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Berlín
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Javier Menéndez Llamazares | 09-11-2014 | 13:43| 0

'Todo muro acaba cayendo', venía a decir uno de esos grafitis.

¿Dónde estabas tú en el ochenta y nueve? Mientras el muro caía, o más bien era derribado a golpes de razón, los atolondrados jóvenes de la época no nos dábamos mucha cuenta de hasta qué punto iba a cambiar el mundo que hasta entonces conocíamos. Alemania era un lugar muy lejano, y Berlín un punto en los mapas de los telediarios de los ochenta, un tópico más junto a las trifulcas de Reagan y Gorbachov, la guerra de Iran e Irak o las bravuconadas de Gadaffi. Parte del escenario de un mundo feliz como un anuncio, una manta que escondía el entramado económico de un sistema injusto de sur a norte y de abajo a arriba.

Berlín era entonces un gigante venido a menos, una metrópolis que había perdido su capitalidad, pero tan sólo a medias. Su cruel división y ese muro incomprensible eran pasto de las leyendas urbanas, que hablaban de casas e incluso familias divididas por esa frontera nada invisible, que pocos podían franquear.

Para los chicos de mi barrio, el Berlín era el pub donde empezamos a escuchar rock and roll y a investigar los secretos de la noche; pero como el ingenio no tiene límites, justo enfrente alguien abrió otro local al que llamó ‘El Este’, donde sonaba música cubana. Siempre habrá, claro, quien disfrute con las diferencias.

Hace medio siglo que aquel muro, aquella separación violenta es ya historia. Historia desagradable, otra más, como buena parte de lo ocurrido en el siglo XX, y no sólo en Alemania. Aquella noche de hace veinticinco años, los berlineses del este explotaron hasta derribar un muro que significaba para ellos el confinamiento en el espantoso presidio de la dictadura. Cierto que ellos no buscaban exactamente la libertad, sino más bien los fabulosos reclamos de esa jauja que cada noche contemplaban extasiados en los concursos televisivos del oeste. Y que lo que se encontraron al otro lado del muro fue esa desidia insolidaria que tanto caracteriza a las sociedades desarrolladas. Pero nada justificaba esa muralla, como no puede haber motivos para que un gobierno niegue a sus ciudadanos la salida del país; si los alemanes del este querían huir, es que algo no iba bien en la RDA. La solución, desde luego, no pasaba por reforzar el muro, sino por escuchar a la población.

Claro que hoy día todo aquello no es más que un recuerdo retro para coleccionistas de souvenirs de países que ya no existen, pero ha marcado a fuego nuestro presente. »Antes todo era horrible; luego llegó el cambio y se acabaron nuestras desgracias», ironizaba sobre el tema el grupo Die Ärzte. Nadie quiere que vuelvan aquellos tristes tiempos, pero entonces no sólo cayó el muro: también cayeron siglos de lucha por la dignidad de los humildes. Y ahora lo estamos pagando.

[Publicado en El Diario Montañés el 9 de noviembre de 2014]

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Oposiciones
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Javier Menéndez Llamazares | 02-11-2014 | 09:16| 0

Que el mundo va a peor ya no es sólo una manía de los desencantados más veteranos, qué va, sino que cada día nos topamos con evidencias que demuestran empíricamente cómo vamos a menos. Si no, a ver cómo se explica esa depauperación que ha sufrido ‘El Pequeño Nicolás’, que ha pasado de ser el entrañable personaje de Goscinny a un insignificante villano de tercera división, un ‘wannabe’ del trapicheo ibérico, aspirante a figurón con carné de la gaviota al que de pronto se le ha acortado el aterrizaje. Claro que siempre será mejor entretenerse con bagatelas que afrontar la realidad del país, que está la cosa para ponerse a llorar por las esquinas de la política o para coger un avión hacia cualquier lugar, siempre que no sea desde algún aeropuerto de esos que sólo sirven como ruta del colesterol.

Y es nuestra cultura, la de la siesta y demás tópicos patrios, se está quedando en nada… Ya no sirve ni aquello de ‘pasar más hambre que un maestro escuela’, y no precisamente porque los gobernantes hayan decidido por fin dignificar salarialmente la profesión más altruista que existe, sino porque con el cuento de los recortes, las congelaciones y demás zarandajas, más que tasas de reposición parece que los gobernantes se empeñen en que los docentes acaben de reponedores de cualquier gran superficie. Como si de una venganza por la marea de protestas se tratase, la escabechina entre el profesorado pronto va a alcanzar niveles de las purgas de posguerra.

