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Categoría: Aunque llueva o sople sur
La fe del racinguista

Aseguraba Ramiro Pinilla en su magistral novela ‘Aquella edad inolvidable’, que el Athletic, más que un equipo de fútbol, es una religión. De hecho, hasta pusieron su estadio bajo la advocación divina de San Mamés, y si se le conoce como ‘La Catedral’ no es precisamente por los pináculos y arbotantes de su arquitectura.

Y está muy bien eso de la libertad de culto, sí, pero todo el mundo sabe que religión verdadera sólo hay una: y en este caso no puede ser otra que la racinguista. Creer, lo que se dice creer en un equipo, es algo que no está al alcance de los grandes clubes, sino de aquellos condenados a sufrir hasta en los momentos más dulces.

Lo del Racing sí que es realmente una profesión de fe, una forma de trascendencia más allá de la lógica, de la historia y hasta de las leyes de la naturaleza. Poco importan las decepciones, esa insistencia en la adversidad de un club que ha hecho de la ‘paparda’ su santo y seña; si se hiciera una encuesta a las puertas del Sardinero con los pronósticos para la eliminatoria comprobaríamos que la afición aún cree en aquel Racing matagigantes, capaz de las mayores gestas, en el momento más inesperado.

Esta noche, los ‘leones’ afrontarán el partido con confianza, lo que tampoco es que tenga demasiado mérito; son el pez grande y confían en ganar aunque sólo sea por la diferencia de categoría. Los verdiblancos, en cambio, lo que tenemos es un fe absoluta en un hombre, nuestro Aquino, que en el pasado no habrá sido un santo pero desde que pisó suelo cántabro parece que está bendito.

Puede que algunos sólo crean en lo que ven, pero esta noche, para el partido del año en los Campos de Sport lo que se espera es una auténtica comunión. Un equipo en trance y una grada en éxtasis, que tras cinco años de travesía por el desierto vuelve a tocar el cielo de este deporte. Luego ya pasará lo que tenga que pasar, pero la fe en los milagros no nos la va a quitar nadie.

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David Córcoles, la garra del Racing

OFICIO DE DEFENSA. «Siempre voy al límite –admite–, pero tampoco me sacan tantas tarjetas». Ochenta y una amarillas en trece temporadas da un media inferior a diez por año. «Tengo un carácter fuerte, pero nunca me ha gustado ser ‘guarro’. Lo que me gusta es retarme. Si el rival me rebasa, me sienta fatal y voy a por él como un misil, a alcanzarle, quitarle la pelota, molestarle lo máximo posible. Al final, esto es un juego psicológico y consiste en ganar al otro; si al delantero le das libertad, te come. Hay que bajarle la moral». ¿Y si te toca un Neymar que no baja de la bicicleta? «¡Uf! Entonces hay que ir a tope. Yo aprendí jugando en el barrio, y entiendo esa forma de jugar, pero si te hacen un caño hay que levantarlo como sea».

Su leyenda no para de crecer. En Galizano, tras sólo dos semanas de pretemporada, David Córcoles (Alicante, 1985) ya era el jefe del equipo. También ayudó bastante su debut con roja directa. Desde entonces, Viadero no puede vivir sin él. «David es la nobleza personificada; la clase de persona que siempre quieres en tu bando», asegura el míster.

Su contundencia y una calidad inesperada, que mostró frente a la Cultural Leonesa, –cuando jugó durante una hora conmocionado y con mareos– han llamado la atención de una afición que no sólo disfruta con el juego vistoso de los delanteros, sino que también adora la entrega y la raza de jugadores dedicados a tareas más sacrificadas.

Córcoles es un muro infranqueable y la grada le adora. Es un duro, pero es
nuestro duro. Ya le han sacado hasta gifs por las redes sociales. Es el ‘corcolismo’, que arrasa. «Los compañeros me los pasan todos; mi mujer se parte de risa», confiesa. Mirando ése en el que le nombran capitán después de amenazar de muerte a sus compañeros, pone cara de póquer: «¿Qué te parece? ¿Te lo puedes creer?».

