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Cápsulas del tiempo
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Javier Menéndez Llamazares | 19-10-2017 | 10:40

solopuenteEn el colegio El Salvador, en Barreda, acaban de enterrar una cápsula del tiempo; esto es: un contenedor de plástico en el que han depositado una quincena de objetos y que se abrirá en 2032, cuando el centro cumpla cincuenta años.

Eso de la nostalgia retro-futurista no deja de tener su encanto, y uno no puede sino imaginar qué habría guardado en una cápsula, de haber podido, en sus años de adolescencia. Si yo encontrase ahora una guardada por mí en los ochenta, está claro lo que contendría: discos de los Ramones, novelas de Boris Vian, camisetas sin mangas, polaroids, gafas de sol rockeras, gomina para la cresta o laca para el tupé –según la época–, cromos de la liga, mis guantes de portero, tebeos de Astérix, chapas y parches para la chupa de cuero, capítulos de los Monster en cintas de vídeo beta, una agenda repleta de teléfonos… No sé si cabrían mi bici de cros o el balón de baloncesto, ni si se podrían conservar los colajets, las botellas de gaseosa o las galletas que hacía mi abuela con la nata de la leche, cuando la leche todavía tenía nata y llegaba a casa caliente, directa desde la vaquería. Mi caja tendría ese aroma a veranos interminables y a un mundo optimista que todavía creía en el futuro.

Pero en su momento no lo hice, y ahora, puesto a fabular, me pregunto qué escogería yo si hoy me propusiera guardar una. No sé si se parecería a la de hace veinticinco años: un ejemplar del Diario, las llaves de la moto, mi portátil, el carnet del Racing, viejos libro en papel, camisetas de los Ramones, discos de vinilo, recetas de cocina italiana, gafas de sol…

Ahora mismo, en el otoño de 2017, tampoco estaría de más incluir un mapa, que se aproximan buenos tiempos para los constructores de muros y los fabricantes de barreras de aduana. Sería interesante comparar en medio siglo de qué lado de la frontera cae entonces Castro, por ejemplo.

Aunque el objeto estrella tendría que ser, cómo no, el móvil. Si antiguamente se decía que donde el español no alcanza con la mano, lo hace con la punta de su espada, hoy esa prolongación es nuestro teléfono, casi una extremidad más. El único problema es que, si metiera mi iphone, no creo que aguantara ni diez minutos sin abrir la cápsula, para poder recuperarlo.

Claro que hoy día casi sería más sencillo conservar una cápsula digital: un perfil de facebook, algunos tuits, los contactos de la sim, unos cuantos selfies –retocados con el photoshop o no, eso ya a gusto de cada cual–, entradas de nuestro blog y quién sabe si hasta algunas conversaciones del whatsapp. Toda una vida traducida a unos y ceros. El problema es que, dentro de cincuenta años, lo mismo lo encontramos y nos morimos… de la vergüenza.

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.