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Tocar las campanas
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Javier Menéndez Llamazares | 19-10-2017 | 10:35

Los que tenemos pueblo, hemos tenido también campanario. Todo pueblo que se precie tiene uno y, al contrario que el resto de la iglesia, siempre cerrada a cal y canto, la torre suele estar abierta y es un poco de todos. De los más gamberros, incluso.

Un campanario siempre ofrece una visión privilegiada del mundo. Puede ser un refugio al que acudir para sentirse por encima de los problemas, y también es la parte del pueblo que más cerca está del cielo, así que es ideal si a lo que uno aspira es a estar en las nubes. O a formarlas, con humo de cigarrillos clandestinos y retazos de niñez abandonada. Por sus escaleras pindias, a menudo descuidadas y casi siempre peligrosas se asciende a un territorio de libertad que les convierte en lugares mágicos, bendecidos por esa mitología de la edad de la inocencia y los veranos de tres meses.

Pero es que, además, tienen campanas. Y eso sí que son animales míticos, frutas prohibidas, seres que hibridan metal y madera y que, sin embargo, son capaces de hablar con timbre trémolo y una reverberación que confiere solemnidad e invita a la ensoñación. Cómo será, que cuando una voz nos impone la llamamos ‘campanuda’.

En todos los pueblos, por pura lógica, está prohibido tocar las campanas. O más bien tañirlas, o doblarlas, que el diccionario es caprichoso y para lo que nos gusta no escatima en sinónimos ni en matices. Su uso está reglamentado, y unos códigos anuncian las horas, otros llaman al culto y hasta sirven para dar la voz de alarma, llamando a rebato, o tocar a clamor, si es que la ocasión lo merece. Es un lenguaje antiguo y en parte sentimental, porque transmite emociones, aunque necesita de un campanero instruido y unos oyentes que sepan interpretarlo. En mi pueblo había un verdadero artista, que más que las campanas parecía tocar la filarmónica del Curueño.

Desde hace casi dos décadas, los campaneros de todo el país se reúnen cada verano en Vierna, y hacen alarde de su pericia, y hasta dan cursillos a quien se acerque. Y no se piensen que es sencillo: operan con la maestría de un organista, y el resultado puede sonar como los ángeles. Pueden acercarse este viernes mismo a comprobarlo. Pero no lo dejen para otro año, pues los campaneros están en peligro de extinción, amenazados por la electrificación que hace innecesaria su liturgia de la cuerda y el badajo.

Claro que también tienen una música que a ninguno nos gusta oír, y que suena con especial fuerza esta semana: el toque a difunto. Por mucho que nos recuerden que nosotros seguimos vivos, cuando los ecos hablan del más allá casi preferiríamos que no hubiera campanas. Pero, sobre todo, que no hubiera muertos. Que no hubiera atentados. Que no hubiera injusticias. Aunque tuviéramos que renunciar a las campanas.

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es