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Autor: xavillamazares
Pasión por el vinilo
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Javier Menéndez Llamazares | 28-08-2016 | 1:20| 2

Un recorrido por la Feria del Disco de Santander

 

La feria, como la vida, es una continua fuente de sorpresas, encuentros y desencuentros. Encuentros como los de los coleccionistas locales, un mundo pequeño por lo reducido de su número y también porque, a lo largo del año, la oferta en Santander se encuentra tan localizada que resulta imposible no acabar coincidiendo, hasta que los rostros resultan ya familiares.

Pero no sólo se reencuentran los coleccionistas, porque la feria atrae a muchos visitantes, curiosos o simples paseantes que se acercan a husmear entre los puestos; a fin de cuentas, la música tal vez sea, junto con el cine, el arte más popular del último siglo; al menos, la música popular, pop y rock incluidos.

Y también hay encuentros que no por inevitables resultan menos gratos; por ejemplo, en el primer stand coloca y recoloca sus discos Antonio Pérez, un viejo conocido de la feria, pues era ya habitual en la época en que su sede era el Santemar. Pero su cara resulta también conocida para muchos de los veraneantes, y casi todos los coleccionistas que aprovechan los viajes a Madrid para proveerse de discos, pues regenta ‘Bangla Desh’, la mítica tienda de Costanilla de los Ángeles, un paraíso para completistas y otros viciosos del vinilo.

«Me tocó elegir entre tomar mi semana de vacaciones o venir a la feria de Santander; al final decidí compatibilizar las dos cosas», cuenta, justo antes de asegurar que la feria, por una vez, «va bien». Para la ocasión, se ha traído una buena selección de indie nacional, con algunas piezas inencontrables, como la primera edición de ‘Agujeros de gusano’ de Izal, con una tirada de tan sólo cien copias y que se financió por crowdfunding; de hecho, los benefactores aparecen en la portada del elepé.

Pared con pared nos topamos con Carlos Valle, uno de los mayores coleccionistas nacionales de psicodelia y rock cósmico. Pero sobre todo es conocido desde hace años por su puesto cada domingo en el mercadillo del túnel, cuya especialidad son las ediciones estadounidenses expresamente importadas para su tienda informal. Sorprende el curioso nombre elegido para su stand, ‘Caemu’. En seguida nos aclara con un guiño nostálgico que el acrónimo –Compañía Acústica Experimental de Música Utópica– era el nombre del grupo musical santanderino que fundó en su juventud.

A la feria ha traído, sobre todo, música de los sesenta y setenta, psicodelia, progresivo y hard rock. Entre otras delicatessen, ofrece un ejemplar de ‘Incense And Peppermints’ de Strawberry Alarm Clock firmado por la banda en un concierto en Bilbao, por el que pide 30 euros. Claro que la verdadera joya ya no está disponible: en un cajón de singles apareció un EP de ‘Los Nada’, el mejor grupo de Muriedas.

Curioseando por los puestos también puede verse a algunos músicos locales, como Pablo Gregor o David deLlera; al bibliófilo Roberto de la Lastra o al magistrado Ernesto Sagüillo. Hay sorpresas, como descubrir el alma melómana del gerente de la UC, Enrique Alonso, quien se toma su tiempo para inspeccionar uno a todos los vinilos de cada puesto. Los inevitables desencuentros llegan cuando ves volar el disco que más querías: le sucede a Cinta Suárez, que se ocupa de ayudar a los enfermos en Valdecilla. Buscaba el ‘Parallel lines’ de Blondie, pero no ha habido suerte. Al que suscribe le ocurre algo parecido en el túnel con un tipo que se le adelanta siempre; en el siguiente puesto le confirmarán que, efectivamente, hoy también él ha llegado antes.

En el siguiente puesto, Citadel Records, Esther ofrece láminas de motivos musicales enmarcadas a precios muy asequibles. «Hay que diferenciarse; mi fuerte es la decoración y la colocación», asegura. Y hay un cuadro de Nick Cave que me mira como si quisiera venirse conmigo a casa. Y por sólo 15 euros.

