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Autor: xavillamazares
Los noventa de Carlos Bribián
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Javier Menéndez Llamazares | 13-03-2016 | 10:53| 1

Soplando velas, nada menos que noventa, se ha pasado esta noche Carlos Bribián, el vecino más singular que nunca haya tenido; y es que en los años noventa, justo cuando yo me instalaba en mi apartamento de estudiante, en los primeros números de la Aachener Strasse, en la ciudad alemana de Colonia, el prestigioso cronista se jubilaba y abandonaba su casa, al final de la misma calle, tan sólo unos mil trescientos números más allá.

¿Qué no le conocen? Si le presentara como un periodista retirado, les estaría engañando, porque lo cierto es que los periodistas, los de verdad, no se retiran nunca. Y es que, en las dos décadas que Bribián lleva viviendo en Ontoria –cerca de Cabezón de la Sal–, no se ha alejado de la actualidad ni lo más mínimo.

Tras una carrera de futbolista profesional y entrenador, dedicó a la información más de tres décadas, en las que trabajó para el ABC o el diario Pueblo, mayormente desde la corresponsalía en ese país que ya no existe, la República Federal Alemana. Publicó cuatro novelas, cubrió varios juegos olímpicos, escribió en periódicos de medio mundo y hasta tiene un cajón de la mesita lleno de condecoraciones y medallas.

Lector voraz e infatigable, observar a Carlos Bribián ocuparse de la prensa es todo un magisterio, porque el viejo periodista no ‘lee’ los periódicos: los desmenuza, los analiza, los critica y luego devora lo que encuentra de provechoso y deplora todo lo censurable. Y hasta los corrige, imagino que por deformación profesional, porque para quien cada errata es como una ofensa personal, resulta inevitable sacar el lápiz rojo y liarse a enmendarlas.

Y luego lo anota todo, como marcan las reglas de la vieja escuela, en unas libretas que a saber cuántos secretos del oficio guardan. Más tarde, en el momento oportuno, cuando coincide con el redactor, no se cortará un pelo en sacarse de la manga un recorte y cantarle las cuarenta a quien haya deslizado un disparate gramatical o una tontería solemne. O en felicitarle con la mayor efusividad, porque una de las mayores y más escasas virtudes es la de saber reconocer el talento ajeno.

Claro que a Bribián hay que conocerlo, y para eso no hay mejor camino que a través de la palabra. Hay que leer sus novelas, y no estaría de más que alguien rescatara sus crónicas alemanas, o las magníficas semblanzas de grandes deportistas que publicó los sesenta y hoy son piezas de colección en las subastas de internet. Pero también conversar con él, o simplemente escucharle, es un auténtico deleite; por escrito o de viva voz, con su estilo a un tiempo elegante y juguetón es capaz de meterse a cualquier audiencia en el bolsillo. Y además, ¿no sabía más el diablo por viejo que por periodista?

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Palabras cargadas
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Javier Menéndez Llamazares | 07-03-2016 | 11:02| 1

Año y medio de prisión le ha costado a un joven llamado Aitor Cuervo publicar una serie de tuits algo más que controvertidos, y que la Audiencia Nacional ha considerado apología del terrorismo. Son varios, pero el más ilustrativo es uno que dice: «A mí no me da pena lo de Miguel Ángel Blanco, me da pena la familia desahuciada por el banco».

Desde luego que su opinión –o sus versos; no por la rima sino porque Cuervo es autor de una decena de libros de poesía, en su mayoría autopublicados– no podría resultar más desafortunada; sobre todo, porque probablemente su intención no era menospreciar la memoria del malogrado concejal de Ermua, sino poner el acento en la trágica situación de emergencia de tantas familias de nuestro país, en uno de los momentos más aciagos de la crisis.

Pero lo cierto es que no podía haberlo hecho peor, y poco importan las intenciones cuando los resultados son tan nefastos. Igual da que más tarde, en el juicio, intentara explicar que no le apenaba porque «no lo conoció personalmente», o que en su facebook argumente que no pueden obligarle a sentir nada, ni juzgar sus sentimientos. Por mucho encaje de bolillos dialéctico que queramos echarle, la mención a Miguel Ángel Blanco fue una bochornosa equivocación.

Y es que todos nos equivocamos, pero no es lo mismo que unos versos nefastos terminen en la papelera de nuestro escritorio, o que vaguen por las redes sociales eternamente. Es lo malo de estos tiempos, que nuestros errores de juventud –Aitor tenía veinticuatro años cuando lo escribió– no sólo son públicos y notorios, sino que ni siquiera tienen fecha de caducidad.

Cada uno es libre de gobernar como quiera sus sentimientos, faltaría más, pero a mí lo que realmente me apena es que a un muchacho como Aitor Cuervo no le conmueva la muerte de un inocente; cualquier muerte, cualquier injusticia, en realidad. Me da pena que alguien pueda pensar que se puede hacer política con las manos manchadas de sangre. Que no todas las vidas valen lo mismo, y que unas tragedias justifiquen otras.

