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Autor: xavillamazares
Se acabó la Fiesta
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Javier Menéndez Llamazares | 26-10-2014 | 7:42| 2

La verdad es que los chavales de mi colegio no teníamos ni puñetera idea de quién sería el tal Kojak –la serie televisiva fue un éxito en los setenta, otro mundo ya, y una década más tarde nos interesaba más ‘El coche fantástico’ o Dayana, la de ‘V’–, pero desde luego que el chupachús que arrasaba en mi infancia era ese. Y no sólo por ser el que mejor se ajustaba al presupuesto, que también, sino porque además tenía chicle, un doble atractivo que justificaba la inversión de la propina semanal en el quiosco de la esquina.

El de mi calle se llamaba ‘Kiosco López’, y era un garaje reconvertido en paraíso para todos los niños del barrio. Lo regentaba un muchacho enorme que casi no entraba en el cubículo minúsculo, y se pasaba el día detrás de sus gafas de culo de vaso fantaseando con aprobar una oposición. A aquel edén azucarado y otros del mismo pelo deben su fortuna buena parte de los dentistas de la época, mucho antes de que llegaran Trex y otros chicles ‘sugar free’. Entonces poco nos preocupaba ese asunto, sino más bien como optimizar los cinco duros para salir de allí cargados de gusanitos, pipas de esas que te dejaban las uñas renegridas –para las blanquillas de facundo casi nunca alcazaba, eran un artículo de lujo–, sobres de pica-pica, triskis, petazetas y chicles.

Los que más triunfaban eran los Cheiw; incluso servían para clasificar a los amigos según su preferencia: los de fresa ácida, los de clorofila… Incluso sirvieron para ir interiorizando conceptos como la inflación –su precio subía poco a poco–, y los recortes, cuando decidieron que era mejor mantener el precio de un duro pero cada año lo hacían un poquito más pequeño.

De todo esto, mucho antes de que Haribo y otras multinacionales coparan el mercado, ya casi nunca nos acordamos. Ha hecho falta que esta semana cundiera la alarma entre todos los nostálgicos de las piruletas de corazón y los polvos ‘Fresquitos’ con la noticia de que la compañía Fiesta entraba en liquidación. Y eso que, por la época, tal vez no habrán tenido que cotizar royalties a la serie de Telly Savallas. Pero poco se puede hacer contra la espiral de la modernidad, que ha transformado las tiendas de chuches en espacios asépticos inspirados en el autoservicio.

La cultura de kiosco, sin embargo, parece que pervive aún en toda esa generación que leyó con horror la noticia y la hizo correr por las redes sociales. Más que en echar la trapa, ahora la empresa más dulce está pensando en venderse al mejor postor. Lo que haga falta, con tal de que no se acabe la Fiesta.

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Crueldad de última hora
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Javier Menéndez Llamazares | 21-10-2014 | 1:26| 2

A los que nos pierde la boca, no tenemos remedio. Y es que basta que el Racing encadene cuatro partidos invicto para que la moral se nos suba a las nubes y andemos por ahí sacando pecho, como si ya estuviera poco hecho. Luego, claro, llega la realidad a bajarte de la nube, y el aterrizaje suele resultar de lo más traumático.

Jugaba nuestro equipo en La Romareda, un clásico de primera que hacía tiempo ya que no disfrutábamos, y como siempre sucede en estos casos, el espíritu deportivo alcanza para escribir enseguida a los amigos maños para desearles suerte, pero a partir del encuentro siguiente. En concreto, el que suscribe escribió a su amigo Ignacio Martínez de Pisón, irredento aficionado del Zaragoza, por tradición y querencia y hasta por vía política por parte de suegro, que llegó a ser entrenador del club en la época dorada de los ‘cinco magníficos’. A tanto llega la pasión de Pisón por su equipo, que incluso le dedicó un libro, ‘El año del pensamiento mágico’, publicado en la colección ‘Hooligans ilustrados’ de Libros del KO.

El caso es que amigos sí, y respeto también, pero vista la racha de nuestro equipo, uno se envalentonó y en su mensaje daba ya el partido por ganado, en un indisimulado alarde de confianza. Lejos de cualquier hooliganismo, la respuesta del zaragocista no pudo resultar más elegante: «Si tenemos que perder, que sea con el Racing». Si ya hasta los rivales nos quieren, es que la cosa estaba medio hecha.

Pero no pudieron empezar peor las cosas, con un gol de esos que se pierden los impuntuales, y que más que por el acrobático remate del delantero, destacó por la salida en falso del guardameta verdiblanco. Seguro que a Raúl Fernández no se le olvidará su debut, justo en pleno debate sobre si la lesión del capitán Mario afectaría al equipo. Claro que tampoco sería justo cargar las tintas con el cancerbero; se trata del gran dilema del portero, salir a empequeñecer la portería y correr el riesgo de que una vaselina te deje con el molde, o quedarte bajo palos y que el larguero que aplane el occipicio. Los guardametas, ya se sabe, viven entre el sí y el no; generalmente, mueren en la indecisión, pero a veces son precisamente las decisiones equivocadas las que los rematan.

