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Autor: xavillamazares
Tortas a treinta euros
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Javier Menéndez Llamazares | 12-03-2017 | 10:01| 2

Cómo conseguir que te abaniquen la caraHace algunos meses que le partieron la cara al graciosillo aquel que iba llamando ‘caraanchoa’ y tontadas similares a la gente, con intención de grabarlo y difundirlo por la red para que sus seguidores se rieran de los pardillos. Hasta que dio con un tipo –por más señas, repartidor en horas de trabajo– que no le vio la gracia al asunto, y después de intercambiar unas palabritas acabó abanicándole la jeta, como suele suceder cuando le buscas las cosquillas a quien no debes.

Hasta aquí impera la lógica del mundo real, pero en lugar de poner la otra mejilla, el caso del cazador cazado dio un inesperado giro de guión: el provocador –es decir, el youtuber, alias MrGranBomba, aunque en su casa le llaman Sergio desde chiquitín– se sintió víctima y exigió que la dignidad se la restituyera un tribunal, en lugar de plegar velas o, como mucho, dejar a la audiencia internetera que dirimiese el asunto. El chaval, lógicamente, sabía lo que se hacía, que para algo llevaba meses riéndose de cualquier primo; pero ahora el ‘pringao’ era él, y de sobra tenía claro que en la red no hay piedad para los patinazos, por mucho que te hayan aplaudido primero.

Ni que decir tiene que el público –es decir, todos nosotros–, así tomados de uno en uno, que diría Goytisolo, somos más o menos buena gente, pero hay dos momentos en que dejamos fluir todo el mal que atesora nuestro inconsciente: cuando nos sentimos camuflados entre la muchedumbre –de estar en los Campos de Sport, la grada le hubiera cantado el clásico ‘¡Tonto, tonto!’–, y cuando creemos que nos protege el anonimato, sea en nuestro coche o detrás de un teclado. Este último caso es el arquetípico del ‘homo interneticus’, voraz especie omnívora dedicada al pillaje, el voyeurismo y la maledicencia. Después de meses de explotar nuestra maldad reprimida, tenía bien claro que los internautas, en vez de darle la razón, se iban descascarillar, porque desde el principio de los tiempos las tortas promueven mucho más la risa que la empatía con el abofeteado, así que mejor llamar al primo zumosol o, en su defecto, a la justicia.

Lo que pasa con todo esto de internet es que, al final, siempre llega la realidad a despertarte con una bofetada. Como al listillo del Caraanchoa, que le llenaron la cara de aplausos, y al final ha tenido que pagar él la minuta del juzgado. Y ‘por bobo’, ha venido a decir el tribunal, que ha resuelto la papeleta con una multa de treinta eurazos al agresor y un tirón de orejas y la condena en costas al agredido.

Cierto que se antoja una tremenda injusticia que al pobre repartidor le hayan soplado treinta lereles por culpa del faltón aquel, pero seguro que los da por bien empleados. De hecho, estará pensándose si adelantar otros ciento veinte, y así acabar de despacharse a gusto.

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Héroes sociales
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Javier Menéndez Llamazares | 01-03-2017 | 12:38| 2

«Ya no hay héroes», cantaban en los ochenta los Stranglers. Y ese vacío aparente ha decidido llenarlo José Luis Bonet, presidente de la Cámara de Comercio de España, que el viernes aseguraba en Santander que debemos ver a los empresarios como ‘héroes sociales’.

No queda claro si en su ánimo está que les coronemos de laureles, les hagamos la ola allá donde aparezcan y hasta les entreguemos a nuestros primogénitos como ofrenda, pero lo que sí parece evidente es que el tal Bonet –presidente, por cierto, de Freixenet– tiene un concepto muy particular del heroísmo.

Un héroe es Juanjo, que es agente del Tedax y cada vez que llega una amenaza de bomba o aparece un explosivo de la guerra se tiene que jugar la vida desactivándola, para que a los demás no nos pase nada.

Un héroe era Cioli, quien acabó perdiendo la cuenta de los bañistas a los que había rescatado en la Bahía.

