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Gato por liebre

Lo curioso de este mundo global y adicto a las nuevas tecnologías que nos ha tocado vivir es que lo mismo es posible vampirizar el trabajo ajeno que quedar en evidencia a las primeras de cambio. Vamos, que tan fácil es copiar como que te pillen. Y que suceda a diario en tantos órdenes de la vida, desde los trabajos estudiantiles hasta las novelas y canciones pop, no quiere decir que el plagio sea admisible, por mucho que parezca estar de moda.

Lo vivido estos días con el famoso concurso para la imagen gráfica de Santander nos deja muchas lecturas, y básicamente deprimentes.

¿Pasado o robado?, piensa uno contemplando los diseños puestos a votación popular, en un plebiscito además consultivo. Y es que las tres propuestas tenían un aire rancio, viejuno, como de hace dos décadas; y mal vamos a modernizar la imagen de la ciudad con un diseño tan pasado de moda.

Pero no sólo se trataba de la imprecisa sensación de ‘déjà-vu’ –los colorines ya los habíamos visto en el logo de Andalucía que diseñara la agencia DEC–, sino que ha faltado tiempo para que se descubriese que uno de ellos era un simple ‘tuneado’ de una plantilla de veinte dólares. Vamos, que con el escándalo del cartel de la Semana Grande no se aprendió nada de nada.

El problema es que lo que aceptamos con total naturalidad en nuestra vida cotidiana no siempre se ajusta a lo ético, a lo lógico y mucho menos a lo legal. Que no respetemos los derechos de autor en las redes sociales, y que los muros de Facebook sirvan para fusilar sin recato –y sin cita– todo lo que nos apetezca, no significa que los derechos de autor no existan. Aunque nos los pasemos, directamente, por el arco del Banco.

Es un hecho que el esfuerzo creativo no se valora y que, en plena barra libre cultural, pensamos que todo es gratis. Como plagiar, que es tan impune y sencillo como dar dos golpes de ratón. Ahora, pasar luego la factura es de un descaro inimaginable; y abonarla, de un candor que conmovería de no ser porque estamos hablando de dinero público.

E igual de preocupante es comprobar qué entienden nuestros representantes por participación ciudadana. Porque ofrecer una propuesta cerrada, esa ‘final a tres’ –pero con el misterio uno y trino de que todos los logos sean de la misma empresa–, no es precisamente el súmmum de la democracia. Y la fórmula ya está inventada: se llama ‘concurso público’, con luz y taquígrafos. Y luego ya se puede votar de la manera más ‘smart’ que se les ocurra.

Abran de verdad el concurso, y verán como los diseñadores cántabros son capaces de dar ciento y raya a la rácana propuesta de los madrileños. Y sin plagiar a nadie.

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En el Día de las Librerías

En una ocasión, hace muchos años –ni siquiera se habían puesto de moda los días mundiales, imaginen…–, me quedé encerrado en una librería. No, no se trata de una pesadilla de Kakfa ni de un guiño a Borges, ése de las ciruelas y las nueces de California; esto me ocurrió en mi ciudad natal, cuando tenía unos diecinueve años y estaba convencido de que la felicidad consistía en rastrear palabras impresas sobre papel offset.

La librería se llamaba Padre Isla, y pertenecía a un buen amigo de entonces, Jaime Torcida, un santanderino emigrado por esas cosas del escalafón paterno y la región militar, que había sido hippie o pasota o rojo quién sabe si algo más peligroso, pero que ya se había cortado las greñas y regentaba un negocio más que decente, en pleno centro de León.

Claro que su idea inicial había sido abrir una librería de ciencias sociales, pero la vida de provincias no da para tantas alegrías, así que el negocio floreció cuando descubrió el filón de los temarios de oposiciones, en aquellos años en que los socialistas ataban a los votantes con longanizas, en forma de convocatorias de empleo público masivas, y el resto de la librería lo dedicaba a la entonces naciente edición independiente: Anagrama, Tusquets, Mario Muchnik…

A pesar de tratarse de un comercio moderno, la suya tenía un secreto, como aquellas legendarias librerías de la posguerra, con su trastienda oculta en la que se despachaban libros prohibidos por la censura, se imprimían pasquines en ciclostil o se reunían células revolucionarias de esas que gustaban mucho más de la palabra que de la acción. La de Torcida, más que una trastienda, era un sótano, doscientos metros cuadrados llenos de libros que conformaban un auténtico museo de todo lo impreso en la transición; desde los primeros libros políticos –recuerdo un ‘Qué son las izquierdas’, de Tierno Galván– a la poesía experimental de Francisco Pino, pasando por los diccionarios chelis o los manuales musicales como ‘De qué va el rrollo’, de Jesús Ordovás.

Era aquel todo un mundo subterráneo en el que el librero me dejaba husmear a mis anchas, con la ventaja añadida de que los precios eran también de época: por cien o doscientas pesetas podías llevarte lo que quisieras, cuando una novedad entonces ya pasaba del millar. Un mundo en el que el tiempo parecía transcurrir a otra velocidad. Tanta distinta a la real, que un día ocurrió lo inevitable: se olvidaron de que estaba allí, y cerraron la librería sin percatarse del polizón que aún estaba en la bodega, curioseando en las entanterías.

