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Autor: xavillamazares
Ruinas griegas
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Javier Menéndez Llamazares | 05-07-2015 | 2:05| 2

«Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores», decía el antiguo padrenuestro cuando todavía íbamos al colegio y todos disimulábamos como si en el mundo lo único importante no fuera exclusivamente Don Dinero.

Y es que las deudas, como el dinero y la propiedad, no son más que las convenciones sobre las que hemos edificado esta sociedad en la que todo tiene dueño; puro artificio, pues, como bien se preguntaba el jefe indio Seattle, ante la oferta de los rostros pálidos de Washington para adquirir sus tierras en 1855: «¿quién puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros ¿cómo podría alguien comprarlos?». Seguramente sus palabras sean apócrifas, claro, pero en el mundo civilizado continuamos actuando exactamente igual que entonces: vendiendo hasta nuestra alma. Véase, si no, lo que está sucediendo estos días con Grecia.

Si a cualquiera de nosotros nos plantearan la famosa pregunta de «¿Qué sabes de mi país?» –aquella impertinencia de un embajador ruso en un certamen de belleza–, pero referida a la Grecia actual, seguramente quedaríamos aún peor que Miss Melilla… Nos costaría salir del ‘jroña que jroña’, el Aris de Salónica y que le echan ajo y pepino a los yogures y lo llaman txatxiki.

No obstante, quienes hemos tenido la fortuna de conocer a algún griego –yo compartí piso y años de estudiante con Dimitrios Mourvakis, hoy día un químico que trabaja en una universidad alemana y no puede volver a su país porque la investigación científica está igual de arrinconada que en España– sabemos que no difieren mucho de nosotros, que les gusta hablar alto en los bares y discutir de fútbol y política, que padecen a sus gobernantes con una resignación similar a la nuestra y que Grecia es, qué razón tenía la melillense, «donde vive gente maravillosa» pero que sufre mucho más de lo que se merece porque, entre otras cosas, le ha tocado ser el pariente pobre en la Europa de los mercaderes. Igual que nosotros, los griegos sobrellevan como pueden la desgracia estar encuadrados en el insultante grupo PIGS –Portugal, Italia, Grecia y ‘Spain’–, furgón de cola en constante amenaza de descolgarse de la locomotora europea. La apisonadora de Bruselas les ha pasado a ellos por encima, pero bien podríamos haber sido nosotros sus víctimas, que también coleccionamos deudas como si fueran cromos.

Pero, ¿qué sucedería si Grecia, o cualquier otro país, no pagase? Si se colapsa un estado como el griego, ¿tendría que liquidarse? ¿Y después, qué sucedería? Seguramente las grandes potencias europeas, con sus ejércitos de abogados y fuerzas del orden, podrán expoliar la economía helénica –el patrimonio ya se lo llevaron hace siglos–, pero ¿qué harán con los ciudadanos? ¿Les embargarán también? ¿O aceptaría Europa una dación en pago?

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Operación retorno
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Javier Menéndez Llamazares | 01-07-2015 | 2:21| 2

Circula estos días por las redes sociales una imagen con la leyenda: «Estás deseando que empiece la liga para ir al Sardinero… Y lo sabes”. Lo cierto es que, más allá de que nos lo diga un Julio Iglesias plastificado, incluso aunque nos pusieran por megafonía los grandes éxitos del latin lover seguiríamos deseando regresar de una vez a los Campos de Sport. Y es que, más que largo, el verano sin Racing se antoja interminable. Y lo malo es que acaba de empezar.

Como consuelo nos queda nada más el suspense de los fichajes –no es que sea una de Hitchcock, porque suelen tirar más hacia el melodrama, cuando no tragicomedia, pero hay que reconocer que nos tiene entretenidos hasta el último minuto de cierre del mercado.

