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Autor: xavillamazares
El gallo de Manel
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Javier Menéndez Llamazares | 14-05-2017 | 11:18| 1

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Probe Manel. Eurovisión no le ha sentado nada bien: lo que tenía que ser un trampolín se le ha vuelto un patinazo. Como el borrón del escribano, nadie está libre de fallar en el momento crucial. Pero si sueltas un gallo cuando media Europa está mirando, ya te puedes preparar porque te van a crucificar en las redes sociales.

La verdad es que, hasta ayer, no es que el chico me cayera nada simpático. Ya sabemos que en este mundo todo se consigue por contactos, pero que se vean los enchufes nunca dejará de ser grosero. La ‘ayudita’ de un conocido locutor de radiofórmula –como jurado de la fase previa, le dio lo que la audiencia le había quitado– le ha salido tan cara que le costó el favor del público. Y tampoco ayudó demasiado lo de los cortes de mangas y la chulería a destiempo; para los rockeros de los ochenta casi era una obligación ser borde, pero en esta década de buenrollismo han cambiado los códigos. Y debía de ser algo generalizado, porque su sonrisa de medio lado poco a poco fue desapareciendo de la primera línea informativa, como si TVE intuyera que era mejor no darle demasiado bombo al muchacho.

De poco sirvió el entusiasmo playero, el playback de los colegas con las guitarras desenchufadas y las poses con los deditos como buscando la foto: nada gusta más que disfrutar con las desgracias ajenas, y el canto del gallo se lo puso a huevo al personal para desatar el chaparrón. Desde el choteo más o menos lógico de todo quisqui –que hay que ver lo listos e intolerantes que somos todos con un teclado en la mano– hasta el oportunismo más zafio –Ángel Llacer habló de tongo, como si lo de ser jurado de talent shows fuera para tirar la primera piedra–, entre medias llegó hasta lo intolerable, como algún titular de la prensa seria que parecía más propio de una conversación de bar.

Sin embargo, la saña con la que le han atizado desde todos los frentes, hasta convertirle en un pimpampún nacional, resulta tan desproporcionada que acaba por despertar simpatía hacia el chaval, algo inconcebible hace apenas unos días. Y uno le perdona incluso el errático peinado y las camisas hawaianas, y hasta le empieza a sacar parecido con rockeros de fuste, como el alemán Bela B., de Die Ärzte.

Y el caso es que, ahora que le han dado hasta en el cielo de la boca, me empieza a caer mejor. Vapuleado por la prensa y los opinadores de las redes, abandonado por TVE… En este momento, Manel Navarro es la encarnación del fracaso. Un perdedor en toda regla. Su carrera musical, el disco anunciado, su futuro prometedor, todo queda eclipsado por un desliz inoportuno. Y amplificado por medio centenar de canales de televisión y millones de pantallas informáticas. El gallo de Kiev.

Pero, quién sabe… Igual la desgracia se transforma en buena fortuna, y ese gallo se convierte en su amuleto personal. Su cancioncilla no era gran cosa –como la inmensa mayoría de que han participado este y los últimos años en Eurovisión– y estaba condenada a un olvido inmediato, pero ese error épico la puede grabar para siempre en la memoria colectiva. Sólo le faltó haberse quedado a cero del todo para convertir en imborrable su «Dououiiiouit foryor lover». Porque, ¿quién se acuerda hoy del ‘Valentino’ de Cadillac? O de la canción de Patricia Kraus. En cambio, el «Quién maneja mi barca» de Remedios Amaya será eterno. Tal vez no sea la fama con la que cualquier artista sueña, pero los caminos del éxito son inescrutables.

 

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Saber perder
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Javier Menéndez Llamazares | 07-05-2017 | 10:16| 1

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Jugaba ayer a las paradojas Iván Gutiérrez en el Diario afirmando que perder es bueno, o a menos que a su equipo le va a venir bien la última derrota, y lo primero que a uno le viene a la cabeza es que no sólo en el deporte hay que saber perder, sino también en la vida. Sobre todo, en la pública.

En el fondo, la política es cuestión de ojo. Se tiene o no se tiene. Ojo de águila o visión de la jugada, como prefiramos llamarlo. Incluso hay quien lo adorna con flores, pero ese es otro cantar. Tener vista y cuidar la imagen son dos de las más importantes cualidades para lograr ese casi imposible equilibrio de los que aspiran a mantenerse en la cima.

Algo en lo que está fallando Ignacio Diego, a quien de poco le va a servir que sus más acérrimos seguidores remuevan Roma con Santiago –o Génova con Joaquín Costa, que para el caso viene a ser lo mismo–, que recurran a la justicia o si quieren al sursum corda: lo de echar la culpa al empedrado es de malos perdedores.