Me cruzo con Ana y David Gimeno, que es informático y además un base de baloncesto abnegado y generoso. En la bolsa que llevan se intuyen dos elepés, aunque no se transparenta lo suficiente para poder ver los títulos. «Es para mi suegro», me explican mientras me enseñan un disco de canciones montañesas y otro de Manolo Escobar.

El siguiente puesto está muy concurrido; en Discoloco mantienen una actividad febril, asistiendo a ferias o con su tienda virtual, aunque tampoco está de más echar un vistazo por su almacén de Collado Villalba: tienen prácticamente todo. Pero a la feria han traído además objetos de lo más friki, que a buen seguro harán las delicias de los cuarentolescentes. Hay muñecos de Kiss y pequeños Lord Vaders, pero lo que más lucen son las lámparas de tetris. Y son tuyas por 45 euros.

En Discos Cucos juegan en casa, y además apuestan por los precios populares, con cajones de elepés a un euro. Eso sí, el single ‘Surfin Safari’ de Melopea lo han tasado en 15 euros. Pero además tienen uno de los productos más buscados por los coleccionistas, las agujas de diamante, que cuestan entre 22 y 40 euros. Nos cuentan que los únicos que las fabrican en España son Fonestar, una empresa de Camargo. Y mientras se nos va los ojos al medio centenar de adaptadores para single que tienen escondidos al fondo de la mesa.

En la caseta de los jerezanos Disco por 1000 descubrimos que en los puestos no sólo se vende, sino que también se compra. Como les ocurrió en León, donde adquirieron la discoteca completa de un locutor de radio, Gelete. Dieciséis mil singles. Pero Juan de Dios prefiere mostrarnos sus otros discos estrella, como la discografía de Mar Otra Vez, primeras ediciones por 35 euros.

Los madrileños de Discos Ziggy completan su oferta con camisetas rockeras a buenos precios, pero sobre todo llama la atención el ejemplar de ‘Música para la libertad’ de Bloque que tienen a la venta por 20 euros. Sí, en efecto, es el mismo que puede verse en el MAS, en la exposición ‘Vinilos’, ilustrado por el cántabro Jesús Alberto Pérez Castaños en 1981.

En ‘El Trastero de Alfredo’ ojea los discos de revival el historiador Julián Sanz Hoya; lleva un niki de Elvis, «comprado en Memphis», puntualiza. Pero la atención se nos va a las estanterías, que parecen de un anticuario: Cámaras de super 8, publicidad de los años treinta, los irrompibles teléfonos góndola, cintas de pianolas, odres de esparto… Hasta una báscula romana o hilanderas de cola-cao se han traído desde León.

Pero además les acompaña un viejo amigo, el coleccionista Félix Martínez. «Estoy vendiendo parte de mis discos, pero es para poder seguir comprando más», nos confiesa. «Aunque bueno, también los cambio, que las ferias son para eso, para el trueque». Pide 60 euros por ‘Policlínico miserable’, de Siniestro Total; es muy difícil de encontrar porque se publicó cuando el vinilo entraba en decadencia, y apenas se tiraron unos centenares de copias. También tiene ‘La caja de los truenos’ de Deltonos por 20 euros.

Un poco más allá, La Bomba Records se han traído desde Oviedo discos de Doctor Explosion y un recopilatorio de Ilegales que desconocía, ’20 canciones’, pero Susana Fernández prefiere no darse importancia: «En Asturias no es raro, lo tiene todo el mundo». Cosas de la oferta y la demanda. Ella prefiere recomendarnos un doble elepé de Kiss, con la portada tridimensional, por 45 €.

Aunque no es muy partidaria de transportar tanto material valioso –«desde que hay internet ya no se viaja»–, nos transmite su satisfacción por la feria santanderina: «era un mercado que había que explotar; y es curioso, pero se está vendiendo muy bien el cedé, toda una sorpresa». Misterios del hipsterismo.

Tras la curiosa propuesta de La Reciclería, con objetos decorativos artesanales de temática sobre todo surfera, el contrapunto exótico lo ponen los expositores extranjeros; uno es Klaus, que en lugar de abrir su propia tienda prefiere la vida seminómada del feriante, y recorre todos los mercados cercanos a Berlín. En su tocadiscos –retro pero actual– suenan los mexicanos Toncho Pilatos, y mientras me cuenta que estudió español en el instituto y que es un lengua que siempre le ha gustado, suenan las sirenas del ferry y al teutón se le ilumina la cara. «Me recuerda a Hamburgo, mi ciudad natal». Seguramente de su puesto un buen amante del deutschrock se llevaría muchas joyas: ‘Autobahn’ de Kraftwerk, ‘Ege Bamyasi’ de Can o incluso el ‘Heroes’ del Bowie más berlinés. Todos a 18 euros.