Y es que, como cantaba Molina, el futuro es muy oscuro, sobre todo en la función pública. Con excepción de cuatro afortunados, la última década tal vez sea el final de un oficio tradicional, de servicio a los demás, pero que también supone una de las pocas formas de independencia en este mundo neoconservador. Claro que no falta quien aspira a una plaza de funcionario soñando con un empleo fijo y seguro –aunque pronto descubrirá que se parece mucho al tesoro de Sierra Madre: no es oro lo que brilla, sino pirita–; sin embargo, para otros significa un modo ético de entender el trabajo y las relaciones laborales, sin amos ni plusvalías. Un pequeño paraíso de equidad en pleno infierno tardocapitalista. Otra manera de hacer las cosas, sin renunciar a estar en el mundo.

Pero parece que esa reliquia del pasado, esa vía alternativa de trabajar para todos, molesta a los gobiernos, con independencia de su signo. ¿Para qué mantener esa refinada fórmula de selección natural que son las oposiciones, si es mucho más práctico utilizar el dedo para favorecer a amigos y correligionarios? A fuerza de no convocarlas, hasta el término ‘oposición’ va a perder acepciones, para quedarse tan sólo en aquella actitud corrosiva de Groucho Marx: «sea lo que sea, estoy en contra».

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el 2 de noviembre de 2014]

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Problemas de estar vivos
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Javier Menéndez Llamazares | 27-10-2014 | 12:54| 0

Aseguraba ayer en su medida crónica José María Gutiérrez –por favor, dejen ya de llamarle ‘Chema’ en las tertulias– que el Racing tiene un problema; el periodista se refería, en buena lógica, a esa incomprensible incapacidad para mantener el marcador en partidos que parece imposible que se escapen de las manos, y que sin embargo están resultando el talón de Aquiles de los verdiblancos esta temporada. De hecho, si nos ponemos a hacer fútbol-ficción, de no haber sido por los erráticos finales de partido frente al Leganés, a Las Palmas y a tantos otros seguramente ahora no estaríamos en el furgón de cola, sino soñando con los laureles del ascenso. Claro que estamos hablando del equipo de los eternos sufridores… ¿qué sería del Racing sin problemas?

Y es que Gutiérrez ve uno, pero calla muchos. Por ejemplo, algo pasa con los árbitros. No es posible que seamos un equipo tan violento como para acabar campeones en el tarjetero, visto el camino que llevamos. Cuesta terminar un partido sin expulsiones, y hasta al melancólico Paco Fernández le endosan sanciones que parecen por crímenes contra la humanidad; a Paco, el hombre más comedido que ha pisado este banquillo, sin una palabra más alta que otra. Que le ‘premien’ con una estancia en boxes casi parece un ascenso, al estilo Fergusson en el United, ocupando puesto de manager. Claro que hoy día poco importa, desde que se han inventado los móviles; tal vez la altura incluso mejore su visión del juego, pero desde luego que la saña sancionadora con la que ha caído la Federación sobre nuestro míster parece indicar que hay algo más que mero espíritu disciplinario. ¿Tal vez aún quedan deudas pendientes por la retirada copera?

Tenemos otro problema en la defensa, y es que lo mismo que en ausencia de Koné nuestro ataque parece romo, cuando Juampe no está los ratones bailan, y nuestra defensa hace aguas con demasiada facilidad. Y eso que, frente al Alavés, solventamos una jugada de dibujos animados que parecía el ‘más difícil todavía’, cinco ocasiones clarísimas de gol en una sola jugada, en la que nuestra zaga parecía un frontón y el guardameta Raúl un héroe clásico sorteando cada golpe –cada balón, en este caso– del rival. Despúes de las críticas por el primer gol en La Romareda, el espigado arquero ha sacado carácter y parece que no se lo piensa poner fácil a Mario. Grandísima noticia para los aficionados, que siempre agradecen la competencia por el puesto.

Otro problema lo seguimos teniendo en la grada, pues aunque el tirón popular del ascenso ha traído más abonados, y la Gradona se ha convertido en el mejor reclamo para convertir cualquier partido del Racing en un espectáculo siempre emocionante, la afición sigue sin llenar Los Campos. Y no nos quedemos con la excusa de que el Madrid jugaban el enésimo partido del siglo… El racinguismo tiene bien claro que a la hora que juega el Racing no hay ningún otro encuentro que pueda resultar más interesante. En cualquier caso, la peregrina idea de programarlo a la misma hora parece, de nuevo, toda una venganza.

