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Autor: xavillamazares
Sobre 'Patria', de Fernando Aramburu
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Javier Menéndez Llamazares | 15-11-2016 | 7:12| 2

Al final siempre gana el olvido

 

‘Patria’ son ciento veintinco fragmentos que podrían funcionar como relatos cortos, pero que en realidad componen el mosaico de un tiempo y un lugar en el que la libertad fue desdibujando su concepto hasta convertirse en una pesadilla de opresión, en el que los juegos de intereses intercambian papeles de víctimas y verdugos y sumen en un manto de fanatismo y violencia cuatro décadas para el olvido.

‘Patria’ es la memoria del miedo y el rencor, de un forzosa socialización en la que única posición posible es la propia, y en la que las actitudes refractarias a lo foráneo, a lo ajeno, acaban conduciendo a una barbarie en la que ni siquiera los supuestos referentes morales, como la Iglesia, consiguen superar un discurso maniqueo, cargado de ‘buenos’ y ‘malos’.

‘Patria’ es un país partido en sus entrañas, es la reflexión de una sociedad que culpabiliza a las víctimas, que consigue imbuir el terror en el interior de las mentes, que no pretende convencer sino hacer uso de la fuerza. Un país que inventa una lengua nueva, para no llamar a las cosas por su nombre.

‘Patria’ es la historia de dos familias en un pueblo que no necesita nombre; de dos ‘amas’ a las que la violencia separa tras décadas de amistad. Miren y Bittori son dos mujeres dominantes a las que un atentado –el asesinato del Txato, marido de Bittori– separará en un abismo fondeado por el aislamiento de un entorno que prefiere refugiarse en el ‘algo habrá hecho’.  Pero es también la historia de Joxe Mari y sus manos manchadas de sangre, cuyo camino conduce al arrepentimiento.

‘Patria’ no tiene una única voz, sino nueve –Miren y Bittori, sus maridos y sus cinco hijos– que se alternan y que forman un caleidoscopio que recoge las múltiples actitudes frente al horror. Aunque al frente de todas está la de un escritor que no rehúye su propia postura, su propia memoria. Se busca identidad y se encuentran personas, cada uno con su propio universo a cuestas.

Y aunque se llega a afirmar que «al final, siempre gana el olvido», la réplica reza que tampoco vamos a hacerle el trabajo.

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Disfrutar con el trabajo
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Javier Menéndez Llamazares | 13-11-2016 | 2:18| 2

A pesar del ‘trumpazo’ –que demuestra que no sólo de las urnas españolas salen recuentos surrealistas–, el mundo sigue girando, por mucho que no sepamos muy bien hacia donde. Aunque lo que de verdad importe sea contarlo, y contarlo de la mejor manera posible. Y a eso se dedican los periodistas, como bien sabía García Márquez.

Esta semana compartí mesa en El Riojano con dos periodistas, así que antes de llegar a los postres era inevitable que la conversación derivase hacia la profesión. Con la excusa del paupérrimo futuro que le aguarda a mi hijo, recién matriculado en Ciencias de la Información, mis compañeros de mesa, que habían pasado por la misma facultad, insistían en quitarle hierro al asunto: «Hay que estudiar lo que uno realmente desea», aunque en lo que uno realmente pensaba era en que encontrar empleo en ese oficio hoy día es una quimera. Remunerado, claro.

Pero mis compañeros insistían: «La mayor parte de nuestro tiempo real lo pasamos trabajando; es fundamental hacer algo que te guste», decía él. Y ella apostillaba: «tiene que ser horrible que odies tu trabajo, o que te lo tomes como una obligación».

Imagino que cuando uno es un triunfador resulta mucho más fácil sentirse a gusto con lo que hace; dirigir un periódico, presidir una institución cultural o ser una estrella mediática no encaja exactamente con el concepto que la mayoría de los humanos tenemos del trabajo, que más bien tiene que ver con esas riadas de miles de personas arrastrando sus cuerpos cada mañana como en una invasión zombi, camino del trabajo, mientras sus almas siguen durmiendo plácidamente en sus casas. No se ve en sus caras mucha satisfacción, precisamente.