El otro feriante internacional se llama Gilles Amoros y viene desde Po, en Francia, aunque no es exactamente un novato: ya había participado en la feria santanderina en el año 2002. Está especializado en los años sesenta y setenta, aunque lo que más llama la atención son algunos clásicos de los cincuenta, en especial los singles. Colgado en la pared, el ‘Da doo ron ron’ de The Crystal es todo un objeto de deseo, del que sólo nos separan 40 euros.

Y como cierre del recorrido, un dj ameniza la tarde desde la última caseta, formando alrededor una improvisada y animada tertulia.

Las ferias son un universo en sí mismas, como vamos descubriendo poco a poco. En muchos puestos oímos preguntar: «¿Hasta qué día están?». Algunos feriantes se preguntan si es que van a posponer las compras hasta el último día, pero otros nos revelan que la inmensa mayoría nunca regresa. «Las ferias también tienen una función terapéutica; en estos tiempos todos necesitamos compañía, hablar, y hay hasta quien quiere venderte discos que sólo existen en su imaginación. Ojalá supiera escribir para hacer un libro con todo lo que me ha pasado», confiesa Félix Martínez. Pero claro, esa sería otra historia…

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Citius, altius, fortius
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Javier Menéndez Llamazares | 28-08-2016 | 1:05| 2

Eso de volver a casa con una medalla olímpica tiene que molar mucho. Ser el mejor del mundo en algo, y encima que te suban a un cajón con el número uno y los telediarios canten tus alabanzas…

Aunque sea con un diploma, o con el mero orgullo de haber competido entre los mejores, tiene que resultar inolvidable que te den un paseo por tu ciudad en autobús descubierto y que en la plaza principal te reciban tus vecinos enfervorizados y hasta el alcalde como si fueras míster Marshall.

Lo que ya no debe de tener tanta gracia es que lleguen los de la ‘cáscara amarga’ y se quejen de que si se mezcla la política con el deporte o de que una vez hiciste un feo al Racing.

Y es que lo del politizar el deporte resulta un debate de lo más manido ya, en el que se da la paradoja de que todos estamos de acuerdo, excepto los políticos. Sean del partido que sean, si están en la oposición lo denuncian, escandalizados, pero una vez en el gobierno son incapaces de resistir la tentación.

Pero, ¿para qué perder el tiempo con lo que no tiene remedio? Visto que Mahoma no va a la montaña, la única solución que nos va a quedar sería ‘deportivizar’ la política. O, al menos, intentarlo.

Aunque nada de hacer unas olimpiadas del ‘trinque’ o las promesas electorales, no. Para empezar, podrían aplicarse aquella máxima de Pierre de Coubertain que aseguraba que «lo importante es participar», y no ganar. Porque mucho hablar del bien común y el servicio público, pero a la hora de la verdad lo que hay es una competencia feroz, una guerra sin cuartel por conseguir el sillón o el bastón de mando.

Tampoco estaría de más echarle algo de espíritu deportivo al asunto; a la hora de respetar al rival, a la hora de aceptar las derrotas –en lugar de culpar a los ciudadanos, que no saben votar– y hasta para asimilar las victorias, y no dejarse llevar por el triunfalismo y la sed de venganza. Apostar por el juego en equipo, por ejemplo, no nos vendría mal, porque no sólo se puede gobernar con mayorías absolutas.

Lo imprescindible, eso sí, sería fijar unas reglas de juego, iguales para todos, en lugar de favorecer siempre al pez grande. Fijarlas y, además, respetarlas. Juego limpio.

Aseguraba Eduardo Galeano que «uno puede cambiar de religión o de partido político, pero no de equipo de fútbol», aunque lo cierto es que en España de partido no cambia nadie, ni aunque vea con sus propios ojos a su candidato metiendo la mano en la caja o atropellando huerfanitos. Lo demuestra este bucle electoral en el que estamos metidos, y en el que, hagan lo que hagan ‘los nuestros’, seguimos votando con la fidelidad y el espíritu crítico de un hincha.

