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Derecho a decidir
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Javier Menéndez Llamazares | 05-10-2014 | 18:15| 0

Que el asunto de las votaciones no funciona bien del todo ya nos lo aclaró hace muchos años el genial René Goscinny, en el tebeo ‘Astérix en Córcega’. En él, el pequeño galo se sorprende al descubrir que las urnas para la elección de un nuevo jefe están ya llenas antes de las elecciones; en seguida le aclararán los corsos que su tradición es arrojar al mar las urnas y se nombra jefe a quien resulte vencedor del combate posterior. Una manera muy particular de entender la democracia, sí, pero que parece estar mucho más extendida de lo que pensamos.

Y es que algo deben de tener los comicios que producen tantas aversiones, y a veces auténticas alergias. En especial, las consultas populares en asuntos tocantes a soberanía y cuestiones nacionales. Sin ir más lejos, el espectáculo de los últimos días en nuestro país no podría resultar más esperpéntico.

Que existe un arraigado sentimiento independentista en muchos ciudadanos de Cataluña y el País Vasco es una realidad que no se puede ocultar, ni etiquetando a unos de ‘comunidades históricas’ ni sirviendo ‘café para todos’. Por muy molesto que resulte a la mayoría de los españoles, hay que asumirlo. Sobre todo, porque las voces que reclaman su ‘derecho a decidir’ gritan cada vez más alto, y con nuestras reglas de juego en la mano resulta que, efectivamente, están legitimados para reclamar todo aquello que consideren justo.

Pretender acallar la voluntad de esos ciudadanos, sea cual sea su número, hace un flaco favor a nuestra democracia, esa que con una mano iza la bandera de la libertad de expresión y con otra saca el mazo de la legislación vigente y aporrea sin duelo toda heterodoxia.

Que Cataluña pueda llegar a independizarse de España nos puede gustar más o menos, e incluso podemos tener nuestro pronóstico sobre la viabilidad real de un proyecto semejante, dadas las tupidas interrelaciones existentes entre ambos, en especial las económicas pero también las sociales y culturales. Pero más allá de lo que son opiniones personales o sentimientos más o menos patrióticos, lo que no es de recibo es sacar la Constitución, como quien saca los tanques a la calle, para impedir justo aquello que la pretendida carta magna se supone que garantiza: el juego limpio.

Es un incógnita absoluta qué podría salir de un plebiscito como el que plantean los nacionalistas catalanes. De hecho, ni siquiera es seguro que vayan a ganar –ya deberían estar remojando barbas en whisky escocés–, porque esa mayoría silenciosa que es el pueblo no resulta precisamente previsible. Pero poco importa qué quieran o qué aprueben. Lo importante es que tienen derecho a expresarlo. Y a participar con su voto, su opinión, en la construcción de su propio futuro. Recurrir a tretas legales es una táctica dilatoria que sólo va a servir para aumentar el descontento. Y para cuestionar lo democrático de nuestro sistema.

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Música para adultos
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Javier Menéndez Llamazares | 28-09-2014 | 18:09| 0

Lo malo de las desgracias no suele ser tan solo el hecho en sí, sino las penosas consecuencias que traen consigo, en ocasiones absolutamente peregrinas, pero firmemente fundamentadas en el buenismo y la imbecilidad –no siempre incompatibles– de aquellos que nos gobiernan.

La tragedia del Madrid Arena, por ejemplo, nos ha legado una insoportable resaca de proteccionismo en ocasiones rayando con la estupidez. Y es que la ‘mano dura’ de tan infausto recuerdo –y que tan poco se aplica con las cuestiones realmente importantes, esas de los sobres y las comisiones y demás lindezas que nos trajeron estos lodos– resulta que ahora se aplica a rajatabla con los accesos de menores a locales de ocio; en concreto, a locales nocturnos donde se despache alcohol. Y no es que la medida en sí resulte buena o mala, sino que, en plan daño colateral, impide que los jóvenes puedan disfrutar de los conciertos de rock que –oh, sorpresa– suelen ofrecerse en bares y pubs que viven precisamente de eso, de que se mueva la barra. Por si fuera poco, ni siquiera se tolera que los menores puedan entrar acompañados por sus padres. Vamos, que da la sensación de que la música pop se equiparase a algunos vicios también exclusivos para los mayores de edad.

