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Autor: xavillamazares
Ateneo Centenario
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Javier Menéndez Llamazares | 06-07-2014 | 7:12| 2

Anda estos días el Ateneo de Santander de tiros largos, celebrando que lleva ya cien años dando voz y asilo a la Cultura con mayúsculas en nuestra ciudad. Y lo hace, además, en el Palacete del Embarcadero, uno de los recintos más coquetos que puede ofrecer esta ciudad de pitiminí a la que algunos ateneístas renombraron, no sin ciertas ínfulas, la Atenas del Norte, en los años más oscuros del siglo pasado.

Ha pasado ya un siglo desde que unos entusiastas del diálogo se empeñasen en la arriesgada apuesta de crear una casa para el debate, el arte, la ciencia y todo aquello que menosprecian las estrechas miradas que todo lo pesan en la balanza de la rentabilidad económica, en el beneficio inmediato. El Ateneo, entre tanto, ha sabido mantenerse en su sitio, ganando con el tiempo el encanto de lo atemporal, y consiguiendo, en lugar de envejecer, convertirse en un clásico de la vida social de la ciudad.

Con mayor o menor frecuencia, cualquier ciudadano inquieto acaba recalando en sus butacas tarde o temprano. De la misma manera, quien no ha presentado allí su libro no es nadie en las letras españolas, por ejemplo. Porque poco importaría la historia si no siguiera sirviendo de polo de atracción para todos aquellos que tienen algo que decir y mucho que aprender. Y de eso sí que puede presumir: no sólo suelen abrirse las cortinas que hacen la sala más ‘acogedora’; también cuelgan de vez en cuando el cartel de ‘aforo completo’, algo insólito en esta ciudad con centenares de actos y apenas decenas de espectadores. En la última ocasión, fue Álvaro Pombo quien tuvo el honor de conseguir el cerrojazo.

Yo recuerdo aún mi ‘primera vez’ como visitante del Ateneo; corría 2004 y acababa de instalarme en Santander. Asistí un curioso y enconado debate en el que políticos regionales de primera fila debatían sobre la identidad de Cantabria. En el turno de preguntas, un caballero defendió que la provincia habría estado mejor en la comunidad de Castilla, y uno de los ponentes, con inusitada rapidez de reflejos, repuso que fuera a la provincia de León a preguntar qué tal les había ido a ellos en la misma unión. En medio del fuego cruzado se forjó mi imagen del Ateneo como una institución impagable, que deberíamos mimar entre todos porque nos hace mucho más civilizados y, además, mucho más felices.

Después, he vuelto con frecuencia, a escuchar a Manuel Arce o Ramón Viadero y a tantos otros oradores como han lustrado esa tribuna. Aunque debo confesar que lo más me gusta de cada visita es conversar un rato con Ángel, uno de los empleados. Lo que tiene que saber ese hombre, tras toda una vida aprendiendo en el Ateneo.

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El síndrome Iznogud
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Javier Menéndez Llamazares | 01-07-2014 | 12:58| 2

La fama se la ha llevado toda Astérix, pero donde realmente lo clavó Reneé Goscinny, que para algo era un genio, fue con Iznogud, el malicioso visir que reconoce sin ambages que quiere «ser califa en lugar del califa». Y es que, por mucho que tenga de caricatura, así es en ocasiones la naturaleza humana, empeñada en conseguir lo que el prójimo tiene, o creemos que tiene, y tanto nos gustaría tener a nosotros.

La grandeza de Goscinny radicó en demostrarnos que, por mucho que uno tiende a pensar que la envidia y las maniobras maquiavélicas son males inherentes al pequeño círculo en que uno se mueve, el mundo fuera no es más grande ni menos insolidario, sino que sigue lleno de gente que se pasa la vida jugando al entretenido deporte de moverle la silla al vecino para ver si se pueden sentar ellos.

Más bien al contrario, con Iznogud comprobamos que la envidia trasciende el provincianismo, y más bien debe tener que ver con la condición humana, y sobre todo con la de ciertos individuos de ambición desmesurada y un sentido del autoanálisis –aquello de la paja en el ojo– bastante menos desarrollado.

Cuando las más aceradas censuras recaen sobre, por ejemplo, Del Bosque, porque «lo ha hecho fatal», no hace falta expresarlo, pero la frase concluye en la mente de quien la pronuncia con un «con lo bien que lo habría hecho yo». Cuando la chica más rompedora de la clase se echa novio, enseguida alguien comenta: «¿Pero cómo puede salir con ese?», y se sobreentiende el »estando yo aquí», que es lo que realmente da sentido a su frase, pero se omite por vergüenza torera. Algo así ocurre en todos los órdenes de la vida, con gente que se corroe pensando en el coche del vecino, en su agenda de contactos o en su

Lo mismo, o aún peor, sucede por ejemplo entre los escritores –o los que se autotitulan como tal, que de todo hay en este mundillo–, que muy a menudo nada tienen que ver con esas poses románticas que venden, sino que se pasan el día mirando de reojo dónde escribe la competencia y si tiene más o menos éxito que uno.

