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Una cuenta en Panamá
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Javier Menéndez Llamazares | 17-04-2016 | 20:12| 0

Hace tres o cuatro generaciones, el sueño dorado de los españoles era tener un tío en América. La cosa tenía su lado oscuro, desde luego, porque para que el asunto llegase a buen puerto el pariente ultramarino tenía que palmar sin descendencia, y así el sobrino llegaba a la felicidad económica sin sufrir demasiado el duelo de la pérdida. Como en la lotería, el ‘spanish dream’ pasaba por montarse en el dólar sin esfuerzo, o más exactamente, con el sudor del de enfrente.

Hoy día nos hemos modernizado de tal manera, con tanta globalización y tanta contabilidad creativa, que se diría que estamos a años luz de aquella España de indianos. Pues no tanto. Ahora mismo, lo que mola de verdad es tener una cuenta en Panamá.

Lo dejaba claro hace unos días mi amigo José María Gutiérrez en su Facebook: «Yo no estoy en los papeles de Panamá. Por lo visto, no creo que seamos muchos, así que me alegra compartir esta tremenda noticia». Pero lo cierto es que, por mucho que él se felicitara, la realidad es que si no estás en la trama panameña, no eres nadie. Porque, visto lo visto, no nos engañemos: a los que no nos han pillado escaqueando divisas a un paraíso fiscal ha sido, sencillamente, porque no tenemos un duro. Y lo más que uno tiene en Panamá es algún amigo, como el escritor Álvaro Valderas, del que poco vamos a heredar. Así que eso de ser honrados a la fuerza, además de pobretones de solemnidad, tampoco es que sea como para sacar mucho pecho.

La cuestión es: de haber tenido pasta, ¿habríamos pasado por el aro de Montoro, o habríamos recurrido a la ‘banca privada’, como parece que ha hecho en pleno toda la élite económica del país? Es decir: ¿somos honestos sólo porque somos pobres? Y es que, después de ver cómo el expresidente Aznar –y exinspector de hacienda, no lo olvidemos– aplicaba toda la ingeniería financiera a su alcance para apañar su declaración de la renta, ¿será que la picaresca es algo genético, contra lo que no sirve de nada luchar? ¿O será más bien parte esencial de la condición humana? Porque esto mismo viene sucediendo desde hace décadas con Andorra, con Liechtenstein, con Mónaco, con las Islas Caimán y hasta con la pérfida Gibraltar. La presión fiscal sobre los trabajadores aumenta sin parar, mientras se toleran las sicavs, sin que nadie se sonroje siquiera. La solidaridad, al parecer, es solamente para los pardillos.

Ahora, tras el escándalo, el rodillo de Hacienda caerá sin piedad sobre todos los empapelados en el caso Mossack Fonseca, pero uno debe admitir que la lástima, la verdadera pena, es no haber tenido los millones de todos ellos para verse en esa tesitura. Porque si a uno le dicen que hay un país de Oceanía donde dan los duros a cuatro pesetas… En fin, que menos mal que somos decentes.

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Salteadores de caminos
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Javier Menéndez Llamazares | 10-04-2016 | 20:20| 0

Poco nuevo bajo el sol; los bandoleros son típicos de nuestro país desde mucho antes de Curro Jiménez; de hecho, ya en época romana se quejaba Tito Livio de los salteadores de caminos de la provincia bética, aquí al lado. Y lo de hacerlo con el beneplácito de la autoridad está inventado desde que a reyes europeos se liasen a conceder patentes de corso, un oficio no sólo lucrativo sino tan respetable que algunos corsario llegaron incluso a la nobleza, como en el caso de Sir Francis Drake.

Lo novedoso que nos ha traído el siglo XXI, no obstante, es ese toque anónimo e impersonal de las nuevas tecnologías, que permiten dar el sablazo a distancia y sin posibilidad de que la víctima se revuelva. Además de los sibilinos mecanismos de autojustificar hasta las medidas más impopulares, dándoles la vuelta hasta convertir una recaudación encubierta en un programa altruista y de alta conciencia social.