Un héroe fue Jesús Neira, quien se jugó el tipo para defender a una mujer agredida por su pareja. Con independencia de lo que opinemos de su trayectoria posterior, su acción fue un acto de heroísmo.

Un héroe fue Julián Sánchez, el bombero 148, un madrileño que vino a Santander para ayudar a apagar el gran incendio de 1941 y aquí se dejó la vida.

Un héroe social fue mi bisabuelo Avelino, que después de sobrevivir a una explosión de grisú y salir con un compañero a cuestas, entró de nuevo para intentar rescatar a los que habían quedado atrapados, y ya nunca más volvió a salir de aquel pozo. Por mucho que quiera Bonet, creo que su heroísmo no es modo alguno comparable con el del empresario que explotaba la mina.

Está bien que cada cual defienda su oficio, pero no alcanzo a imaginar qué clase heroísmo puede esconderse en la gestión de una empresa como Freixenet, más allá de devanarse los sesos para evitar los boicots al cava catalán o sobrevivir al tópico anuncio de las burbujitas. Presidir Freixenet podrá ser complejo, agotador, y hasta excitante, y seguro que incluso muy rentable, pero lo que no es en modo alguno es heroico.

Y mucho menos heroísmo hay en parapetarse tras una sicav, cotizar en Andorra o Montecarlo, firmar EREs y todas esas ‘buenas’ prácticas que distinguen a nuestros empresarios. Cierto que hoy día el trabajo más que un derecho constitucional es un milagro, pero lo que buscan no es crear empleo, sino riqueza. Su propia riqueza, naturalmente. No es que sea para ponerles en los altares, desde luego.

Los verdaderos héroes sociales resultan mucho más cotidianos: son los millones de jubilados españoles que hacen malabarismos para mantener a sus hijos y nietos con pensiones de miseria, y a los que debemos que en la última década no se haya producido una revolución social. Son los ciudadanos que auxilian a esos emigrantes que nadie quiere, los que trabajan en los refugios y comedores sociales, los que reparten lo poco que tienen para ayudar a los demás.

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Eduardo Mendoza, un escritor a contracorriente
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Javier Menéndez Llamazares | 01-12-2016 | 6:51| 2

El problema de Mendoza siempre ha sido que le gusta ir a la contra. Que se le entendiera, cuando estaba de moda oscurecer el discurso y perderse en alardes estilísticos y otros fuegos de artificio. Recurrir al humor cuando todo el mundo quiere ponerse trascendente. Recuperar el realismo mientras los demás se pierden en experimentos vamos. Hablar de la realidad política en un momento en que ya nadie se atrevía a hacerlo. Inventar la novela negra histórica y ser capaz de rescatar dos géneros entonces marginales. Escribir en castellano pese a la presión asfixiante de las instituciones de su ciudad. O aguar la fiesta de una ciudad olímpica removiendo un pasado no tan luminoso.

A los manuales de literatura pasaría por una de sus primeras novelas, ‘La verdad sobre el caso Savolta’, de 1975, que inaugura la narrativa actual española y cierra el ciclo de la posguerra. Y el gran público se rendiría a sus encantos en 1983 con ‘La ciudad de los prodigios’, la gran novela de la Barcelona modernista. Una ciudad que, junto a Juan Marsé y Manuel Vázquez Montalbán, convirtió en todo un tema literario.

Para los lectores de mi generación, sin embargo, el libro iniciático sería ‘Sin noticias de Gurb’. Hasta en sus obras más serias, Mendoza no reprime guiños cómplices e ironía de alto voltaje, pero con Gurb dio rienda suelta a su espíritu lúdico y a una visión crítica con la que radiografía toda una sociedad a punto de sufrir su particular metamorfosis hacia la modernidad. Si Madrid había tenido su ‘movida’, Barcelona iba a ser el centro del mundo con sus juegos olímpicos, y allí estaba para contarlo su extraterrestre con propensión a la disidencia.

El Cervantes de Eduardo Mendoza premia también a una forma de entender la literatura como un espacio de libertad creativa, en la que la accesibilidad no está reñido con el largo alcance y la capacidad de análisis.

