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Autor: xavillamazares
Los piratas de Resines
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Javier Menéndez Llamazares | 21-02-2016 | 11:05| 1

Cuando hace unos días a Antonio Resines se le ocurrió dedicar su discurso a la piratería que sufre el cine español, seguramente sabía ya de sobra que estaba abriendo la caja de los truenos y que, aunque acabara chamuscado, más vale que hablen de uno, aunque sea bien, que decía Dalí. Porque el asunto del pirateo ya no es que sea complejo: es que no tiene remedio. Y no sólo es que afecte al cine, o a la música, que son los casos más evidentes, sino que se ha generalizado hasta alcanzar a todas las industrias culturales. Aún así, no deja de ser lógico que aquellos que más afectados se sienten intenten, al menos, llorar sus penas allá donde les dejen.

Ya se había quejado de forma muy sagaz, un lustro atrás, el cantante Víctor Manuel, quien muy razonablemente advertía que a nadie le extraña que haya que pagar los langostinos en una boda, pero que luego no entiende que por la música que suene en el baile posterior haya que abrir la cartera. Claro que, en este caso, meter en danza a la sociedad de autores es como mentar a la bicha: basta con nombrarla para ganarse la antipatía general. Y no sin razón, por cierto.

Aunque el hecho sigue siendo el mismo: estamos convencidos de que los bienes culturales, materiales o inmateriales, deben ser gratuitos. Mucho que ver tienen aquellos dorados años ochenta y primeros noventa, en que los ayuntamientos financiaban conciertos, revistas, cómics, teatro alternativo y casi cualquier manifestación cultural imaginable. Y cuanto más marginal y contestataria, mejor.

Pero también los medios de comunicación tienen mucho que ver con esa sensación de barra libre cultural; llevan décadas ofreciendo gratis canciones o películas, con el viejo truco del camello ése que decían que estaba a la puerta de los colegios: darte gratis una muestra para que luego compres el resto. Sin embargo, con el tiempo nos hemos vuelto resistentes a cualquier tentación –tentación de gastar dinero en cultura, vamos–, y las facilidades tecnológicas han terminado de rematar la faena, poniendo a nuestro alcance casi cualquier obra de creación a coste cero, ¿quién se va a resistir a la picaresca? De hecho, si el propio Resines tuviera ordenador, seguro que tendría el disco duro atascado, como todos; con más películas, libros o canciones de las que podría disfrutar en veinte vidas sucesivas.

Sucede que, poco a poco, sin que apenas nos diéramos cuenta, el pirateo se ha convertido no ya en costumbre, sino en una forma habitual de proceder, hasta el punto de que no nos damos cuenta, ni nos planteamos dilema ético alguno. Claro que, si nos trae sin cuidado que las lengüetas de nuestras espais de última moda las hayan dorado niños explotados en el tercer mundo, que trabajan en condiciones casi esclavistas, ¿qué nos va a importar una insignificante descarga, otra más?

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¿Qué fue de la renta básica?
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Javier Menéndez Llamazares | 14-02-2016 | 11:13| 1

 

Hace unos días, cuando tocaba hablar del imposible gobierno español, el todavía presidente en funciones Rajoy se entretuvo delante de los micrófonos explicando que en Gran Bretaña a los empleados con un salario reducido el estado les concede una ayuda complementaria, que sirve de incentivo para que prefieran trabajar en lugar de vivir de las ayudas sociales. Serán cosas de la alta política, de la duda metódica que caracteriza al personaje, o del ‘manzanas traigo’ del acervo popular, pero aunque eso de lanzar un señuelo para desviar la atención de lo que verdaderamente importa en ese momento casi siempre funciona, en esta ocasión el asunto elegido no podría haber resultado más desafortunado.

Y es que las palabras de Rajoy –por más que su intención seguramente fuera otra–

nos trasladan a una especie de país de Jauja, donde en vez de longanizas se ata a los parados con contratos fijos. Un mundo que aquí no hemos visto casi ni en las películas, en el que la preocupación por la dignidad de sus ciudadanos llega tan lejos como para garantizar que nadie se vea condenado a la miseria. Entre otras cosas, mediante unas ayudas económicas, una especie de subsidio, al que todos los habitantes tienen derecho por el mero hecho de pertenecer a esa sociedad. Ideas tan utópicas, vamos, que casi parecen inventos de escandinavos.

Sin embargo, cuando yo era un joven estudiante en Alemania, finalizando el siglo pasado, me sorprendió descubrir que ese tipo de ayudas existían y eran aceptadas con absoluta normalidad incluso en un país mucho más ‘capitalista’ que el nuestro. Cierto que había un gran número de personas que se aprovechaban del sistema con total descaro e impunidad, pero también permitía una libertad personal: saber que puedes dedicar el tiempo que quieras a tu formación o que puedes tener hijos sin miedo a quedarte en la calle no tiene nada que ver con la vida de estrés permanente a que nos condena nuestro raquítico mercado laboral.

