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Autor: xavillamazares
La novela de Munitis
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Javier Menéndez Llamazares | 24-10-2016 | 7:30| 1

Esta semana, Munitis nos ganó por la mano a todos los ‘escritores’ del Racing: «¿quién habrá escrito esta novela?», se preguntaba el gran capitán nada más aterrizar en Ponferrada para comandar a una Deportiva llamada a ser el gran rival de los verdiblancos esta temporada, por más que su arranque haya sido titubeante.

El destino es caprichoso, pero gusta de propiciar los más pintorescos cruces de caminos. Como los buenos guionistas, cuando menos te lo esperas da una vuelta de tuerca y donde sólo había rutina y metraje de relleno en un abrir y cerrar de ojos te encuentras en medio de un torbellino.

Como ayer; lo que debía haber sido un plácido partido contra un equipo en desbandada, hace seis días se convirtió en el duelo del morbo, el partido con más aristas de toda la temporada. La Deportiva no había digerido bien el descenso, y en Ponferrada cometieron los mismos errores que el Racing el pasado año; cuando el presupuesto es tan abultado, es difícil resistir la tentación de fichar jugones y dejar para más tarde la construcción de un equipo.

Desde la perspectiva de Munitis, la historia se repite. Como si fuera un eterno retorno: de nuevo la misma presión, al frente de una plantilla de calidad pero descompensada, y lastrado por un mal arranque liguero. Otra vez su divisa es ‘ascenso o muerte’. Más que una novela, parece una tragedia.

Sin embargo, a la vez es una gran oportunidad de volver a hacer el mismo recorrido, pero en esta ocasión con final feliz. No todo el mundo puede disfrutar de un segundo intento. Y Munitis lo sabe. Es un luchador, una de esas personas que no saben conjugar el verbo rendirse. Y los caprichos del calendario habían querido que debutara contra su equipo, contra ese Racing que para él es una obsesión desde la niñez. Para lo bueno y para lo malo.

¿Cómo no maliciar una posible venganza de Munitis? Más que un pulso contra Viadero, se trataba de un duelo con el pasado, contra sí mismo. El año y medio como entrenador del Racing ha debido ser el más difícil de toda su vida. Se ha cargado contra él con y sin razón, desde todas las trincheras, y siempre con bala.

Antes del partido, en uno de los habituales mentideros por las calles de Ponferrada, comentaba mis dudas: «Munitis es imprevisible», opinaba, pues no tenía nada claro si la Deportiva querría dominar o nos dejaría el balón. «¿Qué dices? Munitis lo que es, es malísimo», sentenció un locutor y bloguero. Da la sensación de que no importa qué haga el gran capitán: siempre tendrá críticos.

Eso sí, para ser justos, hay que admitir que otra parte del racinguismo, tal vez mayoritaria, tenía ayer el corazón dividido. Y es que el Racing le debe tanto a Munitis… En lo deportivo y en lo emocional, sí, pero sobre todo en lo fundamental: en lo económico. De no haber sido por su empeño, por su apoyo incondicional, el año pasado el club tendría que haber hecho colectas por las calles para pagar el autobús de los desplazamientos. Su implicación casi ha rozado la locura…

Sin embargo, los racinguistas íbamos a Ponferrada confiados, aupados en la euforia de una espectacular racha de resultados. Casi se nos había olvidado que esto era fútbol, entretenidos como estamos con la copa y las cuentas de la lechera. Nosotros fuimos a comer pulpo y botillo, pero ni por asomo sospechábamos que, en realidad, nos dirigíamos sin saberlo al matadero.

Porque la Deportiva fue un vendaval. Tuvo todo lo que le faltó al Racing de Munitis: entrega, presión, picardía y hasta un punto de mala leche, con una agresividad en ocasiones excesiva. Y aunque las fuerzas de ambos equipos están muy parejas, ganó por esas agallas. Se jugaban demasiado en el envite, mucho más que los verdiblancos; sólo con ver salir a Heber en el cambio, a cámara lenta, quedó claro que los nuestros habrían firmado las tablas que entonces lucían en el marcador.