Podemos darle muchas vueltas dialécticas al asunto, pero en el fondo de la crítica interesada suele esconderse el viejo ‘quítate tú para ponerme yo’, que tanto marca la filosofía secreta de algunos.

Claro que de poco sirve tanta necia conjura, que en el fondo sólo genera una profunda insatisfacción, porque igual da lo alto que llegues: siempre habrá alguien más arriba, al que el ‘iznogud’ de turno querrá derribar a toda costa, para lograr ser califa en lugar del califa.

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La vía estrecha
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Javier Menéndez Llamazares | 23-06-2014 | 9:19| 2

Si existe un medio de transporte con encanto y leyenda, ese es el tren. Son ya tres siglos surcando montes y valles a través de sus ‘caminos de hierro’, alimentando los sueños de quienes los vemos pasar, a veces incluso con mirada bovina. Su aire en cierto modo rudimentario, forzado a seguir un camino marcado, bajo peligro de descarrilar, y su apariencia pesada, de arranque lento y con tendencia al traqueteo, jamás será superada por ningún otro vehículo, por mucha libertad o velocidad punta que nos venda.

En el norte, además, el verdadero ferrocarril es el de la Feve. Como una huella imbricada en el paisaje, los raíles de vía estrecha se antojan una parte casi natural del entorno, hasta el punto de que, cuando ya no hay tren, se reconvierten en vías verdes, pero no se pierde su trazado. Décadas después, las viejas líneas aún perviven, estación a estación, apeadero a apeadero, en la memoria de sus viajeros.

Ya no sopla el silbato ni echan humo las viejas locomotoras, pero hoy día los trenes de la Feve resultan más imprescindibles que nunca. Aunque no haya hulla ni se transporten tantas mercancías como antaño, el viejo tren supo llenarse de sentido reconvirtiéndose, para ponerse al servicio de la corta distancia. El ferrocarril, así, urbaniza los pueblos y pone al alcance del ciudadano el mundo rural. No hay más que ver cómo funciona en Cantabria, con sus ejes al este y al oeste que confluyen en Santander, y pasan por Torrelavega. Alrededor del tren, tanto o más que de las autovías, se organiza la población de la zona periurbana, y hacen crecer la ciudad hasta Cabezón de la Sal o hasta Liérganes, con nuestro pequeño ferrocarril, que tiene algo de tranvía urbano y otro poco de línea regular, de esas de bocadillo y cháchara animada.

Con una flota moderna y eficaz, viajar con la Feve era, hasta hace nada, la mejor manera de convencernos de la bondad de pagar impuestos. Si sirven para tener una puntualidad infalible, una impecable limpieza y un servicio excelente, bienvenidos sean. Sin embargo, desde hace unos meses, algo pasa con la Feve.

Lo que empezaron siendo ligeros retrasos se están convirtiendo en norma. Y en lugar de hablar del orgullo de mantener este emblema del norte, todas las noticias hablan de recortes, de descuido, de desinterés… Algo ha sucedido, que amenaza con terminar con este servicio público, que funcionaba verdaderamente bien.

Aún es momento, cómo no, de poner remedio al deterioro, de atajar este proceso que, sin sentido ninguno, está dejando perder una riqueza que tal vez no se mida con parámetros económicos, pero que de perderla la vamos a echar en falta, y mucho. A quien corresponda: ya sabemos que «es peligroso asomarse», pero, por favor, no nos quiten la vía estrecha.

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Corbatas
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Javier Menéndez Llamazares | 17-06-2014 | 11:08| 2

Me pregunta el galardonado, David Concha, que si a la entrega del Premio Cossío hay que llevar corbata. Y uno no es que tenga nada a favor ni en contra de la prenda, ni contra la etiqueta en general, pero la verdad es que, en plena ola de calor, lo más apropiado sería presentarse en bermudas.

Eso sí, dándole vueltas al asunto del ‘dress code’ –que ya le vale al personal, como si no tuviéramos ya suficientes tonterías patrias–, resulta que justo ahora están copando la televisión los aspirantes a repartirse el PSOE, o lo que quede de él, en el próximo congreso, y todos aparecen sin corbata y hasta sin chaqueta.