En España, el primero en plantear el asunto seriamente fue Zapatero. Claro que fue en 2001, cuando aún ni sospechaba que acabaría ganando por sorpresa las elecciones tres años más tarde. Ni que sufriría una amnesia selectiva, que desterraría al olvido lo que llamó ‘renta básica de ciudadanía’, y nunca más se supo. Aunque de cuando en cuando la idea vuelve a aparecer en algún discurso político, de idealismo exacerbado, no tiene pinta de que acabemos viendo que se implante algo parecido. Y es que la caja común no da para todo: entre lo que no ponen los que deberían, y lo que se llevan los que pueden meter la mano, al final las cuentas nunca cuadran bien para los mismos.

Lo verdaderamente terrible es que, al final, tal vez tengan razón sus detractores. ¿De verdad iríamos a trabajar si cobrásemos igual sin ir?

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Conservarse en vino
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Javier Menéndez Llamazares | 07-02-2016 | 12:47| 1

Diga lo que diga el método científico, hay veces que los médicos no tienen razón. Cierto, sí, que aquel vaquero que en la tele de los ochenta anunciaba Marlboro tenía el destino escrito, y cómo no, acabó contrayendo un cáncer de pulmón como para cumplir una esperada profecía. Cierto también que el que la hace la paga, y que como usted o yo nos descuidemos un pelín en cualquier fiesta de guardar, enseguida llega el de cabecera con el botecito y la aguja de vampiro y nos quita la carne roja, el azúcar y la poca alegría que nos quedara en la vida.

Y, sin embargo, los hay que van por libre, a su bola, aferrados a las costumbres más temerarias, y ahí siguen, tan campantes, mientras el resto de los mortales nos pasamos los días rezando porque no salgan asteriscos en el papeluco del colesterol y los triglicéridos.

Uno de esos suertudos, tal vez el más afortunado, se llamaba Antonio Docampo, y no se puede decir que acabe de pasar a mejor vida, porque la verdad es que el hombre en este mundo no es que pasara muchas privaciones, precisamente. Y es que había conseguido alcanzar nada menos que su cumpleaños número ciento siete aferrado a la receta más improbable: tres litros de vino al día, y el agua… para las ranas.

Pase que algo de truco tiene el asunto, porque este vinatero retirado –el negocio que fundó con su hermano, Bodegas Docampo, lo siguen explotando sus sobrinos–sólo bebía de su propia cosecha; uno de esos vinos caseros que no dejan ni ver a los químicos, y que hay que tomarlos rápidamente porque, si no, enseguida se pican. Pero, aún así, la historia de este gallego con fama de afable y salud de hierro –en su primer siglo de vida no tomó ni un solo medicamento, y se lo llevó una neumonía y no su hígado– viene a poner de manifiesto que, a menos que tuviera superpoderes, algo falla con lo que nos cuentan las todopoderosas autoridades sanitarias.

Si resulta que este hombre acababa con la cosechas él solito, y nosotros vamos una noche a Cañadío y nos pasamos toda la semana penando, entre ibuprofenos y omeoprazoles, es que van a tener razón los veteranos con aquello de que las nuevas generaciones somos unos flojeras y que ya no hay gente como la de antes. Para empezar, porque a nosotros, más que el vino, lo que nos va a matar es la cocacola, entre otras cosas.

Pero seguro que a si a Docampo le llega a trincar Sanidad y le analizan el vino, le precintan la bodega y le obligan a cambiarse a un vino que pase la ITV. Uno de esos con bouquet y taninos y retrogusto afrutado. Uno moderno y bendecido por las autoridades, vamos. Y ahí sí que le hubieran entrado los siete males, seguro.

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De Logroño sin laureles
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Javier Menéndez Llamazares | 01-02-2016 | 2:02| 1

Lo peor de seguir al Racing en los desplazamientos es que, como la cosa se tuerza, te pasas todo el viaje de vuelta estragado por el mal cuerpo que se te queda. Y es que por mucho que queramos ver el lado positivo al empate en Logroño, no recortar distancias con el líder en un duelo directo viene a ser también una forma de perder. Todo lo matizada que queramos –es cierto que el Racing supo sobreponerse a una primera parte espantosa, y que en la segunda barrió al rival, que acabaría pidiendo la hora para amarrar un empate en su propio campo–, pero aunque haya metido el miedo en el cuerpo al Logroñés las matemáticas dicen que aún mantienen a su favor la misma distancia, pero con tres puntos menos en juego.

¿Qué ocurrió en Las Gaunas? Porque, más allá de que fuera un partido vibrante, de ida y vuelta, disputadísimo y con opciones para los dos equipos, lo cierto es que la superioridad de los verdiblancos en el tramo final, el verdaderamente importante, fue abrumadora.

