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Autor: xavillamazares
Cuarentones
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Javier Menéndez Llamazares | 19-10-2014 | 6:47| 1

Si hace años se decía que los treinta eran los nuevos veinte, ahora el relevo parece ser que lo toman, definitivamente, los cuarenta. Cierto que la observación no puede resultar más oportunista, casi tanto como cuando a Luis Eduardo Aute le dio por actualizar la letra de su canción ‘Una de dos’, y allí donde decía »te la cambio por dos de quince» corrigió con »por dos de veinte»; puede que también tuviese que ver con las leyes de protección al menor, claro, pero el cálculo más elemental nos viene a decir que, contra lo que piensan los que aún no han alcanzado tan respetable edad, en la cuarentena aún hay vida. E incluso puede que más allá. Lo de que haya esperanza ya será otro tema, eso por descontado, pero cada vez resulta más evidente que lo que entendemos por juventud es un concepto elástico, que si antes abarcaba hasta finales de la veintena, y posteriormente hasta los treinta y cinco años, pronto no sólo va a rebasar esa frontera sino que amenaza con no tener límites, hasta alcanzar el momento en que pueda haber jóvenes de todas las edades.

Este invierno, un semidesconocido y maravilloso grupo punk llamado Psycho Loosers publicó una curiosa canción, con vocación absoluta de retrato generacional. Se titulaba ‘Trenteenager’, y valga la licencia del spanglish para construir ese paradigma de la modernidad que es el treintañero de vocación adolescente. Unos por devoción –esos ‘singles’ que viven en una fiesta perpetua– y otros por desesperación –los ‘precarios’ que intuyen que se jubilarán como eventuales o interinos, y eso con suerte–, pero lo cierto es que el paso a la edad madura, ese que tanto ansían los padres responsables para sus alocados hijos, cada vez se retrasa más, atrapados entre el mundo ordenado de sus abuelos, el del bienestar y el trabajo fijo, y el incierto futuro neocon de ultraliberalismo que espera a unos nietos que tal vez nunca tendrán. Ante semejante panorama, ¿cómo no ser Peter Pan?

Total, que sin darnos cuenta los chicos que crecimos en los ochenta vamos llegando a la cuarentena, y nos negamos a convertirnos en nuestros padres. Y es que si uno compara como eran los cuarentones de entonces y los de ahora, parece que hablemos de planetas diferentes. Ni en lo esencial ni en lo accesorio resulta fácil encontrar similitudes, y es que algo sucedió en el cambio de siglo, fuera el fin de las utopías, el cambio de paradigma socio-económico o la revolución digital, pero el caso es nuestra realidad poco tiene que ver con la vida convencional del siglo XX. Un cuarentón de hace medio siglo era un señor hecho y derecho. Hoy día, nos creemos chavalines buscándonos la vida. Lo malo es que no hay forma de encontrarla.

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Loquillo
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Javier Menéndez Llamazares | 12-10-2014 | 10:30| 1

Si Las Llamas ardieron –valga la redundancia– hace quince días, el concierto de Loquillo de la semana pasada en Escenario Santander a punto estuvo de extender el incendio por todo el parque, que más bien parecía un gigantesco aparcamiento, con más coches que un día de playa. Con llenazo antológico y el papel agotado, incluso algún que otro fiel del roquero barcelonés se quedó de oyente a las puertas del recinto. Dentro, después de soportar una cola con doble tirabuzón que casi daba la vuelta al parque, la legión de ‘creyentes’ presentaba un aspecto de lo más variopinto, con mucha más alopecia de lo habitual en estos actos, confirmando que el imán de esta ‘rock and roll star’ sigue funcionando a pesar de los años.

Y es que Loquillo, fuera con la chulería de sus inicios o con la ‘actitud’ de los últimos tiempos, mantiene ese magnetismo que, aunque en ocasiones repela, le ha granjeado una legión de seguidores, de modo que ni las modas ni la edad parecen capaces de terminar con su carrera. En una época en la que las viejas bandas se reúnen para improvisar giras alimenticias, con resultados más bien lamentables, al rocker catalán le resultaría imposible volver, sencillamente porque nunca se fue.

Cierto que para mantenerse le ha sido necesario reinventarse, pasando del punk-rock a una especie de cantautor eléctrico; lo explicaba a la perfección un novelista neoyorkino, Shane Jones, que contaba con mucha gracia cómo sus amigos músicos le miraron por encima del hombro hasta la treintena, y a partir de entonces todos aspiraban a convertirse en escritores. Loquillo, por su parte, no sólo ha firmado varios libros, entre la novela y la autobiografía, sino que ha logrado reconducir su personaje –si hemos de creer a Sabino Méndez y lo que maliciaba en ‘Corre, rocker, correr’– desde sus postulados de autenticidad roquera hacia el intelectual comprometido. Y todo, sin renunciar a las maneras callejeras ni a la chupa de cuero negro. Se puede estar más o menos de acuerdo con sus artículos de opinión y sus libros, pero alguien capaz de cantar a Antonio Gamoneda con guitarra, bajo y batería merece el mayor de los respetos, desde el mainstream a la independencia radical. Si además, se permite aprovechar los micrófonos para opinar de la actualidad con un tono de los más crítico –en directo modificó la letra de su gran éxito y su productor ahora dice «yo te haré rico, tú sólo has de cantar bien… si no te sube al 21% el señor Wert»–, empezaremos a entender los motivos de su éxito.

