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Autor: xavillamazares
Esto no es indie
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Javier Menéndez Llamazares | 27-08-2017 | 12:20| 2

René Magritte, The Treachery of Images, 1928–29, Restored by Shimon D. Yanowitz, 2009

René Magritte, The Treachery of Images, 1928–29, Restored by Shimon D. Yanowitz, 2009

‘Esto no es una pipa’, vacilaba René Magritte a finales de los años veinte a todo el que contemplara la pipa que había pintado en el cuadro más célebre de la serie ‘La traición de las imágenes’. Por supuesto, en el lienzo no había una pipa, sino la representación de una pipa. Según contó en sus memorias, al público de la época le costó lo suyo entenderlo, pero casi un siglo más tarde, cuando la poesía parece un eco del pasado, las metáforas están cada vez más vigentes.

LaChica & LaGrande, un grupo de Torrelavega, dan al asunto una vuelta de tuerca más con su última canción, ‘Esto no es indie’. Pipas no hay ni en el videoclip ni en la portada del disco; como mucho, barbas, patillonas, capuchas y hasta un sombrero hongo. Estética indie, diría cualquier observador imparcial. Y luego, pones el disco y suena un medio tiempo que ya quisieran León Benavente; con una producción que recuerda a la primera época de Carlos Hernández y una letra inteligente y demoledora, en la línea de Los Punsetes. ¿De verdad que no es indie? ¿Desde cuándo una canción indie no es indie?

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Tocar las campanas
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Javier Menéndez Llamazares | 20-08-2017 | 12:33| 2

Los que tenemos pueblo, hemos tenido también campanario. Todo pueblo que se precie tiene uno y, al contrario que el resto de la iglesia, siempre cerrada a cal y canto, la torre suele estar abierta y es un poco de todos. De los más gamberros, incluso.

Un campanario siempre ofrece una visión privilegiada del mundo. Puede ser un refugio al que acudir para sentirse por encima de los problemas, y también es la parte del pueblo que más cerca está del cielo, así que es ideal si a lo que uno aspira es a estar en las nubes. O a formarlas, con humo de cigarrillos clandestinos y retazos de niñez abandonada. Por sus escaleras pindias, a menudo descuidadas y casi siempre peligrosas se asciende a un territorio de libertad que les convierte en lugares mágicos, bendecidos por esa mitología de la edad de la inocencia y los veranos de tres meses.

Pero es que, además, tienen campanas. Y eso sí que son animales míticos, frutas prohibidas, seres que hibridan metal y madera y que, sin embargo, son capaces de hablar con timbre trémolo y una reverberación que confiere solemnidad e invita a la ensoñación. Cómo será, que cuando una voz nos impone la llamamos ‘campanuda’.

En todos los pueblos, por pura lógica, está prohibido tocar las campanas. O más bien tañirlas, o doblarlas, que el diccionario es caprichoso y para lo que nos gusta no escatima en sinónimos ni en matices. Su uso está reglamentado, y unos códigos anuncian las horas, otros llaman al culto y hasta sirven para dar la voz de alarma, llamando a rebato, o tocar a clamor, si es que la ocasión lo merece. Es un lenguaje antiguo y en parte sentimental, porque transmite emociones, aunque necesita de un campanero instruido y unos oyentes que sepan interpretarlo. En mi pueblo había un verdadero artista, que más que las campanas parecía tocar la filarmónica del Curueño.

Desde hace casi dos décadas, los campaneros de todo el país se reúnen cada verano en Vierna, y hacen alarde de su pericia, y hasta dan cursillos a quien se acerque. Y no se piensen que es sencillo: operan con la maestría de un organista, y el resultado puede sonar como los ángeles. Pueden acercarse este viernes mismo a comprobarlo. Pero no lo dejen para otro año, pues los campaneros están en peligro de extinción, amenazados por la electrificación que hace innecesaria su liturgia de la cuerda y el badajo.

Claro que también tienen una música que a ninguno nos gusta oír, y que suena con especial fuerza esta semana: el toque a difunto. Por mucho que nos recuerden que nosotros seguimos vivos, cuando los ecos hablan del más allá casi preferiríamos que no hubiera campanas. Pero, sobre todo, que no hubiera muertos. Que no hubiera atentados. Que no hubiera injusticias. Aunque tuviéramos que renunciar a las campanas.