Claro que, si para el aficionado estas semanas son un trámite soporífero, para los responsables del equipo son la clave que, posteriormente, decantará la balanza a favor de los buenos resultados o los desastrosos. Toca diseñar el equipo de la próxima temporada, y aunque poco podemos hacer los racinguistas de a pie, cada uno tenemos nuestra opinión, nuestra fórmula mágica para revitalizar a un conjunto que, esta vez más que nunca, toca reconstruir desde la base. El problema es que esa base, en el caso del Racing, ha sido la parte que más ha sufrido los desmanes de la nefasta era Pernía.

Por ejemplo, hace ya una eternidad –en 2011–, el Racing dejó escapar a la que se suponía su gran esperanza de futuro, Miguel Ángel Sainz-Maza. Cierto que entonces, con el club ya hecho unos zorros, era difícil competir con los cantos de sirena que suponen vestirse de azulgrana –aparte del cheque de seis cifras que pusieron los culés encima de la mesa–, pero a la vuelta de cuatro temporadas está jugando en el Foggia, en la tercera división italiana. ¿No estaría mejor el de Santoña luchando por el 10 en el Racing?

Y ese es sólo un caso, porque la política de compraventa indiscriminada dinamitó la cantera provocando un ‘eslabón perdido’ –los cadetes que nos dieron tantas alegrías hace dos años pronto serán excelentes jugadores, pero aún rondan los dieciocho años– y ha acabado por privar al equipo de la generación que esta temporada, por mera cuestión demográfica, debería tomar al asalto el primer equipo. Éste sería el momento de Quique Rivero, de Julián Luque, de Jaime Isuardi, de Cristian Portilla y de tantos otros para los que no había sitio cuando lo que importaba no era construir un equipo, sino conseguir el máximo movimiento de caja.

Y es que uno de los pocos aciertos de la década pasada fue la llamada ‘cantabrización’ del Racing, que supuso el billete de vuelta para jugadores curtidos en primera división como Luis Fernández y, sobre todo, Munitis y Colsa, una dupla que se convirtió en la única constante de las mejores temporadas del equipo, marcando una época y, sobre todo, recuperando la conexión entre la plantilla y una grada que se sintió mucho más identificada con sus jugadores.

Si finalmente se logra jugar en segunda el año próximo –lo que conllevaría, lógicamente, mayores posibilidades económicas–, la cosa no estará para traer de regreso a Canales, pero un proyecto ilusionante sería armar un equipo que combinase el empuje de la quinta de los Emeterios y la guinda de otros jugadores ‘made in La Albericia’ que ya atesoran cierta trayectoria y que nunca gozaron en casa de la confianza y el apoyo necesarios. ¿No sería un lujo, por ejemplo, volver a ver a Edu Bedia en El Sardinero?

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Pachanga
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Javier Menéndez Llamazares | 28-06-2015 | 2:02| 2

«Hay algo que no puedo soportar… Odio los pasodobles», cantaba Jorge Ilegal en los años ochenta con cara de energúmeno. A mí, aunque con bastante menos saña e insultos, me ocurría entonces más o menos lo mismo. Y es en que aquella época, con todo el resplandor de la nueva ola, con los descamisados en el gobierno y con Lolo Rico y Jesús Ordovás convirtiendo la televisión y la radio en un aparatos mágicos, convivían varias realidades paralelas, con su poquito de modernidad y su mucho de caspa y España cañí. Vamos, que mientras los chavales nos repartíamos en las diferentes tribus urbanas, eligiendo entre imperdibles, mallas o tupés, el país seguía moviéndose al ritmo hortera que marcaban, en invierno, la radiofórmula, y en verano, las discotecas móviles. Vamos, que lo mismo disfrutábamos con el ‘Enamorado de la moda juvenil’, el ‘Ayatola’ de Siniestro o la ‘Embrujada’ de Tino Casal, que nos tocaba aguantar la típica ‘spanish pachanga’, ese amasijo de canciones de Karina, Aguilé, la Carrá, Georgie Dann y demás pesadillas con que nos torturaban a los jóvenes de pelo extraño en aquellas insoportables verbenas de los ochenta, en las fiestas de pueblo o en las bodas; en general, en todos aquellos saraos de los que era imposible evadirse, a no ser anestesiando cuerpo y alma con aquellos garrafonazos que tanto abundaban en la época.