Si bien la respetabilidad se la ganó cuando, en pleno volcán del independentismo catalán, aprovechó la liturgia de las presentaciones para afirmar que su «banda de rock and roll español» venía «desde Barcelona… sumamos, no restamos». Y es que el rock sigue siendo una emoción rebelde y contestataria.

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Derecho a decidir
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Javier Menéndez Llamazares | 05-10-2014 | 8:15| 1

Que el asunto de las votaciones no funciona bien del todo ya nos lo aclaró hace muchos años el genial René Goscinny, en el tebeo ‘Astérix en Córcega’. En él, el pequeño galo se sorprende al descubrir que las urnas para la elección de un nuevo jefe están ya llenas antes de las elecciones; en seguida le aclararán los corsos que su tradición es arrojar al mar las urnas y se nombra jefe a quien resulte vencedor del combate posterior. Una manera muy particular de entender la democracia, sí, pero que parece estar mucho más extendida de lo que pensamos.

Y es que algo deben de tener los comicios que producen tantas aversiones, y a veces auténticas alergias. En especial, las consultas populares en asuntos tocantes a soberanía y cuestiones nacionales. Sin ir más lejos, el espectáculo de los últimos días en nuestro país no podría resultar más esperpéntico.

Que existe un arraigado sentimiento independentista en muchos ciudadanos de Cataluña y el País Vasco es una realidad que no se puede ocultar, ni etiquetando a unos de ‘comunidades históricas’ ni sirviendo ‘café para todos’. Por muy molesto que resulte a la mayoría de los españoles, hay que asumirlo. Sobre todo, porque las voces que reclaman su ‘derecho a decidir’ gritan cada vez más alto, y con nuestras reglas de juego en la mano resulta que, efectivamente, están legitimados para reclamar todo aquello que consideren justo.

Pretender acallar la voluntad de esos ciudadanos, sea cual sea su número, hace un flaco favor a nuestra democracia, esa que con una mano iza la bandera de la libertad de expresión y con otra saca el mazo de la legislación vigente y aporrea sin duelo toda heterodoxia.

Que Cataluña pueda llegar a independizarse de España nos puede gustar más o menos, e incluso podemos tener nuestro pronóstico sobre la viabilidad real de un proyecto semejante, dadas las tupidas interrelaciones existentes entre ambos, en especial las económicas pero también las sociales y culturales. Pero más allá de lo que son opiniones personales o sentimientos más o menos patrióticos, lo que no es de recibo es sacar la Constitución, como quien saca los tanques a la calle, para impedir justo aquello que la pretendida carta magna se supone que garantiza: el juego limpio.

Es un incógnita absoluta qué podría salir de un plebiscito como el que plantean los nacionalistas catalanes. De hecho, ni siquiera es seguro que vayan a ganar –ya deberían estar remojando barbas en whisky escocés–, porque esa mayoría silenciosa que es el pueblo no resulta precisamente previsible. Pero poco importa qué quieran o qué aprueben. Lo importante es que tienen derecho a expresarlo. Y a participar con su voto, su opinión, en la construcción de su propio futuro. Recurrir a tretas legales es una táctica dilatoria que sólo va a servir para aumentar el descontento. Y para cuestionar lo democrático de nuestro sistema.

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Música para adultos
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Javier Menéndez Llamazares | 28-09-2014 | 8:09| 1

Lo malo de las desgracias no suele ser tan solo el hecho en sí, sino las penosas consecuencias que traen consigo, en ocasiones absolutamente peregrinas, pero firmemente fundamentadas en el buenismo y la imbecilidad –no siempre incompatibles– de aquellos que nos gobiernan.

La tragedia del Madrid Arena, por ejemplo, nos ha legado una insoportable resaca de proteccionismo en ocasiones rayando con la estupidez. Y es que la ‘mano dura’ de tan infausto recuerdo –y que tan poco se aplica con las cuestiones realmente importantes, esas de los sobres y las comisiones y demás lindezas que nos trajeron estos lodos– resulta que ahora se aplica a rajatabla con los accesos de menores a locales de ocio; en concreto, a locales nocturnos donde se despache alcohol. Y no es que la medida en sí resulte buena o mala, sino que, en plan daño colateral, impide que los jóvenes puedan disfrutar de los conciertos de rock que –oh, sorpresa– suelen ofrecerse en bares y pubs que viven precisamente de eso, de que se mueva la barra. Por si fuera poco, ni siquiera se tolera que los menores puedan entrar acompañados por sus padres. Vamos, que da la sensación de que la música pop se equiparase a algunos vicios también exclusivos para los mayores de edad.

