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Mentiras digitales
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Javier Menéndez Llamazares | 29-01-2018 | 10:31| 0

Más que la era de la posverdad –signifique eso lo que signifique–, vivimos en la del camelo. Si esta semana han ardido los móviles de media España con la noticia de los ‘aromas jamaicanos’ del botafumeiro de Santiago, hace un mes la gran ‘noticia’ eran los diecisiete divorcios que había provocado un descuido en el whatsapp de una despedida de soltero. Falso y falso. Falsos como duros de madera, que decíamos cuando todavía había duros, y ni siquiera sospechábamos que nadie quisiera falsificarlos.

Las historias, cuanto más truculentas, más nos gustan. Poco importa si son ciertas o no.

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France Gall y las piruletas de Gainsbourg
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Javier Menéndez Llamazares | 29-01-2018 | 13:48| 0

francegallSe nos ha ido France Gall, las eurovisiva más guapa –sí, quizás también la más cursi–, que fuera capaz de tocar el cielo y el infierno de la fama prácticamente a la vez, allá por los años sesenta.

Bella como una muñeca, su padre letrista la orientó hacia la música gracias a una voz casi infantil que casaba a la perfección con los primeros tiempos del pop en una Francia necesitada de ídolos patrios, frente a la invasión anglosajona. Tenía tanto ángel, que con quince años la fichó la Philips, y antes de los dieciocho ya había ganado Eurovisión, en 1965. ¿El secreto? Las canciones de un genio de la música, pero demasiado feo para los escenarios y, casi, para las portadas de los discos. Se llamaba Serge Gainsbourg.

De talante burlón y espíritu surrealista, le regaló su gran éxito, ‘Poupée de cire, poupée de son’, una pieza que aparentemente hablaba de muñecas de trapo cantarinas, pero que en una segunda lectura escondía una crítica demoledora a las insustanciales cantantes pop de la época. Con ella se llevaría el festival eurovisivo, pero un año más tarde, Gainsbourg quiso ir más allá en la humorada, y escribió para France ‘Les sucettes’ (‘las piruletas’).

Cuando las televisiones de media Europa se hincharon a emitir el vídeo de la jovencita que «adora chupar piruletas», y se sentía en el cielo «cuando el azúcar fluye por su garganta», la temperatura subió varios grados en todo el continente. En el estilo que luego mimetizaría Lazarov, no faltaban las escenas de chicas empleándose a fondo con enormes pirulís.

Gainsbourg, por supuesto, jugaba con el doble sentido, y la jugada le salió redonda porque todo el mundo lo cazó a la primera. Todos, menos al parecer la pobre France, que resultó ser más inocente que sus piruletas de anís. Cuando su familia le explicó el chiste, quiso que la tragase la tierra. Y su manera de desaparecer sería emigrar al Berlín dividido, donde quiso rehacerse cantando canciones de amor asistido por ordenador, su famoso ‘Computer Nº 3’. Sin embargo, la inocencia ya la había perdido. Como el mundo, que entraba entonces en 1968.

 

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La gran quedada
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Javier Menéndez Llamazares | 29-01-2018 | 10:35| 0
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No somos el antiguo Egipto, pero cualquiera que eche un vistazo a los prados y cunetas de la región podrá ver enseguida que, si no nos acechan las siete plagas, poco nos falta. Entre uñas de gato, onagras, cangrejos foráneos y mejillones cebras, nos estamos quedando sin especies autóctonas. De hecho, costaría mucho convencer a cualquiera que no haya visto Cantabria en el siglo pasado de que el plumero no es su planta más representativa.

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El mes de los géneros
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Javier Menéndez Llamazares | 29-01-2018 | 13:24| 0

inocentadas-1979Este diciembre que se nos acaba es, desde siempre, el mes de los géneros, a cada cual más literario; es decir, con esa literatura que tiene la vida, la auténtica. Para contables y periodistas, por ejemplo, es época de balances, ese recuento de lo bueno y de lo malo con el que decidimos qué tal nos ha ido el año. También es momento propicio para los cuentos de la lechera –esos que caducan el día veintidós–, e imaginarnos qué hacer con los millones que nos cantarán los niños de San Ildefonso.

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El museo de Salvador
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Javier Menéndez Llamazares | 29-01-2018 | 12:50| 0

museoLo peor que le puede pasar a un museo es que se le quemen los fondos. Lo peor con diferencia, porque casi todo lo demás puede tener arreglo, pero el fuego aplicado a cualquier colección puede ser cualquier cosa menos purificador.