Y es que estos días nos han vendido el nuevo sistema de multas instalado en Santa María de Cayón como ‘el radar solidario’, lo último en beneficiencia y lo más de lo mas en buenos sentimientos y espíritu redistributivo de la riqueza. Parece ser que, hartos ya de que nadie respetara un semáforo de velocidad, han instalado un chivato electrónico que, cada vez que un conductor se salta el disco en rojo, le envía inmediante una foto a la autoridad sancionadora. Y luego la pasta se la reparten entre la DGT –un diez por ciento–, el ayuntamiento –un cuarenta–, y la parte del león, el resto, que se lo lleva una empresa privada que ha aportado los setenta mil del ala que costaba el sistema de espionaje. Por el momento, en los dos primeros días ya habían recaudado más de trece mil euros, así que todo pinta a que en dos semanas la inversión la tendrán más que amortizada.

Por su parte, y suponemos que para lavar conciencias, el ayuntamiento ha anunciado que su parte se destinará a las familias sin recursos del municipio. Una iniciativa muy loable, pero es que para eso ya tenemos todo un sistema de recaudación de impuestos, basado en el nivel de renta y no en los despistes de los vecinos que aún no se hayan enterado del asunto.

Cierto que en Cayón tenían un problema, y que los ciudadanos, en cuanto tocamos volante, nos convertimos en auténticos energúmenos, pero ¿no había algún otro sistema de reconvenir al personal que no fuera metiéndole directamente la mano en la cartera?

Porque, de prosperar iniciativas semejantes, no nos extrañemos si de pronto, como se hacía en la edad media, los vecinos necesitados de muchos barrios y pueblos empiezan a poner barricadas en las carreteras o a cobrar peajes informales por cruzar puentes y túneles. Porque para saltear en los caminos nunca hizo falta licencia municipal.

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La banca siempre gana
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Javier Menéndez Llamazares | 03-04-2016 | 20:27| 0

Sorpresas te da la vida: el Banco de España avisa de una ‘desaceleración’ de la economía en este año, y resulta que uno se pregunta cuándo pasó aquello de que la economía se acelerase… Porque lo que es en el entorno inmediato, lo único que uno ha visto desde hace más de un lustro es desempleo, recortes, miedo al futuro, inseguridad y, sobre todo, mucho rechinar de dientes. Vamos, que para que la crisis volviera, el primer y máximo requisito sería que se hubiera ido alguna vez, y eso, o mucho nos falla la memoria, o no ha ocurrido más allá de los espejismos electorales que nos vendieron a finales del año pasado.

Sin embargo, en estos largos años de penurias la banca no ha dejado de obtener beneficios, a pesar de que su aportación a la sociedad no ha sido precisamente memorable.

Hace ocho años, mi caja de ahorros tenía en Cantabria cinco oficinas, y el director me saludaba por mi nombre. Hoy, sólo queda una y las colas para la caja salen hasta la calle, y mientras aguardas en las interminables esperas puedes percibir el nerviosismo de unos empleados que además de tener que soportar los EREs, están en un sinvivir ante los incesantes rumores de reducción de plantilla. Y lo más curioso es que la caja de ahorros ni siquiera había dado pérdidas hasta el año pasado.

Por desgracia, la economía es así: los beneficios lo justifican todo. Poco importa que se agotaran los huevos de oro de las hipotecas descontroladas: si ya no hay flujo de ingresos por intereses, se inventan mil comisiones de dudosa catadura moral –hasta por cobrar tu propio dinero hay mordida– que la administración autoriza sin pestañear, con la misma manga ancha con la que Zapatero y Rajoy rescataron a la banca mientras aplicaban el puño de hierro para ahogar a una ciudadanía exprimida hasta la última gota de su cuenta corriente.

El último recurso para maximizar beneficios, la nueva moda de los altos ejecutivos, es el viejo truco de reducir los costes salariales. Después de décadas de colonizar cada esquina de nuestras calles, acaparando los mejores locales en cada pueblo y ciudad, acostumbrando a los clientes a tener un trato personalizado y cercano en la sucursal de tu propio barrio, la banca parece haber decidido unilateralmente que los españoles estamos ya maduros para el cambio a la banca digital, y si no lo estamos, más vale que nos vayamos haciendo a la idea.