Puede que fuera ‘viernes casual’, o que con los recortes no hubiera aire acondicionado, quién sabe, pero el desfile de caras nuevas reclamando los viejos sillones me recordó a aquellas chaquetas de pana de los mítines de antaño, y hasta a los descamisados a los que Alfonso Guerra aseguraba pertenecer. ¿Por qué se quitan la corbata? No estoy muy seguro, pero jamás podré olvidar a aquel candidato a alcalde de mi pueblo que durante la campaña electoral rescató del olvido su viejo R-5 y te lo topabas en cada cruce, y al día siguiente de las elecciones regresó en silencio al Audi oficial, con chófer incluido.

El sincorbatismo, por cierto, fue una moda en tiempos de la segunda república. Una corriente más bien impuesta, pues la corbata se asociaba al capitalismo y a tiempos de dictaduras y dictablandas, y como era el momento de cambiar el mundo pero también del pistolerismo descontrolado, no era plan de ir por la calle con la soga al cuello, así que hasta los más derechistas se olvidaron de lucir en público sus nudos Windsor.

«Los rojos no usaban sombrero», maliciaba años después, ya en las tinieblas del nacionalcatolicismo, el desesperado anuncio de un comercio madrileño, porque la corbata volvió, pero con el sombrero ya no hubo manera; como mucho, lo gastan los poetas con alopecia.

Pero la corbata, para el común de los peatones, al menos para los más afortunados, va quedando como el disfraz que nos ponemos para las entrevistas de trabajo y las bodas; antes, nos servía para identificar al director del banco o el jefazo de la empresa, pero la verdad es que hoy en día ya nos costaría imaginar a Steve Jobs disfrazado de comercial con traje y corbata. Si acaso, como mucho, a Bill Gates.

Aunque, en realidad, poco importa lo que traiga uno puesto: el sombrero o la corbata, como el espíritu crítico o la inteligencia, más que por fuera se llevan por dentro.

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El vuelco
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Javier Menéndez Llamazares | 01-06-2014 | 11:46| 2

Como si el silencio impuesto durante la jornada de reflexión hubiera servido para despertar el mayor de los deseos, desde el pasado domingo prácticamente sólo se habla de política –con permiso de la hazaña del Racing, claro está–. Que si Podemos o no podemos, que si Equo, que si la atomización de la izquierda, que si el bipartidismo sólo se rompe por el otro lado y no por el mío… En cualquier caso, nunca unas elecciones en las que la mitad de los votantes se han quedado en casa habían servido tanto para revitalizar el diálogo y la discusión de la cosa pública, que llevaba amodorrada desde, al menos, los últimos tres o cuatro comicios. Y es que, además de haber cogido a la clase política con el paso cambiado, también para la ciudadanía el vuelco electoral ha supuesto una sorpresa mayúscula, hasta el punto de que lo que hasta ahora era un desinterés generalizado, apoyado en la resignación ante lo inevitable, que es lo que ha venido a enseñar la experiencia de la vida democrática.

Las reacciones van desde la indignación de los más tradicionales, que sin distingo de colores partidistas se espantan ante la irrupción de nuevas expresiones políticas, que escapan a su control, hasta el oportunista ‘ya lo veía yo venir, que lo estaba avisando’, que entonan ahora tantos avispados, expertos en prevenir el pasado.

En cualquier caso, lo cierto es que después de largos años de malestar ciudadano, sufrido en silencio cual dolencia vergonzante, resulta que la contestación al sistema ha terminado por utilizar sus propios mecanismos. En esta ocasión, y por muy significativas que resulten las cifras millonarias, se trata sólo de un aviso. Una advertencia que indica que en las próximas elecciones sí que puede llegar un verdadero vuelco, poniendo fin al juego de alternancias entre los profesionales de la política amparados por puños y gaviotas. La única esperanza del bipartidismo, su seguro de vida, es la Ley D’Hont, ese mecanismo vergonzante para que la minorías mayoritarias se impongan a la verdadera voluntad de los ciudadanos.

Porque a partir de ahora el bipartidismo intentará reconquistarnos con sus mejores requiebros; podrá haber primarias, medidas populares y hasta conseguirnos el Mundial, pero mientras se denieguen demandas masivas como las listas abiertas será imposible que recuperen la credibilidad perdida. Sobre todo, porque con un cuarto de la población sumida en la pobreza no estamos precisamente para piruetas demagógicas.

Lo curioso, sin embargo, es que nadie hable de Europa, que es de lo que verdaderamente se trataban estas votaciones. Una Europa con más trampa que cartón, que en el fondo sólo funciona bien para los mercaderes y, si acaso, para los estudiantes poco aplicados que confían a San Erasmo el aprobado de las asignaturas más hueso de su carrera.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.