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Autor: xavillamazares
Gustavo Martín Garzo: El amigo de las mujeres
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Javier Menéndez Llamazares | 02-08-2016 | 8:44| 2

No hay mayor deleite para un lector avezado que el descubrimiento. O, al menos, sentir que ha sido uno mismo quien descubre a un nuevo autor, mucho antes de que el resto del mundo se percate de su existencia.

Y aunque uno sepa a ciencia cierta que, personalmente, nada ha tenido que ver con tal hallazgo, ni con todo el éxito posterior en su trayectoria, para el que suscribe Gustavo Martín Garzo nació como escritor, y se ganó el cielo literario, el 1992, con un libro que jamás podré olvidar titulado ‘El amigo de las mujeres’.

A pesar de que ya había dado a la imprenta algunos títulos –sobre todo aquel ‘Luz no usada’ que publicara en el mayor semillero mesetario de talentos de los años ochenta, la colección ‘Barrio de Maravillas’–, el escritor que menos de un lustro más tarde irrumpiría con estruendo en el panorama nacional era todavía un autor semiclandestino, un secreto a voces que aún no había salido del circuito vallisoletano, aunque se tratara de un narrador que estaba, según la expresión germánica, más que ‘maduro para la imprenta’.

‘El amigo de las mujeres’ no llegaría a los escaparates de las librerías hasta una década más tarde, pues fue publicado en una edición no venal, pero sí que llegó a mis manos de lector voraz aquel año olímpico en el que el mundo parecía estar a punto de cambiar en cualquier momento. Había ganado el más goloso premio de relatos de León, el que organizaba la Caja de Ahorros bajo la advocación de Emilio Hurtado, filántropo provincial, y que premiaba, en lugar de a una sola obra, a un libro completo.

Seducido por el rojo de la cubierta, y un sugerente grabado en el que un atleta enseñaba a una ninfa a tocar el pífano, no hubo otro remedio que adentrarse en la prosa de Martín Garzo, que anticipaba un género por entonces novedoso, que una década más tarde la crítica bautizaría como microrrelato. Siguiendo una manía personal, comencé no por la primera página sino por el cuento que daba título al libro, en el que fabulaba dos reinos orientales en los que hombres y mujeres vivían por separado, sin llegar nunca a encontrarse; eso sí, podían oírlas y, sobre todo, imaginarlas, fabular con ellas. El libro, pues, no era sino un puente continuo entre dos mundos que habrían de confluir, aunque fuera de las formas menos convencionales.

Todo Martín Garzo estaba condensado ya en aquel libro: sus títulos insuperables –‘¿Qué se puede hacer con una chica?’–, la delicada visión del observador que comparte su experiencia, el juego de los equívocos entre autor y narrador, entre obra y biografía, y sobre todo ese lenguaje musical, esa voluntad de, se cuente lo que se cuente, hacerlo de la manera más bella posible.

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Las tres cogidas de Caballero
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Javier Menéndez Llamazares | 31-07-2016 | 8:51| 2

Cuando el viernes Musulmán acertó a empitonar a Gonzalo Caballero, cinco mil suspiros subieron al cielo en el coso de Cuatro Caminos. La tauromaquia es un arte, pero en modo alguno un juego. El torero respeta al toro como se respeta a la muerte, porque eso es lo que significa exponerse ante las astas sin más encomienda que un poco de tela, y quién sabe si alguna estampita devota.

Mientras aquel joven apasionado volaba por los aires, en los tendidos nos sobrecogíamos. Marián me apretaba la mano y miraba hacia otro lado, porque aunque le apena el castigo que sufre el animal, le conmueve aún más la desgracia cuando alcanza a un diestro.

Uno, sin embargo, se acordaba de los activistas de la acera de enfrente, que aunque cada vez sean menos, se emplean con toda esa violencia que parecen detestar; parece que aprueban la agresividad, siempre que sea contra humanos y no contra animales.