También me cuesta imaginar a mi bisabuelo disfrutando de las doce horas que pasaba bajo tierra, arrancado carbón a la cordillera, o a mi abuelo patrullando los montes del Bierzo, rezando porque detrás de cada sebe no se escondiera una metralleta.

Claro que uno disfruta cuando su trabajo es leer una buena novela, ir al concierto de Leiva, ver al Racing –aunque tocara paparda–, conversar con un escritor de primera línea como Jorge Carrión, conversar con amigos en la radio o celebrar el Día de las Librerías. Una semana privilegiada. Sí, luego tienes que contarlo, y requiere esfuerzo, pero ¿qué mas quiere el que escribe que tener a alguien que le lea?

Sin embargo, hay actividades a las que no se les puede llamar exactamente trabajar. Trabajar es algo que se hace por dinero. Igual habría que inventar un nuevo verbo para eso que hacen los futbolistas, los escritores de éxito, las estrellas del rock o el famoseo televisivo. Aunque sólo fuera por respeto a los millones condenados a ganarse el pan con el sudor de su frente.

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El huracán Leiva
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Javier Menéndez Llamazares | 12-11-2016 | 2:02| 2

Que el público de Santander era frío vino a desmentirlo el viernes Leiva, que dejó pasar unos minutos hasta que el último de los mil cien espectadores estuviera ya en su sitio. Entonces, bastó con que sonaran los primeros acordes de ‘El último incendio’ para que se desatara el delirio, entre una concurrencia que se sabía de memoria hasta la última letra de cada canción. Y aún subirá más temperatura cuando se acerque al público con un contoneo stoniano, al ritmo del riff de un clásico de Pereza, “Animales”, mientras la sección de metales baila a lo Blues Brothers.

Leiva da de sobra el perfil de una ‘rock and roll star’ –no hay más que ver la devoción de sus fieles – pero no ha perdido la conexión con la vida real; que haga un alto en el concierto para agradecer al público «el esfuerzo que conlleva pagar una entrada». Veinticinco euros muy bien invertidos, en una descarga de casi dos horas de electricidad y adrenalina, plena de saber hacer y de profesionalidad.

Escoltado por la ‘Leiband’ –siete músicos que han dado la vuelta ya al cuentakilómetros, en especial ‘El Niño’, mítico batería de Fito o Calamaro, aunque el guitarrista César Pop tampoco le ande a la zaga–, consiguió sacar a la enorme sala de Escenario Santander su mejor sonido, y quizás hasta poner en evidencia a sus productores de estudio, porque en directo consigue que todo suene mejor, más enérgico, más sugerente… Puro rock, ahogado por las mil gargantas que no se cansan de corear un himno tras otro, de sus tres discos más algún rescate de Pereza.

Aunque no se prodiga demasiado, dedicó unas palabras a la memoria de Leonard Cohen –su voz ya de otro mundo ha sonado en la previa–, a la decepción por la victoria de Donald Trump y hasta brinda levantando su copa. Para presentar ‘Windsor’ admitió las dificultades para preparar un repertorio cuando tienes diez discos en cartera. «Esta canción es mi Sergi Busquets», así que no podía dejarla fuera». Un guiño futbolero de quien tomara su apodo de Leivinha, ariete atlético en los setenta. Y es que José Miguel Conejo –su nombre real– sigue apegado a sus raíces, a ese barrio de Alameda de Osuna que le regaló el acento cheli y esa chulería con que derrite a sus incondicionales –en un variado abanico desde la adolescencia a la cincuentena–, que estallan cuando ensaya un par de pasos de baile antes de cantar «súbete la falda».

Las Llamas era una fiesta, y sobre el escenario lo mismo sampleaban el ‘I’m a loser’ de Beck que el ‘Hey Jude’ o la ‘Estrella Polar’; los músicos bailaban y contagiaban tan buen rollo que tras veinte canciones se hacía breve. Himnos para los bises: ‘Terriblemente cruel’ y ‘Lady Madrid’. Pero antes, una petición insólita: «batir el record del mundo, con mil personas disfrutando en directo de una canción, con el teléfono en el culo; o en el bolsillo, vamos». Al público se lo metió en el bolsillo, pero con los móviles no pudo: todos querían inmortalizar el momento. El paso del huracán Leiva por Santander.

