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Dar la espantada
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Javier Menéndez Llamazares | 06-11-2017 | 07:53

Hasta hace nada, cuando alguien decidía desaparecer sin previo aviso, la frase de despedida solía ser «me voy a por tabaco». Una excusa de lo más socorrida, que casi parecía justificar un viaje a Canarias, o incluso más allá, al mismísimo Caribe. Pero esa expresión, sin embargo, le debía de sonar demasiado españolista al muy honorable president catalán, que un viernes dijo que se iba a dormir a Gerona y a la semana siguiente apareció en el país de Tintín, casi igual de atribulado pero sin repeinarse el flequillo beatle. Total, que dentro de nada, en lugar de decir «despedirse a la francesa» acabará imponiéndose la expresión «hacer un Puigdemont», que para algo los españoles hemos inventado los chistes.

El caso es que su fuga, más allá de una cobardía digna del españolísimo Capitán Araña, se podría convertir en una fuente de inspiración para todos sus compatriotas, que tampoco vamos a negar que más de una vez hemos soñado con desaparecer, borrarnos del mapa y reinventarnos al otro lado del mundo. En su situación, claro, es más que comprensible: mejor estar mirando al Manneken Pis que hacia el horizonte de Alcalá Meco, o donde quisiera realojarle la autoridad competente. Que la meseta estará muy bien, pero para treinta años como que le iba a resultar un poco monótono el paisaje.

Aunque lo emocionante sería emular a Gaugin, que cuando se aburrió de jugar a pobre en los peores tugurios de París se largó a los mares del Sur a disfrutar de las relajadas costumbres polinesias. Más o menos, lo que hacen los jubilados europeos en la Costa del Sol, pero con los ojos rasgados y con infinitamente más clase.

Mucho mejor, claro, sería fugarse a lo grande, tal como dice la leyenda urbana que hicieron Elvis y Marilyn. Atropar un buen montón de millones, cambiar de aspecto y dedicarse a vivir la vida lejos de los problemas cotidianos. Menos mal que sólo es un bulo, porque resultaría deprimente descubrir a los mitos del siglo XX entrados en carnes, ajados y marchitos; casi mejor que se conserven como están, impecables, en ese ámbar de la memoria colectiva.

Luego estaría, claro, el lado chungo. El de Ruiz Mateos eludiendo a la justicia. Roldán escondido en un piso miserable, como los topos de la guerra, mientras Anacleto agente secreto le vaciaba los bolsillos. O el de el Dioni dándose a la fuga con todo el pastizal que custodiaba en su furgoneta de vigilante de seguridad. Brasil… lala lalala la la Brasil… Una historia que por mucho que la cantara Sabina, termina fatal, con la policía de Río electrocutándole las zonas más sensibles. No todos pueden ser Pepe el del Popular, claro.

Aunque lo de Puigdemont se acerca mucho más a la espantada de aquellos toreros que, tras años de luchar por la alternativa, en cuanto ven venir al toro de verdad deciden salir por patas. Y no parar hasta Bruselas, por ejemplo.

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.