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Pesadillas contemporáneas
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Javier Menéndez Llamazares | 10-05-2017 | 21:51| 0

Lo que más temían nuestros antepasados medievales era que el demonio les sorprendiera durmiendo y acabara poseyéndoles, y quién sabe cómo de figurada o literal podría ser esa posesión. Los copistas, por ejemplo, tenían su diablillo particular, llamado Titilvillus, que les confundía susurrándoles cosas al oído, o introduciendo alguna errata que luego se arrastraría de copia en copia durante siglos.

Luego, las pesadillas evolucionaron en una dirección que inauguraría Kafka: el pavor de ser engullidos por un sistema deshumanizado. Charles Chaplin lo contaría con más gracia en ‘Tiempos modernos’, donde la cadena de producción provocaba que Charlot siguiera apretando tuercas muchas horas después de salir de la fábrica. Y Harold Lloyd uniría el vértigo y la dictadura del reloj en su magistral ‘El hombre mosca’.

Nuestras pesadillas, pues, se van volviendo más y más sofisticadas, aunque que desde hace una década ha aparecido una de lo más recurrente: el pánico a quedarse sin móvil. Y eso precisamente le ocurrido al que suscribe, que por algo arrastra una no del todo inmerecida fama de despistado.

Por algún motivo inexplicable –aunque seguro que Titilvillus tuvo algo que ver– esa maravilla de la técnica que últimamente parece un apéndice de mano, mi adorado teléfono móvil, se me quedó olvidado quién sabe dónde justo el día en que salía de viaje, y no reparé en el descuido hasta que ya había pasado los controles de pasaporte, ese punto de no retorno. Por delante me quedaban cuatro días sin conexión, una eternidad de la que no sabía cómo salir indemne.

Y es que uno no es consciente de sus adicciones hasta que no sufre el síndrome de abstinencia. Que en mi caso empezó con un leve cosquilleo en la mano derecha, que se sentía huérfana sin el tacto a plástico y cristal de mi querido aparatejo. Porque el mío hasta tiene nombre: ‘Kleiner’ le puse, el chiquito. Y así andaba yo perdido por el mundo, cruzando aeropuertos, surcando Europa, bajando al subsuelo, montando en barcos y caminando por las aceras y mi vista no se detenía en los monumentos, en el paisaje o en todo lo hermoso que se cruzaba a mi paso. Qué va: yo sólo veía móviles. Gente feliz que sonreía al chatear, que mataba el aburrimiento jugando al Candy, que cotilleaba despreocupadamente en las redes sociales. Que leía el periódico o compraba por correspondencia. Gente a la que miraba con envidia creciente porque hacía todo lo que yo no podía hacer con ese bendito artilugio que es lo que une a esa Europa multicultural en la que no importa tu raza ni tu credo sino la marca de tu móvil.

No sufría tanta ansiedad desde que dejé de fumar, hace más de quince años. Todo un viaje al pasado, sin correo, sin mensajes del redactor jefe, ignorando la temperatura de mi pueblo o qué foto habría subido mi hijo esa tarde. Una pesadilla que ríase usted de Kafka.

 

 

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La generación del 92
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Javier Menéndez Llamazares | 10-05-2017 | 22:05| 0

Si hubo una fecha que marcó a todos los que crecimos en los años ochenta, esa fue sin duda 1992. Y no sólo porque nuestro mundo cambiara tanto que podría decirse que hubo una España anterior y otra posterior, sino porque durante largos años fuimos alimentando la esperanza de que después de ese ‘año de las maravillas’, todo sería mejor. Seríamos más modernos, más ricos, más europeos… cualquier cosa que nos alejara del país atrasado y dictatorial que padecieron nuestros padres.