Hasta Munitis y Colsa parecían otros, en continua tensión, comiéndose a los árbitros, motivando a los suyos y hasta pidiendo el apoyo de la grada. Habían sido recibidos en El Toralín con una ovación y una nube de fotógrafos, pero ni eso pudo descentrarles. Al contrario, contagiaron su actitud a un equipo hasta entonces melancólico, pero que tras aferrarse a su nuevo guía luchaba por cada balón, convirtiendo hasta los saques de banda en una auténtica batalla. Tanta fue la entrega, que uno de los blanquiazules acabó vomitando durante el partido, extenuado por el esfuerzo, pero aún así quería seguir jugando. Su presencia, sus galones, tienen que imponer en un vestuario, pero está claro que algo habrán visto en él sus hombres para seguirle tan ciegamente.

Tras la victoria, en la sala de prensa parecían haberle abandonado las fuerzas. Un Munitis algo melancólico huía de todo triunfalismo; acababa de resucitar a una Ponferradina que de perder podía despedirse del campeonato de grupo; había ajustado cuentas con el pasado, poniendo en evidencia que en la pasada campaña el problema tal vez no fuera él. Pero en lugar de hacer sangre del rival, enarboló la humildad como bandera y hasta reafirmó su racinguismo. Seguramente había demasiados sentimientos encontrados, que deberá ir reordenando poco a poco.

Al final, la ‘novela’ acabó bien para Munitis, al menos en este primer capítulo. El Racing, ya lo sabíamos, algún día tenía que perder, aunque ojalá no hubiera sido contra un rival directo.

Eso sí, quedan aún muchas páginas del libro. Y, como dice el tópico, el final aún no está escrito.

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Pensionistas sin futuro
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Javier Menéndez Llamazares | 23-10-2016 | 1:23| 1

Hay cosas que deberían ser intocables, y tal vez la más sagrada de todas sea la famosa ‘hucha’ de las pensiones. Y es que desayunarse con la noticia de que el año que viene no habrá dinero para la paga extra de nuestros abuelos es como para estar todo el día de mal café, y el resto de la semana planeando una revolución.

Y no sólo porque muchos pensionistas se vayan a quedar a dos velas esa navidad, que también, sino porque en este país tan moderno y tan divertido que les vamos a dejar en herencia a los españoles del futuro, muchas, demasiadas familias sobreviven gracias a las ‘propinas’ de los abuelos. Puede dar la risa, pero si no fuera por las pensiones, media España sería un solar. O tal vez ya lo sea, y no queremos verlo.

Y eso que de vez en cuando viene alguien y te abre los ojos, aunque no te guste. Como hizo esta semana Santiago Niño-Becerra, que en el Foro Económico del Diario Montañés demostró calculadora en mano que las cuentas no salen sencillamente porque el país ha cambiado tanto desde que se diseñó el sistema de seguridad social que, como diría Alfonso Guerra, «ya no lo conoce ni la madre que lo parió».

A mitad del siglo pasado, los españoles ganaban poco pero todos tenían empleo; entre otras cosas, porque el que no lo encontraba emigraba, con lo que además enviaba divisas. Y luego está esa manía que tenemos de vivir cada vez más, por no hablar de la inflación, la economía sumergida y toda esa picaresca que arrastramos desde que el mundo es mundo.

Y lo peor de todo es que, aunque Niño-Becerra asegure que sólo se mantendrán las pensiones si se recortan sus prestaciones, la gran mayoría de los pensionistas son mileuristas, y un cuarenta por ciento gana menos de 750 euros al mes. ¿Qué les van a recortar? ¿La esperanza de vida? ¿O la poca felicidad que les queda?

