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No hablar de Cataluña
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Javier Menéndez Llamazares | 19-10-2017 | 12:05

Por supuesto, todo esto se veía venir. Tras varias generaciones educadas bajo los preceptos nacionalistas, aquello del «El río Ebro nace en tierras extrañas y desemboca en el Mediterráneo por Cataluña» ha acabado calando hondo entre los catalanes. El discurso victimista del país invadido desde la guerra de Sucesión, la política de ganar para la causa a los emigrantes de segunda generación –cuando se convencieron de que era mucho mejor que llamarles ‘charnegos’; véase si no qué éxito con Rufián y sus clones– o la potenciación del ‘hecho diferencial’ llevan cuatro décadas incubando un sentimiento que en algún momento tenía que explotar.

En 2004 hice en la Universitat de Girona –entonces ya no se podía decir oficialmente ‘Universidad de Gerona’, ni siquiera en castellano– un curso de catalán en su escuela de idiomas veraniega. Cosas del requisito lingüístico, que ya separaba de facto Cataluña de España, al menos en lo laboral. La verdad es que la estancia resultó maravillosa –como en todas las visitas que he realizado a Cataluña–; la gente era encantadora, no tenían el menor problema con el bilingüismo y pasé seis semanas fabulosas, disfrutando de un lugar y una cultura que, si no era la mía, se parecía muchísimo.

Hasta que, al concluir el curso, en un acto con todos los asistentes a las clases de los demás idiomas, la universidad quiso agradecer a los estudiantes de catalán su presencia con una ovación, repartida por países. Grandes aplausos para los alemanes, los franceses, los italianos, los marroquíes y los japoneses. Cuando nos tocó salir a los españoles, el chaparrón fue antológico. Silbidos, abucheos y hasta insultos gruesos para las cinco personas que salimos detrás de la palabra ‘España’, como si no estuviéramos en nuestro propio país. Y muchas de las caras que nos miraban con resentimiento eran las mismas con las que habíamos convivido sin el menor problema hasta entonces.

Pero se aprecia la misma violencia injustificada en los que ahora se dedican a jalear a las fuerzas de orden; ¿qué es eso de «¡A por ellos!»? ¿A por quién? Habría que empezar por hacer un esfuerzo por entendernos. Para los españoles, la secesión se interpreta como una pérdida traumática, como amputarse una pierna o un brazo. Los independentistas, en cambio, lo ven como un divorcio que pondría fin a un matrimonio forzado.

El sentimiento independentista es real, y no es nada nuevo. Desde el otro lado de la península nos consolamos pensando que son cuatro gatos, una minoría muy vociferante, y nos refugiamos detrás de leyes, jueces y fuerzas del orden para pensar que todo va bien, que nunca cambiará nada. El plan es no hablar de Cataluña. Y tal vez ese sea también el error: no hablar de Cataluña. Al menos, no del problema real que nos separa. Lo hemos ignorado tanto tiempo, que quizás ahora ya sea demasiado tarde.

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.