Y puestos a buscar problemas, el principal lo tenemos a la vuelta de la esquina: el económico. Mientras Hacienda aprieta hasta ahogar, por fin se lanza la campaña #oportunidadRRC. Esa leyenda en las camisetas es mucho más que un anuncio: es la esperanza de que el Racing vuelva a ser lo que los aficionados desean: algo más parecido a un club de fútbol que a una sociedad mercantil. Cierto que el momento económico no invita a demasiadas alegrías, pero esta vez somos los racinguistas los que debemos concienciarnos de que es nuestra oportunidad. Aprovechémosla.

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Se acabó la Fiesta
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Javier Menéndez Llamazares | 26-10-2014 | 06:42| 0

La verdad es que los chavales de mi colegio no teníamos ni puñetera idea de quién sería el tal Kojak –la serie televisiva fue un éxito en los setenta, otro mundo ya, y una década más tarde nos interesaba más ‘El coche fantástico’ o Dayana, la de ‘V’–, pero desde luego que el chupachús que arrasaba en mi infancia era ese. Y no sólo por ser el que mejor se ajustaba al presupuesto, que también, sino porque además tenía chicle, un doble atractivo que justificaba la inversión de la propina semanal en el quiosco de la esquina.

El de mi calle se llamaba ‘Kiosco López’, y era un garaje reconvertido en paraíso para todos los niños del barrio. Lo regentaba un muchacho enorme que casi no entraba en el cubículo minúsculo, y se pasaba el día detrás de sus gafas de culo de vaso fantaseando con aprobar una oposición. A aquel edén azucarado y otros del mismo pelo deben su fortuna buena parte de los dentistas de la época, mucho antes de que llegaran Trex y otros chicles ‘sugar free’. Entonces poco nos preocupaba ese asunto, sino más bien como optimizar los cinco duros para salir de allí cargados de gusanitos, pipas de esas que te dejaban las uñas renegridas –para las blanquillas de facundo casi nunca alcazaba, eran un artículo de lujo–, sobres de pica-pica, triskis, petazetas y chicles.

Los que más triunfaban eran los Cheiw; incluso servían para clasificar a los amigos según su preferencia: los de fresa ácida, los de clorofila… Incluso sirvieron para ir interiorizando conceptos como la inflación –su precio subía poco a poco–, y los recortes, cuando decidieron que era mejor mantener el precio de un duro pero cada año lo hacían un poquito más pequeño.

De todo esto, mucho antes de que Haribo y otras multinacionales coparan el mercado, ya casi nunca nos acordamos. Ha hecho falta que esta semana cundiera la alarma entre todos los nostálgicos de las piruletas de corazón y los polvos ‘Fresquitos’ con la noticia de que la compañía Fiesta entraba en liquidación. Y eso que, por la época, tal vez no habrán tenido que cotizar royalties a la serie de Telly Savallas. Pero poco se puede hacer contra la espiral de la modernidad, que ha transformado las tiendas de chuches en espacios asépticos inspirados en el autoservicio.

La cultura de kiosco, sin embargo, parece que pervive aún en toda esa generación que leyó con horror la noticia y la hizo correr por las redes sociales. Más que en echar la trapa, ahora la empresa más dulce está pensando en venderse al mejor postor. Lo que haga falta, con tal de que no se acabe la Fiesta.

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Crueldad de última hora
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Javier Menéndez Llamazares | 21-10-2014 | 11:26| 0

A los que nos pierde la boca, no tenemos remedio. Y es que basta que el Racing encadene cuatro partidos invicto para que la moral se nos suba a las nubes y andemos por ahí sacando pecho, como si ya estuviera poco hecho. Luego, claro, llega la realidad a bajarte de la nube, y el aterrizaje suele resultar de lo más traumático.