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Bahíadismo
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Javier Menéndez Llamazares | 13-08-2017 | 12:02| 2

Pensábamos que eso de ‘pagar por protección’ era cosa de películas, del cine negro en que la mafia o incluso los matones del barrio ofrecían a los negocios sus servicios, para protegerles, en concreto, de ellos mismos. Pero esta semana hemos podido comprobar que lo de la extorsión, el ‘dame para que no te pegue’, no sólo pasaba en ‘El Equipo A’, sino que exactamente así se plantean nuestros gobernantes las políticas sociales.

Y el desliz lo tuvo nada menos que el mandamás local, un Miguel Ángel Revilla que, visto desde lejos, podría parecer cabeza de ratón, pero queramos o no, aquí en la tierruca todos le tenemos que mirar desde abajo . Al final, él tiene las llaves de la caja de caudales del dinero público, de modo que todo lo piense, o exprese en voz alta, nos acaba importando a todos. Aunque a veces se le caliente la boca y diga aquello que nunca se debería decir; como esta semana, por ejemplo.

Hablando sobre la renta social básica, al presidente de Cantabria sólo se le ocurrió decir que ese dinero que se da a personas sin ingresos sirve para evitar que se conviertan en «potenciales delincuentes». Una tremenda falta de tacto que sorprende en un político con sus espolones, y que ha levantado ampollas en los sectores más sensibles de la sociedad. Porque los primeros en sentirse aludidos han sido los partidos de izquierda, que todavía no se han enterado de que los ‘obreros’, en paro o no, hace ya muchos años que pasan de ellos.

En política, como en todos los órdenes de la vida, hay cosas que no se dicen, por mucho que se piensen. Y es que, en ese juego de dobles lenguajes y de no llamar a las cosas por su nombre, acabamos hablando cada uno de cosas distintas, sin posibilidad de llegar a entendernos.

Desde luego, la renta social básica no es, no debería ser jamás el pago de un chantaje. Para empezar, es una aspiración para muchos ciudadanos cargados de idealismo, que busca una justicia universal que no existe en ese sistema económico que ya no nos gusta llamar capitalismo. Sin embargo, esos sistemas de garantías sociales no sirven en realidad para ayudar a aquellas personas desfavorecidas, que por uno u otro motivo no consiguen salir de la pobreza. Permítanme un ejemplo: cuando mi amiga María José se presentó en los servicios sociales para pedir una vivienda protegida, le hicieron varias preguntas: «¿Pertenece a una etnia minoritaria? ¿Es drogodependiente? ¿Le ha maltratado su pareja?». «No», respondió ella. «Simplemente, con mi sueldo no me alcanza para un piso». «Entonces, olvídese de ayudas. ¡Si encima tiene usted trabajo!» le respondieron.

Así que ya no vamos a escandalizarnos: no se trata de romper los círculos de pobreza, sólo se trata de evitar que molesten. Aunque para ello haya que comprar la paz.

 

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Un euro de felicidad
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Javier Menéndez Llamazares | 06-08-2017 | 12:36| 2

Eusebio lo tiene todo calculado. Con tres millones se apaña: uno para retirarse él, otro para que se retire su mujer, y el tercero de colchón, por si acaso. Luego, si son más, mejor, pero para ir tirando con esa cifra se apañaría. Ahora ya sólo falta que le salga bien el plan.

El problema es que lo que se trae entre manos mi compañero de oficina no es un pelotazo inmobiliario, ni una jugada maestra en la bolsa. Ni siquiera saltar la banca en el Casino o atracar la caja fuerte del Santander. Qué va. Eusebio, que es demasiado pacífico para ciertas aventuras, lo fía todo a la suerte. A esa esquiva y caprichosa de la lotería.

El caso es que el asunto no deja de asombrarme, porque yo le tenía por un hombre cabal, y muy de letras. Tanto, que tal vez no se ha molestado en comprobar la probabilidad de que le sonría la fortuna: entre ciento cuarenta millones, una… o ninguna. Pero, ¿quién dijo miedo? Que sea difícil no quiere decir que no pueda suceder, y a esa posibilidad se aferra Eusebio, que cada semana se acerca al estanco al sellar su boleto.

Y es que le pasa lo que a todos, claro: que sueña con una vida mejor. No se trata de arremeter contra el tópico del dinero y la felicidad, sino que lo que de verdad importa, el tiempo, cuesta muy caro. Carísimo. A él, por ejemplo, que es doctor en Arqueología, le cuesta treinta y siete horas semanales de tramitar facturas –que le importan bastante poco–, poder dedicar algunos ratos perdidos a su verdadera pasión: la investigación.