¿Qué tendrá la música para que sólo pueda ser un placer adulto? Hace apenas tres décadas, antes de que el puritanismo neoconservador se impusiera, de haberse impuesto una medida semejante, se habrían cargado de un plumazo toda la nueva ola, lo que llamamos en su día ‘la movida’; no sólo se habría perdido buena parte del público, sino que muchos músicos no habrían podido tocar porque no les dejarían entrar al local. ¿Y es que no tienen derecho los jóvenes de quince o dieciséis años a disfrutar de sus banda favorita en directo? Aún más: ¿por qué los menores no pueden acceder a una sala de conciertos, y sin embargo pueden entrar libremente en cualquier cafetería donde se sirven todo tipo de licores?

La hipocresía, como no, sigue siendo deporte nacional; mientras los adultos seguimos identificando alcohol con ocio y diversión, nos empeñamos en ocultarlo convenientemente con reglamentos y ordenanzas las más de las veces absurdas. Como si no supiéramos que los jóvenes no necesitan entrar a ningún bar para beber, que hace ya tiempo que están de moda los botellones.

Lo que, desde luego, no es de recibo, es proscribir la música a una actividad marginal, como si asistir a un concierto implicase algún tipo de conducta ilegal, o incluso socialmente peligrosa. O tal vez haya algo de eso, y en las mentes paternalistas de ciertas lumbreras aún pervivan los fantasmas que identifican el rock con la rebeldía y los instintos revolucionarios. Ojalá fuera así, pero parece que, por desgracia, las autoridades puede seguir bien tranquilas.

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Todos somos escoceses
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Javier Menéndez Llamazares | 21-09-2014 | 18:06| 0

Para unos será por Walter Scott y para otros por Duncan Dhu, pero en el fondo todos tenemos algo de escoceses. Y no precisamente porque anhelemos vestir falditas a cuadros, que alguno habrá, sino porque vivimos en la permanente encrucijada de la elección entre la pertenencia y la independencia. En realidad, no hace falta ser escocés para sentir esa dislocación entre la realidad y el deseo; ni siquiera ser catalán. A todos nos persigue cierta relación de amor y odio por el lugar en que vivimos, o en el que nacimos. Yo mismo recuerdo como penosos los largos años escolares, y más tarde universitarios, deseando abandonar mi ciudad natal a toda costa; cuando lo conseguí, sin embargo, pasé una década anhelando volver. Es la misma obcecación del que detesta el wasabi y sin embargo sigue probando un poquito más, o la paradoja de algunas amistades que más que disfrutar, sufrimos y sin embargo nos negamos a romper.

A los españoles, en general, nos sucede algo parecido. Somos capaces de sostener en la misma conversación el cliché de ‘como aquí no se vive en ningún sitio’, y a renglón seguido lamentarnos de que ‘este país de pandereta no cambiará nunca’. Tal vez ahí esté nuestra grandeza, en las contradicciones. Como en Escocia, queremos y no queremos ser lo que somos; casi mitad y mitad. Claro que nosotros, más castizos, somos de cuarto y mitad: sobrellevamos con resignación la suerte y la desgracia de ser españoles. Ya se sabe: los paquetes de ducados, las películas de Pajares y Esteso, la picaresca o la tortilla de patata. Puede ser hermoso, sí, pero a veces duele. Un país en permanente tormenta centrífuga, en el que es de mal tono lucir su bandera si no está jugando selección. Un pequeño milagro que inexplicablemente sobrevive desde que a los Reyes Católicos se les ocurrió unir sus herencias. Una realidad que parece completamente inamovible, pero que sobre todo existe en nuestras cabezas. ¿Qué ocurriría si en nuestro país se celebrasen consultas populares como en Escocia? Porque no sólo las comunidades ‘históricas’ tienen sus reivindicaciones; en mi pueblo, por ejemplo, los del barrio de la iglesia no se llevan con los del barrio de la escuela. Seguro que, de poder pronunciarse, iniciarían su propio proceso secesionista. Y es que cualquier frontera no deja de ser una línea imaginaria, y si lo dudan véanse el clásico ‘Pasaporte a Pímlico’.