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El reto del principiante
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Javier Menéndez Llamazares | 26-08-2016 | 5:48| 2

El comisario Llaneza rememora su primer caso, el español que liberó París de los nazis

 

Título: La muerte abrió la leyenda. Autor: Alejandro M. Gallo. NOVELA. Ed. Reino de Cordelia, 2016. 264 pág., 18,95 €.

Pese a lo estricto que suele ser el género negro, Alejandro Gallo sabe que las convenciones están para romperlas. Así que, del mismo modo que el detective Llaneza es un policía atípico –o, al menos, poco vocacional, si es que no resulta bastante pintoresco el interés por el bando republicano en un comisario de la época por mucho que se sitúe en los últimos coletazos del franquismo–, para ‘La muerte abrió la leyenda’ no elige un arranque al uso: en lugar de con un asesinato, todo arranca con una entrevista radiofónica. Y no entraremos en si algunas formas de periodismo pueden ser o no un crimen, pero lo cierto es que en el programa ‘Black friday night’ descubren que, en lugar del suero de la verdad, la mejor forma de soltar la lengua del comisario es ofrecerle chorizo de León. Picante, en concreto.

Una vez avivada la nostalgia por el pimentón y los sabores de la infancia, el locutor David Panadero conseguirá sonsacar al policía los pormenores de su único caso sin resolver, que fuera precisamente el primero.

Así, la acción se retrotrae a la primavera de 1972, con un bisoño subinspector Llaneza recién instalado en su primer destino, una comisaría de Castellón en la que campa a sus anchas la temible brigada político-social, el cuerpo de represión de la dictadura. Falta, claro, el cadáver. Será un ingeniero chileno, tras cuya muerte descubren que, tras su falsa identidad se ocultaba un tal Amado Granell, nada menos que el combatiente español que, en uno de los tanques de la resistencia, encabezaría la entrada en París de las fuerzas aliadas. Condecorado por la República Francesa, su fallecimiento ocurre precisamente cuando se dirige a la embajada para tramitar una pensión. Así, un mero trámite derivará en una investigación compleja y molesta, que acabará por destapar los más turbios asuntos de la aparentemente idílica provincia.

Por supuesto, la novela no va a defraudar a los seguidores de Gallo; no falla en su habitual estilo, de toma y daca, con diálogos trepidantes y un impagable deje de irónico desencanto. Narrado en primera persona, el uso del presente en varios pasajes confiere al relato un ritmo vertiginoso, incluso en las escenas más pausadas. Además, la estructura temporal resulta muy atractiva, pues se narra desde el presente, con sucesivos flashbacks hasta cerrar la retrospectiva con un final sorpresivo, de vuelta ya a nuestros días pero que conecta historia y futuro.

Hay, además, una interesante relación entre la trama y algunas canciones que aparecen en el relato; desde el ‘This land is your land’ de Woody Guthrie hasta el ‘My man’, de Diana Ross. Y toda una serie de referencia culturales, reflejo del universo personal del autor –no olvidemos que es licenciado, entre otras cosas, en filosofía–, que alude a Aristóteles o a Guillermo de Ockham y su ‘navaja’, aparte de a la Alicia de Carroll o a Max Aub.

En definitiva, estamos ante una novela con el inequívoco ‘sello Gallo’, que supone además una ‘precuela’ de otras obras del comisario Llaneza, y que profundiza en el habitual interés del autor por la memoria histórica.

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Nuevo eterno retorno
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Javier Menéndez Llamazares | 26-08-2016 | 1:23| 2

Mondadori celebra con una reedición las dos décadas de ‘La broma infinita’, novela de culto de David Foster Wallace

Título: La broma infinita. Autor: La broma infinita David Foster Wallace. Traducción: Marcelo Covián. NOVELA. 1216 pág. 23,90 € (ebook: 9,99 €). Publicación: 6 de octubre de 2016.