Este drama se veía venir desde hace años, pero contrariamente a lo que le sucede a Rajoy, las cosas no se nos arreglan solas. Y mientras mirábamos para otro lado, resulta que durante estos años de crisis nuestros políticos han mantenido el tren de vida tirando de donde no debían: de ese fondo de reserva de la seguridad social. Como si fuera la cocina de su casa, donde uno mete mano en el cajón de las monedas para comprar el pan, y ya lo iremos devolviendo cuando se pueda. Lo que pasa es que nunca es buen momento. Nuestros mayores confiaron en el sistema y cumplieron; gracias a su trabajo y sus aportaciones hoy día el mundo es mejor. Pero el sistema no piensa pagarles con la misma moneda, por desgracia.

Claro que en este país lo único que nos importa es si será frío el reencuentro entre Chenoa y Bisbal o cuántos le meterá el Barça al City de Guardiola. El resto, el rollo ése de la política, lo dejamos tranquilamente ‘pa prao’.

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El hilarante ‘terrorismo literario’ de Antonio Fernández York en su primer libro de relatos
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Javier Menéndez Llamazares | 21-10-2016 | 4:18| 1

Escribir sobre escribir

Título: Sobre la imposibilidad de publicar. Autor: Antonio Fernández York. RELATOS BREVES. Ed. del Viento, 2016. 131 pág., 14,50 €.

Un libro que hable de un libro, una novela en cuyo interior se escriba otra novela no resulta ya demasiado novedoso, pues los últimos dos siglos nos han proporcionado tantas obras sobre el acto de la escritura, lo literario y lo libresco que los especialistas hasta acuñaron términos tan técnicos como pomposos para definir esa práctica: autorreferencialidad, metaficción…

Pero en el caso de este libro de relatos, la pirueta va aún más allá: no sólo se convierte al propio libro en un objeto de ficción dentro de uno de los relatos, sino que incluso se muestra gráficamente en la cubierta. El autor fabula con un escritor inédito, Antonio Fernández York, que desesperado por no encontrar editor, empieza a autopublicar sus propios libros, fabricándolos uno a uno de manera artesanal y dejándolos luego en las librerías, sin previo aviso. Y en otro relato posterior, ‘El síndrome York’, el escritor enloquece, no sin antes recorrer todas las librerías españolas preguntando por su inexistente libro.

Pero no terminan aquí las sorpresas: la literatura abandona su habitual reducto libresco y salta a ámbitos hasta ahora vedados para la ficción; por ejemplo, las reseñas de libros. Y es que, a poco que el lector dé rienda suelta a su curiosidad y bucee por internet, se topará con varias reseñas del libro en webs especializadas. Claro que la fecha de estas es muy anterior a su publicación (en este mismo año 2016), e incluso las portadas son diferentes, y hasta los sellos que lo editan –editorial Anglicana o Amalgama, entre otros), lo que nos lleva a la fantástica suposición de que en 2011 el escritor ya andaba haciendo de las suyas no sólo en la imaginación de Casanova, sino en el muy real mundo de la crítica de libros.

Y abundando en este discurso de la ficción, la propia editorial presenta el libro como un apoyo a los nuevos e ignorados narradores españoles, pero a la vez desmonta esa ‘imposibilidad’ en la que se basa el juego literario de York. Delicioso.

Pero la cuadratura del círculo llega cuando el autor no sólo crea un personaje, recurrente a lo largo de varios relatos del libro, sino que la creación acaba por devorar a su creador, pues el personaje llega a suplantar al autor incluso en el mundo real –si es que podemos marcar alguna diferencia entre ficción y realidad, en este caso–. Veamos: tenemos a un autor real, Ángel Casanova Grima (Madrid, 1975) y al personaje que idea para sus cuentos, Antonio Fernández York. De la existencia de York ya teníamos constancia hace años por la aparición en internet de algunos relatos, que incluso llegaron a ser elogiados por otros escritores como Gabriel Noguera, y un perfil de Facebook muy activo pero que desapareció hace algunos años; de Casanova sabemos que publicó varios artículos en la revista digital Rebelión y que fue finalista de un premio regional de poesía en Murcia a comienzos de siglo. Sin embargo, incluso esos artículos ya no aparecen con su firma, sino con la de su heterónimo York. Así, el autor nos sume en una duda maravillosa: ¿realmente existe Casanova? ¿No será también ficción? Porque apellidándose Casanova Grima, ¿qué sentido tiene buscarse otro pseudónimo?

