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El museo de Salvador
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Javier Menéndez Llamazares | 29-01-2018 | 12:50

museoLo peor que le puede pasar a un museo es que se le quemen los fondos. Lo peor con diferencia, porque casi todo lo demás puede tener arreglo, pero el fuego aplicado a cualquier colección puede ser cualquier cosa menos purificador.

En Santander ha ardido el MAS, y el incendio ha hecho correr ríos de tinta, pero todavía no hemos oído a nadie lamentarse diciendo «se nos ha quemado el Museo». Muy pocos ciudadanos consideran que sea suyo y, a la larga, la indiferencia termina siendo más destructiva que las llamas.

Hace dos décadas, Santander tenía un apacible Museo de Bellas Artes que tampoco era para presumir, pero se las apañaba con su colección de paisajistas cántabros, con un fondo más que digno de Pancho Cossío y María Blanchard… y el Goya. Un Goya más bien menor, de encargo y con polémica, pero un Goya, nada menos. Al fin y al cabo, durante medio siglo ha sido el auténtico reclamo del museo, el motivo del noventa por ciento de las visitas.

Desde el incendio, a Salvador Carretero le está cayendo encima lo que no está escrito. Y tendrá que asumir su responsabilidad, pero también deberíamos valorar en su justa medida sus esfuerzos por modernizar el Museo, a base sobre todo de imaginación. Porque durante los diez años de oscura crisis no han dejado de programarse actividades, de presentar nuevos creadores, y sin apenas recursos. En tres años su presupuesto se reduciría en un noventa por ciento, y dirigir un museo en esas condiciones es también una forma de arte. Por ejemplo, la decisión de abrir las puertas a los coleccionistas privados, más que una solución de emergencia, resultó un gran acierto.

Si valoramos los resultados a partir de los recursos disponibles, hay que reconocer que Carretero llevó el museo al siglo XXI, con un buen nivel artístico. Sin embargo, no supo dar con la tecla del éxito, esa que lleva al público masivamente a centros como el Musac o el IVAM. Tan sólo lo logró con propuestas más comerciales, pero alejadas del arte más actual; la exposición ‘Vinilos’, por ejemplo.

Sin embargo, dos décadas para un cargo directivo son una auténtica eternidad, y propician que más que el Museo de Santander, se haya convertido en el ‘Museo de Salvador Carretero’, construido a su imagen y semejanza. El incendio, a fin de cuentas, no deja de ser un accidente; trágico, pero un accidente. Pero tal vez haya llegado el momento de que el conservador actual pase a un segundo plano y, como sucede con la Biblioteca Nacional y otras instituciones, se renueve la dirección. Empezando por ese patronato que parece venir de la mano de Godot.

Pero que nadie se llame a engaño: no se trata de cambiar de nombres –porque no han tardado en saltar aquellos que quieren «ser califa en lugar del califa»–. Si no cambia la actitud del ayuntamiento, seguirá vacío. Por muchos nombres rimbombantes que quieran ponerle.

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es