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Fecha: septiembre, 2017
Pagar o sufrir
Javier Menéndez Llamazares 24-09-2017 | 12:01 | 0

Pensábamos que eso de ‘pagar por protección’ era cosa de películas, del cine negro en que la mafia o incluso los matones del barrio ofrecían a los negocios sus servicios, para protegerles, en concreto, de ellos mismos. Pero esta semana hemos podido comprobar que lo de la extorsión, el ‘dame para que no te pegue’, no sólo pasaba en ‘El Equipo A’, sino que exactamente así se plantean nuestros gobernantes las políticas sociales.

Y el desliz lo tuvo nada menos que el mandamás local, un Miguel Ángel Revilla que, visto desde lejos, podría parecer cabeza de ratón, pero queramos o no, aquí en la tierruca todos le tenemos que mirar desde abajo . Al final, él tiene las llaves de la caja de caudales del dinero público, de modo que todo lo piense, o exprese en voz alta, nos acaba importando a todos. Aunque a veces se le caliente la boca y diga aquello que nunca se debería decir; como esta semana, por ejemplo.

Hablando sobre la renta social básica, al presidente de Cantabria sólo se le ocurrió decir que ese dinero que se da a personas sin ingresos sirve para evitar que se conviertan en «potenciales delincuentes». Una tremenda falta de tacto que sorprende en un político con sus espolones, y que ha levantado ampollas en los sectores más sensibles de la sociedad. Porque los primeros en sentirse aludidos han sido los partidos de izquierda, que todavía no se han enterado de que los ‘obreros’, en paro o no, hace ya muchos años que pasan de ellos.

En política, como en todos los órdenes de la vida, hay cosas que no se dicen, por mucho que se piensen. Y es que, en ese juego de dobles lenguajes y de no llamar a las cosas por su nombre, acabamos hablando cada uno de cosas distintas, sin posibilidad de llegar a entendernos.

Desde luego, la renta social básica no es, no debería ser jamás el pago de un chantaje. Para empezar, es una aspiración para muchos ciudadanos cargados de idealismo, que busca una justicia universal que no existe en ese sistema económico que ya no nos gusta llamar capitalismo. Sin embargo, esos sistemas de garantías sociales no sirven en realidad para ayudar a aquellas personas desfavorecidas, que por uno u otro motivo no consiguen salir de la pobreza. Permítanme un ejemplo: cuando mi amiga María José se presentó en los servicios sociales para pedir una vivienda protegida, le hicieron varias preguntas: «¿Pertenece a una etnia minoritaria? ¿Es drogodependiente? ¿Le ha maltratado su pareja?». «No», respondió ella. «Simplemente, con mi sueldo no me alcanza para un piso». «Entonces, olvídese de ayudas. ¡Si encima tiene usted trabajo!» le respondieron.

Así que ya no vamos a escandalizarnos: no se trata de romper los círculos de pobreza, sólo se trata de evitar que molesten. Aunque para ello haya que comprar la paz.

 

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Independizarse
Javier Menéndez Llamazares 17-09-2017 | 12:06 | 0

En los últimos tiempos, lo único que nos libra de estar hasta la barretina del asunto de Cataluña es que no la usamos; de hecho, ya ni boina se gasta por estas tierras, por mucho que a más de uno este verano le hubiera venido para protegerse de las insolaciones que parecen afectar a los exaltados de uno y otro mando, cada cual con el gatillo más rápido y el dedo apuntando al botón de autodestrucción. Pero saturados del asunto, lo que se dice hartos, estamos ahí mismo. No sabemos cómo acabará todo, pero que acabe ya, por favor.

Y es que la independencia es importante, pero la de las personas. La libertad de opinión, la autonomía personal y, sobre todo, la independencia económica. Que está muy bien que cada nación quiera su país y cada maestrillo su librillo, pero en el fondo de lo que debería ir todo esto no es de respetar leyes –que por cierto ya hemos visto hace bien poco que a poco que los políticos se empeñen hasta las constituciones se modifican de la noche al día, por no decir con nocturnidad y alevosía–, sino de algo mucho más trascendental, que es la búsqueda de la felicidad, por usar la expresión del siglo XVIII que sigue siendo la más bella de la historia para definir el sentido de la vida.

Y es que más que los países, los que de verdad necesitan independizarse son por ejemplo los más de cincuenta mil jóvenes que hace unos días nos contaba Nacho Ucelay que siguen viviendo en casa de sus padres. Y en la mayoría de los casos no porque no quieran, sino porque, sencillamente, no pueden. Se nos llena la boca con los derechos históricos de las naciones, o con su carácter sagrado, pero luego nos da exactamente igual cómo de moradas las están pasando su ciudadanos. Seremos la cuarta economía de Europa, los campeones de la Champions o los reyes del mambo, pero la realidad dice otra cosa muy distinta, con un par de generaciones condenadas al éxodo y víctimas de la precariedad. Jóvenes que coleccionan títulos universitarios para luego tener que soportar que les excluyan de ofertas de empleo por sobrecualificación. Trabajos que penden de un hilo, que nunca dejarán de ser temporales. Salarios que hay que mirar con lupa, o casi con microscopio, y precios que parecen en pesetas, de cuando los alquileres costaban miles y miles.

¿De verdad que se celebre o no un referéndum va a cambiar algo? En lugar de tanto jugar a las triquiñuelas legales y de órdagos a grande y a chica, nuestros políticos deberían preocuparse de que todos podamos ser independientes. Y entonces tal vez cumpliríamos todos aquel mandato de la constitución de Cádiz que decía que «El amor de la Patria es una de las principales obligaciones de todos los españoles y, asimismo, el ser justos y benéficos».