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David Córcoles, la garra del Racing
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Javier Menéndez Llamazares | 31-10-2016 | 7:35| 2

OFICIO DE DEFENSA. «Siempre voy al límite –admite–, pero tampoco me sacan tantas tarjetas». Ochenta y una amarillas en trece temporadas da un media inferior a diez por año. «Tengo un carácter fuerte, pero nunca me ha gustado ser ‘guarro’. Lo que me gusta es retarme. Si el rival me rebasa, me sienta fatal y voy a por él como un misil, a alcanzarle, quitarle la pelota, molestarle lo máximo posible. Al final, esto es un juego psicológico y consiste en ganar al otro; si al delantero le das libertad, te come. Hay que bajarle la moral». ¿Y si te toca un Neymar que no baja de la bicicleta? «¡Uf! Entonces hay que ir a tope. Yo aprendí jugando en el barrio, y entiendo esa forma de jugar, pero si te hacen un caño hay que levantarlo como sea».

Su leyenda no para de crecer. En Galizano, tras sólo dos semanas de pretemporada, David Córcoles (Alicante, 1985) ya era el jefe del equipo. También ayudó bastante su debut con roja directa. Desde entonces, Viadero no puede vivir sin él. «David es la nobleza personificada; la clase de persona que siempre quieres en tu bando», asegura el míster.

Su contundencia y una calidad inesperada, que mostró frente a la Cultural Leonesa, –cuando jugó durante una hora conmocionado y con mareos– han llamado la atención de una afición que no sólo disfruta con el juego vistoso de los delanteros, sino que también adora la entrega y la raza de jugadores dedicados a tareas más sacrificadas.

Córcoles es un muro infranqueable y la grada le adora. Es un duro, pero es
nuestro duro. Ya le han sacado hasta gifs por las redes sociales. Es el ‘corcolismo’, que arrasa. «Los compañeros me los pasan todos; mi mujer se parte de risa», confiesa. Mirando ése en el que le nombran capitán después de amenazar de muerte a sus compañeros, pone cara de póquer: «¿Qué te parece? ¿Te lo puedes creer?».

Más que con resignación, se lo toma con humor. Vestido de calle da bastante menos miedo. De hecho, es todo amabilidad cuando se  sienta a tomar algo; probablemente, ya ha tomado la medida al redactor y sabe que no va a escaparse por la banda. «En este deporte hay que hacerse respetar. Y más cuando, como en mi caso, siempre eres el último hombre: hay que rascar. Cuando empezaba en el primer equipo, con quince años, me daban por todos los lados, y me volvía para casa cabizbajo. Hasta mi madre, con toda la inocencia, me decía: ‘tú devuélveles los golpes, hijo’. Al final, acabé por curtirme».

 

Una larga trayectoria

Y es que Córcoles nunca ha sido de los que se dejan avasallar. Ni de los que toleran las injusticias: «A mí no me hacían bullying en el colegio, pero tampoco permitía que se lo hicieran a nadie», dice mientras regresa a su memoria ese adolescente que debuta con el Hércules. «Los veteranos me pusieron de camarero, querían que sirviera a toda la plantilla. Menos mal que vino a poner paz el entrenador», recuerda con una sonrisa.

Su trayectoria está llena de anécdotas; empezó, como los niños de entonces, jugando en la calle: «De niño me pasaba la tarde rompiendo los garajes; en mi barrio los usábamos de porterías, y no veas cómo se ponían los vecinos». Luego llegaría el equipo de su barrio, el San Blas Alto, «cuando teníamos que pagar por jugar»; y eso que a la primera no había querido. «Mi padre había sido un mediocentro que se manejaba bien con las dos piernas, pero lo había dejado porque mi madre insistió, y cuando quiso inscribirme acabábamos de cambiar de barrio y no hubo manera». Pero cuando con nueve años empezó a jugar de medio volante, tiraba hasta los penaltis. «Treinta goles marqué cuando ganamos la liga de fútbol 7», así que el Hércules se lo llevó enseguida y, tras la llamada de la selección sub-16, con quince años ya alternaba con el primer equipo. Allí coincidiría con otro principiante, Samuel Llorca. Aún no tenía toda la barba cuando le fichó el Valencia, para reforzar al Mestalla que comandaba Boro, mientras él miraba de reojo a Fabián Ayala, su ídolo entonces.