Más allá de las fanfarrias propagandísticas, lo cierto es que el país cambió alrededor del 92; por supuesto que fue un proceso lento, pero esa España a la que según Alfonso Guerra «no iba a conocer ni la madre que la parió» realmente empezó a ser otra entonces. Y es que solemos mirar a aquella España pre-92 con ojos de ‘Cuéntame’, como si los ochenta hubieran sido la mejor década de la historia. Pero si quitamos un poco de almíbar a la mirada, deberíamos recordar que no todo eran vino y rosas; los adolescentes de entonces vivíamos nuestra particular ‘movida’, que consistía en querer modernizar un país anticuado y, sobre todo, muy cutre. Un país cuya bandera parecía proscrita. Un país que no tenía ni nombre, porque en aquella época hasta decir ‘España’ estaba mal visto.

El verdadero logro del 92 fue un silencioso pero profundo cambio de mentalidad: aprendimos a sentirnos orgullosos de ser españoles, pero de una manera distinta a nuestros padres y abuelos. Del ‘que inventen ellos’ y del ‘españolizar Europa’ pasamos a sentirnos un país moderno, a la cabeza del mundo. No éramos unos polizones en la UE, no nos habíamos colado en la fiesta europeísta como los parientes pobres, sino que estábamos dentro por derecho propio, aunque hubiésemos llegado los últimos.

Los que por entonces salimos al extranjero pudimos comprobar que no era un espejismo interior, ni mucho menos. Los alemanes o los franceses nos miraban de un modo muy diferente a como lo habían hecho con los emigrantes de tres décadas atrás. Nosotros ya no procedíamos de un país atrasado, sino de uno de los lugares más interesantes, creativos y atractivos del mundo. En aquellos años noventa, había una fiebre por todo lo español: querían aprender el idioma, venir de vacaciones, comer jamón… Éramos el país de moda.

A nosotros, de puertas adentro, nos sirvió para quitarnos de encima muchos complejos y abandonar un victimismo que no conducía a ninguna parte. Para descubrir que no éramos menos que nadie. Aún tendríamos que superar graves problemas, como el terrorismo o el callejón sin salida de los nacionalismos –y otros resultarían irresolubles, como el paro o las desigualdades económicas–, pero aquella afirmación de nuestra propia identidad significó el cierre definitivo de la transición, no ya política sino social.

 

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Salvar la Feve
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Javier Menéndez Llamazares | 10-05-2017 | 22:08| 0

De tapadillo, sin el más mínimo ruido, se están cargando la Feve por el sistema más cruel: dejarla morir. Será que en estos tiempos de ancho europeo la vía estrecha ya no mola, que sus usuarios aportan más bien poco en las cuentas de resultados de los contables, o tal vez que sus votos valen mucho menos que los demás. Quién sabe por qué, pero lo cierto es que su abandono resulta tan palmario como lamentable.

Hasta hace nada, la Feve era un cordón umbilical que paliaba la orfandad de una generación obligada buscar su sitio cada vez más lejos de la ciudad. La urbe crece sobre todo en precios, y expulsa a los más jóvenes, que no pueden costearse el lujo de vivir en los barrios en que crecieron.

Así, la vieja vía estrecha cobraba nueva vida, un respiro para aquellos que prefieren olvidarse del coche y de unas autovías tan saturadas como peligrosas. Tal vez no puedas costearte un piso en el Muelle, con vistas a la bahía, pero vivir en Polanco, Cabezón o Liérganes puede considerarse un auténtico privilegio, aunque tengas que trabajar o estudiar en Santander o Torrelavega. Si además desembarcas en pleno centro, a un precio razonable y viajas en un tren cómodo, moderno y puntual, poco podía pedirse a la Feve que muchos conocimos y adoramos hace apenas una década.

Sin embargo, de aquel modélico ferrocarril cada vez va quedando menos. Todo empezó con inexplicables averías que, día sí y día también, causaban retrasos y hasta cancelaciones cada vez más frecuentes. Luego vino el abandono de las estaciones y apeaderos. Se dejó de reponer lo que se deterioraba, y como mucho se improvisaba algún apaño con cinta aislante y bridas de plástico. Como si nada tuviera remedio, como si se tratara de una decadencia inevitable. Se diría incluso que la propia empresa intentase desanimar a sus clientes, mostrarse incómoda, ineficiente… Todo vale para desalentar a los viajeros.