En cualquier caso, en tiempos de la dictadura se explicaba, con mucha gracia, que España era ‘una’, porque si hubiera otra nos iríamos todos allí. Pero claro, de no ser españoles, ¿qué otra cosa podríamos ser? ¿Celtíberos? ¿Castellanos? ¿Franceses del sur o marroquíes del norte? ¿Alegres austrohúngaros? No, seguramente seríamos escoceses, en permanente día de referéndum sobre la independencia.

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La primitiva
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Javier Menéndez Llamazares | 14-09-2014 | 07:21| 0

Lo de la envidia sana es un invento, un cuento chino para descargar las malas conciencias, porque lo cierto es que, sana o enfermiza, la codicia del bien ajeno es y será el más practicado de todos los pecados capitales. Piensen si no en ese pobre vecino que esta semana se ha echado al zurrón los tropecientos mil euros esos de la primitiva, lo que tiene que estar sufriendo… el muy puñetero.

¿Qué no le dice nada la cifra? ¿Qué le deja un poco frío? Claro, es que eso de los euros estará muy bien para el carrito del supermercado, pero para las cosas serias no hay como las pesetas. O, más bien, los millones de pesetas. Porque llevarse trescientos mil euros como que no está mal del todo, pero trincar cincuenta millones… eso sí que es una pasta.

Y cincuenta millones es lo que se ha metido en el bolso el anónimo afortunado; vale que no es un premio tan espectacular como los de antaño –la crisis recortado hasta los sueños–, con tanto cero que acababa uno aborrecer las matemáticas, pero no me negará que tanto usted como yo hay semanas que no ganamos tanto; unas cincuenta y dos al año, más o menos.

Lo de la envidia, desde luego, no viene de la cantidad –que por mucho que digan lo que digan, en estos casos claro que importa–, sino más bien del modo. Porque claro, ganarse cincuenta kilos deslomándose por esos mundos de Dios, en algún trabajo de los de dejarse la piel, como que tiene mucha menos gracia. Lo bonito es que te llegue sin hacer nada, sin merecerlo siquiera. Como antes, cuando se heredaba de los tíos de América, que era una de esas formas tan castizas de estar en el mundo. La otra es la de fiarlo todo a la fortuna, e invertir en juegos de azar, que además de entretener de lo lindo incluso podrían llegar a hacerte rico. Y, si no ganas, al menos puedes disfrutar con las ensoñaciones. Porque, ¿quién no ha tenido delirios de riqueza? ¿Acaso no tenemos derecho a soñar con vivir como un banquero o un subsecretario, por mucho que nos pasemos el día encadenados al teclado de nuestra oficina?

Vale que cincuenta millones tal vez no alcancen para retirarse del mundanal ruido, pero no me negarán que, como decía algún bon vivant, para darse algún capricho sí que llegan. O, al menos, para tapar agujeros, ese deporte tan nuestro y en el que nunca llegamos a perfeccionarnos.

En fin, que es enterarse de que la fortuna le ha sonreído a otro y ya se nos ponen los dientes largos. Y es que en estos tiempos descreídos, la poca fe que se conserva la dedicamos a lo verdaderamente fundamental: a esperar que nos toque la lotería.

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El calentón del espíquer
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Javier Menéndez Llamazares | 07-09-2014 | 07:05| 0

Lo antológico, diga lo de diga Handke, no es el miedo del portero ante el penalti, sino el terror del ‘speaker’ ante el silencio. Algo sólo comparable al temor ante la página en blanco que sufren quienes tienen por profesión llenar esas hojas de palabras.