Más que con resignación, se lo toma con humor. Vestido de calle da bastante menos miedo. De hecho, es todo amabilidad cuando se  sienta a tomar algo; probablemente, ya ha tomado la medida al redactor y sabe que no va a escaparse por la banda. «En este deporte hay que hacerse respetar. Y más cuando, como en mi caso, siempre eres el último hombre: hay que rascar. Cuando empezaba en el primer equipo, con quince años, me daban por todos los lados, y me volvía para casa cabizbajo. Hasta mi madre, con toda la inocencia, me decía: ‘tú devuélveles los golpes, hijo’. Al final, acabé por curtirme».

 

Una larga trayectoria

Y es que Córcoles nunca ha sido de los que se dejan avasallar. Ni de los que toleran las injusticias: «A mí no me hacían bullying en el colegio, pero tampoco permitía que se lo hicieran a nadie», dice mientras regresa a su memoria ese adolescente que debuta con el Hércules. «Los veteranos me pusieron de camarero, querían que sirviera a toda la plantilla. Menos mal que vino a poner paz el entrenador», recuerda con una sonrisa.

Su trayectoria está llena de anécdotas; empezó, como los niños de entonces, jugando en la calle: «De niño me pasaba la tarde rompiendo los garajes; en mi barrio los usábamos de porterías, y no veas cómo se ponían los vecinos». Luego llegaría el equipo de su barrio, el San Blas Alto, «cuando teníamos que pagar por jugar»; y eso que a la primera no había querido. «Mi padre había sido un mediocentro que se manejaba bien con las dos piernas, pero lo había dejado porque mi madre insistió, y cuando quiso inscribirme acabábamos de cambiar de barrio y no hubo manera». Pero cuando con nueve años empezó a jugar de medio volante, tiraba hasta los penaltis. «Treinta goles marqué cuando ganamos la liga de fútbol 7», así que el Hércules se lo llevó enseguida y, tras la llamada de la selección sub-16, con quince años ya alternaba con el primer equipo. Allí coincidiría con otro principiante, Samuel Llorca. Aún no tenía toda la barba cuando le fichó el Valencia, para reforzar al Mestalla que comandaba Boro, mientras él miraba de reojo a Fabián Ayala, su ídolo entonces.

Tras cinco años y un debut en primera y hasta en la UEFA, Guardiola le echaría el lazo para el Barça B. Sería una etapa dulce: ascenso, estreno en amistosos y en el Gamper con el primer equipo y, sobre el papel, fue campeón de la Champions, pues el Barcelona le inscribió, aunque no llegase a disputar ni un minuto.

Sin embargo, al no consumarse el salto al primer equipo decidió aceptar la oferta del Recre. En Huelva sería indiscutible durante cinco temporadas, hasta que una lesión de rodilla coincidiera con el descenso del equipo. En Albacete se repetiría la historia. Tal vez por eso aceptó la llamada de Viadero, aunque supusiera jugar en segunda B: «Yo nunca he mirado ni el dinero ni la categoría. Del Valencia en primera me fui al Barcelona B en tercera. Pero era el Barça». Y ahora, era el Racing quien llamaba a su puerta. Sólo hizo falta que le diera el espaldarazo Jonathan Valle, su gran amigo dentro y fuera del campo desde que coincidieran en el Recre, para que se embarcase rumbo a Santander antes incluso de consultarlo con la familia.

 

La distancia corta

Y es que ésa es la palabra clave para el otro Córcoles, que poco tiene que ver con el que pisa los estadios amedrentando a los rivales. Un tipo que adora la montaña y el senderismo y se lleva a recoger castañas a David y Marc, que tienen siete y tres años, y a los que dedica todo el tiempo que puede. Su punto de equilibrio es una valenciana llamada Amparo que es la mitad de su vida desde hace una década. «Yo antes era un vinagres; cuando perdía un partido no hablaba en dos días, tenía un mal perder tremendo. Pero Amparo me cambió. Aunque le costó, porque siempre he tenido muy mala leche».

