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Marcianitos
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Javier Menéndez Llamazares | 18-12-2017 | 13:53

marcianitosEl primer videojuego que entró en mi casa no hacía sospechar, ni por asomo, que aquello fuera la industria del futuro. Eran navidades, esas navidades interminables de principios de los ochenta, y nos lo había traído mi tío Graciano, que de camino desde Hessen había parado en Colonia, donde los Reyes Magos. Y en vez de mirra –que no sabíamos lo que era, ni nos importaba demasiado, la verdad–, lo que nos trajo fue un aparatejo de Atari que le tuvo liado toda la mañana, intentando sintonizarlo en aquel televisor del que sólo usábamos dos botones: el la primera cadena, y el de la segunda cadena. Fin.

Al final, en la última vuelta del UHF, se hizo la magia. ‘Pong’, ponía en la pantalla. Sobre la mesa del café, una cajita de plástico negro con varios interruptores, y dos largos cables que terminaban en una especie de joystick primitivo, que en lugar de pulsador tenía un potenciómetro de rueda, como los que usábamos entonces para sintonizar la radio. Y en la pantalla, dividida en dos por una línea blanca, dos palos blancos y un puntito que se movía como en una película antigua, a saltitos. Y girando el botón, los palitos se movían arriba y abajo. ¡Eran raquetas de tenis!

Aquel sencillo juego, con su contador y sus partidas rápidas, nos acabaría enganchando sin remedio. En las largas tardes de invierno haría aflorar el espíritu competitivo entre los hermanos, y hasta nos causaría más de un problema por querer copar las horas de televisión, cuando unos queríamos ver el fútbol y otros preferían seguir dándole a la maquinita. Y eso sería sólo el principio.

Luego llegaría la miniconsola del Donkey Kong, un Amstrad y un MSX en el que tenías que esperar quince minutos de pitidos de un cassette para poder echar una partida al Tetris. Mi madre intentaría reconducirnos con una calculadora electrónica que tenía juegos fabulosos de cálculo, pero no hubo manera. Pero luego descubrimos los cartuchos, que se cargaban al instante, y ya no habría manera de despegarnos del Prince of Persia o del Comecocos.

Pero ni simuladores deportivos ni juegos para listos, como el de La Abadía del Crimen: a mí lo que me volvía loco eran los de marcianitos. El Space Invader, sí, pero sobre todo el Galaxian, que era el que tenían aquellas enormes máquinas de Namco que había en los bares y las salas recreativas, y que te costaban a cinco duros una partida que no había manera de terminar nunca.

Han pasado casi cuatro décadas, y aquellos juegos que entonces nos parecían un simple pasatiempo resulta que se han convertido en un asunto muy serio, que mueve dinero a toneladas y da fama y prestigio a sus creadores. Mañana, por ejemplo, van a dar un premio a un tal Jeff Kaplan porque tiene a treinta y cinco millones de personas enganchados a su juego Overcraft. Y todo empezó con una rueda que subía unos palitos arriba y abajo.

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es