Tras cinco años y un debut en primera y hasta en la UEFA, Guardiola le echaría el lazo para el Barça B. Sería una etapa dulce: ascenso, estreno en amistosos y en el Gamper con el primer equipo y, sobre el papel, fue campeón de la Champions, pues el Barcelona le inscribió, aunque no llegase a disputar ni un minuto.

Sin embargo, al no consumarse el salto al primer equipo decidió aceptar la oferta del Recre. En Huelva sería indiscutible durante cinco temporadas, hasta que una lesión de rodilla coincidiera con el descenso del equipo. En Albacete se repetiría la historia. Tal vez por eso aceptó la llamada de Viadero, aunque supusiera jugar en segunda B: «Yo nunca he mirado ni el dinero ni la categoría. Del Valencia en primera me fui al Barcelona B en tercera. Pero era el Barça». Y ahora, era el Racing quien llamaba a su puerta. Sólo hizo falta que le diera el espaldarazo Jonathan Valle, su gran amigo dentro y fuera del campo desde que coincidieran en el Recre, para que se embarcase rumbo a Santander antes incluso de consultarlo con la familia.

 

La distancia corta

Y es que ésa es la palabra clave para el otro Córcoles, que poco tiene que ver con el que pisa los estadios amedrentando a los rivales. Un tipo que adora la montaña y el senderismo y se lleva a recoger castañas a David y Marc, que tienen siete y tres años, y a los que dedica todo el tiempo que puede. Su punto de equilibrio es una valenciana llamada Amparo que es la mitad de su vida desde hace una década. «Yo antes era un vinagres; cuando perdía un partido no hablaba en dos días, tenía un mal perder tremendo. Pero Amparo me cambió. Aunque le costó, porque siempre he tenido muy mala leche».

De eso pueden dar fe muchos rivales. De algún lado vendrá esa leyenda de duro. «Soy contundente, no lo voy a negar. No me gusta perder ni a las canicas. Que se toma su trabajo muy en serio lo demuestra su colección de cicatrices; con el Mestalla se rompió un pómulo y la mandíbula en un amistoso contra el Levante, y tuvieron que ir el míster y su familia al hospital porque se negaba a operarse: quería jugar el domingo. Además de los tres meses de recuperación, le quedó de recuerdo una placa de titanio, un tornillo bajo la ceja y molestias cuando va a cambiar el tiempo. «Los amigos siempre me vacilan: ¿Y no te pita en los aeropuertos?». Lo que no sabemos es cómo quedarían los dos rivales contra los que chocó.

Donde pocos le vacilan en sobre el césped. «En la vieja escuela te enseñaban que el delantero tiene que notar desde el principio que estás ahí», confiesa. Claro que no todos se someten fácilmente. «Algunos dan mucha guerra. Te enseñan el balón, te quieren regatear… Otros hasta se revuelven, te insultan o te dan puñetazos en las costillas. Ésos son los que más me gustan, porque me motivan, me hacen dar lo mejor de mí para superarles».

Son dieciséis años ya de carrera, que él espera estirar aún más; «me gustaría llegar en forma hasta los treinta y siete». Alguien que ya tiene sus propios cromos, que sale en el FIFA 2009, ¿cómo mantiene la ilusión, las ganas? «Los dos descensos me afectaron mucho y llegas a plantearte cosas, pero me gusta ser positivo, y la verdad es que aún disfruto mucho con el fútbol».