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La fe del racinguista
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Javier Menéndez Llamazares | 01-12-2016 | 7:31| 2

Aseguraba Ramiro Pinilla en su magistral novela ‘Aquella edad inolvidable’, que el Athletic, más que un equipo de fútbol, es una religión. De hecho, hasta pusieron su estadio bajo la advocación divina de San Mamés, y si se le conoce como ‘La Catedral’ no es precisamente por los pináculos y arbotantes de su arquitectura.

Y está muy bien eso de la libertad de culto, sí, pero todo el mundo sabe que religión verdadera sólo hay una: y en este caso no puede ser otra que la racinguista. Creer, lo que se dice creer en un equipo, es algo que no está al alcance de los grandes clubes, sino de aquellos condenados a sufrir hasta en los momentos más dulces.

Lo del Racing sí que es realmente una profesión de fe, una forma de trascendencia más allá de la lógica, de la historia y hasta de las leyes de la naturaleza. Poco importan las decepciones, esa insistencia en la adversidad de un club que ha hecho de la ‘paparda’ su santo y seña; si se hiciera una encuesta a las puertas del Sardinero con los pronósticos para la eliminatoria comprobaríamos que la afición aún cree en aquel Racing matagigantes, capaz de las mayores gestas, en el momento más inesperado.

Esta noche, los ‘leones’ afrontarán el partido con confianza, lo que tampoco es que tenga demasiado mérito; son el pez grande y confían en ganar aunque sólo sea por la diferencia de categoría. Los verdiblancos, en cambio, lo que tenemos es un fe absoluta en un hombre, nuestro Aquino, que en el pasado no habrá sido un santo pero desde que pisó suelo cántabro parece que está bendito.

Puede que algunos sólo crean en lo que ven, pero esta noche, para el partido del año en los Campos de Sport lo que se espera es una auténtica comunión. Un equipo en trance y una grada en éxtasis, que tras cinco años de travesía por el desierto vuelve a tocar el cielo de este deporte. Luego ya pasará lo que tenga que pasar, pero la fe en los milagros no nos la va a quitar nadie.

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«‘Años salvajes’ es un canto a la belleza y fuerza del mar, por uno de los periodistas más importantes del siglo»
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Javier Menéndez Llamazares | 29-11-2016 | 4:57| 2

El editor Luis Solano presentó en Santander el libro sobre surf de William Finnegan, premio Pulitzer 2016

 

 

El editor Luis Solano visitó Santander el martes 29 de noviembre para presentar la gran apuesta de la temporada de Libros del Asteroide: ‘Años salvajes’, unas memorias literarias y surferas del escritor y periodista estadounidense William Finnegan, que le valieran la concesión del Pulitzer de este año.

Hemos conversado con Luis Solano, quien una década al frente del sello independiente puede presumir de haber introducido en España a autores como Robertson Davies y revalorizado a otros Manuel Chaves Nogales.

 

El premio Pulitzer, un gran revuelo mediático y cifras de venta mareantes son una carta de presentación impresionante para cualquier publicación. ¿Realmente ‘Años salvajes’, de William Finnegan es el mejor libro sobre surf que se haya escrito nunca?

​Sí. No se ha escrito tan bien sobre surf, sobre todo porque nunca se había dado la extraña coincidencia de que un escritor extraordinario, uno de los periodistas estadounidenses más importantes del principio de siglo, que podría haber ganado el Pulitzer con alguno de sus reportajes, fuese además un consumado surfero y quisiese escribir sobre ello. Es una coincidencia realmente irrepetible.​

 

¿Qué tiene el surf tan apasionante? Porque sus incondicionales acaban convirtiéndolo en un modo de vida, como bien demuestra ‘Años salvajes’.

​Creo que basta enumerar los elementos que pone el juego el surf para que se entienda las pasiones (y adicciones) que levanta: aventura, comunión con la fuerza de la naturaleza, actividad física, juego (ya que es una actividad puramente recreativa), belleza (es indudable que la imagen de un surfista haciendo piruetas sobre algo tan poderoso como una ola es algo bello), peligro (a partir de determinado tamaño las olas son realmente peligrosas y el surfista se pone en peligro cada vez que entra al mar). Es un cóctel tan bueno que no me extraña la adicción que genera.