Jugaba nuestro equipo en La Romareda, un clásico de primera que hacía tiempo ya que no disfrutábamos, y como siempre sucede en estos casos, el espíritu deportivo alcanza para escribir enseguida a los amigos maños para desearles suerte, pero a partir del encuentro siguiente. En concreto, el que suscribe escribió a su amigo Ignacio Martínez de Pisón, irredento aficionado del Zaragoza, por tradición y querencia y hasta por vía política por parte de suegro, que llegó a ser entrenador del club en la época dorada de los ‘cinco magníficos’. A tanto llega la pasión de Pisón por su equipo, que incluso le dedicó un libro, ‘El año del pensamiento mágico’, publicado en la colección ‘Hooligans ilustrados’ de Libros del KO.

El caso es que amigos sí, y respeto también, pero vista la racha de nuestro equipo, uno se envalentonó y en su mensaje daba ya el partido por ganado, en un indisimulado alarde de confianza. Lejos de cualquier hooliganismo, la respuesta del zaragocista no pudo resultar más elegante: «Si tenemos que perder, que sea con el Racing». Si ya hasta los rivales nos quieren, es que la cosa estaba medio hecha.

Pero no pudieron empezar peor las cosas, con un gol de esos que se pierden los impuntuales, y que más que por el acrobático remate del delantero, destacó por la salida en falso del guardameta verdiblanco. Seguro que a Raúl Fernández no se le olvidará su debut, justo en pleno debate sobre si la lesión del capitán Mario afectaría al equipo. Claro que tampoco sería justo cargar las tintas con el cancerbero; se trata del gran dilema del portero, salir a empequeñecer la portería y correr el riesgo de que una vaselina te deje con el molde, o quedarte bajo palos y que el larguero que aplane el occipicio. Los guardametas, ya se sabe, viven entre el sí y el no; generalmente, mueren en la indecisión, pero a veces son precisamente las decisiones equivocadas las que los rematan.

Claro que a este Racing poco le importan las adversidades: además del talento de ‘veteranos y noveles’ – Miguélez y Concha, especialmente–, volvió a demostrar que cuenta con el mejor argumento ofensivo de la categoría, y es un delantero en estado de gracia por el que todos los racinguistas deberíamos dar gracias de rodillas un par de veces por partido. Esta vez, sin embargo, tan sólo hubo un éxtasis a cargo de Koné, y fue un soberbio tanto que, por una vez, no fue por velocidad. Eso sí, el resto del partido le sirvió para desquiciar por completo a la zaga rival, en especial a un viejo conocido, el central Rubén, que todavía debe de estar buscando al costamarfileño.

Parecía sólo cuestión de tiempo que llegase la victoria, por más que el Zaragoza atacara y llegase con asiduidad al área de un entonces seguro Raúl. Sin embargo, una mala patada relegó a Koné al banquillo, después de que impericia arbitral nos sisara un penalti.

«Empatar no, que un punto no vale para nada», me había advertido Pisón. Y su premonición cobró forma en el último minuto del descuento, cuando un tal Romero aprovechó uno de los escasos errores defensivos del Racing para derrotarnos de la forma más amarga. «Qué bueno es Koné», se despidió Pisón, sin querer hacer sangre. Eso sí, nos veremos en Los Campos en la segunda vuelta.

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Cuarentones
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Javier Menéndez Llamazares | 19-10-2014 | 16:47| 0

Si hace años se decía que los treinta eran los nuevos veinte, ahora el relevo parece ser que lo toman, definitivamente, los cuarenta. Cierto que la observación no puede resultar más oportunista, casi tanto como cuando a Luis Eduardo Aute le dio por actualizar la letra de su canción ‘Una de dos’, y allí donde decía »te la cambio por dos de quince» corrigió con »por dos de veinte»; puede que también tuviese que ver con las leyes de protección al menor, claro, pero el cálculo más elemental nos viene a decir que, contra lo que piensan los que aún no han alcanzado tan respetable edad, en la cuarentena aún hay vida. E incluso puede que más allá. Lo de que haya esperanza ya será otro tema, eso por descontado, pero cada vez resulta más evidente que lo que entendemos por juventud es un concepto elástico, que si antes abarcaba hasta finales de la veintena, y posteriormente hasta los treinta y cinco años, pronto no sólo va a rebasar esa frontera sino que amenaza con no tener límites, hasta alcanzar el momento en que pueda haber jóvenes de todas las edades.

