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Fallos del jurado
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Javier Menéndez Llamazares | 01-12-2017 | 08:01

Siempre me he preguntado por qué a las decisiones de un jurado se las denomina ‘fallos’. Como si ya de antemano se admitiera, con la mayor de las resignaciones, que juzgar es equivocarse. Que fallan los jueces cuando deciden si tal o cual tiene razón, y los miembros de un jurado al elegir quién es mejor y quién peor.
Y es que los juicios sólo tienen sentido cuando la materia a tratar no admite una medición exacta, a la que se pueda aplicar la lógica implacable de las matemáticas. Para determinar quién lanza más lejos, quien corre más rápido, quién llega antes o quién tiene más de lo que sea no hace falta juzgar, basta con medir. Pero para escoger el más meritorio entre un conjunto de novelas o poemas, para premiar a una canción o para dilucidar si alguien es o no culpable de algún cargo, ahí sí que es precisa la intervención del experto, de alguien autorizado que diga sí, o no, y que además cargue con la responsabilidad de sus decisiones.
El problema, claro, es que cuando es preciso decidir mediante un jurado siempre quedará alguien descontento. Si hay tribunal o mesa que valore méritos mayoritariamente subjetivos, y varios candidatos con intereses contrapuestos, evitar la polémica siempre resulta difícil.
A mí, por ejemplo, cuando me ha tocado ser jurado, siempre he sido más bien fallón. En los premios literarios, uno siempre valora aspectos muy diferentes de los que interesan a los otros jurados. Debe de ser una especie de maldición, pero si un texto te resulta divertido, a otro le parecerá intrascendente. Si te asombran sus conocimientos o lo atinado de sus reflexiones, no faltará quien lo encuentre tedioso. Donde uno ve oficio, otro ve relleno, paja. Y la mayoría de las veces resulta imposible un acuerdo unánime, porque lo que a uno le parece importante no siempre coincide con lo que opine el resto.
En los tribunales de justicia, el asunto debe de resultar aún más complicado. A fin de cuentas, en un jurado literario sólo decides quién gana, pero un juez tiene que decidir quién pierde. Y el desfavorecido no sólo pierde el juicio, sino a menudo dinero, su libertad o, en algunos países, incluso la vida. No me gustaría nada ser jurado, y menos en casos graves, de asesinatos o violaciones. ¿Cómo medir, sin temor a equivocarse, la veracidad de cada cuál? Desde luego, es muy fácil formarse una opinión, y en cuanto habla la acusación uno mandaría al reo a galeras, como poco. Pero luego habla el abogado defensor y le ves tan convencido que te entran las dudas. ¿Cómo acertar, cómo atreverse a dictaminar quién está en posesión de la verdad absoluta? Sólo de pensar que la casualidad me podría llevar a formar parte de un jurado popular y tener que decidir en algún juicio así, donde está en juego el futuro de muchas personas, me provoca sudores fríos. Fallaría, seguro.

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es