Los que no seríamos capaces de resistir sobre la tabla ni la primera ola, ¿qué podemos encontrar en el libro?

Las memorias de un escritor y periodista americano que se forma de la manera menos convencional que uno podría imaginar, una fascinante historia de aventuras, una reflexión sobre el ser humano, el amor y la familia, y un canto a la belleza y la fuerza del mar.​

¿Cómo lleva ejercer de suplente de Finnegan? Acabará sintiendo el libro todavía más suyo…

​He estado muy metido en el proceso de traducción, así que ya era un libro que tenía especialmente cercano. Además he tenido la suerte de acompañar al autor durante unos días recientemente mientras presentaba el libro en Madrid y Barcelona, con lo cual, pese al respeto que siento por el autor y la obra, espero poder hacer un papel razonable y decir cosas interesantes.

Finnegan tiene una biografía envidiable: viajero incansable, escritor, surfista, periodista… y además el Pulitzer. ¿No tiene miedo de que acabe convirtiéndose en un personaje novelesco?

​No lo creo, me parece que su mayor miedo era que esa obsesión enfermiza por las olas que describe en el libro​ no lo hiciese quedar como un estúpido. Pero ese es precisamente uno de los éxitos del libro, que sabe explicar por qué algo que para algunos pudiera parecer una afición estúpida es, en realidad, algo apasionante.

Se ha valorado mucho la traducción de Eduardo Jordá…

Jordá ha hecho un esfuerzo formidable, sobre todo si se tienen en cuenta que el lenguaje sobre surf es mucho más limitado en castellano que en inglés. Desde el principio teníamos claro que el libro tenía que funcionar tanto con legos en surf como con expertos, razón por la que la traducción y su revisión han llevado más trabajo del habitual.

Libros del Asteroide cumple este mes once años, con más de un centenar de libros en su haber e implantada como una editorial de referencia dentro del panorama independiente nacional. ¿Esperaba llegar tan lejos cuando sólo era un proyecto?

​La verdad es que sí, que cuando empezamos esperaba que la editorial estuviera donde esta ahora; otra cosa es que ahora me parezca que entonces era un inconsciente porque lograr una posición como la que hoy tenemos es mucho más difícil de lo que imaginaba hace once años.​

¿Con qué títulos de su catálogo se siente más satisfecho? ¿Y cuáles le sorprendieron más?

​Eso es como preguntarle a un padre a qué hijo quiere más… Es verdad que hay títulos que nos han ayudado a consolidarnos y que se han convertido en clásicos de nuestro catálogo, pienso en libros como ‘El quinto en discordia’ de Davies, ‘El maestro Juan Martínez’ de Chaves Nogales o ‘En lugar seguro’ de Wallace Stegner. Pero cada año hemos sabido encontrar uno o dos títulos que han logrado el favor de la crítica y el público y nos han permitido seguir creciendo y llegar a cada vez más lectores. De los últimos años pienso en ‘Canciones de amor a quemarropa’ de Nickolas Butler o Alice McDermott. Pero también podría mencionar ‘Viaje a la aldea del crimen’ de Ramón J. Sender o ‘De noche, bajo el puente de piedra’ de Leo Perutz que hemos publicado este año. Y no me olvido de ‘Años salvajes’ que creo que es uno de los mejores libros de no ficción que hemos publicado nunca.

Julio Fajardo, Marcos Ordóñez… ¿Qué responde a los que echan de menos más apuesta por los narradores españoles?

​Que no se impacienten, que vendrán más, pero que queremos que sean igual de buenos que los dos que acabas de mencionar.​ Vamos lentos, pero seguros.

Esta semana coincide en Santander con otro editor, Enrique Redel, director de Impedimenta. Ambos forman parte de Contexto, un grupo pionero en aunar esfuerzos editoriales. ¿Hace falta más unidad en el libro independiente?

Yo creo que ya hay bastante solidaridad entre librerías y editoriales, no creo que se le pueda reclamar más al sector, sólo espero que se mantenga igual. Lo que sí tengo que reconocer es que para nosotros el pertenecer a Contexto ha sido clave en nuestro éxito.​

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.