Hasta el nombre acabaría perdiendo la Feve, absorbida por la gigantesca hermana mayor, una Renfe que sólo sabe pensar en grande, en costosos aves y estaciones impersonales y lejanas, pero que tanto lucen en los resúmenes de prensa y los programas electorales.

Como si ambos mundos fueran incompatibles, se diría que las autoridades prefieren que la vía estrecha desaparezca, incluso a costa de aumentar el tráfico infernal de carreteras y autovías. Mientras en ciudades como Santander se planea el metrobús, se mira hacia otro lado con el problema de las cercanías, de la enorme cantidad de santanderinos empadronados en un extrarradio que abarca decenas de kilómetros a la redonda. No siempre la modernidad está en la alta velocidad y las soluciones digitales; a veces es mucho más moderno conservar lo antiguo, pensar a escala humana y no renunciar a lo bueno que disfrutamos. Salvemos la Feve. El mundo es mucho mejor con ella.

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Magisterio interruptus
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Javier Menéndez Llamazares | 10-05-2017 | 22:08| 0

Que si nunca se lo habremos oído decir de viva voz, que si mi socio lo sabía o que si la culpa fue del becario; podrán aducirse todas las excusas que se quiera, pero el hecho de que la alcaldesa, o su gabinete de comunicación, enmendara la información sobre su ‘casi diplomatura’ con tanta premura, y precisamente horas después de que estallara el caso Goikoetxea, no hace sino alimentar las sospechas de que ella, o su entorno, era muy consciente de que existía una ‘errata’ en su expediente, y que más valía hacer desaparecer cualquier resquicio, siguiendo aquel viejo refrán que previene sobre las barbas de tu vecino.

Porque, si ella no era consciente de que existiera esa ‘inexactitud’, ¿cómo se explica que alguien reparase en ella y la corrigiera? ¿Fue acaso la divina providencia?

Cierto que lo de maquillar los méritos propios, aparte de un deporte nacional, no es como para hacer dimitir a nadie; en España padecemos de ‘titulitis’, y la carrera universitaria ni siquiera es un requisito ineludible para dedicarse a la política, ni mucho menos para acceder a puestos ‘a dedo’; cierto también que tener pendientes un par de asignaturas es pecata minuta, pero el verdadero problema radica en que dejar que los demás crean una información falsa que el interesado no desmiente es una forma de impostura que no mejora en nada a la mentira explícita.

Tampoco vamos a dramatizar, porque nos pasa a todos: los que escribimos en un periódico nos aburrimos de decir que no somos periodistas, y los que trabajamos en la universidad acabamos rindiéndonos ante la idea generalizado de que somos profesores. Ya se sabe: en aviación, todos pilotos.

Lo que pasa es que a la hora de posar en un cartel electoral como que no luce nada una biotecnología o un magisterio interruptus; y al final resulta mucho más rápido y cómodo hinchar el currículum que armarse de valor y matricularse para aprobar aquella docena de créditos que dejamos colgados en nuestra juventud. En fin, cosas de la sensación de impunidad que deben de dar junto a los carnés en los partidos políticos.

Después de lo de Roldán, cuyos títulos imaginarios le llevaron a la antesala de la cartera de Interior, sorprende que aún no se haya articulado algún procedimiento para comprobar de oficio la veracidad de los méritos de que presuma cualquier candidato a un cargo público.

Lo que desde luego parece política-ficción es que Revilla salte a la palestra pontificando sobre que «es gravísimo ponerse medallas que no te corresponden», y lo haga con la misma cara con la que confesó recientemente haber suplantado a su hermano en un examen. Al parecer, es mucho peor «mentir sobre lo que uno es», que mentir sobre quién es. Ante tal demostración de clarividencia presidencial, sólo queda admitir que la política es un arte… el arte del birlibirloque.