¿Qué tendrá la música para que sólo pueda ser un placer adulto? Hace apenas tres décadas, antes de que el puritanismo neoconservador se impusiera, de haberse impuesto una medida semejante, se habrían cargado de un plumazo toda la nueva ola, lo que llamamos en su día ‘la movida’; no sólo se habría perdido buena parte del público, sino que muchos músicos no habrían podido tocar porque no les dejarían entrar al local. ¿Y es que no tienen derecho los jóvenes de quince o dieciséis años a disfrutar de sus banda favorita en directo? Aún más: ¿por qué los menores no pueden acceder a una sala de conciertos, y sin embargo pueden entrar libremente en cualquier cafetería donde se sirven todo tipo de licores?

La hipocresía, como no, sigue siendo deporte nacional; mientras los adultos seguimos identificando alcohol con ocio y diversión, nos empeñamos en ocultarlo convenientemente con reglamentos y ordenanzas las más de las veces absurdas. Como si no supiéramos que los jóvenes no necesitan entrar a ningún bar para beber, que hace ya tiempo que están de moda los botellones.

Lo que, desde luego, no es de recibo, es proscribir la música a una actividad marginal, como si asistir a un concierto implicase algún tipo de conducta ilegal, o incluso socialmente peligrosa. O tal vez haya algo de eso, y en las mentes paternalistas de ciertas lumbreras aún pervivan los fantasmas que identifican el rock con la rebeldía y los instintos revolucionarios. Ojalá fuera así, pero parece que, por desgracia, las autoridades puede seguir bien tranquilas.

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Todos somos escoceses
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Javier Menéndez Llamazares | 21-09-2014 | 8:06| 1

Para unos será por Walter Scott y para otros por Duncan Dhu, pero en el fondo todos tenemos algo de escoceses. Y no precisamente porque anhelemos vestir falditas a cuadros, que alguno habrá, sino porque vivimos en la permanente encrucijada de la elección entre la pertenencia y la independencia. En realidad, no hace falta ser escocés para sentir esa dislocación entre la realidad y el deseo; ni siquiera ser catalán. A todos nos persigue cierta relación de amor y odio por el lugar en que vivimos, o en el que nacimos. Yo mismo recuerdo como penosos los largos años escolares, y más tarde universitarios, deseando abandonar mi ciudad natal a toda costa; cuando lo conseguí, sin embargo, pasé una década anhelando volver. Es la misma obcecación del que detesta el wasabi y sin embargo sigue probando un poquito más, o la paradoja de algunas amistades que más que disfrutar, sufrimos y sin embargo nos negamos a romper.

A los españoles, en general, nos sucede algo parecido. Somos capaces de sostener en la misma conversación el cliché de ‘como aquí no se vive en ningún sitio’, y a renglón seguido lamentarnos de que ‘este país de pandereta no cambiará nunca’. Tal vez ahí esté nuestra grandeza, en las contradicciones. Como en Escocia, queremos y no queremos ser lo que somos; casi mitad y mitad. Claro que nosotros, más castizos, somos de cuarto y mitad: sobrellevamos con resignación la suerte y la desgracia de ser españoles. Ya se sabe: los paquetes de ducados, las películas de Pajares y Esteso, la picaresca o la tortilla de patata. Puede ser hermoso, sí, pero a veces duele. Un país en permanente tormenta centrífuga, en el que es de mal tono lucir su bandera si no está jugando selección. Un pequeño milagro que inexplicablemente sobrevive desde que a los Reyes Católicos se les ocurrió unir sus herencias. Una realidad que parece completamente inamovible, pero que sobre todo existe en nuestras cabezas. ¿Qué ocurriría si en nuestro país se celebrasen consultas populares como en Escocia? Porque no sólo las comunidades ‘históricas’ tienen sus reivindicaciones; en mi pueblo, por ejemplo, los del barrio de la iglesia no se llevan con los del barrio de la escuela. Seguro que, de poder pronunciarse, iniciarían su propio proceso secesionista. Y es que cualquier frontera no deja de ser una línea imaginaria, y si lo dudan véanse el clásico ‘Pasaporte a Pímlico’.

En cualquier caso, en tiempos de la dictadura se explicaba, con mucha gracia, que España era ‘una’, porque si hubiera otra nos iríamos todos allí. Pero claro, de no ser españoles, ¿qué otra cosa podríamos ser? ¿Celtíberos? ¿Castellanos? ¿Franceses del sur o marroquíes del norte? ¿Alegres austrohúngaros? No, seguramente seríamos escoceses, en permanente día de referéndum sobre la independencia.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es