Pero el mundo, claro, no se detiene, y en la plaza aguardaban aún más sobresaltos. Porque Caballero en modo alguno pensaba darse por vencido; decidido a salir como fuera por la puerta grande santanderina, debió de convencerse a sí mismo de que lo haría a hombros o en camilla, si hacía falta. Y después de un revolcón pavoroso volvió a ponerse en pie, y sin reparar en que sus manoletinas se habían volatilizado, de nuevo se enfrentó a aquel correoso descendiente del minotauro, que parecía mirarle de reojo, o más bien, ‘de medio lao’. Y cuando quiso matarlo, el toro casi lo mata a él, y con un cabeceo de resabio lo envió a la enfermería

Con el instinto de supervivencia atrofiado, el torero, conjurado al grito de triunfo o muerte, cuando reapareció por la puerta de la enfermería, sin la chaquetilla canela y oro y dispuesto a ajustar cuentas con Musulmán. Como en una cuestión de orgullo, aquello era ya un asunto personal. Así que le devolvió a la misma posición, y de nuevo quiso rematarlo hundiendo su estoque en el hoyo de las agujas. Pero Caballero, más que un matador, parecía un púgil al que se le apagan las luces. Tambaleante, como en trance, fue presa fácil para aquel negro mulato que hizo lo que tenía que hacer: embestir, en este tercer y último encuentro entre cuerno y carne. Cuando se incorporó, una mancha de sangre crecía en su taleguilla, entre las ingles.

En aquel momento, mejor no pensar en nada; no recordar que habría quien se alegrase, quien brindaría, que hay quien celebra la muerte de un semejante, en un dislate que contradice el más elemental instinto de conservación de la especie.

Con todas las gargantas atenazadas, mientras el joven maestro era llevado a la enfermería, atronaba una ovación. Cuentan que el joven torero quiso a toda costa volver al ruedo, rematar la faena, triunfar en la arena. Claro que su batalla no sólo es por la vida: debiera ser, sobre todo, por el respeto. Por la dignidad de su oficio.

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Humoristas en el congreso
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Javier Menéndez Llamazares | 15-05-2016 | 11:55| 2

Que a los españoles nos aburre la política es un tópico que parece tener los días contados; después de décadas bostezando en los debates sobre el estado de la nación o cambiando de canal cuando llegaban las noticias políticas, en Ciudadanos han dado con la solución: meter un poco de humor en el congreso de los diputados.

Y es que, desde que nos dejara Labordeta, la verdad es que puñaladas y mala leche hay a raudales, pero lo que se dice diversión…

Pues a esa sosura va a poner remedio la formación naranja, que ha decidido colocar de cabeza de lista por nuestra región a Félix Álvarez, ‘Felisuco’. Y a pesar de que al principio muchos sospechabamos que era una noticia de ‘El mundo today’, resulta que la broma iba completamente en serio.

De las capacidades políticas de Félix Álvarez no sabemos demasiado, pero su talento y valía para el mundo del espectáculo lo puede juzgar todo el mundo porque está a la vista, o lo ha estado en los últimos años, cuando salía en televisión en programas de gran audiencia.

Cada uno sacará sus conclusiones, pero lo cierto es que su candidatura coloca no ya a Cantabria, sino a la misma España en la gran tradición democrática de buscar el voto con cualquier recurso, siempre que no tenga nada que ver con la política. Así que ya podemos sacudirnos los complejos: si en Italia votaban en masa a Berlusconi y hasta Cicciolina llegó a tocar pelo en las elecciones; si Clint Eastwood es alcalde de su pueblo y Arnold Schwarzenegger gobierna California, ¿por qué no vamos a tener nosotros como representante al protagonista de ‘La cena de los idiotas’?

Ya que, como se gritaba hace justo cinco años en todas las plazas españolas, «no nos representan», al menos que nos diviertan. Y para eso, qué mejor que recurrir a profesionales, claro.