No hay más que verle cada mañana, cómo se le pierde la mirada mientras el Excel y los programas de contabilidad hacen chiribitas en la pantalla de su ordenador. Algunos fantasean con la fama, la gloria o el éxito, pero él sueña con yacimientos visigodos, con hallazgos numismáticos, con necrópolis intactas. Con escapar de la oficina y pasarse el día revolviendo el polvo del pasado. Y soñar será muy barato, pero convertirlo en realidad tiene su precio: tres millones, según él. Y luego, a vivir.

Igual que los esclavos de Roma ahorraban para comprar su libertad, Eusebio ‘invierte’ en loterías y quinielas no con la intención de aumentar su patrimonio, sino de entrar anticipadamente en el mundo de los afortunados, adelantando esa edad dorada que llamamos jubilación, porque viene de júbilo.

Y como yo tampoco sé nada de cálculo de probabilidades, mejor no hablarle de las peñas quinielísticas, de las apuestas múltiples, de los profesionales que rebañan los eurillos de los jugadores individuales. Prefiero que siga teniendo ese brillo en los ojos cada vez que mira al horizonte y ve excavaciones arqueológicas donde otros sólo veríamos ficheros y expedientes. Si le da tanta felicidad, es el euro mejor invertido.

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Lo que perdieron en Sol
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Javier Menéndez Llamazares | 30-07-2017 | 12:41| 2

Marián trabaja como vigilante de seguridad, y esta semana le ha tocado montar guardia junto al edificio del Masters, el del famoso derrumbe. Allí pasa ocho horas de cada día, en un callejón peatonal, velando porque los amigos de lo ajeno no aprovechen para colarse por el esqueleto abierto de la fachada norte y arramplen con todo lo que encuentren a su paso. Y luego llega a casa y cada tarde me cuenta exactamente lo mismo, la pena inmensa de unos vecinos que todavía no pueden creerse que se haya volatilizado el techo que tenían sobre sus cabezas.

Los primeros días costaba distinguirles entre los curiosos y los mirones –a falta de obras, los trabajos desde el túnel de Tetuán se han convertido en toda una atracción popular, con un público nutrido que sigue cada paso y lo comenta–, pero cuando ha dejado de llamar la atención a los demás ellos han seguido peregrinando, para contemplar en silencio ese pedazo de su vida que acaban de perder.

Visto desde Menéndez Pelayo, el edificio recuerda a ‘13, Rue del Percebe’, aquella genialidad de Vázquez que varias generaciones de españoles disfrutamos en los tebeos, pero que traspasado a la realidad no tiene ni puñetera gracia. Si a Torres Quevedo imaginó un Diablo Cojuelo que levantaba los tejados para poder ver la vida de quienes vivían debajo, George Perec fue aún más allá en ‘La vida instrucciones de uso’: «Me imagino un edificio parisino al que se ha quitado la fachada… de modo que, desde la planta baja a la buhardilla, todos los aposentos que se hallan en la parte anterior del edificio sean inmediata y simultáneamente visibles». Y es que hay ideas que nunca deberían abandonar el territorio de la ficción; cualquiera que haya contemplado estos días los restos del desastre, con aquellas cocinas desconchadas, aquellas salas de estar que nunca más acomodarán a sus familias, no habrá apreciado otra cosa que tristeza. Y aún más desazón cuando, poco a poco, todo ha ido desapareciendo, convirtiéndose en escombros, cascotes, ruinas irrecuperables.

Es fácil comprender esa melancolía de lo que nunca volverá que aflige a los habitantes de la calle del Sol 57; hoy día tener una casa te lleva media existencia, supone mil sacrificios y es nuestra principal manera de ahorra, de pensar en el día de mañana y de poder legar algo a nuestros hijos. Tal vez algunos lo vean sólo como ladrillos, una inversión más, pero para los que vivimos de nuestro trabajo, un hogar es mucho más que cuatro paredes. Nuestra casa es nuestra vida. Y no sólo por los cientos, miles de objetos personales que se habrán perdido en el derrumbe: el problema es lo que no se puede rescatar, los millones de horas vividos allí, el aroma propio de cada casa, los recuerdos que se pegan a las paredes. Todo aquello que ninguna indemnización podrá restituirles.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.