Este invierno, un semidesconocido y maravilloso grupo punk llamado Psycho Loosers publicó una curiosa canción, con vocación absoluta de retrato generacional. Se titulaba ‘Trenteenager’, y valga la licencia del spanglish para construir ese paradigma de la modernidad que es el treintañero de vocación adolescente. Unos por devoción –esos ‘singles’ que viven en una fiesta perpetua– y otros por desesperación –los ‘precarios’ que intuyen que se jubilarán como eventuales o interinos, y eso con suerte–, pero lo cierto es que el paso a la edad madura, ese que tanto ansían los padres responsables para sus alocados hijos, cada vez se retrasa más, atrapados entre el mundo ordenado de sus abuelos, el del bienestar y el trabajo fijo, y el incierto futuro neocon de ultraliberalismo que espera a unos nietos que tal vez nunca tendrán. Ante semejante panorama, ¿cómo no ser Peter Pan?

Total, que sin darnos cuenta los chicos que crecimos en los ochenta vamos llegando a la cuarentena, y nos negamos a convertirnos en nuestros padres. Y es que si uno compara como eran los cuarentones de entonces y los de ahora, parece que hablemos de planetas diferentes. Ni en lo esencial ni en lo accesorio resulta fácil encontrar similitudes, y es que algo sucedió en el cambio de siglo, fuera el fin de las utopías, el cambio de paradigma socio-económico o la revolución digital, pero el caso es nuestra realidad poco tiene que ver con la vida convencional del siglo XX. Un cuarentón de hace medio siglo era un señor hecho y derecho. Hoy día, nos creemos chavalines buscándonos la vida. Lo malo es que no hay forma de encontrarla.

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Loquillo
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Javier Menéndez Llamazares | 12-10-2014 | 08:30| 0

Si Las Llamas ardieron –valga la redundancia– hace quince días, el concierto de Loquillo de la semana pasada en Escenario Santander a punto estuvo de extender el incendio por todo el parque, que más bien parecía un gigantesco aparcamiento, con más coches que un día de playa. Con llenazo antológico y el papel agotado, incluso algún que otro fiel del roquero barcelonés se quedó de oyente a las puertas del recinto. Dentro, después de soportar una cola con doble tirabuzón que casi daba la vuelta al parque, la legión de ‘creyentes’ presentaba un aspecto de lo más variopinto, con mucha más alopecia de lo habitual en estos actos, confirmando que el imán de esta ‘rock and roll star’ sigue funcionando a pesar de los años.

Y es que Loquillo, fuera con la chulería de sus inicios o con la ‘actitud’ de los últimos tiempos, mantiene ese magnetismo que, aunque en ocasiones repela, le ha granjeado una legión de seguidores, de modo que ni las modas ni la edad parecen capaces de terminar con su carrera. En una época en la que las viejas bandas se reúnen para improvisar giras alimenticias, con resultados más bien lamentables, al rocker catalán le resultaría imposible volver, sencillamente porque nunca se fue.

Cierto que para mantenerse le ha sido necesario reinventarse, pasando del punk-rock a una especie de cantautor eléctrico; lo explicaba a la perfección un novelista neoyorkino, Shane Jones, que contaba con mucha gracia cómo sus amigos músicos le miraron por encima del hombro hasta la treintena, y a partir de entonces todos aspiraban a convertirse en escritores. Loquillo, por su parte, no sólo ha firmado varios libros, entre la novela y la autobiografía, sino que ha logrado reconducir su personaje –si hemos de creer a Sabino Méndez y lo que maliciaba en ‘Corre, rocker, correr’– desde sus postulados de autenticidad roquera hacia el intelectual comprometido. Y todo, sin renunciar a las maneras callejeras ni a la chupa de cuero negro. Se puede estar más o menos de acuerdo con sus artículos de opinión y sus libros, pero alguien capaz de cantar a Antonio Gamoneda con guitarra, bajo y batería merece el mayor de los respetos, desde el mainstream a la independencia radical. Si además, se permite aprovechar los micrófonos para opinar de la actualidad con un tono de los más crítico –en directo modificó la letra de su gran éxito y su productor ahora dice «yo te haré rico, tú sólo has de cantar bien… si no te sube al 21% el señor Wert»–, empezaremos a entender los motivos de su éxito.

Si bien la respetabilidad se la ganó cuando, en pleno volcán del independentismo catalán, aprovechó la liturgia de las presentaciones para afirmar que su «banda de rock and roll español» venía «desde Barcelona… sumamos, no restamos». Y es que el rock sigue siendo una emoción rebelde y contestataria.