Aunque, puestos a buscar humor de verdad, tal vez la de Félix Álvarez no sea una apuesta demasiado segura; si la cosa va a ir de humoristas, bien podrían haber repescado a Antonio Ozores, cuyo discurso no tiene nada que envidiar al de muchos políticos; en el fondo, se les entiende lo mismo. A Luis Piedrahita, el rey de las cosas pequeñas, lo pueden poner a encabezar el grupo mixto, y Eva Hache bordaría el antipático papel de jefe de la oposición. Y a la hora de redactar leyes, qué mejor que resucitar a Tip y Coll, inspirándose en sus surrealistas instrucciones para llenar un vaso de agua.

Pero, puestos a elegir, lo que a mí de verdad me hubiera gustado es que fueran al congreso Faemino y Cansado. Y no importa por qué lista se presentaran: yo les votaría, sin dudarlo. Y no me perdería ni un pleno. Porque iban a estar mucho mejor allí dentro, que en la calle delinquiendo…

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La gran decepción
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Javier Menéndez Llamazares | 08-05-2016 | 11:35| 2

Juanito diría lo que quisiera, pero donde noventa minutos son ‘molto longos’ de verdad no es en el Bernabéu, sino en campos como A Malata. Allí pueden convertirse en una eternidad. Noventa y cuatro minutos, en realidad, que más bien parecieron una sesión continua de ésas que ponían en los cines de barrio, donde primero proyectan una de risa –con el primer gol del Racing–, después un telefilme de sobremesa –tras el empate ferrolano–, luego te echan ‘Qué bello es vivir’ –con el 1 a 2 de Granero–, pero de pronto el proyeccionista se equivoca de rollo y lo que era una de suspense a lo Hitchcock, con un gol sobre la bocina se transforma en una de Bruce Lee, ensalada de tortas incluida. Y al final, despedida y cierre con un dramón de los de echar la lagrimita. Vamos, la historia completa del Racing abreviada en un solo partido, ese eterno remar ilusionados para morir en la orilla.

Me tendrán que disculpar, pero mientras escribo estas líneas aún no me he quitado la camiseta verdiblanca; pero lo peor no es la que se lleva por fuera, sino que la otra, la mental: ésa es imposible quitársela.

Después de subir y bajar de las nubes un par veces –qué sabrán Sabina y el resto de colchoneros lo que es sufrir–, lo que más eché de menos durante el partido fue una de esas bolsas de papel que se pone uno en la boca para evitar la hiperventilación en los ataques de ansiedad. Porque el partido no fue para menos. Sobre todo, para los racinguistas de fe quebradiza, que nos hacemos sin dudar cuatrocientos y pico kilómetros confiados en celebrar una tarde histórica, pero en cuanto se nos tuerce la cosa lo más mínimo ya empezamos a ver resurgen todos los fantasmas del fracaso.

Es el sino de nuestro club, qué vamos a hacerle. Lo tuvimos todo a favor, y hasta fuimos por delante en dos ocasiones. Ya hasta lo estábamos celebrando desde que Borja colase ese gol imposible. Pero hay ocasiones en las que no sirve de nada luchar contra el destino. En el duelo de Racings, el campeón de la mala fortuna volvió a ser el original, el nuestro, ese Real Racing Club que lleva un siglo y pico perdiendo con la mayor de las elegancias por todos los campos de España. Y es que, pese a quien pese, en todos los manuales de estilo se aclara que ‘el Racing’, a secas, es el cántabro. Los demás tienen que llevar apellido.

El Racing de Ferrol, por su parte, es un buen equipo, y su afición respondió a la perfección, pero sobre el césped no fue superior; eso sí, en cada ataque nos metía el miedo en el cuerpo. Y si además consiguen marcar uno de los mejores goles de la temporada, con un trallazo de dibujos animados, poco más se puede hacer. Porque el Racing, el nuestro, jugó un gran partido; todo lo brillante que un rival de entidad le permitió. De hecho, en el minuto ochenta y cinco muchos ferrolanos abandonaron el estadio resignados ante la derrota. Y su empate in extremis resultó una sorpresa. Una de las más crueles. Claro que en este club ya estamos acostumbrados: algo similar nos ocurrió el año pasado, cuando estuvimos salvados durante noventa minutos y en el descuento se nos vino el mundo abajo. Debe de ser nuestra maldición particular.