Claro que a este Racing poco le importan las adversidades: además del talento de ‘veteranos y noveles’ – Miguélez y Concha, especialmente–, volvió a demostrar que cuenta con el mejor argumento ofensivo de la categoría, y es un delantero en estado de gracia por el que todos los racinguistas deberíamos dar gracias de rodillas un par de veces por partido. Esta vez, sin embargo, tan sólo hubo un éxtasis a cargo de Koné, y fue un soberbio tanto que, por una vez, no fue por velocidad. Eso sí, el resto del partido le sirvió para desquiciar por completo a la zaga rival, en especial a un viejo conocido, el central Rubén, que todavía debe de estar buscando al costamarfileño.

Parecía sólo cuestión de tiempo que llegase la victoria, por más que el Zaragoza atacara y llegase con asiduidad al área de un entonces seguro Raúl. Sin embargo, una mala patada relegó a Koné al banquillo, después de que impericia arbitral nos sisara un penalti.

«Empatar no, que un punto no vale para nada», me había advertido Pisón. Y su premonición cobró forma en el último minuto del descuento, cuando un tal Romero aprovechó uno de los escasos errores defensivos del Racing para derrotarnos de la forma más amarga. «Qué bueno es Koné», se despidió Pisón, sin querer hacer sangre. Eso sí, nos veremos en Los Campos en la segunda vuelta.

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Cuarentones
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Javier Menéndez Llamazares | 19-10-2014 | 6:47| 2

Si hace años se decía que los treinta eran los nuevos veinte, ahora el relevo parece ser que lo toman, definitivamente, los cuarenta. Cierto que la observación no puede resultar más oportunista, casi tanto como cuando a Luis Eduardo Aute le dio por actualizar la letra de su canción ‘Una de dos’, y allí donde decía »te la cambio por dos de quince» corrigió con »por dos de veinte»; puede que también tuviese que ver con las leyes de protección al menor, claro, pero el cálculo más elemental nos viene a decir que, contra lo que piensan los que aún no han alcanzado tan respetable edad, en la cuarentena aún hay vida. E incluso puede que más allá. Lo de que haya esperanza ya será otro tema, eso por descontado, pero cada vez resulta más evidente que lo que entendemos por juventud es un concepto elástico, que si antes abarcaba hasta finales de la veintena, y posteriormente hasta los treinta y cinco años, pronto no sólo va a rebasar esa frontera sino que amenaza con no tener límites, hasta alcanzar el momento en que pueda haber jóvenes de todas las edades.

Este invierno, un semidesconocido y maravilloso grupo punk llamado Psycho Loosers publicó una curiosa canción, con vocación absoluta de retrato generacional. Se titulaba ‘Trenteenager’, y valga la licencia del spanglish para construir ese paradigma de la modernidad que es el treintañero de vocación adolescente. Unos por devoción –esos ‘singles’ que viven en una fiesta perpetua– y otros por desesperación –los ‘precarios’ que intuyen que se jubilarán como eventuales o interinos, y eso con suerte–, pero lo cierto es que el paso a la edad madura, ese que tanto ansían los padres responsables para sus alocados hijos, cada vez se retrasa más, atrapados entre el mundo ordenado de sus abuelos, el del bienestar y el trabajo fijo, y el incierto futuro neocon de ultraliberalismo que espera a unos nietos que tal vez nunca tendrán. Ante semejante panorama, ¿cómo no ser Peter Pan?

Total, que sin darnos cuenta los chicos que crecimos en los ochenta vamos llegando a la cuarentena, y nos negamos a convertirnos en nuestros padres. Y es que si uno compara como eran los cuarentones de entonces y los de ahora, parece que hablemos de planetas diferentes. Ni en lo esencial ni en lo accesorio resulta fácil encontrar similitudes, y es que algo sucedió en el cambio de siglo, fuera el fin de las utopías, el cambio de paradigma socio-económico o la revolución digital, pero el caso es nuestra realidad poco tiene que ver con la vida convencional del siglo XX. Un cuarentón de hace medio siglo era un señor hecho y derecho. Hoy día, nos creemos chavalines buscándonos la vida. Lo malo es que no hay forma de encontrarla.

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Loquillo
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Javier Menéndez Llamazares | 12-10-2014 | 10:30| 2

Si Las Llamas ardieron –valga la redundancia– hace quince días, el concierto de Loquillo de la semana pasada en Escenario Santander a punto estuvo de extender el incendio por todo el parque, que más bien parecía un gigantesco aparcamiento, con más coches que un día de playa. Con llenazo antológico y el papel agotado, incluso algún que otro fiel del roquero barcelonés se quedó de oyente a las puertas del recinto. Dentro, después de soportar una cola con doble tirabuzón que casi daba la vuelta al parque, la legión de ‘creyentes’ presentaba un aspecto de lo más variopinto, con mucha más alopecia de lo habitual en estos actos, confirmando que el imán de esta ‘rock and roll star’ sigue funcionando a pesar de los años.