En cualquier caso, la lectura de este libro de relatos supone una maravillosa experiencia, tanto por la calidad estilística como por el derroche de imaginación de su autor, sea quien sea.

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Este equipo tiene todo
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Javier Menéndez Llamazares | 08-09-2016 | 1:51| 1

El fútbol nos debe un título; y no sólo porque nunca hayamos ganado nada, más allá del Trofeo de la Galleta o aquellas Ligas del Norte cuando ni siquiera había blanco y negro. Probablemente una liga no vamos a ganarla nunca –ni siquiera ahora que se llama ‘Liga Santander’, como para poner aun más de manifiesto cuánto ‘pasa’ ese banco del Racing–, pero con la Copa del Rey tenemos una doble espina clavada: la del plante, y la semifinal que nos birlaron en el Calderón con un penalti a kilómetros del área.

Simplemente ver la alineación que presentó Viadero anoche supuso un auténtico alivio: nada de tirar la Copa. Nuestro míster no es de regalar nada. Al contrario; dispuso a su equipo de gala, con el generoso guiño de la alternancia de porteros, para que a Raúl Domínguez no se la haga demasiado larga la temporada. Y sobre el césped, la receta de siempre: líneas juntas, presión constante y mucho talento de medio campo hacia delante.

Que la Llagostera tampoco había venido a pasearse se vio en el primer balón dividido –en concreto, lo comprobó en carnes propias Óscar Fernández, al que arrolló un tren de mercancías por la banda izquierda, que lucía el brazalete de capitán–, aunque contra este Racing, rocoso y con pegada, poco pudieron hacer. Se mantuvieron en el partido gracias al juego duro y a un árbitro de opereta, pero el equipo de Viadero les maniató desde el principio.

El partido, además del resultado y las expectativas abiertas para próximas rondas, nos sirve para conjurar los fantasmas de la última fase de ascenso: este Racing sí es competitivo. Y otro tópico que rompe es de la falta de gol, un mal endémico en las últimas décadas en El Sardinero. Se estrenó Caye Quintana, con hechuras de gran delantero –y eso que al principio recordaba demasiado a Rosenber, aquel sueco que ldestacaba por su calidad, visión de juego, yelegancia… Todo lo hacía bien, menos marcar goles; menos mal que, en el caso de Caye, fue una falsa alarma–, aunque quien más brilló fue Heber, que marcó un gol de antología. Y lástima el mano a mano de Aquino, que rompió su racha.

El único punto negativo lo pusimos los aficionados. Por megafonía anunciaban orgullosos que ya hemos pasado por caja siete mil quinientos sufringuistas, pero en Los Campos de Sport no había ni quórum. Qué vamos a hacerle, si sólo nos gusta estar a las maduras…

En cualquier caso, el equipo consiguió encandilar al público con su juego, y la animación era tal que el estadio parecía estar llena. Al final, se cantaba en La Gradona: «este equipo tiene toque, este equipo tiene gol, este equipo tiene todo para salir campeón». Sólo faltó añadir que tiene picardía para cerrar los partidos, y garra a raudales, porque hasta los jugadores más técnicos, como Álvaro Peña, meten el pie y luchan con una entrega de auténticos gladiadores. Y un entrenador cuya apuesta por la cantera no es un farol: con el dos a uno y todo en juego, sacó a dos canteranos.

No sabemos si Luisito, como presumía el otro día, haría maravillas con esta plantilla y este presupuesto, pero hasta el momento el que las está haciendo es Viadero.

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No te lo crees ni tú
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Javier Menéndez Llamazares | 05-09-2016 | 5:47| 1

Eso dijo Luisito, el míster del Pontevedra: que ni Coulibaly podía creerse que había metido aquel gol.

A la parroquia verdiblanca no le hizo ninguna gracia el comentario, presumiblemente por la carga de menosprecio que llevaban sus palabras, aunque puede que también tuviera que ver que el resto del partido no estuvo demasiado acertado, en especial en la segunda parte.