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El descubrimiento de Federica
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Javier Menéndez Llamazares | 30-04-2017 | 10:44| 1

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Federica Bertocchini ha descubierto que es posible reciclar de manera natural ese plástico que invade cada rincón del planeta y que hasta ahora no sabíamos qué hacer con él. Y todo sucedió como sucede todo: de la manera más inesperada.

Federica es una científica prestigiosa, tras décadas investigando en el campo de la biología, aunque en una rama completamente distinta. A ella en el Instituto de Biomedicina y Biotecnología de Cantabria, donde trabaja desde hace unos años, la conocen por sus camaleones, con los que estudia la formación de extremidades.

Pero en sus ratos libres se ocupa de las abejas que tiene en su casa, y una tarde se puso a limpiar los panales porque se le habían llenado de gusanos de la cera. Mientras decidía qué hacer con ellos, los encerró dentro de una bolsa de plástico y siguió con la limpieza, y al regresar se encontró con que los gusanos campaban a sus anchas por toda la habitación: se habían comido, literalmente, parte del plástico, hasta conseguir liberarse.

Luego harían falta unas cuantas pruebas de laboratorio hasta demostrar la evidencia, pero lo cierto es que en aquel momento Federica había realizado un descubrimiento tan casual como importante para el futuro de nuestro ecosistema. Esta afortunada casualidad que nos va a librar de toneladas de plástico que tardaría siglos en descomponerse es una ‘serendipia’ de manual, si utilizamos el préstamo anglosajón, que suena mucho más serio que nuestra castiza ‘chiripa’.

Aseguraba Pasteur –a quien también sonrió la fortuna cuando descubrió la primera vacuna– que el azar sólo favorece a los que están preparados. Porque si aquella manzana que le cayó a Newton le hubiera caído a cualquier otro, probablemente tan sólo le hubiera chafado la siesta, sin más. Baste como muestra la llamada que recibió la investigadora unos días más tarde en el IBBTEC, en la que una apicultora salmantina que llamaba para ofrecer gusanos de cera confesó que ella sabía desde hacía años que comían plástico. Sólo que a ella, como apuntó Pasteur, esa información no le servía de mucho.

Y veremos para qué nos sirve a los demás el descubrimiento. Por el momento, todo está por hacer: hay que investigar hasta encontrar los mecanismos bioquímicos que producen esa biodegradación, y será un proceso costoso. Pero sorprende que, visto lo atento que anda siempre el gobierno regional a todo lo que sale en televisión, no haya aparecido Revilla anunciando una fuerte inversión pública para poner al servicio de la doctora Bertocchini todo lo que necesite hasta convertir su hallazgo en una realidad útil y, sobre todo, rentable. ¿Qué mejor entorno que el Parque Científico y Tecnológico de Cantabria para desarrollar un proyecto atractivo y ecológico? No es probable que Sodercan tenga nada mejor que hacer. Aunque, por el momento, el presidente aún no ha asomado el bigote. Y no descarten que Federica tenga que irse con su descubrimiento a otra parte.

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Pesadillas contemporáneas
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Javier Menéndez Llamazares | 23-04-2017 | 11:50| 1

Lo que más temían nuestros antepasados medievales era que el demonio les sorprendiera durmiendo y acabara poseyéndoles, y quién sabe cómo de figurada o literal podría ser esa posesión. Los copistas, por ejemplo, tenían su diablillo particular, llamado Titilvillus, que les confundía susurrándoles cosas al oído, o introduciendo alguna errata que luego se arrastraría de copia en copia durante siglos.

Luego, las pesadillas evolucionaron en una dirección que inauguraría Kafka: el pavor de ser engullidos por un sistema deshumanizado. Charles Chaplin lo contaría con más gracia en ‘Tiempos modernos’, donde la cadena de producción provocaba que Charlot siguiera apretando tuercas muchas horas después de salir de la fábrica. Y Harold Lloyd uniría el vértigo y la dictadura del reloj en su magistral ‘El hombre mosca’.

Nuestras pesadillas, pues, se van volviendo más y más sofisticadas, aunque que desde hace una década ha aparecido una de lo más recurrente: el pánico a quedarse sin móvil. Y eso precisamente le ocurrido al que suscribe, que por algo arrastra una no del todo inmerecida fama de despistado.