Lo cierto es que, entonces, yo albergaba la secreta esperanza de que algún día todo eso acabaría. Que seríamos un país moderno, sin señoras bailoteando juntas el «una mané en el culé del compañeré», sin amigas que se empeñan en enseñarte los tres pasos de la rumba –«¡Que es muy fácil, tonto!»; «¿Y a mí qué me importa»–, y hasta sin fumadores de farias y camisa de legionario, y demás fauna a la que tanto parece atraer ese sonido. Convencido estaba de que el paso del tiempo acabaría con la pachanga, simplemente porque la lógica del crecimiento vegetativo haría que los aficionados al tostón verbenero irían pasando a mejor.
Sin embargo, han pasado treinta años y no sólo no hemos mejorado nada, sino que incluso hemos ido a peor. Ya no sólo es que se hayan fosilizado todas las viejas melodías, es que hasta las canciones nuevas parecen viejas. Pero no precisamente viejas en plan molón, vintage o retro, qué va… Viejas que se diría que todavía vivimos en aquella España de hoguera y pandereta, en el país quinqui de la transición.

Resulta curioso cómo cada sociedad produce sus manifestaciones culturales; en los países anglosajones, lo que gusta a los abueletes es Bob Dylan o los Beatles. Aquí, todavía bailamos ‘La Ramona’, de Esteso. Y lo que nos queda.

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Juego de despachos
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Javier Menéndez Llamazares | 23-06-2015 | 2:19| 2

El pasado domingo, tras resolverse la liguilla de ascenso a primera, al comunicar mis condolencias a un buen amigo zaragozano y zaragocista, me sorprendió su entereza al admitir que el equipo maño no merecía el ascenso. Y es que en el fútbol, como en el deporte en general y hasta en casi todos los órdenes de la vida, lo de los méritos está muy bien, pero lo que cuenta realmente son los resultados. Es decir, que si el Racing este año se hubiera salvado, desde luego que no nos hubiéramos preocupado demasiado en si lo merecíamos o no. Y si, finalmente, nos salva un golpe de despacho, bastante nos va a importar lo justo o injusto que resulte.

En cualquier caso, lo que resulta más habitual es perder sin merecerlo, pero no tengo noticia –aunque excepciones hay para todo– de ningún caso en el que el ganador de un torneo se haya despedido confesando que lo había hecho sin ningún merecimiento y pidiendo que se concediera la victoria al rival. Y es que, por mucho que te sonría la fortuna, para ganar siempre es preciso, como poco, ponerse a tiro.

¿Mereció el Racing el descenso esta temporada? Cierto que este juego no es una ciencia exacta, y pese a que resulta mucho más sencillo analizar a posteriori que pronosticar lo que ocurrirá en el futuro, la realidad es que, aunque el equipo estuvo a punto de salvarse hasta la última jornada, nunca salimos del furgón de cola. Se cuajaron algunos buenos partidos, e incluso muchas derrotas resultaron aún más dolorosas por la sensación de que los nuestros podrían haber hecho más. Pero cuando se suceden los resultados nefastos no puede ser una simple cuestión de suerte. Es más, cualquier espectador capaz de observarlo sin el prisma del forofo nos habría advertido que el desastre se veía venir.

Son los peligros de construir un equipo alrededor de una estrella. Y es que, paradójicamente, lo que todo club necesita, en el fondo puede acabar con él. Y nosotros lo teníamos. Se llamaba Koné, y no sólo nos sirvió para ascender a segunda sin el menor sobresalto, sino para convencernos de que había futuro en este Racing, diseñado a la medida de un velocista intratable, que por fin había afinado la puntería. Tanta era la confianza generada, que hasta él mismo se contagió, y ensayaba en pleno partido regates imposibles y jugadas de dibujos animados. Tenía sus cosas, sí –ese carácter colérico, siempre dispuesto a entrar al trapo a la menor provocación–, pero era nuestro hombre. Y en el Racing también lo vieron claro: apostaron por él manteniendo un bloque que funcionaba con un objetivo tan simple como efectivo: robar el balón y dárselo a Koné. En ocasiones, el fútbol es así de fácil. Paco Fernández lo sabía, y sobre esa piedra edificó su iglesia. Claro que no hacía falta ser Nostradamus para predecir qué pasaría si, no lo quiera Dios, Koné se lesionaba. ¿Y qué pasó? Pues que Murphy nunca falla. Y cuando el ariete se rompió, en la caja no había más que telarañas. Y el gol, en cualquier categoría, es un artículo de lujo.