El asunto comenzó sibilinamente, con horarios exiguos para tareas comunes como el pago de recibos. Otra estrategia fue obligar a usar los cajeros automáticos para cantidades pequeñas, toda una jugarreta para los clientes de edad avanzada. Ahora, directamente, se anuncia el cierre de las sucursales más pequeñas, además de la ‘reforma estructural’ de las plantillas, que sólo en nuestra región pondrá en la calle a más de quinientos trabajadores. Así, normal que la banca siempre gane.

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El espíritu del Vaquilla
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Javier Menéndez Llamazares | 27-03-2016 | 20:41| 0

Hubo una época en la que esta España esforzada y doliente, la patria de los recortes y la resignación, era más bien una inmensa página de sucesos, una edición de El Caso martirizada por mil y un desmanes, en un mundo que ya no era en blanco y negro pero tampoco completamente en color, y en que los ‘grises’ acabarían convirtiéndose en ‘maderos’.

Aquel país que dio lugar al cine quinqui, y que hizo célebres nombres como el Vaquilla o el Jaro, hace mucho que ya no existe, pero de cuando en cuando asoma su negra faz; a veces nos enseña los dientes, alimentando las más negras crónicas, y otras nos trae un ‘déjà vù’ casi nostálgico, ahora que se lleva tanto lo retro, pero que nos confirma que cualquier tiempo pasado no fue necesariamente mejor.

Y es que estos días, al leer aquello del chaval de once años que afanó una moto en Puertochico, cuesta evitar el recuerdo de aquella época de tirones y puentes de motor, de macarras y pandilleros, y hasta consejos de seguridad ciudadana que en realidad no servían de nada.

Claro que lo ocurrido en Santander no es sino un reflejo descafeinado de aquella jungla de asfalto en la que nacimos a la democracia, cuando los coches se robaban para dar el palo a una farmacia o huir a tiros de la policía. Cierto que para muchos todo parecería un juego –como probablemente para los niños que daban vueltas a la manzana sobre la moto robada –, pues eran poco más que unos críos, y además muy aficionados a lo que entonces se llamaban ‘drogas recreativas’, pero aquella época dejó cicatrices en la memoria colectiva que tardarían años en borrarse.

Aquella violencia esencialmente callejera hoy es sólo un mal recuerdo, pasto de exposiciones y mesas redondas sobre la España de la transición; por supuesto que el crimen continúa existiendo, pero también ha entrado en la modernidad, y la delincuencia se ha vuelto invisible. Es algo que siempre sucede lejos, o a otros. Ya no interesa ni para alimentar estadísticas. Pero ahí está.

Sólo nos afecta de modo indirecto, en nuestro balance de impuestos, en las primas de seguros que asumen el fraude como inevitable, en los precios hinchados de los centros comerciales para compensar las pérdidas por hurto. Algo que no existe hasta que nos sucede directamente, hasta que un chaval, o no tan chaval, se larga con nuestra moto.

Cuando hace un par de años, mi querida gilera desapareció de la puerta del Complejo para no volver jamás, en el cuartelillo casi parecía que se cachondeaban de mí: «¡Si ya no se roban motos!», me decía un agente, para corregirse a renglón seguido: «Bueno, ya nadie viene a poner la denuncia». Tal vez sea eso lo que nos pasa, que más que la inocencia, lo que hemos perdido es la esperanza.

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Indulto para Pancho Cossío
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Javier Menéndez Llamazares | 20-03-2016 | 21:30| 0

A vueltas con la memoria histórica, no se sabe si con espíritu de ecuanimidad o simplemente por puro revanchismo, la comisión de expertos que estudia el cambio de las calles santanderinas cuya denominación alude a la guerra civil o la dictadura ha deslizado, entre otros, el nombre de Pancho Cossío.

Triste destino para el pintor, a quien parece que no se le valora por toda una vida dedicada a la creación, sino por una ideología que, guste más o menos, tenía todo el derecho a elegir él mismo, e incluso a defenderla.

