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Autor: xavillamazares
La pista griega
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Javier Menéndez Llamazares | 01-02-2015 | 10:48| 1

Desde la caída de Constantinopla no se asustaba tanto Europa por lo que ocurría más allá de Los Balcanes. Claro que, por entonces, cuando se empezó a gestar la batalla de Lepanto, eran otros tiempos. Una época en la que las diferencias se dirimían por tierra o por mar, con la espada o el arcabuz en la mano, y cara a cara.

Eso si, entonces, como ahora, lo que ocurra en el confín de Occidente afecta sin remedio al resto del continente, y de qué manera.

Y es que viendo las remojadas barbas de los partidos tradicionales, a los neoconservadores y socialdemócratas de toda Europa les está entrando un tremendo tembleque, no sea que prenda también la mecha del descontento en el resto de ‘paraísos neoliberales’ de la Unión.

Porque, lo miremos como lo miremos, la UE se ha cebado con Grecia. Y no con sus poderes políticos, con sus agentes económicos o con sus grandes fortunas –que quién sabe, e importa bastante menos–, sino con sus ciudadanos, que son lo que se esconde detrás de cualquier topónimo grandilocuente, por mucho que lo adornemos con himnos y banderas. Los ‘ajustes’ de la temida troika más bien consistían en apretar las tuercas de la miseria a un sociedad angustiada por el fantasma de la bancarrota. Los despidos masivos, los salarios del hambre y la incertidumbre frente a un futuro cancelado desde Berlín –por mucho que fuera vía Bruselas– convirtieron a todo un país en una especie de laboratorio de pruebas macroeconómicas, que sólo han servido para confirmar la escalofriante sospecha de que el neoliberalismo, más que asimetría, produce básicamente pobreza, con el efecto secundario de engordar hasta la obesidad mórbida a los peces ya gordos. Las recetas de los sabios de la economía, de los salvadores de los privilegiados, han conseguido mantener el crecimiento sostenido de los que ya dominaban el mundo; en cambio, no habían previsto que detrás de las estadísticas, debajo de cada muesca en las listas del paro, había un ser humano. Personas que sufren, que tienen familias y necesidades, y que gracias a un invento griego de hace tres milenios y a varias revoluciones sangrientas tienen derecho a votar y a elegir, en la medida de lo posible, cómo se organiza el mundo en el que viven.

La Europa del capital quiso triturar a toda una sociedad, para que encajase en sus parámetros contables. Tras un lustro de padecimientos, los ciudadanos han decidido desmontar el sistema, con la fuerza de la democracia. Seguramente, su camino estará lleno de emboscadas, y es posible que no logren cambiar demasiado pero, aunque todo salga mal, habrá sido el último atisbo de romanticismo en este mundo de unos y ceros.

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La nieve
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Javier Menéndez Llamazares | 25-01-2015 | 10:46| 1

De entre todos los fenómenos atmosféricos, la nieve es el más privilegiado; y es que a poca gente le emociona que caigan chuzos de punta –más allá de algún redactor jefe nostálgico de la lluvia de su infancia; o de Manuel, mi compañero de trabajo, que siempre decía ‘¡qué bien llueve!’ cuando más arreciaba la tormenta–, pero quien más, quien menos, todos nos enternecemos en cuanto empiezan a caer cuatro copos, por mucho que el termómetro indique unos guarismos que más bien deberían endurecernos, cuando no directamente congelarnos.

Algo tiene la nieve que nos retrotrae a un tiempo casi mítico, tal vez relacionado con nuestra propia niñez y una época en la que, entre otras cosas, nevaba de verdad. Porque cuando uno recuerda las nevadas de antaño siempre pasaban de medio metro de altura y duraban tanto que se diría que el paisaje permanecía nevado durante todo el invierno. Y es que, así como el tintineo de la lluvia en los cristales es la banda sonora de la primavera norteña, el blanco es el color de los inviernos.

Antes, para nuestros abuelos montañeses, la nieve significaba, más que frío, aislamiento. En muchos pueblos, ni siquiera se podían hacer entierros hasta que llegaba el deshielo, y las casas necesitaban una despensa y una biblioteca bien surtidas porque no se sabía cuánto tardarían en poder reponer los alimentos para el cuerpo y para el espíritu. Hasta galerías se excavaban en las aldeas para llegar de una puerta a otra, y durante semanas el mundo se detenía en espera de tiempos mejores.

Ahora, en cambio, la nieve es más bien un aderezo decorativo, que nos regala estampas de postal. En las ciudades cubre el triste hormigón y en las montañas es la señal de que arranca la temporada de deportes de invierno, que devuelve la vida a lugares antes inhóspitos y hoy auténticas mecas de los amantes del esquí.