¿Qué tiene el silencio para aterrar de tal manera al orador, hasta el punto de ser capaz de decir absolutamente cualquier cosa, de rellenarlo con lo que sea? Por más irracional que resulte, lo escuchamos demasiado a menudo, en la radio, en las retransmisiones deportivas de televisión, en los debates parlamentarios… La última muestra, rayana con el ridículo, se vivió en uno de los partidos del mundial de baloncesto, cuando al espíquer encargado de animar el cotarro se le escapó hasta el micrófono un deseo salido directamente del subconsciente. Despedía a unas animadoras de lo más resultón, las Dreamcheers, y sólo se le ocurrió hilar el sueño con el dormitorio y exclamar algo así como »quién pudiera pasar una noche con una de ellas».

Cierto que después se ha armado una borrasca monumental con todo este asunto, azuzado por los comentarios airados de una bloguera deportiva que, desde luego, nada tiene que ver las deseadas chirliders, y que no tardó en disparar con bala de cazar elefantes al locutor, al que rebajó poco menos que a la categoría de troglodita. Y que no es que le falte razón, que tal vez la tenga, pero lo irónico de todo esto es que estamos tan hechos a la doble moral, que cuando el más mínimo detalle rompe el statu quo nos rasgamos las vestiduras como si viviéramos en la mayor de las inocencias.

Y es que el espíquer, ciertamente, podría haberse ahorrado el comentario estúpido; puestos a rellenar, siempre es mejor decir tonterías o incoherencias, al estilo de las canciones de relleno de los elepés, que no intentar hacerse el gracioso y coronarse. Esto ocurre, claro, porque preparar un pequeño guión suele ser un trabajo demasiado arduo, y es más cómodo fiarlo todo a la improvisación. Claro que, en muchas ocasiones, los lapsus linguae nos pueden llevar al desastre.

Por supuesto que el hombre, un varón adulto, con aspecto sanote e inclinaciones evidentes, puede desear sin mayor problema pasar la noche con una mujer, por muy bailarina que sea. Lo que quizá no deba es expresar ese anhelo en voz alta, y mucho menos por la megafonía de un pabellón. Pero no porque pueda ofender a alguna de las personas presentes, como fue el caso de la bloguera enemiga de los instintos humanos. Qué va. No se debe decir, básicamente, por cierta urbanidad. Todos sabemos cómo funciona el mundo. Por qué cada uno está donde está. Por qué de fondo suena una canción del verano que repite una y otra vez »quiero pasar contigo una noche loca». Todos sabemos que el sexo vende. Sólo que cuando se hace de un modo tan evidente, pierde toda la gracia.

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Desconectado
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Javier Menéndez Llamazares | 24-08-2014 | 06:42| 0

Esta semana me asaltó uno de los más espantosos terrores modernos: mi móvil parecía haber perdido las constantes vitales. Después de una noche enganchado a la red, el pobrecillo sufrió un desvanecimiento inexplicable, del que no había manera de que se recuperase, ni pulsando los botones de emergencia ni aplicándole cuidados intensivos. ¿Sería la batería? ¿Un virus? ¿O unas fiebres tifoideas? Un drama tremendo, imagínense. Mi chiquitín, quien siempre me acompaña, el amor de vida, me iba a abandonar en medio de un viaje, en tierra extraña, completamente desamparado, hasta el punto de que no sabía si romper a llorar por la pérdida o buscar unas pompas fúnebres y encargarle unas exequias a la altura de las circunstancias.
Ahora nos hace sonrojarnos, pero hace algunos años, cuando comenzaban a popularizarse, todo eran bromas: que si sonará en el momento más inoportuno, que si ni escaquearse con disimulo iba a poder uno… El móvil había dejado de ser un zapatófono sólo al alcance de los yuppies para convertirse en el juguete favorito de todas las generaciones, que lo mismo servía para sacar pecho marcando estatus que para romper relaciones por sms. Al final, hasta los peores presagios se cumplieron, hasta el punto de que el teléfono parece un apéndice más del organismo humano, en una hibridación entre la teoría de la evolución y las pesadillas ciberpunk que solía protagonizar Schwarzenegger a finales de los ochenta. Dentro de nada, los niños nacerán con una manzanita en la sien y la capacidad extrasensorial de piratear cualquier cosa simplemente utilizando la corteza cerebral.
Entretanto, los tristes homínidos de comienzos del siglo XXI nos arrastramos en busca de wifis libres, de enchufes o de una cobertura decente, y nos ensimismamos en un silencio solo roto por el traqueteo de los pulgares, ignorando con elegancia a quien tengamos al lado mientras publicamos nuestros más secretos sentimientos en las redes sociales. Y cualquier día engrosaremos esa fría estadística de los accidentes inexplicables, la de los conductores que se estrellan en una recta sin motivo aparente. Uno más de los accidentes del whatsapp.
Al final, y contra todo pronóstico, mi chiquitín revivió; todo se debía a un problema circulatorio, algún tipo de trombosis en el cable de alimentación o un colapso del cargador. Al ver lucir de nuevo el logotipo del fabricante el color volvió a mi rostro, y nunca había introducido el pin con tanto deleite. Mis contactos, mis fotos, la mitad de mi vida social seguía dentro de ese pequeño engendro demoníaco sin el que ya sería muy difícil sobrevivir.