De eso pueden dar fe muchos rivales. De algún lado vendrá esa leyenda de duro. «Soy contundente, no lo voy a negar. No me gusta perder ni a las canicas. Que se toma su trabajo muy en serio lo demuestra su colección de cicatrices; con el Mestalla se rompió un pómulo y la mandíbula en un amistoso contra el Levante, y tuvieron que ir el míster y su familia al hospital porque se negaba a operarse: quería jugar el domingo. Además de los tres meses de recuperación, le quedó de recuerdo una placa de titanio, un tornillo bajo la ceja y molestias cuando va a cambiar el tiempo. «Los amigos siempre me vacilan: ¿Y no te pita en los aeropuertos?». Lo que no sabemos es cómo quedarían los dos rivales contra los que chocó.

Donde pocos le vacilan en sobre el césped. «En la vieja escuela te enseñaban que el delantero tiene que notar desde el principio que estás ahí», confiesa. Claro que no todos se someten fácilmente. «Algunos dan mucha guerra. Te enseñan el balón, te quieren regatear… Otros hasta se revuelven, te insultan o te dan puñetazos en las costillas. Ésos son los que más me gustan, porque me motivan, me hacen dar lo mejor de mí para superarles».

Son dieciséis años ya de carrera, que él espera estirar aún más; «me gustaría llegar en forma hasta los treinta y siete». Alguien que ya tiene sus propios cromos, que sale en el FIFA 2009, ¿cómo mantiene la ilusión, las ganas? «Los dos descensos me afectaron mucho y llegas a plantearte cosas, pero me gusta ser positivo, y la verdad es que aún disfruto mucho con el fútbol».

Si le ha quedado alguna espina clavada en la vida, son los estudios; aunque era movido, siempre se le dieron bien; luego, faltaba tiempo. Se quedó en el bachillerato, pero le hubiera gustado estudiar economía. «Siempre estoy leyendo sobre el tema, me apasiona». Entre sus libros de cabecera, ‘El precio del dinero’ o ‘Padre rico, padre pobre’, de Robert Kiyosaki. Y muestra su iphone, repleto de aplicaciones de información bursátil.

Se acerca la despedida; esta tarde tiene entradas para el cine y ya le están esperando. ¿Una de acción? «Qué va, es una peli infantil», aclara. «No te lo creerás, pero soy muy familiar, me encantan las bromas y el buen ambiente». Él, que era de ‘Mad Max’ y ‘Robocop’. Que adora el house y el heavy, lo más cañero, que amedrenta a cualquiera con la mirada, y en realidad es un hombre amable, que comparte las tareas domésticas, fanático del orden, que le gusta cocinar y que mira de reojo las galletas de chocolate de los críos.

Se despide con un apretón de manos: «No me pondrás mal en el periódico, ¿no?». Cualquiera se atreve. Menudas se las gasta el Córcoles ése.

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Perro viejo

Lo que se planteaba en El Sardinero era un duelo de estilos. El chándal de Viadero contra la americana con espais de Rubén de la Barrera. El toque frente a la presión. El talento frente a la inteligencia. Los cazurros serían más jugones, más guapos, más hipsters, pero Viadero sabe más por viejo que por diablo. Y lo iba a demostrar a las primeras de cambio.

En la previa –que viene durando ya unas dos semanas, desde la visita al Bierzo–, mi amigo Fernando Pérez me había hecho un croquis. Son veinticinco años siguiendo la segunda B y contándolo en Radio León y en la prensa nacional. Otro perro viejo. «Si el partido es loco, de ida y vuelta, la cultural te mata. Tiene dos puñales arriba», vaticinó. «Si Viadero es listo, y lo es, planteará un partido tosco, feo, al uno a cero. Y ése sí es para el Racing».