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Derecho a decidir
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Javier Menéndez Llamazares | 05-10-2014 | 18:15| 0

Que el asunto de las votaciones no funciona bien del todo ya nos lo aclaró hace muchos años el genial René Goscinny, en el tebeo ‘Astérix en Córcega’. En él, el pequeño galo se sorprende al descubrir que las urnas para la elección de un nuevo jefe están ya llenas antes de las elecciones; en seguida le aclararán los corsos que su tradición es arrojar al mar las urnas y se nombra jefe a quien resulte vencedor del combate posterior. Una manera muy particular de entender la democracia, sí, pero que parece estar mucho más extendida de lo que pensamos.

Y es que algo deben de tener los comicios que producen tantas aversiones, y a veces auténticas alergias. En especial, las consultas populares en asuntos tocantes a soberanía y cuestiones nacionales. Sin ir más lejos, el espectáculo de los últimos días en nuestro país no podría resultar más esperpéntico.

Que existe un arraigado sentimiento independentista en muchos ciudadanos de Cataluña y el País Vasco es una realidad que no se puede ocultar, ni etiquetando a unos de ‘comunidades históricas’ ni sirviendo ‘café para todos’. Por muy molesto que resulte a la mayoría de los españoles, hay que asumirlo. Sobre todo, porque las voces que reclaman su ‘derecho a decidir’ gritan cada vez más alto, y con nuestras reglas de juego en la mano resulta que, efectivamente, están legitimados para reclamar todo aquello que consideren justo.

Pretender acallar la voluntad de esos ciudadanos, sea cual sea su número, hace un flaco favor a nuestra democracia, esa que con una mano iza la bandera de la libertad de expresión y con otra saca el mazo de la legislación vigente y aporrea sin duelo toda heterodoxia.

Que Cataluña pueda llegar a independizarse de España nos puede gustar más o menos, e incluso podemos tener nuestro pronóstico sobre la viabilidad real de un proyecto semejante, dadas las tupidas interrelaciones existentes entre ambos, en especial las económicas pero también las sociales y culturales. Pero más allá de lo que son opiniones personales o sentimientos más o menos patrióticos, lo que no es de recibo es sacar la Constitución, como quien saca los tanques a la calle, para impedir justo aquello que la pretendida carta magna se supone que garantiza: el juego limpio.

Es un incógnita absoluta qué podría salir de un plebiscito como el que plantean los nacionalistas catalanes. De hecho, ni siquiera es seguro que vayan a ganar –ya deberían estar remojando barbas en whisky escocés–, porque esa mayoría silenciosa que es el pueblo no resulta precisamente previsible. Pero poco importa qué quieran o qué aprueben. Lo importante es que tienen derecho a expresarlo. Y a participar con su voto, su opinión, en la construcción de su propio futuro. Recurrir a tretas legales es una táctica dilatoria que sólo va a servir para aumentar el descontento. Y para cuestionar lo democrático de nuestro sistema.

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Música para adultos
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Javier Menéndez Llamazares | 28-09-2014 | 18:09| 0

Lo malo de las desgracias no suele ser tan solo el hecho en sí, sino las penosas consecuencias que traen consigo, en ocasiones absolutamente peregrinas, pero firmemente fundamentadas en el buenismo y la imbecilidad –no siempre incompatibles– de aquellos que nos gobiernan.

La tragedia del Madrid Arena, por ejemplo, nos ha legado una insoportable resaca de proteccionismo en ocasiones rayando con la estupidez. Y es que la ‘mano dura’ de tan infausto recuerdo –y que tan poco se aplica con las cuestiones realmente importantes, esas de los sobres y las comisiones y demás lindezas que nos trajeron estos lodos– resulta que ahora se aplica a rajatabla con los accesos de menores a locales de ocio; en concreto, a locales nocturnos donde se despache alcohol. Y no es que la medida en sí resulte buena o mala, sino que, en plan daño colateral, impide que los jóvenes puedan disfrutar de los conciertos de rock que –oh, sorpresa– suelen ofrecerse en bares y pubs que viven precisamente de eso, de que se mueva la barra. Por si fuera poco, ni siquiera se tolera que los menores puedan entrar acompañados por sus padres. Vamos, que da la sensación de que la música pop se equiparase a algunos vicios también exclusivos para los mayores de edad.