Y es que ahora resulta que Cossío era de derechas. Muy de derechas, incluso. Vaya. Como una gran parte de la ciudadanía de Santander en su momento, que también era de derechas. Incluso muy de derechas. ¿Pero sólo porque era de derechas? Porque no hay noticia de un solo desmán del que pueda culpársele. No hay manos manchadas de sangre, ni tampoco borrones bochornosos en su expediente. Sólo una adscripción ideológica, todo lo vehemente que se quiera.

Sí, claro que Cossío fue falangista. Y ni siquiera queda el recurso de culpar de todo a la juventud y sus extravíos, porque el pintor ya rozaba la cuarentena cuando abandona su vida de artista parisino para regresar a una España convulsa en plena II República, y que el ascua a la que se arrima es el nacional-sindicalismo de Ramiro Ledesma, llegando a participar en la fundación de las JONS santanderinas. Sin embargo, tener una posición política –y de eso todos tenemos, no seamos fariseos– no es motivo suficiente para meter a un artista en el mismo saco que a los dictadores, los golpistas, los pistoleros, los del tiro en la nuca y los fusilamientos de madrugada, verdaderos destinatarios de esa demanda de justicia que hemos dado en llamar ‘memoria histórica’. Pero pensar, creer y hasta militar en un partido nunca pueden ser delito, ni ningún tipo de inmoralidad.

Pesará, desde luego, su retrato de Primo de Rivera. Pero si hasta hace nada podía contemplarse en la tercera planta del MAS, seguro que no lo colgaron por cuestiones políticas, sino por tratarse de una pieza artística, y además notable técnicamente, que es en lo que consiste eso de los museos. Del mismo modo, que su nombre luzca en una placa del callejero o se le erija un busto en Pombo no tiene nada que ver con la política, sino con sus méritos pictóricos, o incluso como fundador del Racing.

Estaría bien que diferenciásemos, por una vez, entre las opiniones y la persona, entre el artista y las ideas que pueda y quiera tener. Y ya de paso, estaría todavía mejor que nos dejáramos ya de parcelar el mundo en partidarios y enemigos, y de mirar el color político de cada cual a la hora de juzgar su trabajo o su valía creativa.

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Los noventa de Carlos Bribián
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Javier Menéndez Llamazares | 13-03-2016 | 21:53| 0

Soplando velas, nada menos que noventa, se ha pasado esta noche Carlos Bribián, el vecino más singular que nunca haya tenido; y es que en los años noventa, justo cuando yo me instalaba en mi apartamento de estudiante, en los primeros números de la Aachener Strasse, en la ciudad alemana de Colonia, el prestigioso cronista se jubilaba y abandonaba su casa, al final de la misma calle, tan sólo unos mil trescientos números más allá.

¿Qué no le conocen? Si le presentara como un periodista retirado, les estaría engañando, porque lo cierto es que los periodistas, los de verdad, no se retiran nunca. Y es que, en las dos décadas que Bribián lleva viviendo en Ontoria –cerca de Cabezón de la Sal–, no se ha alejado de la actualidad ni lo más mínimo.

Tras una carrera de futbolista profesional y entrenador, dedicó a la información más de tres décadas, en las que trabajó para el ABC o el diario Pueblo, mayormente desde la corresponsalía en ese país que ya no existe, la República Federal Alemana. Publicó cuatro novelas, cubrió varios juegos olímpicos, escribió en periódicos de medio mundo y hasta tiene un cajón de la mesita lleno de condecoraciones y medallas.

Lector voraz e infatigable, observar a Carlos Bribián ocuparse de la prensa es todo un magisterio, porque el viejo periodista no ‘lee’ los periódicos: los desmenuza, los analiza, los critica y luego devora lo que encuentra de provechoso y deplora todo lo censurable. Y hasta los corrige, imagino que por deformación profesional, porque para quien cada errata es como una ofensa personal, resulta inevitable sacar el lápiz rojo y liarse a enmendarlas.

Y luego lo anota todo, como marcan las reglas de la vieja escuela, en unas libretas que a saber cuántos secretos del oficio guardan. Más tarde, en el momento oportuno, cuando coincide con el redactor, no se cortará un pelo en sacarse de la manga un recorte y cantarle las cuarenta a quien haya deslizado un disparate gramatical o una tontería solemne. O en felicitarle con la mayor efusividad, porque una de las mayores y más escasas virtudes es la de saber reconocer el talento ajeno.

