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Independizarse
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Javier Menéndez Llamazares | 19-10-2017 | 10:07

En los últimos tiempos, lo único que nos libra de estar hasta la barretina del asunto de Cataluña es que no la usamos; de hecho, ya ni boina se gasta por estas tierras, por mucho que a más de uno este verano le hubiera venido para protegerse de las insolaciones que parecen afectar a los exaltados de uno y otro mando, cada cual con el gatillo más rápido y el dedo apuntando al botón de autodestrucción. Pero saturados del asunto, lo que se dice hartos, estamos ahí mismo. No sabemos cómo acabará todo, pero que acabe ya, por favor.

Y es que la independencia es importante, pero la de las personas. La libertad de opinión, la autonomía personal y, sobre todo, la independencia económica. Que está muy bien que cada nación quiera su país y cada maestrillo su librillo, pero en el fondo de lo que debería ir todo esto no es de respetar leyes –que por cierto ya hemos visto hace bien poco que a poco que los políticos se empeñen hasta las constituciones se modifican de la noche al día, por no decir con nocturnidad y alevosía–, sino de algo mucho más trascendental, que es la búsqueda de la felicidad, por usar la expresión del siglo XVIII que sigue siendo la más bella de la historia para definir el sentido de la vida.

Y es que más que los países, los que de verdad necesitan independizarse son por ejemplo los más de cincuenta mil jóvenes que hace unos días nos contaba Nacho Ucelay que siguen viviendo en casa de sus padres. Y en la mayoría de los casos no porque no quieran, sino porque, sencillamente, no pueden. Se nos llena la boca con los derechos históricos de las naciones, o con su carácter sagrado, pero luego nos da exactamente igual cómo de moradas las están pasando su ciudadanos. Seremos la cuarta economía de Europa, los campeones de la Champions o los reyes del mambo, pero la realidad dice otra cosa muy distinta, con un par de generaciones condenadas al éxodo y víctimas de la precariedad. Jóvenes que coleccionan títulos universitarios para luego tener que soportar que les excluyan de ofertas de empleo por sobrecualificación. Trabajos que penden de un hilo, que nunca dejarán de ser temporales. Salarios que hay que mirar con lupa, o casi con microscopio, y precios que parecen en pesetas, de cuando los alquileres costaban miles y miles.

¿De verdad que se celebre o no un referéndum va a cambiar algo? En lugar de tanto jugar a las triquiñuelas legales y de órdagos a grande y a chica, nuestros políticos deberían preocuparse de que todos podamos ser independientes. Y entonces tal vez cumpliríamos todos aquel mandato de la constitución de Cádiz que decía que «El amor de la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y, asimismo, el ser justos y benéficos».

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.