Claro que la alegría dura tan poquito como los instantes que dedica el telediario a las nevadas. En las zonas urbanas, pronto ese bello manto blanco se ennegrece, víctima de la polución que sólo vemos en esos tristes momentos, aunque conviva a diario con nosotros, dentro incluso de nuestros pulmones.

Pronto llegan también las incomodidades, los peligros del hielo, los tropezones, las carreteras cortadas al tráfico, los accidentes… Y además, siempre llegan de improviso, como si nadie supiera ya que, en invierno, nieva. Aeropuertos que se cierran o autovías intransitables nos recuerdan por unos días que, a pesar de que hemos colonizado el planeta casi hasta su último centímetro, en realidad nada es nuestro: sólo lo ocupamos, y la naturaleza, de cuando en cuando, reclama su propiedad.

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Dobles
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Javier Menéndez Llamazares | 18-01-2015 | 10:42| 1

Elena Castro es una científica que investiga los complicados entresijos del cerebro humano. Sabe, como enseña la tradición popular, que no hay personas iguales, pero a punto estuvo de refutar esa pseudoley universal cuando en una acera de Santander una mujer la abordó, tras observarla con detenimiento, para comprobar fehacientemente no se trataba de la hija de la propia señora, que en esos momentos estaba Bilbao y que, en efecto, ni es Elena Castro ni tiene nada que ver con ella. Porque lo realmente asombroso es que una madre, por mucha vista cansada que le hayan propinado los años, conoce a sus hijos hasta por los andares, de modo que semejante confusión sólo podía deberse a un parecido extraordinario. Así que, desde entonces, la investigadora sabe que, en cualquier momento, podría coincidir con su doble, o al menos con una réplica tan parecida a ella que podría llegar a suplantarla incluso ante su propia familia.

El asunto de los dobles, aunque no resulte demasiado científico, es algo que preocupa a la humanidad desde mucho antes de que se le pusiera nombre a conceptos como la alienación o el ‘doppelgänger’, que tanto juego han dado en el cine, la literatura o incluso las teorías políticas, que tan a menudo vienen a ser otra forma de ficción. En la luna de Cyrano, por ejemplo, todos teníamos nuestro duplicado, y era creencia popular no hace tanto tiempo el que todos teníamos a nuestra copia pululando por las antípodas, idéntico a nosotros sólo que cabeza abajo.

La naturaleza, claro, ya se las ingenió mucho antes de la oveja Dolly para clonar personas mediante los caprichos de la genética, una lotería que hace que dos hermanos puedan parecer de planetas distintos, y quedarse uno con todos los rasgos físicos atractivos y el otro con una desazón que disfraza de superioridad intelectual, aunque tiende más bien a repetir ciertos patrones familiares, como si hubiera un molde que aplicase, generalmente para desesperación de los agraciados con una dinástica nariz aguileña o con la calva del bisabuelo, que suele ir pasando de generación en generación sin que ningún tónico mágico consiga ponerle remedio.

Más inexplicable, sin embargo, es toparte con un doble sin parentesco; cuando me aburro en las estaciones o aeropuertos, suelo entretenerme buscando réplicas de Groucho Marx o de Woody Allen. Y tan grande es el poder del séptimo arte, que casi siempre acaba apareciendo alguno.

Otra coincidencia, mucho más habitual, es descubrir que existe otro tú con el que sólo compartes nombre y apellidos. Lo malo de eso suele uno enterarse en trámites más bien dolorosos, los que tienen que ver con reclamaciones, justicias y recaudaciones varias.

Y es que, en el fondo, uno no sabe si sería mejor o peor toparte con ese doble perfecto, con el que poder intercambiarte como gemelos traviesos. Aunque seguro, que más de uno, cambiaría su vida a ciegas.

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Besos prohibidos
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Javier Menéndez Llamazares | 11-01-2015 | 1:28| 1

A la guardia civil no le gustan los besos. Y si no, que le pregunten a Vanesa Viéitez, la joven gallega a la que un beso de su novio mientras conducía le ha salido por ochenta euros. Y eso que sólo fue en la mejilla, que a saber cómo estará cotizado uno más apasionado…

La denuncia, literalmente, se interpuso por «mantener actitudes cariñosas con el acompañante», gravísima infracción que debe de estar tipificada en alguna parte del código de circulación, posiblemente en el capítulo de ‘Estupideces varias y otras formas de recaudación desesperada’, y que si no fuera por el disgusto que la han dado a la pobre chica, casi parece una broma más de Manuel Summers en ‘To er mundo e güeno’, o una campaña publicitaria destinado a reforzar la idea del ‘Spain is diferent’ con el consabido ‘Si es que lo que no pase aquí…’. Porque todo esto de parejas metidas en vehículos es pura lógica, la erótica del coche… vamos, que si no se dan besos es que son la pareja de la guardia civil con el radar cargado, fijo.