Claro que a Bribián hay que conocerlo, y para eso no hay mejor camino que a través de la palabra. Hay que leer sus novelas, y no estaría de más que alguien rescatara sus crónicas alemanas, o las magníficas semblanzas de grandes deportistas que publicó los sesenta y hoy son piezas de colección en las subastas de internet. Pero también conversar con él, o simplemente escucharle, es un auténtico deleite; por escrito o de viva voz, con su estilo a un tiempo elegante y juguetón es capaz de meterse a cualquier audiencia en el bolsillo. Y además, ¿no sabía más el diablo por viejo que por periodista?

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Palabras cargadas
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Javier Menéndez Llamazares | 07-03-2016 | 22:02| 0

Año y medio de prisión le ha costado a un joven llamado Aitor Cuervo publicar una serie de tuits algo más que controvertidos, y que la Audiencia Nacional ha considerado apología del terrorismo. Son varios, pero el más ilustrativo es uno que dice: «A mí no me da pena lo de Miguel Ángel Blanco, me da pena la familia desahuciada por el banco».

Desde luego que su opinión –o sus versos; no por la rima sino porque Cuervo es autor de una decena de libros de poesía, en su mayoría autopublicados– no podría resultar más desafortunada; sobre todo, porque probablemente su intención no era menospreciar la memoria del malogrado concejal de Ermua, sino poner el acento en la trágica situación de emergencia de tantas familias de nuestro país, en uno de los momentos más aciagos de la crisis.

Pero lo cierto es que no podía haberlo hecho peor, y poco importan las intenciones cuando los resultados son tan nefastos. Igual da que más tarde, en el juicio, intentara explicar que no le apenaba porque «no lo conoció personalmente», o que en su facebook argumente que no pueden obligarle a sentir nada, ni juzgar sus sentimientos. Por mucho encaje de bolillos dialéctico que queramos echarle, la mención a Miguel Ángel Blanco fue una bochornosa equivocación.

Y es que todos nos equivocamos, pero no es lo mismo que unos versos nefastos terminen en la papelera de nuestro escritorio, o que vaguen por las redes sociales eternamente. Es lo malo de estos tiempos, que nuestros errores de juventud –Aitor tenía veinticuatro años cuando lo escribió– no sólo son públicos y notorios, sino que ni siquiera tienen fecha de caducidad.

Cada uno es libre de gobernar como quiera sus sentimientos, faltaría más, pero a mí lo que realmente me apena es que a un muchacho como Aitor Cuervo no le conmueva la muerte de un inocente; cualquier muerte, cualquier injusticia, en realidad. Me da pena que alguien pueda pensar que se puede hacer política con las manos manchadas de sangre. Que no todas las vidas valen lo mismo, y que unas tragedias justifiquen otras.

Pero, además, me da muchísima pena también que, por muy erráticas que sean las palabras, hayan quien las persiga, las combata y las condene, y no con las penas del infierno sino con brigadas informáticas, grilletes y tribunales. Todo lo que Aitor Cuervo pudiera escribir sobre el terrorismo es y debe ser rebatible desde la palabra, pero con razones y no por la fuerza de las armas; no hace falta que, para protegernos, nos acabemos convirtiendo también nosotros en ‘los malos’, y utilicemos la violencia para reprimir discursos que, por mucho que nos disgusten, no pasan de ser ideas. Contra la intolerancia, no hay otro remedio que educación, y una fe infinita en la capacidad humana de enmendar los errores propios.

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Progreso asimétrico
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Javier Menéndez Llamazares | 28-02-2016 | 22:04| 0

«En vez de en el quinto pino, ya podían poner aquí la famosa turborotonda», me decía Marián en pleno atasco de Valdecilla Sur, donde parece que cada centímetro haya que conquistarlo con uñas y dientes. Y es que mucha smartcity, pero en eso de los avances da la impresión de que, o siempre llegan tarde, o en el fondo no es oro todo lo que reluce.