Pero, además, me da muchísima pena también que, por muy erráticas que sean las palabras, hayan quien las persiga, las combata y las condene, y no con las penas del infierno sino con brigadas informáticas, grilletes y tribunales. Todo lo que Aitor Cuervo pudiera escribir sobre el terrorismo es y debe ser rebatible desde la palabra, pero con razones y no por la fuerza de las armas; no hace falta que, para protegernos, nos acabemos convirtiendo también nosotros en ‘los malos’, y utilicemos la violencia para reprimir discursos que, por mucho que nos disgusten, no pasan de ser ideas. Contra la intolerancia, no hay otro remedio que educación, y una fe infinita en la capacidad humana de enmendar los errores propios.

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Progreso asimétrico
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Javier Menéndez Llamazares | 28-02-2016 | 11:04| 1

«En vez de en el quinto pino, ya podían poner aquí la famosa turborotonda», me decía Marián en pleno atasco de Valdecilla Sur, donde parece que cada centímetro haya que conquistarlo con uñas y dientes. Y es que mucha smartcity, pero en eso de los avances da la impresión de que, o siempre llegan tarde, o en el fondo no es oro todo lo que reluce.

Cierto que los teléfonos móviles, que más bien son ordenadores de bolsillo, nos han cambiado la vida hasta límites insospechados; por ejemplo, ahora ya no hace falta una baraja para entretenerse haciendo solitarios, porque para eso ya está el Candy crush. Y la novia te puede plantar por whatsapp, sin necesidad de que te vea el careto pasando el mal trago. Bien. Eso es progreso.

Pero luego resulta que vas a buscar aparcamiento y la ciudad está llenita de paneles electrónicos –chulísimos, sí– con el número de plazas libres, pero sigue sin haber ni un puñetero hueco; o te decides por fin a utilizar el famoso DNI electrónico, y además de revolver media internet para comprar el dichoso aparatito, si usas Linux o un mac, ya puedes ir llamando a tu primo el ingeniero para configurarlo, si no quieres sentirte como un hombre del siglo XIX, cuando no un auténtico cromañón. Y todo, ¿para qué? Para cuatro webs que siempre están caídas.

Si es que somos muy modernos, sí, pero sólo a la hora de pagar, que para eso sí que las nuevas tecnologías se aplican cosa mala… Como en los bancos, que ya no quieren dar calderilla por caja, y para menos de mil euros ya te puedes apañar con el cajero automático; todo un guiño a las personas mayores.

Curiosamente, donde más rápido llegan los avances es donde a los ciudadanos menos nos interesa; porque cuando te equivocas en cinco céntimos de tu declaración de la renta, Hacienda enseguida cruza datos y aparece con la guadaña, dispuesta a crujirte. Pero como se te ocurra pedir alguna ayuda de esas que prometen en las campañas electorales, entonces ya te puedes llevar hasta la partida de bautismo, porque en ese caso ya aparecen los problemas con la protección de datos y acabas presentando ocho veces la fotocopia del mismo DNI… ¡que encima era electrónico! Y lo más gracioso es que tu pequeño error lo detectan en cuestión de minutos, mientras que el fraude de las grandes fortunas y los evasores no se descubre hasta que al gobierno se le ocurre decretar una amnistía fiscal.

Tampoco dejan nunca de evolucionar los sistemas de vigilancia, como esos helicópteros que desde el cielo velan no por nuestra seguridad, sino porque no decrezca la recaudación por multas de tráfico. Claro que hablamos de un país donde la solución para los tramos de concentración de accidentes es instalar un radar… Bien escondidito, eso sí. Que esa tecnología nunca falla.

 

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Los piratas de Resines
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Javier Menéndez Llamazares | 21-02-2016 | 11:05| 1

Cuando hace unos días a Antonio Resines se le ocurrió dedicar su discurso a la piratería que sufre el cine español, seguramente sabía ya de sobra que estaba abriendo la caja de los truenos y que, aunque acabara chamuscado, más vale que hablen de uno, aunque sea bien, que decía Dalí. Porque el asunto del pirateo ya no es que sea complejo: es que no tiene remedio. Y no sólo es que afecte al cine, o a la música, que son los casos más evidentes, sino que se ha generalizado hasta alcanzar a todas las industrias culturales. Aún así, no deja de ser lógico que aquellos que más afectados se sienten intenten, al menos, llorar sus penas allá donde les dejen.