La Cultu, muy previsora, vino con el traje antiniebla; a los aficionados cazurros ni se les veía, pero entre la bruma se les oía animar: «¡Cultural, Cultural!». Diez mil gargantas les acallaron, pero al balón le gusta destrozar cualquier plan lógico. Por eso nos gusta el fútbol, claro. Aunque cuando el visitante te clava una chilena en una jugada de dibujos animados mientras aún te estás acomodando, puede que te guste bastante menos.

Volcarse al ataque, la reacción previsible, podía ser un auténtico suicidio, así que había que activar el plan B. Hacer valer el efecto Sardinero ante un rival que no suele tener más de dos mil y pico espectadores.

Los leoneses parecían querer redimirse en Santander por el 1 a 7 copero, y jugaban como si fueran ellos el club grande. Hasta Córcoles, sin barba, infundía menos miedo.

Sólo hizo falta que el árbitro, un jovencito tan altivo como influenciable, pitara un par de veces en contra de sus intereses para que el míster gritara ¡eureka! O algo mucho más fuerte, porque el árbitro se acercó como un rayo para expulsarle. Y Viadero, con mucha picardía, prolongó el instante todo lo que pudo, soliviantando a una grada que, a partir de ese momento, redoblaría sus esfuerzos. Funcionó.

Existe una especie de comunión entre El Sardinero y su equipo, y en cuanto las cosas se tuercen ambos parecen animarse mutuamente.

Algunos lo entendieron, como Bontempo, que sabe de lo que va este juego, y se dedicaron a calentar a la grada todo posible. Herido en su orgullo, el Racing se metió de lleno en el partido. El empate llegó por avasallamiento, aunque no pudiera consumarse la remontada. A partir de ese momento, la Cultural firmaba tablas, pues se dedicó a jugar con el reloj.

Como en el ajedrez, la jugada de Viadero había funcionado, aunque no hubiera sacrificado precisamente un peón. Más allá del resultado puntual, el Racing dejaba claro que no era peor, ni mucho menos, que unos leoneses que pasaron la segunda parte a merced de los verdiblancos, víctimas de su nefasta puntería.

Pero no se jugaba sólo un partido, sino buena parte de la temporada. Ya sabemos cómo es el temperamento racinguista, que lo mismo da por ganada la eliminatoria de Copa desde el sorteo, que por enterrada la temporada por un para de derrotas. Mejor no andar jugando con fuego. La consigna para este partido era, al menos, salir vivo en la clasificación. Tras un auténtico partidazo, poco faltó para el milagro. Tres palos tuvieron la culpa.

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La novela de Munitis

Esta semana, Munitis nos ganó por la mano a todos los ‘escritores’ del Racing: «¿quién habrá escrito esta novela?», se preguntaba el gran capitán nada más aterrizar en Ponferrada para comandar a una Deportiva llamada a ser el gran rival de los verdiblancos esta temporada, por más que su arranque haya sido titubeante.

El destino es caprichoso, pero gusta de propiciar los más pintorescos cruces de caminos. Como los buenos guionistas, cuando menos te lo esperas da una vuelta de tuerca y donde sólo había rutina y metraje de relleno en un abrir y cerrar de ojos te encuentras en medio de un torbellino.

Como ayer; lo que debía haber sido un plácido partido contra un equipo en desbandada, hace seis días se convirtió en el duelo del morbo, el partido con más aristas de toda la temporada. La Deportiva no había digerido bien el descenso, y en Ponferrada cometieron los mismos errores que el Racing el pasado año; cuando el presupuesto es tan abultado, es difícil resistir la tentación de fichar jugones y dejar para más tarde la construcción de un equipo.

Desde la perspectiva de Munitis, la historia se repite. Como si fuera un eterno retorno: de nuevo la misma presión, al frente de una plantilla de calidad pero descompensada, y lastrado por un mal arranque liguero. Otra vez su divisa es ‘ascenso o muerte’. Más que una novela, parece una tragedia.