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El sueño eterno
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Javier Menéndez Llamazares | 17-08-2014 | 16:31| 0

Esta semana nos ha dejado Lauren Bacall. O, más bien, ha fallecido Betty Joan Weinstein Perske, porque Lauren Bacall jamás podría morir: ella vive entre celuloide desde que tenía veinte años, suspendida en un tiempo que nunca transcurre. Aún más: ella habita ese territorio ansiado por cualquier artista, que no es otro que el imaginario colectivo, un lugar repartido en la memoria de todos los que han disfrutado de su magia irresistible.

Poco importa el más de medio siglo transcurrido desde que, bajo el nombre de Vivian, tonteaba con Philip Marlowe, que llegaba a ofrecerle unos azotes. Aún menos importan los estragos del tiempo, en una vida que no tuvo que resultar sencilla. Lauren Bacall será por siempre la mujer fatal por excelencia, y bastará con que se produzca de nuevo el pequeño milagro de las reposiciones para que los nuevos cinéfilos caigan en sus redes y de paso reavivar la llama en su legión de adoradores.

Su llegada al estrellato, en los años cuarenta, no resultó tan fácil como podría augurar su presencia espectacular. Construirse a sí misma: ése fue el secreto de la Bacall, a cuya mirada felina sólo le faltaba acompañarse de una voz con el mismo poder de seducción. Cuenta la leyenda –o el marketing de Hollywood, que es la verdadera fábrica de leyendas contemporáneas–  que Howard Hawks estuvo a punto de contratarla, casi adolescente, para una de sus películas, pero su timbre excesivamente agudo arruinó esa primera oportunidad. Bacall, lejos de arredrarse, se empeñó en modularlo, con tanta fortuna que en apenas dos años no sólo logró seducir definitivamente a Hawks, con quien debutaría en ‘Tener y no tener’, sino que se ganaría para siempre el sobrenombre de ‘La voz’, gracias a un tono exageradamente grave que combinaría a la perfección con el de su compañero de reparto y futuro marido, Humphrey Bogart. En España, sin embargo, no pudimos disfrutar de ese placer oscuro: la perfección del doblaje convierte en un portento hasta al intérprete menos talentoso, pero como contrapartida nos priva de algunas maravillas sólo accesibles mediante cronista interpuesto.

A falta de héroes modernos, el cine fabrica nuestra mitología. En blanco y negro o tecnicolor, resulta imposible escapar al influjo de estos seres de luz y nitrato de plata, que acaban resultándonos mucho más cercanos que si vivieran en la puerta de al lado. En un tiempo en que valoramos más el continente que el contenido, al intérprete que al personaje, nuestros mitos, simplemente, no pueden morir. Cierto que Lauren Bacall no aparecía en ‘El halcón maltés’, pero a ella mejor que a nadie se le podría aplicar la emblemática frase que cierra el clásico, pues estaba hecha «del material con que se forjan los sueños».