Ya se había quejado de forma muy sagaz, un lustro atrás, el cantante Víctor Manuel, quien muy razonablemente advertía que a nadie le extraña que haya que pagar los langostinos en una boda, pero que luego no entiende que por la música que suene en el baile posterior haya que abrir la cartera. Claro que, en este caso, meter en danza a la sociedad de autores es como mentar a la bicha: basta con nombrarla para ganarse la antipatía general. Y no sin razón, por cierto.

Aunque el hecho sigue siendo el mismo: estamos convencidos de que los bienes culturales, materiales o inmateriales, deben ser gratuitos. Mucho que ver tienen aquellos dorados años ochenta y primeros noventa, en que los ayuntamientos financiaban conciertos, revistas, cómics, teatro alternativo y casi cualquier manifestación cultural imaginable. Y cuanto más marginal y contestataria, mejor.

Pero también los medios de comunicación tienen mucho que ver con esa sensación de barra libre cultural; llevan décadas ofreciendo gratis canciones o películas, con el viejo truco del camello ése que decían que estaba a la puerta de los colegios: darte gratis una muestra para que luego compres el resto. Sin embargo, con el tiempo nos hemos vuelto resistentes a cualquier tentación –tentación de gastar dinero en cultura, vamos–, y las facilidades tecnológicas han terminado de rematar la faena, poniendo a nuestro alcance casi cualquier obra de creación a coste cero, ¿quién se va a resistir a la picaresca? De hecho, si el propio Resines tuviera ordenador, seguro que tendría el disco duro atascado, como todos; con más películas, libros o canciones de las que podría disfrutar en veinte vidas sucesivas.

Sucede que, poco a poco, sin que apenas nos diéramos cuenta, el pirateo se ha convertido no ya en costumbre, sino en una forma habitual de proceder, hasta el punto de que no nos damos cuenta, ni nos planteamos dilema ético alguno. Claro que, si nos trae sin cuidado que las lengüetas de nuestras espais de última moda las hayan dorado niños explotados en el tercer mundo, que trabajan en condiciones casi esclavistas, ¿qué nos va a importar una insignificante descarga, otra más?

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¿Qué fue de la renta básica?
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Javier Menéndez Llamazares | 14-02-2016 | 11:13| 1

 

Hace unos días, cuando tocaba hablar del imposible gobierno español, el todavía presidente en funciones Rajoy se entretuvo delante de los micrófonos explicando que en Gran Bretaña a los empleados con un salario reducido el estado les concede una ayuda complementaria, que sirve de incentivo para que prefieran trabajar en lugar de vivir de las ayudas sociales. Serán cosas de la alta política, de la duda metódica que caracteriza al personaje, o del ‘manzanas traigo’ del acervo popular, pero aunque eso de lanzar un señuelo para desviar la atención de lo que verdaderamente importa en ese momento casi siempre funciona, en esta ocasión el asunto elegido no podría haber resultado más desafortunado.

Y es que las palabras de Rajoy –por más que su intención seguramente fuera otra–

nos trasladan a una especie de país de Jauja, donde en vez de longanizas se ata a los parados con contratos fijos. Un mundo que aquí no hemos visto casi ni en las películas, en el que la preocupación por la dignidad de sus ciudadanos llega tan lejos como para garantizar que nadie se vea condenado a la miseria. Entre otras cosas, mediante unas ayudas económicas, una especie de subsidio, al que todos los habitantes tienen derecho por el mero hecho de pertenecer a esa sociedad. Ideas tan utópicas, vamos, que casi parecen inventos de escandinavos.

Sin embargo, cuando yo era un joven estudiante en Alemania, finalizando el siglo pasado, me sorprendió descubrir que ese tipo de ayudas existían y eran aceptadas con absoluta normalidad incluso en un país mucho más ‘capitalista’ que el nuestro. Cierto que había un gran número de personas que se aprovechaban del sistema con total descaro e impunidad, pero también permitía una libertad personal: saber que puedes dedicar el tiempo que quieras a tu formación o que puedes tener hijos sin miedo a quedarte en la calle no tiene nada que ver con la vida de estrés permanente a que nos condena nuestro raquítico mercado laboral.

En España, el primero en plantear el asunto seriamente fue Zapatero. Claro que fue en 2001, cuando aún ni sospechaba que acabaría ganando por sorpresa las elecciones tres años más tarde. Ni que sufriría una amnesia selectiva, que desterraría al olvido lo que llamó ‘renta básica de ciudadanía’, y nunca más se supo. Aunque de cuando en cuando la idea vuelve a aparecer en algún discurso político, de idealismo exacerbado, no tiene pinta de que acabemos viendo que se implante algo parecido. Y es que la caja común no da para todo: entre lo que no ponen los que deberían, y lo que se llevan los que pueden meter la mano, al final las cuentas nunca cuadran bien para los mismos.

Lo verdaderamente terrible es que, al final, tal vez tengan razón sus detractores. ¿De verdad iríamos a trabajar si cobrásemos igual sin ir?

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es