello.

Sobre el autor Marta Muñoz
Madre inquieta de dos criaturas aún más inquietas, empresaria, filóloga de formación y antigua librera de profesión. Navegando sin descanso por la red desde el cambio de milenio, en algún momento del crucero esa pasión se convirtió en mi trabajo. Tras la etapa universitaria en Salamanca y una aventura madrileña de ocho años, he vuelto a la tierra con ganas de exprimir a fondo el privilegio de vivir en Cantabria cuando tienes niños. menudeos.blog@gmail.com