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Dalí y la vidente
Javier Menéndez Llamazares 10-09-2017 | 12:07 | 0

Lo sabemos por CSI, que según mi vecina Paqui es la mejor fuente de información práctica para aspirantes a cualquier delito: las pruebas no engañan. Y en este caso no era la del algodón, sino la del ADN, que aunque no sea fiable al cien por cien, la damos por buena porque las milésimas de porcentaje no se ven ni con el microscopio de Los Morancos.

Al final, resultó que la supuesta hija de Dalí no era ni presunta. De hecho, desde que hace unos días se supo que las pruebas genéticas dijeron que nanay, ya no es ni la señora Pilar Abel, sino simplemente, la pitonisa. Porque ya tendría recochineo llamarla ‘adivina’ después de no haber previsto lo mal que acabaría todo este asunto de su reclamación de paternidad. Conocer el futuro sigue siendo una ciencia bastante inexacta, así que sigue siendo más sencillo falsear el pasado, como se ha hecho toda la vida.

La resolución en negativo de la demanda ha terminado siendo una buena noticia para todos, y no tanto porque no haya que hacer partijas de la herencia, sino por el sencillo motivo de que el sistema ha protegido a todas las partes: quien clamaba por reparar una injusticia ha sido atendida –aunque el resultado no le satisfaga, precisamente–, y la verdad finalmente ha prevalecido. Es una buena noticia tanto para los que reclaman un apellido como para los que se niegan a reconocerlo.

Incluso ha sido buena para Pilar Abel, que al menos ya sabe que no puede fiarse de lo que su madre le contó, y que ya puede ir dejando de soñar con una biografía de épicas desdichas: su vida es tan anodina como la de todos.

Lo peor, con todo, de esta historia, tiene que ser el tremendo batacazo emocional de la pobre Abel. Porque cierto aire hay que reconocer que se daba al pintor, y aunque no está tan claro si ella de verdad se creía la historia o no, hay una capacidad de adelantar el futuro que todos tenemos y es la de figurarnos cómo será todo cuando se cumplan nuestros sueños.

Me imagino a la mujer fabulando con que se quedaba con la enorme fortuna de Dalí, que de la noche a la mañana era más noble que el duque de Alba y Tita Cervera, que era suya la casona esa de Figueras y que si quería podía hasta cascar los huevos gigantes que tanto admiran a los turistas.

No está claro si con esto iba a arruinar al reino de España o a la futura república de Cataluña, pero desde luego que era todo un sueño de princesas digno de la mejor infancia, que se ha ido al traste por una puñetera prueba. No me digan que no es como para odiar la biología…

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La caducidad de los mapas
Javier Menéndez Llamazares 03-09-2017 | 12:47 | 0

Más allá de lo práctico, los mapas siempre han fascinado a los soñadores. Por más que sólo sean líneas y papel, encierran el mundo, a veces el mundo entero. Lugares mitificados como las grandes capitales, o exóticos como los países lejanos. Para quien sabe mirar, todo son aventuras. Las que nos han contado desde niños, las que hemos leído en libros de historia o de leyendas, y las que imaginamos nosotros mismos con sólo contemplar esa representación de territorios que, si ya conocíamos, nos sirven para recordarlos, y si nunca hemos estado, podemos ir anticipando en nuestra mente.

De entre toda la cartografía, me quedo con los mapas mudos, ese invento escolar en el que los alumnos desobedientes podían nombrar los países como quisieran, y levantar ciudades o ubicar fronteras a su antojo. O incluso prescindir de ellas.

Los mapas antiguos, en cambio, tienen una belleza rara y nostálgica; a poco que amarilleen, casi todos contienen lugares inexistentes. «Cielo y tierra pasarán», decía la cita bíblica, pero no acierta. El cielo y la tierra siguen ahí, lo que cambian son las denominaciones, los tonos con que coloreamos cada país, las líneas que delimitan las fronteras. Lo que inventamos los hombres. El mundo real sigue ahí, ajeno a la geometría que defienden los mapas políticos.

Recuerdo, por ejemplo, que cuando visité Praga hace dos décadas, el mapa de Checoslovaquia que llevaba en la guantera dibujaba un país que ya no existía: se había partido en dos. Y también que conocí algunos refugiados que se acostaron una noche siendo yugoslavos y unos despertaron serbios, otros croatas y otros ni siquiera despertaron. Y ni siquiera era nada nuevo: el genial Berlanga nunca olvidaría aquel Imperio Austrohúngaro que estudiara en el colegio. Y Cela iría aún más allá, con sus ‘Apuntes carpeto-vetónicos’.

Aunque no podamos verlo –y tampoco nos guste demasiado–, la geografía más que una disciplina se diría que es un ente vivo, que evoluciona con el tiempo, que muta nombres, parajes y territorios. Donde antes había un valle ahora puede haber un embalse, donde hubo un paraíso vegetal una veta de carbón, y lo que fue jungla puede convertirse en un desierto. Pero los mapas físicos no son tan volátiles como los políticos, cuya fragilidad les hace tan sensibles a las guerras, las revoluciones o incluso a un simple referéndum.

Hijos como somos del romanticismo, tendemos a atribuir a las naciones valores eternos y hasta personalidad propia, estableciendo con ellas lazos sentimentales, pero olvidamos que hace un milenio Europa era un rosario de pequeños reinos, y hace dos un imperio regido por la ley romana. Quién sabe si dentro de unos meses los mapas que ahora miramos y damos por buenos e inamovibles estarán obsoletos, y si lo que hasta ahora conocíamos como España tenemos que empezar a llamarlo de otra manera.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.