Sin embargo, a la vez es una gran oportunidad de volver a hacer el mismo recorrido, pero en esta ocasión con final feliz. No todo el mundo puede disfrutar de un segundo intento. Y Munitis lo sabe. Es un luchador, una de esas personas que no saben conjugar el verbo rendirse. Y los caprichos del calendario habían querido que debutara contra su equipo, contra ese Racing que para él es una obsesión desde la niñez. Para lo bueno y para lo malo.

¿Cómo no maliciar una posible venganza de Munitis? Más que un pulso contra Viadero, se trataba de un duelo con el pasado, contra sí mismo. El año y medio como entrenador del Racing ha debido ser el más difícil de toda su vida. Se ha cargado contra él con y sin razón, desde todas las trincheras, y siempre con bala.

Antes del partido, en uno de los habituales mentideros por las calles de Ponferrada, comentaba mis dudas: «Munitis es imprevisible», opinaba, pues no tenía nada claro si la Deportiva querría dominar o nos dejaría el balón. «¿Qué dices? Munitis lo que es, es malísimo», sentenció un locutor y bloguero. Da la sensación de que no importa qué haga el gran capitán: siempre tendrá críticos.

Eso sí, para ser justos, hay que admitir que otra parte del racinguismo, tal vez mayoritaria, tenía ayer el corazón dividido. Y es que el Racing le debe tanto a Munitis… En lo deportivo y en lo emocional, sí, pero sobre todo en lo fundamental: en lo económico. De no haber sido por su empeño, por su apoyo incondicional, el año pasado el club tendría que haber hecho colectas por las calles para pagar el autobús de los desplazamientos. Su implicación casi ha rozado la locura…

Sin embargo, los racinguistas íbamos a Ponferrada confiados, aupados en la euforia de una espectacular racha de resultados. Casi se nos había olvidado que esto era fútbol, entretenidos como estamos con la copa y las cuentas de la lechera. Nosotros fuimos a comer pulpo y botillo, pero ni por asomo sospechábamos que, en realidad, nos dirigíamos sin saberlo al matadero.

Porque la Deportiva fue un vendaval. Tuvo todo lo que le faltó al Racing de Munitis: entrega, presión, picardía y hasta un punto de mala leche, con una agresividad en ocasiones excesiva. Y aunque las fuerzas de ambos equipos están muy parejas, ganó por esas agallas. Se jugaban demasiado en el envite, mucho más que los verdiblancos; sólo con ver salir a Heber en el cambio, a cámara lenta, quedó claro que los nuestros habrían firmado las tablas que entonces lucían en el marcador.

Hasta Munitis y Colsa parecían otros, en continua tensión, comiéndose a los árbitros, motivando a los suyos y hasta pidiendo el apoyo de la grada. Habían sido recibidos en El Toralín con una ovación y una nube de fotógrafos, pero ni eso pudo descentrarles. Al contrario, contagiaron su actitud a un equipo hasta entonces melancólico, pero que tras aferrarse a su nuevo guía luchaba por cada balón, convirtiendo hasta los saques de banda en una auténtica batalla. Tanta fue la entrega, que uno de los blanquiazules acabó vomitando durante el partido, extenuado por el esfuerzo, pero aún así quería seguir jugando. Su presencia, sus galones, tienen que imponer en un vestuario, pero está claro que algo habrán visto en él sus hombres para seguirle tan ciegamente.

Tras la victoria, en la sala de prensa parecían haberle abandonado las fuerzas. Un Munitis algo melancólico huía de todo triunfalismo; acababa de resucitar a una Ponferradina que de perder podía despedirse del campeonato de grupo; había ajustado cuentas con el pasado, poniendo en evidencia que en la pasada campaña el problema tal vez no fuera él. Pero en lugar de hacer sangre del rival, enarboló la humildad como bandera y hasta reafirmó su racinguismo. Seguramente había demasiados sentimientos encontrados, que deberá ir reordenando poco a poco.