En cualquier caso, quitar mérito al gol de Coulibaly parece más bien una rabieta infantil. Para empezar, porque venía precedido de una imprecisión de los centrales visitantes, que se trastabillaron con un balón que acababan de cortar –como muchas otras veces más les sucedería a lo largo del partido–, y para continuar porque en la jugada Aquino y Couly se comieron a los defensas, les apabullaron, y para terminar porque, le guste más o menos al entrenador, al delantero le salió un gol para enmarcar, un zapatazo inapelable que se coló por la misma escuadra.

A Luisito, que tanto cuida su ‘look’ de rumbero de los ochenta, no le vendría mal aprender a encajar deportivamente los méritos ajenos, por mucho que le escuezan. Ya sabemos que tiene sus limitaciones pero, como diría Churchill, ‘es nuestro Coulibaly’. Mejor que no lo toquen.

Aún así, Coulibaly se llevó ayer los mayores aplausos en los Campos, pero quien de verdad brilló fue el que promete ser la gran estrella del equipo en esta y ojalá que en próximas temporadas: Dani Aquino.

A pesar de que su pretemporada había sido más discreta, su racha de gol por partido no sólo resulta espectacular sino además merecidísima. Juega de espaldas, toca todos los balones de ataque, mueve a la defensa y además deja destellos de calidad a la mínima de cambio. Eso por no hablar de una entrega mucho mayor de la esperada por su trayectoria. Ciertamente, resulta incomprensible que un jugador con esa clase y esa entrega no esté triunfando en categorías superiores. Se ve que era el destino, que había de traerle a Santander para redimir a este Racing que, por primera vez, arranca la temporada con la mayor de las solvencias.

Y es que pinta bien, pero que muy bien, este nuevo Racing. Tras el debut frente al Palencia, era obligado poner coto al optimismo, pues los castellanos no venían en las mejores condiciones. En Vigo se arrancó un empate que supo a poco, de modo que el encuentro contra el Pontevedra tendría que servir para saber si realmente tenía razón Viadero o no al asegurar que tenía el mejor equipo de la categoría.

Que confiaba en los suyos lo demostró con la alineación: no se volvió loco por hacer debutar a Caye Quintana. El ‘nuevo’ debe ser un figura, pero resulta que el resto del equipo no le va a la zaga.

Eso sí, lo mejor del partido, y de lo que va de temporada, lo hizo un novato, Sergio Ruiz, que se inventó un pase de treinta metros desde el cruce de líneas lateral y central que se coló entre los dos centrales y le cayó a los pies a un Coulibaly que, con todo a favor, no supo qué hacer con él. Sergio nos va a dar muchas alegrías, y Viadero lo sabe.

 

Lo peor del partido llegó cuando a punto de terminar la primera parte, le llueve del cielo un balón a Iker Alegre en el área grande. Uno de esos balones con los que sueñan los delanteros: plácidamente bombeado, sin defensas alrededor y forzando al portero a una media salida que se prometía fallida. Una bicoca.

Claro que los que están hechos para el sufrimiento, cuanto más fácil lo tienen, más se complican la vida. Alegre quiso pincharla, pero el pie de apoyo se le clavó en el suelo y la rodilla quiso girar sobre sí misma. Lo que podía haber sido un gran gol, uno de esos tantos con valor psicológico por el momento del partido, y porque además marcar sin demasiado merecimiento sabe todavía mejor. Pero Iker Alegre parece que se contagió de ese espíritu de la desgracia que tan a sus anchas campa a menudo por los Campos de Sport, y quiso dejar constancia de que sin problema ninguno podría haber pasado por un sufringuista más. Ojalá que la lesión no sea grave, aunque parece que pintan bastos.

Y un detalle que humaniza a las estrellas del deporte: Quique Setién en la grada, grabando en vídeo el debut de su hijo Laro. Poco importa el liderato de liga o su historial impresionante: al final, era un padre más emocionado por ver a su hijo con la camiseta del club de su vida.

 

 

 

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.