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Aleluya [racinguista]
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Javier Menéndez Llamazares | 11-08-2014 | 10:56| 0

A falta de títulos, se diría que los racinguistas nos conformamos con celebrar las victorias dos veces: una cuando se logra sobre el césped, y otra cuando se ratifica en los despachos.
Y es que lo vivido en las últimas semanas, con el ascenso en entredicho y el fantasma de la desaparición asomando tras las fauces de Hacienda, parece digno de un guión del mejor Hitchcock, encantado de disfrutar con el sufrimiento ajeno. Con malos de libro –esa inspectora non grata a la que ya le ha salido un apodo castizo–, villanos que se vuelven aliados –el mismo Tebas que antes nos prometía los fuegos del infierno–, una multitud de víctimas inocentes y hasta un puñado de héroes capaces de obrar un milagro inesperado, el caso es que el suspense se ha mantenido hasta el último minuto, justo cuando ya parecía que el asunto se volvía imposible.
Claro que para comprender cómo se ha solventado el problema hace falta un máster en contabilidad creativa, porque el embrollo ese de convertir la deuda de corto a medio plazo suena más o menos como aquello de multiplicar panes y peces. Menos mal, eso sí, que esta vez los ‘listos’ han estado de nuestro lado, y esta vez el consejo de administración ha estado de matrícula de honor, solventado una situación de alto riesgo.
En cualquier caso, algo pasa con este club, cuando lo que debería ser un simple trámite –la inscripción en Segunda– se convierte en un gran calvario, capaz de amargar medio verano a más de uno. Eso sí, al final uno no sabe ya si el Racing juega al fútbol o al tenis, con tanta ‘bola de partido’ que tiene que salvar continuamente. Lo que está claro es que la afición a lo que se abona es a las emociones fuerte, incluso al límite, porque en cada uno de estos embites lo que está en juego, desde hace casi un año, no es otra cosa que la supervivencia del propio club, que a pesar de contar con el apoyo cada vez más multitudinario de los suyos –la marcha por el paseo Pereda resultó espectacular–, ha quedado malherido tras la gestión de los nefandos Pernía y Lavín. Tanto, que parece moverse en un campo minado, donde cada semana aparece una nueva amenaza.
Porque, mirando el calendario, lo que en realidad tocaba era protestar por los fichajes, aquello de con lo que hay ni para mantenernos y todos esos clásicos de cuando nos iba bien y no lo sabíamos. Qué tiempos…

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Guerra al tráfico
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Javier Menéndez Llamazares | 10-08-2014 | 16:28| 0

Después de Lealtad –el último recurso para girar a la izquierda que, irónicamente, le quedaba a Calvo Sotelo–, se anuncia que el ‘progreso’ llegará en breve también a la calle Rubio, uno de los últimos reductos del centro de Santander donde todavía podía sonar la flauta de dar con una plaza de aparcamiento. Y es que aparcar, un verbo que en la capital cuesta conjugar, si no es con la típica mueca de disgusto del que intuye el sangrante sablazo del parquímetro. Claro que, de continuar la tendencia, lo más práctico será regalar el coche, porque en breve lo de ir gastando alegremente gasolina por nuestra ciudad va a ser un recuerdo del pasado.

Que no es que esté mal lo de recuperar las calles para los peatones, que ya está bien de tanto humo y tanto ceder a la voracidad automovilística, pero una cosa es humanizar la ciudad y otra es proscribir a los que sufren la desgracia de pasarse media vida sobre las cuatro ruedas. Sobre todo, en una ciudad que se ha empeñado en expulsar a sus jóvenes al extrarradio, a base de precios inalcanzables, condenando a varias generaciones a una trashumancia perpetua desde la periferia al centro, donde siguen concentrándose gran parte de los servicios. Un tránsito del que quedará a salvo el centro, claro, diezmada no sólo su capacidad de absorción sino hasta la posibilidad de cruzarlo si no viaja uno en vehículo oficial.