No obstante, un Racing que aspira a campeón no puede pecar de inocencia. En una categoría en la que la picaresca está a la orden del día –la desaparición de los recogepelotas cuando gana el equipo local es un todo un expediente X–, está bien ser deportivos, pero no tontos. El gol del Logroñés llegó con Fede tendido en el césped, con gestos ostensibles de dolor, y su par aprovechó la ventaja sin remilgos. Y sólo un par de minutos más tarde, los nuestros acabaron tirando fuera el balón porque un rival parecía estar lesionado. ¿Se puede saber a qué jugamos? Marcelino lo tenía muy claro: el partido sólo lo para el árbitro. Así nos la jugó Casquero y tuvimos que tragar con ello. Cierto, eso sí, que Santamaría estuvo listísimo con su placaje al rival tras un inoportuno resbalón –cambió una tarjeta por conservar el punto–, pero en general nos sobra más candidez que a las hermanitas de la caridad.

Por otro lado, nos volvió a faltar gol, una carencia que esperábamos ver hoy resuelta con el flamante fichaje. Sin embargo, visto el partido, uno se pregunta si tiene sitio Pumpido en este equipo; Dioni con su gol de raza se ha tatuado el nueve en la espalda. Y a ver quién se atreve a sentar a un Coulibaly inmenso al que ya le salen hasta los taconazos –o ‘talonazos’, como acertadamente me corregiría el gran cronista deportivo Carlos Bribián–. Si nos quedamos con la segunda parte, es difícil poner reparos a algún racinguista.

Aún así, al Racing le faltaron unos minutos para culminar una remontada con visos de gloriosa. Los mismos que, por desgracia, desperdició en la primera parte. Como los motores antiguos, parece que el equipo arranca mal en frío; y el Racing no da con el botón del estárter, ése con el que antiguamente había que ‘sacar el aire’. Y ya sólo quedan quince jornadas para encontrarlo.

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A vueltas con el lábaro
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Javier Menéndez Llamazares | 01-02-2016 | 8:58| 1

 

El lábaro mola. Tiene su gracia, y lo mismo luce en La Gradona de los Campos de Sport que en camisetas o pulseras. Es un guiño reconocible que de inmediato evoca a la tierruca, y sirve de seña de identidad informal y hasta un pelín rebelde. Supone además, en estos tiempos en que se buscan ‘marcas’ para pueblos y ciudades, una ‘imagen’ ideal de Cantabria, que ya está perfectamente establecida y que cuenta con el apoyo de decenas de miles de cántabros, que la lucen con orgullo y espontáneamente. Sin embargo, su salto del imaginario colectivo a la oficialidad de los estatutos, pretendido por un grupo numeroso de ciudadanos, está resultando complicado.

El problema, claro, es que la bandera que ahora mismo ondea en Cantabria como oficial le dice muy poco, o más bien nada, a los actuales habitantes de la región, por mucho que la justifiquemos con gallardetes isabelinos o con provincias marítimas. Vamos, que en el ochenta y uno estaba el país en plena banderitis aguda, y como hacía falta colgar algo del mástil se recurrió a la opción histórica, que no siempre tiene por qué ni la más adecuada ni la más aceptada. Porque, por mucho que se justifique su existencia previa, sin arraigo popular, ¿de qué sirven las banderas?

Lo que convierte a un trozo de tela en un símbolo de identidad va mucho más allá de lo que puedan probar los investigadores; que la historia está siempre idealizada y que se confunde a menudo con mitos y leyendas lo tenemos todos ya muy asumido. Tanto, como la manipulación que siempre se ha ejercido sobre ella desde el poder. Pero la identificación que siente un castellano al ver el castillo en su bandera, un leonés al ver el pendón con el león rampante, un navarro ante las cadenas o un catalán ante la señera dudo mucho que tenga comparación con lo que inspira a un cántabro contemplar esas dos franjas blanquirrojas, que también pueden ser la bandera de Polonia. Y esa sensación sí que existe, al menos para gran parte de los cántabros, con el lábaro. Que a lo mejor no tiene tanta justificación histórica, pero ¿a qué inventar nuevos símbolos si ya había uno inventado y aceptado?

Personalmente, alguno preferiríamos que siguiera siendo oficioso, lejos de las manos de los políticos; a fin de cuentas, tiene el romanticismo de lo popular e independiente.

Pero no deja de resultar legítimo pedir que se le reconozca como símbolo con todas las de ley. Lo absolutamente incomprensible es la postura de algunos políticos que confunden el orgullo por el terruño con el nacionalismo beligerante. Si Ciudadanos, a cuenta del lábaro, quiere ver en nuestra región un problema de independentismo a la catalana, o bien están ya en precampaña electoral o bien es que, sencillamente, no saben donde están pinados.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es