Al final, la ‘novela’ acabó bien para Munitis, al menos en este primer capítulo. El Racing, ya lo sabíamos, algún día tenía que perder, aunque ojalá no hubiera sido contra un rival directo.

Eso sí, quedan aún muchas páginas del libro. Y, como dice el tópico, el final aún no está escrito.

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Este equipo tiene todo

El fútbol nos debe un título; y no sólo porque nunca hayamos ganado nada, más allá del Trofeo de la Galleta o aquellas Ligas del Norte cuando ni siquiera había blanco y negro. Probablemente una liga no vamos a ganarla nunca –ni siquiera ahora que se llama ‘Liga Santander’, como para poner aun más de manifiesto cuánto ‘pasa’ ese banco del Racing–, pero con la Copa del Rey tenemos una doble espina clavada: la del plante, y la semifinal que nos birlaron en el Calderón con un penalti a kilómetros del área.

Simplemente ver la alineación que presentó Viadero anoche supuso un auténtico alivio: nada de tirar la Copa. Nuestro míster no es de regalar nada. Al contrario; dispuso a su equipo de gala, con el generoso guiño de la alternancia de porteros, para que a Raúl Domínguez no se la haga demasiado larga la temporada. Y sobre el césped, la receta de siempre: líneas juntas, presión constante y mucho talento de medio campo hacia delante.

Que la Llagostera tampoco había venido a pasearse se vio en el primer balón dividido –en concreto, lo comprobó en carnes propias Óscar Fernández, al que arrolló un tren de mercancías por la banda izquierda, que lucía el brazalete de capitán–, aunque contra este Racing, rocoso y con pegada, poco pudieron hacer. Se mantuvieron en el partido gracias al juego duro y a un árbitro de opereta, pero el equipo de Viadero les maniató desde el principio.

El partido, además del resultado y las expectativas abiertas para próximas rondas, nos sirve para conjurar los fantasmas de la última fase de ascenso: este Racing sí es competitivo. Y otro tópico que rompe es de la falta de gol, un mal endémico en las últimas décadas en El Sardinero. Se estrenó Caye Quintana, con hechuras de gran delantero –y eso que al principio recordaba demasiado a Rosenber, aquel sueco que ldestacaba por su calidad, visión de juego, yelegancia… Todo lo hacía bien, menos marcar goles; menos mal que, en el caso de Caye, fue una falsa alarma–, aunque quien más brilló fue Heber, que marcó un gol de antología. Y lástima el mano a mano de Aquino, que rompió su racha.

El único punto negativo lo pusimos los aficionados. Por megafonía anunciaban orgullosos que ya hemos pasado por caja siete mil quinientos sufringuistas, pero en Los Campos de Sport no había ni quórum. Qué vamos a hacerle, si sólo nos gusta estar a las maduras…

En cualquier caso, el equipo consiguió encandilar al público con su juego, y la animación era tal que el estadio parecía estar llena. Al final, se cantaba en La Gradona: «este equipo tiene toque, este equipo tiene gol, este equipo tiene todo para salir campeón». Sólo faltó añadir que tiene picardía para cerrar los partidos, y garra a raudales, porque hasta los jugadores más técnicos, como Álvaro Peña, meten el pie y luchan con una entrega de auténticos gladiadores. Y un entrenador cuya apuesta por la cantera no es un farol: con el dos a uno y todo en juego, sacó a dos canteranos.

No sabemos si Luisito, como presumía el otro día, haría maravillas con esta plantilla y este presupuesto, pero hasta el momento el que las está haciendo es Viadero.

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No te lo crees ni tú

Eso dijo Luisito, el míster del Pontevedra: que ni Coulibaly podía creerse que había metido aquel gol.

A la parroquia verdiblanca no le hizo ninguna gracia el comentario, presumiblemente por la carga de menosprecio que llevaban sus palabras, aunque puede que también tuviera que ver que el resto del partido no estuvo demasiado acertado, en especial en la segunda parte.