En fin, ya sólo podemos lamentar lo que pudo ser y no fue. Durante muchos minutos fuimos campeones, frente a un palco simbólicamente semivacío, y silenciando a un estadio en el que se había metido a presión media ciudad de Ferrol.

Lo siguiente será esperar a que se nos pase el disgusto, y volver a echar las cuentas de la lechera: si ellos pierden en Astorga y nosotros… Es la rueda de siempre, la de ilusionarse y luego… ya veremos. En todo caso, nuestra guerra es otra: la del ascenso. Y tenemos quince días para resurgir de nuestras cenizas.

Así que lo que toca es reinvidicar a Manolo Preciado, ése que ahora nos diría que «mañana volverá a salir el sol». Pues eso.

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Libros para la hoguera
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Javier Menéndez Llamazares | 08-05-2016 | 10:00| 2

Las redacciones de periódicos tienen algo especial; entre tanta adrenalina y bajo la tiranía de los plazos, parece increíble que condensen tanta vitalidad e inventiva. Yo siempre había creído que tenía que ver con el olor a tinta, que esos vapores debían de ser alucinógenos, pero lo cierto es que hace una década las rotativas se independizaron para no volver, y sin embargo las redacciones siguen siendo los mismos hervideros de siempre.

El caso es que el viernes, al salir del periódico cargado de libros, el gran Remartínez me ha recomendó emular a Pepe Carvalho, pero no en la mala vida, que también, sino en esa afición de alimentar su chimenea con aquellas novelas que, a su juicio, merecían las llamas. Y hasta bromeamos acerca de una futura sección que se podría titular ‘La chimenea de Javier’.

Y la verdad es que tanto como sueños húmedos no, pero sí debo admitir que durante un rato he paladeado la posibilidad de poner a caldo algunos libros que seguramente lo merezcan, y hasta de liberar a ese crítico implacable y sanguinario que todos llevamos dentro.

Sin embargo, a medida que el asunto se iba caldeando, y empezaba a pensar cuál quemaría primero, poco a poco me fui dando cuenta de que tampoco son tantos los libros que realmente he detestado, que ojalá que no se hubieran escrito.

Claro que hay libros malos, por supuesto. Libros horribles, incluso. Pero, por muy mal escrito que esté, por muy poca razón que tenga o por mucho que nos aburra –pura objetividad, ya ven–, es casi imposible no encontrar algún detalle, alguna línea, algún pensamiento que no nos resulte aprovechable, o al menos interesante.

Y recordé una estúpida conversación de juventud, en la que mi amigo Alejandro López, un pintor que solía tener novias espectaculares, se burlaba de las chicas que me gustaban. Sin embargo, yo sigo pensando que todos tenemos nuestro atractivo; que si no es la mirada es la sonrisa, el carácter, la figura o hasta los andares. Siempre hay algo que vale la pena. O, como decía mi hermana, hasta los hay que, de tan feos que son, resultan guapos. Igual que con los libros.

Otra cosa bien distinta, claro, sería que me dejaran poner a caldo aquellos discos que detesto. Esas canciones que me hacen daño en los oídos y desasosiegan mi espíritu: los montajes comerciales, la música de ascensor, la ‘monserga africana’… Ahí sí que sería despiadado. Aunque ya no me valdría lo de la estufa; más bien me decantaría por colgar unos cuantos cedés, a manera de espantapájaros, para que frían a reflejos a ese maldito mirlo que se me come las fresas que planto en la terraza. Y para ese hit-parade sí que tendría cientos o miles de artistas candidatos. Lo que no tengo, ahora que lo pienso, es ninguno de esos discos. Por fortuna, nunca llegué a comprarlos.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.