Por algún motivo inexplicable –aunque seguro que Titilvillus tuvo algo que ver– esa maravilla de la técnica que últimamente parece un apéndice de mano, mi adorado teléfono móvil, se me quedó olvidado quién sabe dónde justo el día en que salía de viaje, y no reparé en el descuido hasta que ya había pasado los controles de pasaporte, ese punto de no retorno. Por delante me quedaban cuatro días sin conexión, una eternidad de la que no sabía cómo salir indemne.

Y es que uno no es consciente de sus adicciones hasta que no sufre el síndrome de abstinencia. Que en mi caso empezó con un leve cosquilleo en la mano derecha, que se sentía huérfana sin el tacto a plástico y cristal de mi querido aparatejo. Porque el mío hasta tiene nombre: ‘Kleiner’ le puse, el chiquito. Y así andaba yo perdido por el mundo, cruzando aeropuertos, surcando Europa, bajando al subsuelo, montando en barcos y caminando por las aceras y mi vista no se detenía en los monumentos, en el paisaje o en todo lo hermoso que se cruzaba a mi paso. Qué va: yo sólo veía móviles. Gente feliz que sonreía al chatear, que mataba el aburrimiento jugando al Candy, que cotilleaba despreocupadamente en las redes sociales. Que leía el periódico o compraba por correspondencia. Gente a la que miraba con envidia creciente porque hacía todo lo que yo no podía hacer con ese bendito artilugio que es lo que une a esa Europa multicultural en la que no importa tu raza ni tu credo sino la marca de tu móvil.

No sufría tanta ansiedad desde que dejé de fumar, hace más de quince años. Todo un viaje al pasado, sin correo, sin mensajes del redactor jefe, ignorando la temperatura de mi pueblo o qué foto habría subido mi hijo esa tarde. Una pesadilla que ríase usted de Kafka.

 

 

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La generación del 92
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Javier Menéndez Llamazares | 16-04-2017 | 11:51| 1

Si hubo una fecha que marcó a todos los que crecimos en los años ochenta, esa fue sin duda 1992. Y no sólo porque nuestro mundo cambiara tanto que podría decirse que hubo una España anterior y otra posterior, sino porque durante largos años fuimos alimentando la esperanza de que después de ese ‘año de las maravillas’, todo sería mejor. Seríamos más modernos, más ricos, más europeos… cualquier cosa que nos alejara del país atrasado y dictatorial que padecieron nuestros padres.

Más allá de las fanfarrias propagandísticas, lo cierto es que el país cambió alrededor del 92; por supuesto que fue un proceso lento, pero esa España a la que según Alfonso Guerra «no iba a conocer ni la madre que la parió» realmente empezó a ser otra entonces. Y es que solemos mirar a aquella España pre-92 con ojos de ‘Cuéntame’, como si los ochenta hubieran sido la mejor década de la historia. Pero si quitamos un poco de almíbar a la mirada, deberíamos recordar que no todo eran vino y rosas; los adolescentes de entonces vivíamos nuestra particular ‘movida’, que consistía en querer modernizar un país anticuado y, sobre todo, muy cutre. Un país cuya bandera parecía proscrita. Un país que no tenía ni nombre, porque en aquella época hasta decir ‘España’ estaba mal visto.

El verdadero logro del 92 fue un silencioso pero profundo cambio de mentalidad: aprendimos a sentirnos orgullosos de ser españoles, pero de una manera distinta a nuestros padres y abuelos. Del ‘que inventen ellos’ y del ‘españolizar Europa’ pasamos a sentirnos un país moderno, a la cabeza del mundo. No éramos unos polizones en la UE, no nos habíamos colado en la fiesta europeísta como los parientes pobres, sino que estábamos dentro por derecho propio, aunque hubiésemos llegado los últimos.

Los que por entonces salimos al extranjero pudimos comprobar que no era un espejismo interior, ni mucho menos. Los alemanes o los franceses nos miraban de un modo muy diferente a como lo habían hecho con los emigrantes de tres décadas atrás. Nosotros ya no procedíamos de un país atrasado, sino de uno de los lugares más interesantes, creativos y atractivos del mundo. En aquellos años noventa, había una fiebre por todo lo español: querían aprender el idioma, venir de vacaciones, comer jamón… Éramos el país de moda.

A nosotros, de puertas adentro, nos sirvió para quitarnos de encima muchos complejos y abandonar un victimismo que no conducía a ninguna parte. Para descubrir que no éramos menos que nadie. Aún tendríamos que superar graves problemas, como el terrorismo o el callejón sin salida de los nacionalismos –y otros resultarían irresolubles, como el paro o las desigualdades económicas–, pero aquella afirmación de nuestra propia identidad significó el cierre definitivo de la transición, no ya política sino social.

 

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.