En cualquier caso, quitar mérito al gol de Coulibaly parece más bien una rabieta infantil. Para empezar, porque venía precedido de una imprecisión de los centrales visitantes, que se trastabillaron con un balón que acababan de cortar –como muchas otras veces más les sucedería a lo largo del partido–, y para continuar porque en la jugada Aquino y Couly se comieron a los defensas, les apabullaron, y para terminar porque, le guste más o menos al entrenador, al delantero le salió un gol para enmarcar, un zapatazo inapelable que se coló por la misma escuadra.

A Luisito, que tanto cuida su ‘look’ de rumbero de los ochenta, no le vendría mal aprender a encajar deportivamente los méritos ajenos, por mucho que le escuezan. Ya sabemos que tiene sus limitaciones pero, como diría Churchill, ‘es nuestro Coulibaly’. Mejor que no lo toquen.

Aún así, Coulibaly se llevó ayer los mayores aplausos en los Campos, pero quien de verdad brilló fue el que promete ser la gran estrella del equipo en esta y ojalá que en próximas temporadas: Dani Aquino.

A pesar de que su pretemporada había sido más discreta, su racha de gol por partido no sólo resulta espectacular sino además merecidísima. Juega de espaldas, toca todos los balones de ataque, mueve a la defensa y además deja destellos de calidad a la mínima de cambio. Eso por no hablar de una entrega mucho mayor de la esperada por su trayectoria. Ciertamente, resulta incomprensible que un jugador con esa clase y esa entrega no esté triunfando en categorías superiores. Se ve que era el destino, que había de traerle a Santander para redimir a este Racing que, por primera vez, arranca la temporada con la mayor de las solvencias.

Y es que pinta bien, pero que muy bien, este nuevo Racing. Tras el debut frente al Palencia, era obligado poner coto al optimismo, pues los castellanos no venían en las mejores condiciones. En Vigo se arrancó un empate que supo a poco, de modo que el encuentro contra el Pontevedra tendría que servir para saber si realmente tenía razón Viadero o no al asegurar que tenía el mejor equipo de la categoría.

Que confiaba en los suyos lo demostró con la alineación: no se volvió loco por hacer debutar a Caye Quintana. El ‘nuevo’ debe ser un figura, pero resulta que el resto del equipo no le va a la zaga.

Eso sí, lo mejor del partido, y de lo que va de temporada, lo hizo un novato, Sergio Ruiz, que se inventó un pase de treinta metros desde el cruce de líneas lateral y central que se coló entre los dos centrales y le cayó a los pies a un Coulibaly que, con todo a favor, no supo qué hacer con él. Sergio nos va a dar muchas alegrías, y Viadero lo sabe.

 

Lo peor del partido llegó cuando a punto de terminar la primera parte, le llueve del cielo un balón a Iker Alegre en el área grande. Uno de esos balones con los que sueñan los delanteros: plácidamente bombeado, sin defensas alrededor y forzando al portero a una media salida que se prometía fallida. Una bicoca.

Claro que los que están hechos para el sufrimiento, cuanto más fácil lo tienen, más se complican la vida. Alegre quiso pincharla, pero el pie de apoyo se le clavó en el suelo y la rodilla quiso girar sobre sí misma. Lo que podía haber sido un gran gol, uno de esos tantos con valor psicológico por el momento del partido, y porque además marcar sin demasiado merecimiento sabe todavía mejor. Pero Iker Alegre parece que se contagió de ese espíritu de la desgracia que tan a sus anchas campa a menudo por los Campos de Sport, y quiso dejar constancia de que sin problema ninguno podría haber pasado por un sufringuista más. Ojalá que la lesión no sea grave, aunque parece que pintan bastos.

Y un detalle que humaniza a las estrellas del deporte: Quique Setién en la grada, grabando en vídeo el debut de su hijo Laro. Poco importa el liderato de liga o su historial impresionante: al final, era un padre más emocionado por ver a su hijo con la camiseta del club de su vida.

 

 

 

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es