Cierto que los teléfonos móviles, que más bien son ordenadores de bolsillo, nos han cambiado la vida hasta límites insospechados; por ejemplo, ahora ya no hace falta una baraja para entretenerse haciendo solitarios, porque para eso ya está el Candy crush. Y la novia te puede plantar por whatsapp, sin necesidad de que te vea el careto pasando el mal trago. Bien. Eso es progreso.

Pero luego resulta que vas a buscar aparcamiento y la ciudad está llenita de paneles electrónicos –chulísimos, sí– con el número de plazas libres, pero sigue sin haber ni un puñetero hueco; o te decides por fin a utilizar el famoso DNI electrónico, y además de revolver media internet para comprar el dichoso aparatito, si usas Linux o un mac, ya puedes ir llamando a tu primo el ingeniero para configurarlo, si no quieres sentirte como un hombre del siglo XIX, cuando no un auténtico cromañón. Y todo, ¿para qué? Para cuatro webs que siempre están caídas.

Si es que somos muy modernos, sí, pero sólo a la hora de pagar, que para eso sí que las nuevas tecnologías se aplican cosa mala… Como en los bancos, que ya no quieren dar calderilla por caja, y para menos de mil euros ya te puedes apañar con el cajero automático; todo un guiño a las personas mayores.

Curiosamente, donde más rápido llegan los avances es donde a los ciudadanos menos nos interesa; porque cuando te equivocas en cinco céntimos de tu declaración de la renta, Hacienda enseguida cruza datos y aparece con la guadaña, dispuesta a crujirte. Pero como se te ocurra pedir alguna ayuda de esas que prometen en las campañas electorales, entonces ya te puedes llevar hasta la partida de bautismo, porque en ese caso ya aparecen los problemas con la protección de datos y acabas presentando ocho veces la fotocopia del mismo DNI… ¡que encima era electrónico! Y lo más gracioso es que tu pequeño error lo detectan en cuestión de minutos, mientras que el fraude de las grandes fortunas y los evasores no se descubre hasta que al gobierno se le ocurre decretar una amnistía fiscal.

Tampoco dejan nunca de evolucionar los sistemas de vigilancia, como esos helicópteros que desde el cielo velan no por nuestra seguridad, sino porque no decrezca la recaudación por multas de tráfico. Claro que hablamos de un país donde la solución para los tramos de concentración de accidentes es instalar un radar… Bien escondidito, eso sí. Que esa tecnología nunca falla.

 

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Los piratas de Resines
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Javier Menéndez Llamazares | 21-02-2016 | 22:05| 0

Cuando hace unos días a Antonio Resines se le ocurrió dedicar su discurso a la piratería que sufre el cine español, seguramente sabía ya de sobra que estaba abriendo la caja de los truenos y que, aunque acabara chamuscado, más vale que hablen de uno, aunque sea bien, que decía Dalí. Porque el asunto del pirateo ya no es que sea complejo: es que no tiene remedio. Y no sólo es que afecte al cine, o a la música, que son los casos más evidentes, sino que se ha generalizado hasta alcanzar a todas las industrias culturales. Aún así, no deja de ser lógico que aquellos que más afectados se sienten intenten, al menos, llorar sus penas allá donde les dejen.

Ya se había quejado de forma muy sagaz, un lustro atrás, el cantante Víctor Manuel, quien muy razonablemente advertía que a nadie le extraña que haya que pagar los langostinos en una boda, pero que luego no entiende que por la música que suene en el baile posterior haya que abrir la cartera. Claro que, en este caso, meter en danza a la sociedad de autores es como mentar a la bicha: basta con nombrarla para ganarse la antipatía general. Y no sin razón, por cierto.

Aunque el hecho sigue siendo el mismo: estamos convencidos de que los bienes culturales, materiales o inmateriales, deben ser gratuitos. Mucho que ver tienen aquellos dorados años ochenta y primeros noventa, en que los ayuntamientos financiaban conciertos, revistas, cómics, teatro alternativo y casi cualquier manifestación cultural imaginable. Y cuanto más marginal y contestataria, mejor.