En el fondo, probablemente, solo sea una cuestión de dinero; a algún político le deben de los ojos chiribitas cada vez que piensa en multas, y además de alguna manera habrá que pagar tanto anuncio en televisión de la DGT. Se ve que ya los radares están tan exprimidos que hay que buscar nuevas fuentes de recaudación extraordinaria, lo que haga falta por la seguridad vial. Y si hay que prohibir algo tan peligroso como los besos, pues adelante, que estamos en época de recortes y la vida afectiva de cada cual no iba a ser menos. Además, no deja de tener su encanto retro eso de que la guardia civil se dedique a perseguir a los besucones, como en tiempos de la posguerra, cuando velaban por la moral pública.

Porque los besos, ya se sabe, son peligrosísimos. Aceleran el corazón, aumentan el riego sanguíneo y hasta incitan a cerrar los ojos y dejarse llevar por las ensoñaciones; sirven para rebajar tensiones y producen relajación. Y hasta sonrisas. Mejoran el humor, dan optimismo y a veces hasta un poco de euforia; todo ello, claro, tremendamente arriesgado cuando uno va a la volante. ¿A quién se le ocurre darle un beso a su acompañante? Porque, como decía mi abuela, «por ahí se empieza, por los besos». En fin, menos mal que está la guardia civil, agazapada en cualquier cuneta, camuflada en las sombras, siempre lista para poner orden –o para poner multas, que debe de ser parecido–, porque si no este mundo, lleno de conductores que piensan más en besar que en cabrearse con el tráfico, iba a convertirse en un auténtico caos.

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Los reyes
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Javier Menéndez Llamazares | 04-01-2015 | 8:57| 1

Cada vez que las estadísticas nos recuerdan que lo que más valoramos en España es la monarquía, uno tiende a pensar sin remedio que, más que a los Borbones, en lo que pensamos cuando nos pasan la encuesta es, en realidad, en los Reyes Magos.

Y es que, por mucho corazoncito republicano que se quiera tener, ¿quién iba a ser capaz de pedir la abdicación de trío de Oriente?

Sin entrar en cuestiones metafísicas, eso de tener a tres desconocidos que cada año te regalan lo que les pidas, y por la cara, con sólo ponerles a tiro las zapatillas, más que una tradición debería ser un derecho amparado por las Naciones Unidas. Claro, es lo que tiene la magia, que no tiene uno que preocuparse por la realidad y todas esas cosas tristes en forma de facturas, letras y amenazas de ruina, sino sólo por pedir lo que a uno realmente le apetecería tener. Y sin remordimientos consumistas, que para algo que es gratis…

La situación, cierto, ya no es como antes, cuando los escolares nos pasábamos el trimestre esmerándonos bajo la amenaza de recibir sólo carbón si las notas o el comportamiento no eran el esperado. Y es que en apenas unas décadas nos hemos enriquecido tanto que hemos pasado de las muñecas de trapo y las naranjas que recibían nuestros abuelos a las ‘pleis’ y los ‘esmarfones’ que nos requieren nuestros retoños. En mi infancia, por ejemplo, arrasaban el cinexin, los clics de famosa y el tente, aunque lo que de verdad, de verdad, queríamos era un scalextric, pero tampoco era plan de abusar escribiendo la carta, que ya nos advertían que no cabía en las alforjas del camello. Este año, en cambio, la cosa va más de palos extensibles para hacerse selfies; no está claro que hayamos salido ganando con el tiempo.

La queja general, en los tiempos heroicos, era la desazón de recibir los juguetes justo el último día de vacaciones, sin tiempo poco más que para ponerles las pilas. Un trauma que nuestra generación resolvió sin más problemas, importando a Papá Noel y duplicando los regalos, en nochebuena y en el día que marcan los cánones. Un alivio para los chiquillos, y un alegrón inmenso para todo el sector, que ve duplicada la actividad económica, y todos tan contentos.

Lo que podrían, eso sí, es poner la noche de Reyes un poquito más tarde, más que nada para que coincidiera con las rebajas, y así ahorrarnos una pasta, que están los tiempos muy achuchados con eso de la crisis y al final en vez de en camello van a acabar viniendo en vespino, que se puede cargar mucho menos.

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el 4 de enero de 2015]

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es