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La tierra es plana
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Javier Menéndez Llamazares | 10-05-2017 | 22:10| 0

Que Shaquille O’Neal afirme que la tierra es plana es como para hacer dudar a cualquier: desde luego, desde altura tiene que tener una mejor perspectiva para otear el horizonte. Y si él, que ha recorrido medio mundo, asegura además que conduce a menudo de Florida a California y no ha notado ni el menor indicio de curvatura. Hasta la ley de la gravedad ha puesto en solfa, dudando de que realmente China esté bajo sus pies, en las antípodas del globo terráqueo.

Claro que no se trata de un descubrimiento personal, ni de una estratagema para recuperar la atención que recibía cuando era el amo de la zona, sino de una especie de epidemia que parece afectar a otras estrellas de la NBA, cuyo empeño en poner en duda la esfericidad del planeta esconde en realidad un inteligente llamada a la opinión pública para que dejemos de dar por buena cualquier información, por mucho que venga bendecida por las redes sociales o la avale una figura popular. ¿De verdad vas a creer que la tierra es plana sólo porque lo diga un famoso? Simplemente se trata de recordarnos que debemos contrastar la información, y no creernos todo lo que nos cuenten. Sobre todo, porque detrás de la desinformación suelen esconderse intereses de todo tipo, desde los políticos hasta los económicos.

Hace algunos años, la manera más concluyente de zanjar una discusión era con un tajante «lo ha dicho la televisión». No había forma de rebatir dicho argumento. Lo que decía ‘el parte’ iba a misa. Pero todo evoluciona, y hoy día nos creemos a pie juntillas cualquier mensaje, con tal de que llegue bendecido por el whatsapp o las redes sociales. Y colapsamos las wifis de medio mundo intercambiándonos bulos, en forma de falsas alarmas sanitarias, de oscuras conjuras políticas o de llamamientos al boicot frente a los abusos de algunas empresas. Y todos convenientemente aderezados con un supuesto origen en la policía o en medios de comunicación solventes, desde los caramelos con drogas o los secuestros de menores hasta los falsos vales descuentos para supermercados.

Que no todo es lo que parece ya deberíamos saberlo hace tiempo, pero seguimos picando con la viejas leyendas urbanas que circulaban detrás del «lo sé de buena tinta», o el «me ha dicho un amigo de un amigo». Otra muestra de ello es el último escándalo televisivo, donde la victoria contra pronóstico de un bailarín rocker en un concurso de talentos ocultaba en realidad un sonado tongo orquestado desde un foro de internet.

La travesura de ForoCoches, más allá de la opinión que cada uno tenga de los concursos televisivos, viene a demostrar lo sencillo que resulta manipular las consultas populares; algo que no resultaría tan grave de no ser porque buena parte de la ciudadanía las valora mucho más que las elecciones políticas. Si hasta Telecinco puede ser víctima de la desinformación, al final va a ser verdad que la tierra era plana.

 

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Futuro imperfecto
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Javier Menéndez Llamazares | 08-05-2017 | 08:51| 0

Este jueves visitó Santander Ian Watson, uno de los más destacados novelistas de ciencia-ficción del último medio siglo, y cuando acabamos en el Canela entre cervezas me dio por preguntarle si, como anunciaba en los ochenta Radio Futura, «el futuro ya está aquí», o más bien el futuro ya no es lo que era. Me explicó entonces que los futurólogos no habían dado una, pero que hoy tenemos más tecnología en la palma de la mano que todo el Apollo XII cuando llegó a la luna.

El caso es que cuando uno se pone a rememorar la visión del futuro que tenía hace tres o cuatro décadas, y no se puede decir que este mundo cotidiano se parezca demasiado a lo que esperábamos. Ni ‘Mad Max’, ‘Metrópolis’ ni ‘Brazil’; el futuro guarda muy sospechas similitudes… con el pasado.

De momento, los coches no vuelan, sino que más bien se amontonan por todas partes, ocupando más espacio que los humanos, que dedicamos media vida a conseguir comprarlos y mantenerlos. Tampoco se ha desarrollado el teletransporte ni la telepatía, y tenemos que conformarnos con Ryan Air y sus vuelos a bajo coste –que tienen su gracia, pero no son lo mismo– y el Skype –que tampoco es que lo usemos demasiado, y eso que es una de las escasas predicciones que realmente existen–.