Cuando los editores de Little, Brown and Company estaban a punto de publicar la segunda novela de un joven autor no demasiado conocido, sabían que estaba a punto de entrar en su catálogo una obra especial, uno de esos libros que pueden cambiar no ya el rumbo de un escritor o una editorial, sino de las generaciones posteriores. De modo que decidieron convertir la publicación en todo un acontecimiento; o, al menos, crear la expectación suficiente como para que ‘La broma infinita’ armase todo el revuelo posible. Tras compilar una lista de cuatro mil direcciones de libreros, periodistas, críticos, profesores y otros agentes culturales, diseñaron una serie de seis postales en las que anunciaban la inminente edición de una nueva novela, cuyo título y autor no desvelaban, pero de la que prometían que les daría «un placer infinito», con su «estilo infinito».

Corría el año 1996 e internet aún no era poco más que un experimento, pero el marketing, incluso el editorial, era ya una disciplina de lo más madura. Y eficaz: David Foster Wallace, que hasta entonces sólo había publicado una novela, un libro de relatos y un par de ensayos, inició lo que llamaron su ‘gira triunfal’ por todos los Estados Unidos, en medio de una atención mediática tan inusitada, que hasta la revista Rolling Stone, por primera vez en dos décadas, decidió cubrir una ‘tournée’ literaria. Y para ello enviaron a David Lipsky, uno de sus más destacados reporteros, quien compartió una semana con el excéntrico escritor. Aquel viaje debió resultar memorable, pues el novelista se empeñó en ‘seducir’ al periodista –« Me gustaría moldear la impresión de mí que vas a transmitir. Todavía no sé si me agradas y estoy deseoso por agradarte», le espetó–. Aunque los lectores de la Rolling Stone nunca llegarían a leer ese reportaje, la aventura dio lugar a algo mucho más extenso: una crónica en forma de libro titulada ‘Aunque por supuesto acabarás llegando a ser tú mismo: Un viaje con David Foster Wallace’, que en 2010 le supondría el National Magazine Award, algo similar a los premios nacionales que se estilan en Europa. Un lustro más tarde, su viaje llegaría incluso a la gran pantalla, con el largometraje ‘The end of the tour’, en el que Jesse Eisenberg interpreta al reportero y Jason Segel a DFW.

Otro recurso promocional del que hicieron uso en Little, Brown fue la crítica literaria, una maquinaria cuyos engranajes sabían accionar a la perfección. Voces reputadas como las de Sven Birkerts le coronarían como el sucesor de Pynchon; Michiko Kakutani le presentaría en el New York Times como «uno de los mayores talentos de su generación» y Tom LeClair le halagaría en el American Book Review comparándole con William Gaddis y sus ‘Reconocimientos’.

Claro que aún faltaba la siempre impredecible respuesta del público, que en este caso resultó claramente polarizada entre la adoración y el rechazo absoluto. Incluso otros autores, como Bret Easton Ellis, llegarían a afirmar que se trataba de una obra injustamente sobrevalorada, aunque en su opinión tal vez pesara el duelo que en las listas de ventas mantenía con su novela ‘American Psycho’. Y es que, pese a que la obra de Wallace no encaja precisamente con la etiqueta de ‘bestseller’, en las últimas décadas se ha convertido en un auténtico superventas, con más de un millón de ejemplares comprados en todo el mundo.

A nuestro país llegaría con un notable retraso: en 2002, Mondadori daría a la prensa una versión al castellano firmada por Marcelo Covián. La crítica nacional la recibiría con cierta condescendencia, paliada por la buena recepción de los lectores, que acabarían por convertir a Wallace en un autor fetiche. Alguno de ellos, como José Luis Amores, incluso llegaría a fundar una editorial a la medida del ídolo: Pálido Fuego.

Y es que veinte años después de su primera edición, la novela se encuentra tan viva que incluso puede encontrarse por internet todo tipo de material de apoyo paraa su lectura: esquemas de sus personajes, mapas de los escenarios o un diagrama de flujo con todas las interrelaciones que se establecen en la trama de una de las obras más complejas del cambio de siglo.

 

 

El legado

 

Pero, ¿qué hizo, qué hace tan especial a ‘La broma infinita’? Porque no sólo se trata de una obra espectacularmente extensa –más de mil doscientas páginas tiene la edición española–, sino que además resulta compleja en su lectura, sobre todo en relación con el resto de su obra, mucho más accesible. Aunque para muchos lectores ese hándicap más bien pudo suponer un reto, que no haría sino aumentar su atractivo.