Mientras la ciudad crecía en falso, presumiendo de barrios de lujo que en realidad son despoblados, sus ciudadanos han tenido que migrar dolorosamente, forzados a integrarse en esta cultura de miseria y gasolina que es el mileurismo de provincias. Y es que los nuevos pobres no sólo tendemos a la obesidad y el consumismo desmedido; también somos esclavos de nuestras posesiones, mientras soñamos con futuro lleno de rebajas y plazas de aparcamiento sin ola. Somos tan pobres que ni siquiera nos hemos dado cuenta todavía. Porque la verdadera riqueza de nuestros días no consiste en tener un automóvil más caro que el del vecino, sino en poder permitirse ir caminando por la ciudad, y no tener que sufrir el tráfico como el neoproletariado. Conducir es más que nunca de pobres.

Haría falta, al menos, un gesto de benevolencia para volver a soñarnos clase media, como favorecer los trenes de cercanías, pero día a día vemos cómo se descompone parte de lo poco que funcionaba bien en la región: la antaño impecable Feve parece sin embargo tener los días contados en su nueva vida de hijastra indeseada. Cualquier día, peatonalizarán hasta las vías estrechas.

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Más que fútbol
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Javier Menéndez Llamazares | 03-08-2014 | 11:41| 0

Nunca dejará de sorprendernos hasta que punto el fútbol, o más bien la identidad y el sentimiento de pertenencia que genera, puede arraigar en nosotros. Estos días, por ejemplo, la estampa es toda una región cariacontecida, con gesto compungido y conversación obsesiva y monotemática en torno a qué ocurrirá con el centenario Racing y si finalmente sobrevivirá a las mil lanzadas que le llegan desde todas las direcciones –a perro flaco, ya se sabe; y Pernía y sus saqueadores no han dejado más que pulgas, y bien molestas–. Como, además, el estío es temporada propicia en lo informativo para serpientes veraniegas y hasta culebrones enteros, el folletín de la supervivencia da un nuevo giro cada día, se cargan los tintes más dramáticos, hasta el punto de que llega a mascarse la hecatombe. Después de años de lucha sin cuartel, y de la entrega más generosa por parte de los aficionados, dándole lo que no tienen, una triste decisión administrativa podría significar su fin.

En medio de la flaqueza de los noticiarios, la lucha agónica de los racinguistas para evitar que Hacienda firme el parte de defunción trasciende hasta conmover la fibra sensible del resto de aficionados del país. «Yo también andaría llorando por las esquinas», me escribe Martínez de Pisón tras ponerse al día de nuestras desgracias, y con ello certifica esa solidaridad entre sufridores que, en realidad, condensa toda la grandeza de una sociedad curtida en la adversidad, y que funciona muy a pesar de sistemas y políticos. Porque el fútbol, el deporte, no deja de ser un reflejo de nuestra sociedad, tanto de lo cultural como de lo sociopolítico. Más que válvula de escape o excusa para descargar adrenalina, como se defendía en otros tiempos carentes de libertades, el fútbol es una pasión que apelando a lo irracional irradia casi todos los ámbitos de la vida, hasta el punto de que para comprenderlo es más necesario recurrir a sociólogos o incluso antropólogos que a expertos en el arte del balón, que en realidad es sólo una pequeña parte de un juego más amplio y complejo, que comienza en un terreno de juego normalizado y bajo un ritual estricto pero luego trasciende hasta los usos de intercambio de toda una sociedad.

Que el jueves diez mil cántabros tomaran la calle para pedir que su club no desaparezca explica bien a las claras la importancia que tiene el Racing en la vida de la región. Algo que va mucho más allá del deporte, y que entronca con una manera de sentirse en el mundo, con cómo nos definimos y con qué símbolos nos identificamos. Porque ese club forma parte ya del patrimonio cultural de Cantabria, un patrimonio inmaterial pero con una fuerza de movilización innegable, que entre todos debemos proteger.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es