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Autor: jmllamazares
Corbatas
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Javier Menéndez Llamazares | 17-06-2014 | 11:08| 2

Me pregunta el galardonado, David Concha, que si a la entrega del Premio Cossío hay que llevar corbata. Y uno no es que tenga nada a favor ni en contra de la prenda, ni contra la etiqueta en general, pero la verdad es que, en plena ola de calor, lo más apropiado sería presentarse en bermudas.

Eso sí, dándole vueltas al asunto del ‘dress code’ –que ya le vale al personal, como si no tuviéramos ya suficientes tonterías patrias–, resulta que justo ahora están copando la televisión los aspirantes a repartirse el PSOE, o lo que quede de él, en el próximo congreso, y todos aparecen sin corbata y hasta sin chaqueta.

Puede que fuera ‘viernes casual’, o que con los recortes no hubiera aire acondicionado, quién sabe, pero el desfile de caras nuevas reclamando los viejos sillones me recordó a aquellas chaquetas de pana de los mítines de antaño, y hasta a los descamisados a los que Alfonso Guerra aseguraba pertenecer. ¿Por qué se quitan la corbata? No estoy muy seguro, pero jamás podré olvidar a aquel candidato a alcalde de mi pueblo que durante la campaña electoral rescató del olvido su viejo R-5 y te lo topabas en cada cruce, y al día siguiente de las elecciones regresó en silencio al Audi oficial, con chófer incluido.

El sincorbatismo, por cierto, fue una moda en tiempos de la segunda república. Una corriente más bien impuesta, pues la corbata se asociaba al capitalismo y a tiempos de dictaduras y dictablandas, y como era el momento de cambiar el mundo pero también del pistolerismo descontrolado, no era plan de ir por la calle con la soga al cuello, así que hasta los más derechistas se olvidaron de lucir en público sus nudos Windsor.

«Los rojos no usaban sombrero», maliciaba años después, ya en las tinieblas del nacionalcatolicismo, el desesperado anuncio de un comercio madrileño, porque la corbata volvió, pero con el sombrero ya no hubo manera; como mucho, lo gastan los poetas con alopecia.

Pero la corbata, para el común de los peatones, al menos para los más afortunados, va quedando como el disfraz que nos ponemos para las entrevistas de trabajo y las bodas; antes, nos servía para identificar al director del banco o el jefazo de la empresa, pero la verdad es que hoy en día ya nos costaría imaginar a Steve Jobs disfrazado de comercial con traje y corbata. Si acaso, como mucho, a Bill Gates.

Aunque, en realidad, poco importa lo que traiga uno puesto: el sombrero o la corbata, como el espíritu crítico o la inteligencia, más que por fuera se llevan por dentro.

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El vuelco
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Javier Menéndez Llamazares | 01-06-2014 | 11:46| 2

Como si el silencio impuesto durante la jornada de reflexión hubiera servido para despertar el mayor de los deseos, desde el pasado domingo prácticamente sólo se habla de política –con permiso de la hazaña del Racing, claro está–. Que si Podemos o no podemos, que si Equo, que si la atomización de la izquierda, que si el bipartidismo sólo se rompe por el otro lado y no por el mío… En cualquier caso, nunca unas elecciones en las que la mitad de los votantes se han quedado en casa habían servido tanto para revitalizar el diálogo y la discusión de la cosa pública, que llevaba amodorrada desde, al menos, los últimos tres o cuatro comicios. Y es que, además de haber cogido a la clase política con el paso cambiado, también para la ciudadanía el vuelco electoral ha supuesto una sorpresa mayúscula, hasta el punto de que lo que hasta ahora era un desinterés generalizado, apoyado en la resignación ante lo inevitable, que es lo que ha venido a enseñar la experiencia de la vida democrática.

Las reacciones van desde la indignación de los más tradicionales, que sin distingo de colores partidistas se espantan ante la irrupción de nuevas expresiones políticas, que escapan a su control, hasta el oportunista ‘ya lo veía yo venir, que lo estaba avisando’, que entonan ahora tantos avispados, expertos en prevenir el pasado.

En cualquier caso, lo cierto es que después de largos años de malestar ciudadano, sufrido en silencio cual dolencia vergonzante, resulta que la contestación al sistema ha terminado por utilizar sus propios mecanismos. En esta ocasión, y por muy significativas que resulten las cifras millonarias, se trata sólo de un aviso. Una advertencia que indica que en las próximas elecciones sí que puede llegar un verdadero vuelco, poniendo fin al juego de alternancias entre los profesionales de la política amparados por puños y gaviotas. La única esperanza del bipartidismo, su seguro de vida, es la Ley D’Hont, ese mecanismo vergonzante para que la minorías mayoritarias se impongan a la verdadera voluntad de los ciudadanos.

Porque a partir de ahora el bipartidismo intentará reconquistarnos con sus mejores requiebros; podrá haber primarias, medidas populares y hasta conseguirnos el Mundial, pero mientras se denieguen demandas masivas como las listas abiertas será imposible que recuperen la credibilidad perdida. Sobre todo, porque con un cuarto de la población sumida en la pobreza no estamos precisamente para piruetas demagógicas.

Lo curioso, sin embargo, es que nadie hable de Europa, que es de lo que verdaderamente se trataban estas votaciones. Una Europa con más trampa que cartón, que en el fondo sólo funciona bien para los mercaderes y, si acaso, para los estudiantes poco aplicados que confían a San Erasmo el aprobado de las asignaturas más hueso de su carrera.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es