Esta temporada, en cambio, estrenamos ilusiones. Tenemos un nuevo Racing sin necesidad de habernos deshecho de nuestro querido viejo club. Pero las cosas hay que hacerlas de otra manera, y el primero en verlo claro ha sido Munitis, reclamando que sea un grupo de expertos quien confeccione, junto a él, la plantilla. Seguramente, esta temporada tampoco estemos para demasiadas alegrías financieras, pero hacer las cosas bien es tan barato como hacerlas mal. El plan, si no ganar, tiene que ser, al menos, merecerlo. Manos a la obra.

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Dimitir a medias
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Javier Menéndez Llamazares | 21-06-2015 | 1:58| 2

Tras ver pelar las barbas del fugaz concejal de la cultureta madrileña, algunos nos hemos tirado toda la semana rebuscando entre los miles de entradas y post publicados en blogs, los cientos de estados del feisbuk y los cuatro tuits que nos se han ido escapando en los últimos años. Pero después de sacar la tijera, el tipex y la goma de borrar y enredarse con centenares de columnas y artículos, al final no queda más que un leve desencanto; porque tonterías las puede escribir cualquiera, y hasta firmarlas, pero dar la campanada, aunque sea por la vía chunga –un ‘epic fail’, que dicen ahora los más enrollados–, no es tan sencillo.

Total, que textos que esconder bajo la alfombra, todos los que quieras, pero ni aunque sumes tanto desliz y tanto bocachanclismo, que lo hay, ni así le alcanza a uno para que le condene el Frente Popular de Judea o la mismísima convención de Ginebra, así que ya de lo de dimitir ni hablamos. Lo dicho: hasta para liarla hacen falta inspiración y fortuna. Que a trending topic no llega cualquier tontá, que va…

Pero la tormenta zapatista, aparte de seguir demostrando cómo el sistema se defiende de los que quieren cambiarlo desde dentro, también debería servirnos para comprender de una vez que, por mucho ciberespacio en que nos movamos, no todo está permitido. Una tontería es una tontería en la calle o en la red, pero el respeto hay que observarlo exactamente igual allá y acá.

Llevamos años tan entretenidos haciéndonos los listillos en cada post y comentario, que al final hemos sacrificado las normas elementales de convivencia simplemente para demostrar nuestro ingenio. Y al final insultamos igual que si estuviéramos acodados en el bar, sólo que no es lo mismo. El humor es un arte, pero reírse de los demás, aparte de consecuencias nefastas, no tiene ni puñetera gracia.

Vamos, que Zapata se pasó con los chistes, pero seamos justos: ¿cuántos de los que le critican con saña feroz no se desternillan con chistecitos machistas, racistas y homófobos? ¿Cuántos chistes crueles y humillantes se hacen del aficionado rival o contra el enemigo político? A lo mejor lo que sucede no es sólo que el semidimisionario concejal se pasó de frenada, tal vez va a ser que los españoles, en general, deberíamos hacérnoslo mirar.

Eso sí, de entre todas las lecturas que pueden hacerse de este asunto, la más decepcionante es que, en la política española, el verbo dimitir sigue conjugándose sólo en imperativo, aquel ‘quítate tú pa’ ponerme yo’ de toda la vida de Dios.

Irse a medias es más bien quedarse, como ha hecho el todavía concejal Zapata. Lo inconcebible es que su partido, que exige depuraciones a los demás, tolere el espectáculo de ver cómo quien prometía renovación se aferra a su cargo con uñas y dientes, como un político cualquiera.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.