No se ha encontrado la cura del cáncer ni la vacuna del sida, aunque hay que reconocer que la medicina nos ha traído regalos maravillosos como los ansiolíticos y la viagra –si ahora no los valoras, tranquilo… tal vez seas demasiado joven–; y menos mal que los ingenieros nos trajeron los gepeeses, y así ya no andamos tan perdidos por el mundo.

En lugar de dos cadenas, y una blanco y negro, ahora tenemos infinidad de canales, aunque en realidad nunca haya nada interesante que ver, y hayamos abandonado la tele por el facebook o las series descargadas. Cargamos los discos duros de más canciones de las que podríamos escuchar en diez vidas consecutivas, y los libros en nuestras tabletas se cuentas por millares; sin embargo, pasan las décadas y seguimos leyendo libros en papel, disfrutando del olor a tinta fresca al abrir el periódico y sucumbimos al encanto decadente del vinilo y sus chasquidos, tan analógico todo…

Aunque algo sí que ha cambiado, y radicalmente. Y como apuntaba Watson, está en la palma de nuestras manos, permanentemente. La combinación de internet y telefonía móvil nos ha transformado en una especie de ‘homo smartphonicus’ que abusa del whatsapp y peca cibernéticamente, aunque en el fondo coincida con sus abuelos en que «como lo antiguo, no hay».

Al final, por mucha cacharrería que nos rodee, seguimos siendo los mismos. Ciudadanos buenos y benéficos, como en 1812 pero con el móvil en la mano. Buscando la felicidad, aunque sea en Google. Menos mal que el futuro, cuando llegue, será mejor.

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Tortas a treinta euros
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Javier Menéndez Llamazares | 12-03-2017 | 21:01| 0

Cómo conseguir que te abaniquen la caraHace algunos meses que le partieron la cara al graciosillo aquel que iba llamando ‘caraanchoa’ y tontadas similares a la gente, con intención de grabarlo y difundirlo por la red para que sus seguidores se rieran de los pardillos. Hasta que dio con un tipo –por más señas, repartidor en horas de trabajo– que no le vio la gracia al asunto, y después de intercambiar unas palabritas acabó abanicándole la jeta, como suele suceder cuando le buscas las cosquillas a quien no debes.

Hasta aquí impera la lógica del mundo real, pero en lugar de poner la otra mejilla, el caso del cazador cazado dio un inesperado giro de guión: el provocador –es decir, el youtuber, alias MrGranBomba, aunque en su casa le llaman Sergio desde chiquitín– se sintió víctima y exigió que la dignidad se la restituyera un tribunal, en lugar de plegar velas o, como mucho, dejar a la audiencia internetera que dirimiese el asunto. El chaval, lógicamente, sabía lo que se hacía, que para algo llevaba meses riéndose de cualquier primo; pero ahora el ‘pringao’ era él, y de sobra tenía claro que en la red no hay piedad para los patinazos, por mucho que te hayan aplaudido primero.

Ni que decir tiene que el público –es decir, todos nosotros–, así tomados de uno en uno, que diría Goytisolo, somos más o menos buena gente, pero hay dos momentos en que dejamos fluir todo el mal que atesora nuestro inconsciente: cuando nos sentimos camuflados entre la muchedumbre –de estar en los Campos de Sport, la grada le hubiera cantado el clásico ‘¡Tonto, tonto!’–, y cuando creemos que nos protege el anonimato, sea en nuestro coche o detrás de un teclado. Este último caso es el arquetípico del ‘homo interneticus’, voraz especie omnívora dedicada al pillaje, el voyeurismo y la maledicencia. Después de meses de explotar nuestra maldad reprimida, tenía bien claro que los internautas, en vez de darle la razón, se iban descascarillar, porque desde el principio de los tiempos las tortas promueven mucho más la risa que la empatía con el abofeteado, así que mejor llamar al primo zumosol o, en su defecto, a la justicia.

