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La caducidad de los mapas
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Javier Menéndez Llamazares | 19-10-2017 | 10:48

Más allá de lo práctico, los mapas siempre han fascinado a los soñadores. Por más que sólo sean líneas y papel, encierran el mundo, a veces el mundo entero. Lugares mitificados como las grandes capitales, o exóticos como los países lejanos. Para quien sabe mirar, todo son aventuras. Las que nos han contado desde niños, las que hemos leído en libros de historia o de leyendas, y las que imaginamos nosotros mismos con sólo contemplar esa representación de territorios que, si ya conocíamos, nos sirven para recordarlos, y si nunca hemos estado, podemos ir anticipando en nuestra mente.

De entre toda la cartografía, me quedo con los mapas mudos, ese invento escolar en el que los alumnos desobedientes podían nombrar los países como quisieran, y levantar ciudades o ubicar fronteras a su antojo. O incluso prescindir de ellas.

Los mapas antiguos, en cambio, tienen una belleza rara y nostálgica; a poco que amarilleen, casi todos contienen lugares inexistentes. «Cielo y tierra pasarán», decía la cita bíblica, pero no acierta. El cielo y la tierra siguen ahí, lo que cambian son las denominaciones, los tonos con que coloreamos cada país, las líneas que delimitan las fronteras. Lo que inventamos los hombres. El mundo real sigue ahí, ajeno a la geometría que defienden los mapas políticos.

Recuerdo, por ejemplo, que cuando visité Praga hace dos décadas, el mapa de Checoslovaquia que llevaba en la guantera dibujaba un país que ya no existía: se había partido en dos. Y también que conocí algunos refugiados que se acostaron una noche siendo yugoslavos y unos despertaron serbios, otros croatas y otros ni siquiera despertaron. Y ni siquiera era nada nuevo: el genial Berlanga nunca olvidaría aquel Imperio Austrohúngaro que estudiara en el colegio. Y Cela iría aún más allá, con sus ‘Apuntes carpeto-vetónicos’.

Aunque no podamos verlo –y tampoco nos guste demasiado–, la geografía más que una disciplina se diría que es un ente vivo, que evoluciona con el tiempo, que muta nombres, parajes y territorios. Donde antes había un valle ahora puede haber un embalse, donde hubo un paraíso vegetal una veta de carbón, y lo que fue jungla puede convertirse en un desierto. Pero los mapas físicos no son tan volátiles como los políticos, cuya fragilidad les hace tan sensibles a las guerras, las revoluciones o incluso a un simple referéndum.

Hijos como somos del romanticismo, tendemos a atribuir a las naciones valores eternos y hasta personalidad propia, estableciendo con ellas lazos sentimentales, pero olvidamos que hace un milenio Europa era un rosario de pequeños reinos, y hace dos un imperio regido por la ley romana. Quién sabe si dentro de unos meses los mapas que ahora miramos y damos por buenos e inamovibles estarán obsoletos, y si lo que hasta ahora conocíamos como España tenemos que empezar a llamarlo de otra manera.

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.