¿Qué tendrá la música para que sólo pueda ser un placer adulto? Hace apenas tres décadas, antes de que el puritanismo neoconservador se impusiera, de haberse impuesto una medida semejante, se habrían cargado de un plumazo toda la nueva ola, lo que llamamos en su día ‘la movida’; no sólo se habría perdido buena parte del público, sino que muchos músicos no habrían podido tocar porque no les dejarían entrar al local. ¿Y es que no tienen derecho los jóvenes de quince o dieciséis años a disfrutar de sus banda favorita en directo? Aún más: ¿por qué los menores no pueden acceder a una sala de conciertos, y sin embargo pueden entrar libremente en cualquier cafetería donde se sirven todo tipo de licores?

La hipocresía, como no, sigue siendo deporte nacional; mientras los adultos seguimos identificando alcohol con ocio y diversión, nos empeñamos en ocultarlo convenientemente con reglamentos y ordenanzas las más de las veces absurdas. Como si no supiéramos que los jóvenes no necesitan entrar a ningún bar para beber, que hace ya tiempo que están de moda los botellones.

Lo que, desde luego, no es de recibo, es proscribir la música a una actividad marginal, como si asistir a un concierto implicase algún tipo de conducta ilegal, o incluso socialmente peligrosa. O tal vez haya algo de eso, y en las mentes paternalistas de ciertas lumbreras aún pervivan los fantasmas que identifican el rock con la rebeldía y los instintos revolucionarios. Ojalá fuera así, pero parece que, por desgracia, las autoridades puede seguir bien tranquilas.

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Todos somos escoceses
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Javier Menéndez Llamazares | 21-09-2014 | 18:06| 0

Para unos será por Walter Scott y para otros por Duncan Dhu, pero en el fondo todos tenemos algo de escoceses. Y no precisamente porque anhelemos vestir falditas a cuadros, que alguno habrá, sino porque vivimos en la permanente encrucijada de la elección entre la pertenencia y la independencia. En realidad, no hace falta ser escocés para sentir esa dislocación entre la realidad y el deseo; ni siquiera ser catalán. A todos nos persigue cierta relación de amor y odio por el lugar en que vivimos, o en el que nacimos. Yo mismo recuerdo como penosos los largos años escolares, y más tarde universitarios, deseando abandonar mi ciudad natal a toda costa; cuando lo conseguí, sin embargo, pasé una década anhelando volver. Es la misma obcecación del que detesta el wasabi y sin embargo sigue probando un poquito más, o la paradoja de algunas amistades que más que disfrutar, sufrimos y sin embargo nos negamos a romper.

A los españoles, en general, nos sucede algo parecido. Somos capaces de sostener en la misma conversación el cliché de ‘como aquí no se vive en ningún sitio’, y a renglón seguido lamentarnos de que ‘este país de pandereta no cambiará nunca’. Tal vez ahí esté nuestra grandeza, en las contradicciones. Como en Escocia, queremos y no queremos ser lo que somos; casi mitad y mitad. Claro que nosotros, más castizos, somos de cuarto y mitad: sobrellevamos con resignación la suerte y la desgracia de ser españoles. Ya se sabe: los paquetes de ducados, las películas de Pajares y Esteso, la picaresca o la tortilla de patata. Puede ser hermoso, sí, pero a veces duele. Un país en permanente tormenta centrífuga, en el que es de mal tono lucir su bandera si no está jugando selección. Un pequeño milagro que inexplicablemente sobrevive desde que a los Reyes Católicos se les ocurrió unir sus herencias. Una realidad que parece completamente inamovible, pero que sobre todo existe en nuestras cabezas. ¿Qué ocurriría si en nuestro país se celebrasen consultas populares como en Escocia? Porque no sólo las comunidades ‘históricas’ tienen sus reivindicaciones; en mi pueblo, por ejemplo, los del barrio de la iglesia no se llevan con los del barrio de la escuela. Seguro que, de poder pronunciarse, iniciarían su propio proceso secesionista. Y es que cualquier frontera no deja de ser una línea imaginaria, y si lo dudan véanse el clásico ‘Pasaporte a Pímlico’.

En cualquier caso, en tiempos de la dictadura se explicaba, con mucha gracia, que España era ‘una’, porque si hubiera otra nos iríamos todos allí. Pero claro, de no ser españoles, ¿qué otra cosa podríamos ser? ¿Celtíberos? ¿Castellanos? ¿Franceses del sur o marroquíes del norte? ¿Alegres austrohúngaros? No, seguramente seríamos escoceses, en permanente día de referéndum sobre la independencia.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es