Lo que pasa con todo esto de internet es que, al final, siempre llega la realidad a despertarte con una bofetada. Como al listillo del Caraanchoa, que le llenaron la cara de aplausos, y al final ha tenido que pagar él la minuta del juzgado. Y ‘por bobo’, ha venido a decir el tribunal, que ha resuelto la papeleta con una multa de treinta eurazos al agresor y un tirón de orejas y la condena en costas al agredido.

Cierto que se antoja una tremenda injusticia que al pobre repartidor le hayan soplado treinta lereles por culpa del faltón aquel, pero seguro que los da por bien empleados. De hecho, estará pensándose si adelantar otros ciento veinte, y así acabar de despacharse a gusto.

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Héroes sociales
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Javier Menéndez Llamazares | 01-03-2017 | 11:39| 0

«Ya no hay héroes», cantaban en los ochenta los Stranglers. Y ese vacío aparente ha decidido llenarlo José Luis Bonet, presidente de la Cámara de Comercio de España, que el viernes aseguraba en Santander que debemos ver a los empresarios como ‘héroes sociales’.

No queda claro si en su ánimo está que les coronemos de laureles, les hagamos la ola allá donde aparezcan y hasta les entreguemos a nuestros primogénitos como ofrenda, pero lo que sí parece evidente es que el tal Bonet –presidente, por cierto, de Freixenet– tiene un concepto muy particular del heroísmo.

Un héroe es Juanjo, que es agente del Tedax y cada vez que llega una amenaza de bomba o aparece un explosivo de la guerra se tiene que jugar la vida desactivándola, para que a los demás no nos pase nada.

Un héroe era Cioli, quien acabó perdiendo la cuenta de los bañistas a los que había rescatado en la Bahía.

Un héroe fue Jesús Neira, quien se jugó el tipo para defender a una mujer agredida por su pareja. Con independencia de lo que opinemos de su trayectoria posterior, su acción fue un acto de heroísmo.

Un héroe fue Julián Sánchez, el bombero 148, un madrileño que vino a Santander para ayudar a apagar el gran incendio de 1941 y aquí se dejó la vida.

Un héroe social fue mi bisabuelo Avelino, que después de sobrevivir a una explosión de grisú y salir con un compañero a cuestas, entró de nuevo para intentar rescatar a los que habían quedado atrapados, y ya nunca más volvió a salir de aquel pozo. Por mucho que quiera Bonet, creo que su heroísmo no es modo alguno comparable con el del empresario que explotaba la mina.

Está bien que cada cual defienda su oficio, pero no alcanzo a imaginar qué clase heroísmo puede esconderse en la gestión de una empresa como Freixenet, más allá de devanarse los sesos para evitar los boicots al cava catalán o sobrevivir al tópico anuncio de las burbujitas. Presidir Freixenet podrá ser complejo, agotador, y hasta excitante, y seguro que incluso muy rentable, pero lo que no es en modo alguno es heroico.

Y mucho menos heroísmo hay en parapetarse tras una sicav, cotizar en Andorra o Montecarlo, firmar EREs y todas esas ‘buenas’ prácticas que distinguen a nuestros empresarios. Cierto que hoy día el trabajo más que un derecho constitucional es un milagro, pero lo que buscan no es crear empleo, sino riqueza. Su propia riqueza, naturalmente. No es que sea para ponerles en los altares, desde luego.

Los verdaderos héroes sociales resultan mucho más cotidianos: son los millones de jubilados españoles que hacen malabarismos para mantener a sus hijos y nietos con pensiones de miseria, y a los que debemos que en la última década no se haya producido una revolución social. Son los ciudadanos que auxilian a esos emigrantes que nadie quiere, los que trabajan en los refugios y comedores sociales, los que reparten lo poco que tienen para ayudar a los demás.