Hubo, por supuesto, final feliz, con rescate antológico y las consiguientes tomaduras de pelo, pero supongo que hay experiencias que marcan de por vida; hasta el punto de que, muchas veces, aún pienso que, en mi mente, todavía sigo en aquella librería, que no podía ser sino una sucursal del paraíso.

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Catalonia is born?

Demasiado sabemos ya que en política todo cuenta, en especial aquello que parece tan casual, tan inocente, que ni siquiera reparamos en ello, pero que no obstante nuestro cerebro termina por procesarlo, aunque sea de manera inconsciente. ¿Recuerdan esa vieja leyenda urbana de la publicidad subliminal de la cocacola? ¿O aquel escánalo del rótulo del PSOE sobre la moviola en aquel gol de Butragueño a Dinamarca?

En la noche de las celebraciones electorales, esa borrachera de euforia colectiva, por más incertidumbre que exista, en realidad no hay nada espontáneo, nada dejado al azar. Más bien, todo está milimétricamente planificado.

Así, mientras los líderes del ‘Junts pel sí’ sacaban pecho por los resultados favorables, apelando a la épica con sus soflamas independentistas –«Estamos escribiendo la historia del futuro estado de Cataluña», repetían con insistencia–, el decorado no podía resultar mejor elegido: tras ellos, un enorme rótulo indicaba el nombre del recinto donde se habían congregado para escenificar su danza de la victoria. El ‘Born Centre Cultural’, ubicado en el antiguo Mercado del Borne, les brinda un plano fabuloso para los noticieros de medio mundo. En ella, mientras los políticos hablan de escribir la historia, en segundo plano aparece en grandes capitales la palabra ‘BORN’. ¿Catalunya’s born? ¿El nacimiento de un nuevo estado?

En la política todo vale, hasta utilizar para beneficio propio las lenguas ajenas. Pero –cosas de la globalización– no deja de resultar curioso que, mientras los nacionalistas reivindican por un lado el uso exclusivo de su idioma materno, por otro no tengan reparos en recurrir al inglés –la ‘lengua franca’ internacional– para lanzar su mensaje, sea el ‘Catalonia is not Spain’ o incluso ‘The birth of a nation’.

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Desmontando a Revilla

 

Seguro que alguno ha soñado más de una vez con esa escalera…

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Corbatas

Me pregunta el galardonado, David Concha, que si a la entrega del Premio Cossío hay que llevar corbata. Y uno no es que tenga nada a favor ni en contra de la prenda, ni contra la etiqueta en general, pero la verdad es que, en plena ola de calor, lo más apropiado sería presentarse en bermudas.

Eso sí, dándole vueltas al asunto del ‘dress code’ –que ya le vale al personal, como si no tuviéramos ya suficientes tonterías patrias–, resulta que justo ahora están copando la televisión los aspirantes a repartirse el PSOE, o lo que quede de él, en el próximo congreso, y todos aparecen sin corbata y hasta sin chaqueta.

Puede que fuera ‘viernes casual’, o que con los recortes no hubiera aire acondicionado, quién sabe, pero el desfile de caras nuevas reclamando los viejos sillones me recordó a aquellas chaquetas de pana de los mítines de antaño, y hasta a los descamisados a los que Alfonso Guerra aseguraba pertenecer. ¿Por qué se quitan la corbata? No estoy muy seguro, pero jamás podré olvidar a aquel candidato a alcalde de mi pueblo que durante la campaña electoral rescató del olvido su viejo R-5 y te lo topabas en cada cruce, y al día siguiente de las elecciones regresó en silencio al Audi oficial, con chófer incluido.

El sincorbatismo, por cierto, fue una moda en tiempos de la segunda república. Una corriente más bien impuesta, pues la corbata se asociaba al capitalismo y a tiempos de dictaduras y dictablandas, y como era el momento de cambiar el mundo pero también del pistolerismo descontrolado, no era plan de ir por la calle con la soga al cuello, así que hasta los más derechistas se olvidaron de lucir en público sus nudos Windsor.

«Los rojos no usaban sombrero», maliciaba años después, ya en las tinieblas del nacionalcatolicismo, el desesperado anuncio de un comercio madrileño, porque la corbata volvió, pero con el sombrero ya no hubo manera; como mucho, lo gastan los poetas con alopecia.

Pero la corbata, para el común de los peatones, al menos para los más afortunados, va quedando como el disfraz que nos ponemos para las entrevistas de trabajo y las bodas; antes, nos servía para identificar al director del banco o el jefazo de la empresa, pero la verdad es que hoy en día ya nos costaría imaginar a Steve Jobs disfrazado de comercial con traje y corbata. Si acaso, como mucho, a Bill Gates.

Aunque, en realidad, poco importa lo que traiga uno puesto: el sombrero o la corbata, como el espíritu crítico o la inteligencia, más que por fuera se llevan por dentro.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es