En Santander ha ardido el MAS, y el incendio ha hecho correr ríos de tinta, pero todavía no hemos oído a nadie lamentarse diciendo «se nos ha quemado el Museo». Muy pocos ciudadanos consideran que sea suyo y, a la larga, la indiferencia termina siendo más destructiva que las llamas.

Hace dos décadas, Santander tenía un apacible Museo de Bellas Artes que tampoco era para presumir, pero se las apañaba con su colección de paisajistas cántabros, con un fondo más que digno de Pancho Cossío y María Blanchard… y el Goya.

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¡Qué escándalo!
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Javier Menéndez Llamazares | 18-12-2017 | 13:56| 0

renaultLos menores beben. Lo acaban de denunciar los hosteleros cántabros, en un fabuloso remake de aquella escena de ‘Casablanca’ en la que el capitán Renault clausura el Café Americano de Rick con su célebre frase: «¡Qué escándalo! ¡Qué escándalo! ¡He descubierto que aquí se juega!», y, mientras hacer desalojar el local, el croupier se le acerca para entregarle un sobre: «Sus ganancias, señor».

Y luego han comenzado una partida de ese antiguo juego que consiste en pasar la bola, pidiendo que sea la policía la que vigile a los jóvenes e impida el consumo de alcohol antes de la edad permitida.

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Marcianitos
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Javier Menéndez Llamazares | 18-12-2017 | 13:53| 0

marcianitosEl primer videojuego que entró en mi casa no hacía sospechar, ni por asomo, que aquello fuera la industria del futuro. Eran navidades, esas navidades interminables de principios de los ochenta, y nos lo había traído mi tío Graciano, que de camino desde Hessen había parado en Colonia, donde los Reyes Magos. Y en vez de mirra –que no sabíamos lo que era, ni nos importaba demasiado, la verdad–, lo que nos trajo fue un aparatejo de Atari que le tuvo liado toda la mañana, intentando sintonizarlo en aquel televisor del que sólo usábamos dos botones: el la primera cadena, y el de la segunda cadena. Fin.

Al final, en la última vuelta del UHF, se hizo la magia.

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Barbas vs bigotes
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Javier Menéndez Llamazares | 18-12-2017 | 13:47| 0

floidMenos mal que ha acabado noviembre, porque lo del movember tendrá toda la gracia que se quiera, pero donde esté una buena barba… Y es que lo del bigote nunca ha acabado de convencerme. Será por aquellos periódicos que llenaban la casa de mi infancia, donde Jaime Campmany escribía maravillosos y campanudos artículos con los que nunca podías estar de acuerdo, o por las películas de la transición, en las que Saza bordaba el papel de señor formal. Fuera el bigotito de Franco o el bigotón de Peppone en ‘Don Camilo’, lo cierto es que los mostachos, ni de izquierdas, ni de derechas: jamás me gustaron. Ni siquiera ese tan macarra de Willy DeVille, apenas una línea, ni un centímetro siquiera. Y mucho menos el que se dejó mi padre a finales de los setenta, una herradura a lo Pancho Villa, más llamativa que revolucionaria. Pase, como mucho, el de Groucho, que precisamente por ser pintado me ha servido de disfraz recurrente en casi todos los carnavales.

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Viajes Garrapata
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Javier Menéndez Llamazares | 01-12-2017 | 08:06| 0
viajes