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Eduardo Mendoza, un escritor a contracorriente
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Javier Menéndez Llamazares | 01-12-2016 | 17:51| 0

El problema de Mendoza siempre ha sido que le gusta ir a la contra. Que se le entendiera, cuando estaba de moda oscurecer el discurso y perderse en alardes estilísticos y otros fuegos de artificio. Recurrir al humor cuando todo el mundo quiere ponerse trascendente. Recuperar el realismo mientras los demás se pierden en experimentos vamos. Hablar de la realidad política en un momento en que ya nadie se atrevía a hacerlo. Inventar la novela negra histórica y ser capaz de rescatar dos géneros entonces marginales. Escribir en castellano pese a la presión asfixiante de las instituciones de su ciudad. O aguar la fiesta de una ciudad olímpica removiendo un pasado no tan luminoso.

A los manuales de literatura pasaría por una de sus primeras novelas, ‘La verdad sobre el caso Savolta’, de 1975, que inaugura la narrativa actual española y cierra el ciclo de la posguerra. Y el gran público se rendiría a sus encantos en 1983 con ‘La ciudad de los prodigios’, la gran novela de la Barcelona modernista. Una ciudad que, junto a Juan Marsé y Manuel Vázquez Montalbán, convirtió en todo un tema literario.

Para los lectores de mi generación, sin embargo, el libro iniciático sería ‘Sin noticias de Gurb’. Hasta en sus obras más serias, Mendoza no reprime guiños cómplices e ironía de alto voltaje, pero con Gurb dio rienda suelta a su espíritu lúdico y a una visión crítica con la que radiografía toda una sociedad a punto de sufrir su particular metamorfosis hacia la modernidad. Si Madrid había tenido su ‘movida’, Barcelona iba a ser el centro del mundo con sus juegos olímpicos, y allí estaba para contarlo su extraterrestre con propensión a la disidencia.

El Cervantes de Eduardo Mendoza premia también a una forma de entender la literatura como un espacio de libertad creativa, en la que la accesibilidad no está reñido con el largo alcance y la capacidad de análisis.

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La fe del racinguista
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Javier Menéndez Llamazares | 01-12-2016 | 06:31| 0

Aseguraba Ramiro Pinilla en su magistral novela ‘Aquella edad inolvidable’, que el Athletic, más que un equipo de fútbol, es una religión. De hecho, hasta pusieron su estadio bajo la advocación divina de San Mamés, y si se le conoce como ‘La Catedral’ no es precisamente por los pináculos y arbotantes de su arquitectura.

Y está muy bien eso de la libertad de culto, sí, pero todo el mundo sabe que religión verdadera sólo hay una: y en este caso no puede ser otra que la racinguista. Creer, lo que se dice creer en un equipo, es algo que no está al alcance de los grandes clubes, sino de aquellos condenados a sufrir hasta en los momentos más dulces.

Lo del Racing sí que es realmente una profesión de fe, una forma de trascendencia más allá de la lógica, de la historia y hasta de las leyes de la naturaleza. Poco importan las decepciones, esa insistencia en la adversidad de un club que ha hecho de la ‘paparda’ su santo y seña; si se hiciera una encuesta a las puertas del Sardinero con los pronósticos para la eliminatoria comprobaríamos que la afición aún cree en aquel Racing matagigantes, capaz de las mayores gestas, en el momento más inesperado.

Esta noche, los ‘leones’ afrontarán el partido con confianza, lo que tampoco es que tenga demasiado mérito; son el pez grande y confían en ganar aunque sólo sea por la diferencia de categoría. Los verdiblancos, en cambio, lo que tenemos es un fe absoluta en un hombre, nuestro Aquino, que en el pasado no habrá sido un santo pero desde que pisó suelo cántabro parece que está bendito.

Puede que algunos sólo crean en lo que ven, pero esta noche, para el partido del año en los Campos de Sport lo que se espera es una auténtica comunión. Un equipo en trance y una grada en éxtasis, que tras cinco años de travesía por el desierto vuelve a tocar el cielo de este deporte. Luego ya pasará lo que tenga que pasar, pero la fe en los milagros no nos la va a quitar nadie.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es