Y es que Loquillo, fuera con la chulería de sus inicios o con la ‘actitud’ de los últimos tiempos, mantiene ese magnetismo que, aunque en ocasiones repela, le ha granjeado una legión de seguidores, de modo que ni las modas ni la edad parecen capaces de terminar con su carrera. En una época en la que las viejas bandas se reúnen para improvisar giras alimenticias, con resultados más bien lamentables, al rocker catalán le resultaría imposible volver, sencillamente porque nunca se fue.

Cierto que para mantenerse le ha sido necesario reinventarse, pasando del punk-rock a una especie de cantautor eléctrico; lo explicaba a la perfección un novelista neoyorkino, Shane Jones, que contaba con mucha gracia cómo sus amigos músicos le miraron por encima del hombro hasta la treintena, y a partir de entonces todos aspiraban a convertirse en escritores. Loquillo, por su parte, no sólo ha firmado varios libros, entre la novela y la autobiografía, sino que ha logrado reconducir su personaje –si hemos de creer a Sabino Méndez y lo que maliciaba en ‘Corre, rocker, correr’– desde sus postulados de autenticidad roquera hacia el intelectual comprometido. Y todo, sin renunciar a las maneras callejeras ni a la chupa de cuero negro. Se puede estar más o menos de acuerdo con sus artículos de opinión y sus libros, pero alguien capaz de cantar a Antonio Gamoneda con guitarra, bajo y batería merece el mayor de los respetos, desde el mainstream a la independencia radical. Si además, se permite aprovechar los micrófonos para opinar de la actualidad con un tono de los más crítico –en directo modificó la letra de su gran éxito y su productor ahora dice «yo te haré rico, tú sólo has de cantar bien… si no te sube al 21% el señor Wert»–, empezaremos a entender los motivos de su éxito.

Si bien la respetabilidad se la ganó cuando, en pleno volcán del independentismo catalán, aprovechó la liturgia de las presentaciones para afirmar que su «banda de rock and roll español» venía «desde Barcelona… sumamos, no restamos». Y es que el rock sigue siendo una emoción rebelde y contestataria.

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Derecho a decidir
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Javier Menéndez Llamazares | 05-10-2014 | 8:15| 2

Que el asunto de las votaciones no funciona bien del todo ya nos lo aclaró hace muchos años el genial René Goscinny, en el tebeo ‘Astérix en Córcega’. En él, el pequeño galo se sorprende al descubrir que las urnas para la elección de un nuevo jefe están ya llenas antes de las elecciones; en seguida le aclararán los corsos que su tradición es arrojar al mar las urnas y se nombra jefe a quien resulte vencedor del combate posterior. Una manera muy particular de entender la democracia, sí, pero que parece estar mucho más extendida de lo que pensamos.

Y es que algo deben de tener los comicios que producen tantas aversiones, y a veces auténticas alergias. En especial, las consultas populares en asuntos tocantes a soberanía y cuestiones nacionales. Sin ir más lejos, el espectáculo de los últimos días en nuestro país no podría resultar más esperpéntico.

Que existe un arraigado sentimiento independentista en muchos ciudadanos de Cataluña y el País Vasco es una realidad que no se puede ocultar, ni etiquetando a unos de ‘comunidades históricas’ ni sirviendo ‘café para todos’. Por muy molesto que resulte a la mayoría de los españoles, hay que asumirlo. Sobre todo, porque las voces que reclaman su ‘derecho a decidir’ gritan cada vez más alto, y con nuestras reglas de juego en la mano resulta que, efectivamente, están legitimados para reclamar todo aquello que consideren justo.

Pretender acallar la voluntad de esos ciudadanos, sea cual sea su número, hace un flaco favor a nuestra democracia, esa que con una mano iza la bandera de la libertad de expresión y con otra saca el mazo de la legislación vigente y aporrea sin duelo toda heterodoxia.

Que Cataluña pueda llegar a independizarse de España nos puede gustar más o menos, e incluso podemos tener nuestro pronóstico sobre la viabilidad real de un proyecto semejante, dadas las tupidas interrelaciones existentes entre ambos, en especial las económicas pero también las sociales y culturales. Pero más allá de lo que son opiniones personales o sentimientos más o menos patrióticos, lo que no es de recibo es sacar la Constitución, como quien saca los tanques a la calle, para impedir justo aquello que la pretendida carta magna se supone que garantiza: el juego limpio.

Es un incógnita absoluta qué podría salir de un plebiscito como el que plantean los nacionalistas catalanes. De hecho, ni siquiera es seguro que vayan a ganar –ya deberían estar remojando barbas en whisky escocés–, porque esa mayoría silenciosa que es el pueblo no resulta precisamente previsible. Pero poco importa qué quieran o qué aprueben. Lo importante es que tienen derecho a expresarlo. Y a participar con su voto, su opinión, en la construcción de su propio futuro. Recurrir a tretas legales es una táctica dilatoria que sólo va a servir para aumentar el descontento. Y para cuestionar lo democrático de nuestro sistema.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.