Si le ha quedado alguna espina clavada en la vida, son los estudios; aunque era movido, siempre se le dieron bien; luego, faltaba tiempo. Se quedó en el bachillerato, pero le hubiera gustado estudiar economía. «Siempre estoy leyendo sobre el tema, me apasiona». Entre sus libros de cabecera, ‘El precio del dinero’ o ‘Padre rico, padre pobre’, de Robert Kiyosaki. Y muestra su iphone, repleto de aplicaciones de información bursátil.

Se acerca la despedida; esta tarde tiene entradas para el cine y ya le están esperando. ¿Una de acción? «Qué va, es una peli infantil», aclara. «No te lo creerás, pero soy muy familiar, me encantan las bromas y el buen ambiente». Él, que era de ‘Mad Max’ y ‘Robocop’. Que adora el house y el heavy, lo más cañero, que amedrenta a cualquiera con la mirada, y en realidad es un hombre amable, que comparte las tareas domésticas, fanático del orden, que le gusta cocinar y que mira de reojo las galletas de chocolate de los críos.

Se despide con un apretón de manos: «No me pondrás mal en el periódico, ¿no?». Cualquiera se atreve. Menudas se las gasta el Córcoles ése.

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Yo no te pido la luna
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Javier Menéndez Llamazares | 30-10-2016 | 11:43| 2

«Yo no te pido la luna», dijo ayer Rajoy, arrancándose por Daniela Romo en pleno debate de investidura. Le faltó seguir con el «sólo te pido el momento», y aquello de ver las estrellas al hacer el amor, pero se decidió por el pie más prosaico: «Pido un gobierno previsible». Adiós emociones. Si esperaban alguna sorpresa, más les vale cambiar de canal.

Como reincidiendo en la misma idea, la oposición citaría a Dante. «Abandone toda esperanza», replicó poco después Antonio Hernando, el chico de las gafas que lo mismo defiende el no que el ya veremos que todo lo contrario, con el mismo gesto de ser el más listo de la clase. Al mismo nivel que Albert Rivera, que lo mismo se arrima a la izquierda que a la derecha, pero no por su propio interés, sino porque «los ciudadanos que cobran setecientos euros, los que están en situación de dependencia y no pueden soportar más recortes», no pueden seguir viviendo en un país paralizado.

Hasta Pablo Iglesias estuvo clásico, con su retórica de los años treinta: la nueva España, la industrialización…

Previsible, todo tan previsible como el gobierno con el que sueña Rajoy. Al final, lo más llamativo fue el pelazo indie de Marcelo Expósito, ese gran artista que ha pasado del 15-M a la poltrona y que cada vez que chupa cámara le pillan dándole al wasap, como si lo que sucede a su alrededor le aburriera soberanamente.

Y es que, obviando los dardos de Rufián, la investidura de Rajoy ha tenido menos emoción que un solitario con las cartas marcadas, por más que la intriga de qué haría Pedro el Decapitado haya animado un poco el cotarro con un toque de misterio.

Tras el harakiri del PSOE, se acabó el desgobierno. Porque hasta ahora vivíamos sin gobierno, aunque en provincias mucho, lo que se dice mucho, tampoco lo habíamos notado. Vamos, que de no ser por la matraca en prensa y medios que hemos tenido que soportar durante el último año, no nos habríamos dado ni cuenta.

En aquel país sin gobierno, los trenes seguían llegando puntualmente con retraso; las estaciones se sucedieron con la misma informalidad de siempre, y lo mismo sopló el viento sur en invierno que algún día de verano salió torcido. Los famosos del corazón no dejaron de entretenernos con sus líos amorosos, Gran Hermano sobrevivió al despido de la Milá y el Racing volvió a intentar matarnos a disgustos. Siguió sin haber trabajo ni esperanza, pero tampoco nadie nos recortó nada de lo poco nos quedaba.

O sea, que España se seguía pareciendo a una canción de Julio Iglesias: casposilla e intrascendente. Pero el país no se hundió ni sobrevino el apocalipsis. Si no sonase un poco anarquista, lo suyo sería preguntarse qué ocurrirá ahora que por fin ha llegado la caballería, que viene Rajoy a salvarnos del desgobierno. Más que pedir la luna, igual hay que ir pensando en empadronarse allí.

 

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.