Pero también los medios de comunicación tienen mucho que ver con esa sensación de barra libre cultural; llevan décadas ofreciendo gratis canciones o películas, con el viejo truco del camello ése que decían que estaba a la puerta de los colegios: darte gratis una muestra para que luego compres el resto. Sin embargo, con el tiempo nos hemos vuelto resistentes a cualquier tentación –tentación de gastar dinero en cultura, vamos–, y las facilidades tecnológicas han terminado de rematar la faena, poniendo a nuestro alcance casi cualquier obra de creación a coste cero, ¿quién se va a resistir a la picaresca? De hecho, si el propio Resines tuviera ordenador, seguro que tendría el disco duro atascado, como todos; con más películas, libros o canciones de las que podría disfrutar en veinte vidas sucesivas.

Sucede que, poco a poco, sin que apenas nos diéramos cuenta, el pirateo se ha convertido no ya en costumbre, sino en una forma habitual de proceder, hasta el punto de que no nos damos cuenta, ni nos planteamos dilema ético alguno. Claro que, si nos trae sin cuidado que las lengüetas de nuestras espais de última moda las hayan dorado niños explotados en el tercer mundo, que trabajan en condiciones casi esclavistas, ¿qué nos va a importar una insignificante descarga, otra más?

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¿Qué fue de la renta básica?
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Javier Menéndez Llamazares | 14-02-2016 | 22:13| 0

 

Hace unos días, cuando tocaba hablar del imposible gobierno español, el todavía presidente en funciones Rajoy se entretuvo delante de los micrófonos explicando que en Gran Bretaña a los empleados con un salario reducido el estado les concede una ayuda complementaria, que sirve de incentivo para que prefieran trabajar en lugar de vivir de las ayudas sociales. Serán cosas de la alta política, de la duda metódica que caracteriza al personaje, o del ‘manzanas traigo’ del acervo popular, pero aunque eso de lanzar un señuelo para desviar la atención de lo que verdaderamente importa en ese momento casi siempre funciona, en esta ocasión el asunto elegido no podría haber resultado más desafortunado.

Y es que las palabras de Rajoy –por más que su intención seguramente fuera otra–

nos trasladan a una especie de país de Jauja, donde en vez de longanizas se ata a los parados con contratos fijos. Un mundo que aquí no hemos visto casi ni en las películas, en el que la preocupación por la dignidad de sus ciudadanos llega tan lejos como para garantizar que nadie se vea condenado a la miseria. Entre otras cosas, mediante unas ayudas económicas, una especie de subsidio, al que todos los habitantes tienen derecho por el mero hecho de pertenecer a esa sociedad. Ideas tan utópicas, vamos, que casi parecen inventos de escandinavos.

Sin embargo, cuando yo era un joven estudiante en Alemania, finalizando el siglo pasado, me sorprendió descubrir que ese tipo de ayudas existían y eran aceptadas con absoluta normalidad incluso en un país mucho más ‘capitalista’ que el nuestro. Cierto que había un gran número de personas que se aprovechaban del sistema con total descaro e impunidad, pero también permitía una libertad personal: saber que puedes dedicar el tiempo que quieras a tu formación o que puedes tener hijos sin miedo a quedarte en la calle no tiene nada que ver con la vida de estrés permanente a que nos condena nuestro raquítico mercado laboral.

En España, el primero en plantear el asunto seriamente fue Zapatero. Claro que fue en 2001, cuando aún ni sospechaba que acabaría ganando por sorpresa las elecciones tres años más tarde. Ni que sufriría una amnesia selectiva, que desterraría al olvido lo que llamó ‘renta básica de ciudadanía’, y nunca más se supo. Aunque de cuando en cuando la idea vuelve a aparecer en algún discurso político, de idealismo exacerbado, no tiene pinta de que acabemos viendo que se implante algo parecido. Y es que la caja común no da para todo: entre lo que no ponen los que deberían, y lo que se llevan los que pueden meter la mano, al final las cuentas nunca cuadran bien para los mismos.

Lo verdaderamente terrible es que, al final, tal vez tengan razón sus detractores. ¿De verdad iríamos a trabajar si cobrásemos igual sin ir?

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es