Aunque su publicación no sólo supuso la consagración literaria de Wallace, sino una pequeña revolución en la narrativa contemporánea. En las dos décadas posteriores, escritores de todo el mundo reivindicarían su herencia, en parte mimetizando su estética posmoderna, pero también adaptándola a las realidades concretas regionales. En España, la llamada ‘literatura nocilla’ es clara deudora de sus postulados, así como los movimiento ‘after’.

En clave aún más cercana, podemos encontrar ecos de ‘La broma infinita’ en autores cántabros como Alberto Santamaría, en especial en su novela ‘B’. Según declararía tras su publicación, los terroristas minusválidos de Wallace le servirían de inspiración para la idea inicial de la novela, que giraba alrededor de un grupo terrorista que realizaría atentados aleatorios.

En cualquier caso, ‘La broma’ fue un éxito instantáneo, un hito de la literatura del cambio de siglo, cuya importancia resulta innegable y a la que sólo falta el refrendo del tiempo, comprobar cómo soporta su paso, para convertirse en un auténtico clásico. Así que la prueba de fuego será la reedición conmemorativa de Mondadori, veinte años después, que además llega con la revisión del texto por parte de uno de los más destacados traductores de Wallace, el también novelista Javier Calvo.

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Juan Carlos Mestre: El hijo del panadero
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Javier Menéndez Llamazares | 23-08-2016 | 1:35| 2

Hace más de dos décadas, a Juan Carlos Mestre le pidieron una nota biográfica para un congreso sobre literatura provincial, y el catedrático al presentarle leyó lo que parecía una carta de disculpa: «amigo José Enrique: me pides que te envíe un currículum, que es una de las muchas cosas que no tengo», le había escrito, justo delante de un poema inédito que adjuntaba.

Tal vez entonces no tuviera un currículum normalizado, pero Mestre no era ni mucho menos un desconocido; había ganado pocos años antes el Adonais,  –cuando todavía era un gran premio, aunque su dotación económica fuera ya tan simbólica como el jornal de la mili, entonces–, y había hecho las Américas a su manera en aquel año noventa y dos que tanto cambió el mundo.

Ya no era, desde luego, aquel muchacho demasiado avispado a quien Gilberto Ursinos inoculara la fiebre de la literatura; ni siquiera el joven aprendiz de periodista que a los catorce años empezaba a firmar en el Diario de León. Había cruzado el mundo, había luchado contra todas las injusticias, había amado y había sufrido. Pero sobre todo había encontrado su voz, su manera de estar en el mundo, su forma y su fondo. Y, aunque habría podido hacer cualquier otra cosa que se propusiera, hacía poesía.

Y, a pesar de todo, seguía siendo el hijo del panadero. Cercano y afectuoso, lúcio y genial. El mismo niño que adoraba las bicicletas y el calor de los viejos amigos, un hombre que tenía todo a su alcance y sin embargo prefería dedicar su voz a la defensa de los humildes.

Yo le conocí aquel mismo verano del noventa y dos, justo cuando ‘La poesía ha caído en desgracia’ llegaba a las librerías. Fue un amor inevitable, a primera escucha, porque apenas había podido hojear aquel poemario del que todo el mundo hablaba cuando la casualidad quiso que compartiéramos micrófono en un recital.

Yo por entonces tenía diecinueve años y ya sabía de la belleza de la poesía, pero nunca imaginé que pudiera tener tanta fuerza como todo lo que salía de la boca de aquel hombre de elegancia atemporal y palabras de fuego: «Amé una noche a un desconocido; yo vivía entonces en un país lejano donde las muchachas salían desnudas de los conservatorios con cabezas de alce y girasoles ardiendo», decía, y ya estabas en sus manos. Leyó ‘Elogio de la palabra’ y después ‘Retrato de familia’, que no sé si será el mejor poema del siglo XX pero al menos sí es el que más me ha conmovido nunca. Y entonces supe, todos supimos, que la poesía no había caído en desgracia, ni mucho menos; que mientras existiera Mestre y todos a los que él inspira, el mundo seguiría mereciendo la pena.

 

 

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.