De crío, una de mis canciones favoritas era ‘Viaje con nosotros’, de La Orquesta Mondragón, pero quien últimamente me tienta con sus viajes alocados es mi vecina Paqui, toda una experta en conocer mundo al mejor precio posible.
Cómo será, que a su ‘agencia’ informal los amigos la han bautizado como ‘Viajes Garrapata’, por ese talento innato de aferrarse al mejor transporte y montárselo a cuerpo de rey con el mínimo esfuerzo. Económico, se entiende.
Y es que no está el patio como para andar tirándolo, así que Paqui durante el resto del año se aplica a lo suyo, que es exprimir al máximo las posibilidades de cualquier destino. Lo mismo le sirve Escandinavia que las islas griegas, Verona que Berlín. Y por el momento, no le está yendo nada mal, porque sus dos escapadas de cada año casi le salen más baratas que quedarse en casa. ¿Qué cómo lo hace? Pues metiendo horas, por supuesto. Pero no horas extra, sino en internet. Ese gran aliado que ha acabado con los ratos muertos y las tardes aburridas. Como los cigarrillos de antes, vamos, esos que fumabas cuando no sabías que hacer, pero sin calafatearte el pulmón.
Que me haya contado, lleva ya pateadas Praga, Londres, Bérgamo, media Irlanda y Alemania y parte de Rusia. El truco, cómo no, es jugar con el tiempo. Y los vuelos de bajo precio. Vamos, que desde que nos pusieron Ryan Air en Parayas, no hay manera de dejarla en casa. Pero es que no sólo hay low-cost en los aviones, sino también en los trenes, en los barcos… y hasta en los hoteles. Con un poco de habilidad y grandes dosis de paciencia, mi vecina te consigue una habitación frente al Kremlin por lo que te cuesta un café pijo de esos en vaso de cartón. Y si no te andas con remilgos, por lo que vale un sándwich de máquina te da de comer toda la semana en las cantinas más peculiares de media Europa; en Suecia, por ejemplo, consiguió encontrar un restaurante de comida tradicional, donde a la luz de las velas te servían lo mismo que comían los nórdicos de hace dos siglos. Y, además, a precios de hace doscientos años. Insuperable.
Yo me muero de envidia, porque a lo más que he llegado como turista es a colarme en un ferry para ver de medio lado la Estatua de la Libertad, así que cuando me invitó a su última aventura garrapatera la tentación resultó enorme: Marrakesh. Pero como todavía recuerdo lo mal que lo pasó María Barranco con el mundo árabe en aquella peli de Almodóvar, he preferido reservarme para el nuevo destino del Seve Ballesteros: Polonia. Con esa bandera, tiene que sentirse uno como en casa.
Así que ahora ya me están creciendo las antenas, y esos colmillos de vampiro, a la espera de ver cómo se garrapatea por Varsovia. Que se vayan preparando, que ahí vamos Paqui y yo.

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Fallos del jurado
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Javier Menéndez Llamazares | 01-12-2017 | 08:01| 0

Siempre me he preguntado por qué a las decisiones de un jurado se las denomina ‘fallos’. Como si ya de antemano se admitiera, con la mayor de las resignaciones, que juzgar es equivocarse. Que fallan los jueces cuando deciden si tal o cual tiene razón, y los miembros de un jurado al elegir quién es mejor y quién peor.
Y es que los juicios sólo tienen sentido cuando la materia a tratar no admite una medición exacta, a la que se pueda aplicar la lógica implacable de las matemáticas. Para determinar quién lanza más lejos, quien corre más rápido, quién llega antes o quién tiene más de lo que sea no hace falta juzgar, basta con medir. Pero para escoger el más meritorio entre un conjunto de novelas o poemas, para premiar a una canción o para dilucidar si alguien es o no culpable de algún cargo, ahí sí que es precisa la intervención del experto, de alguien autorizado que diga sí, o no, y que además cargue con la responsabilidad de sus decisiones.
El problema, claro, es que cuando es preciso decidir mediante un jurado siempre quedará alguien descontento. Si hay tribunal o mesa que valore méritos mayoritariamente subjetivos, y varios candidatos con intereses contrapuestos, evitar la polémica siempre resulta difícil.
A mí, por ejemplo, cuando me ha tocado ser jurado, siempre he sido más bien fallón. En los premios literarios, uno siempre valora aspectos muy diferentes de los que interesan a los otros jurados. Debe de ser una especie de maldición, pero si un texto te resulta divertido, a otro le parecerá intrascendente. Si te asombran sus conocimientos o lo atinado de sus reflexiones, no faltará quien lo encuentre tedioso. Donde uno ve oficio, otro ve relleno, paja. Y la mayoría de las veces resulta imposible un acuerdo unánime, porque lo que a uno le parece importante no siempre coincide con lo que opine el resto.
En los tribunales de justicia, el asunto debe de resultar aún más complicado. A fin de cuentas, en un jurado literario sólo decides quién gana, pero un juez tiene que decidir quién pierde. Y el desfavorecido no sólo pierde el juicio, sino a menudo dinero, su libertad o, en algunos países, incluso la vida. No me gustaría nada ser jurado, y menos en casos graves, de asesinatos o violaciones. ¿Cómo medir, sin temor a equivocarse, la veracidad de cada cuál? Desde luego, es muy fácil formarse una opinión, y en cuanto habla la acusación uno mandaría al reo a galeras, como poco. Pero luego habla el abogado defensor y le ves tan convencido que te entran las dudas. ¿Cómo acertar, cómo atreverse a dictaminar quién está en posesión de la verdad absoluta? Sólo de pensar que la casualidad me podría llevar a formar parte de un jurado popular y tener que decidir en algún juicio así, donde está en juego el futuro de muchas personas, me provoca sudores fríos. Fallaría, seguro.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es