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Fecha: julio, 2017
Lo que perdieron en Sol
Javier Menéndez Llamazares 30-07-2017 | 12:41 | 0

Marián trabaja como vigilante de seguridad, y esta semana le ha tocado montar guardia junto al edificio del Masters, el del famoso derrumbe. Allí pasa ocho horas de cada día, en un callejón peatonal, velando porque los amigos de lo ajeno no aprovechen para colarse por el esqueleto abierto de la fachada norte y arramplen con todo lo que encuentren a su paso. Y luego llega a casa y cada tarde me cuenta exactamente lo mismo, la pena inmensa de unos vecinos que todavía no pueden creerse que se haya volatilizado el techo que tenían sobre sus cabezas.

Los primeros días costaba distinguirles entre los curiosos y los mirones –a falta de obras, los trabajos desde el túnel de Tetuán se han convertido en toda una atracción popular, con un público nutrido que sigue cada paso y lo comenta–, pero cuando ha dejado de llamar la atención a los demás ellos han seguido peregrinando, para contemplar en silencio ese pedazo de su vida que acaban de perder.

Visto desde Menéndez Pelayo, el edificio recuerda a ‘13, Rue del Percebe’, aquella genialidad de Vázquez que varias generaciones de españoles disfrutamos en los tebeos, pero que traspasado a la realidad no tiene ni puñetera gracia. Si a Torres Quevedo imaginó un Diablo Cojuelo que levantaba los tejados para poder ver la vida de quienes vivían debajo, George Perec fue aún más allá en ‘La vida instrucciones de uso’: «Me imagino un edificio parisino al que se ha quitado la fachada… de modo que, desde la planta baja a la buhardilla, todos los aposentos que se hallan en la parte anterior del edificio sean inmediata y simultáneamente visibles». Y es que hay ideas que nunca deberían abandonar el territorio de la ficción; cualquiera que haya contemplado estos días los restos del desastre, con aquellas cocinas desconchadas, aquellas salas de estar que nunca más acomodarán a sus familias, no habrá apreciado otra cosa que tristeza. Y aún más desazón cuando, poco a poco, todo ha ido desapareciendo, convirtiéndose en escombros, cascotes, ruinas irrecuperables.

Es fácil comprender esa melancolía de lo que nunca volverá que aflige a los habitantes de la calle del Sol 57; hoy día tener una casa te lleva media existencia, supone mil sacrificios y es nuestra principal manera de ahorra, de pensar en el día de mañana y de poder legar algo a nuestros hijos. Tal vez algunos lo vean sólo como ladrillos, una inversión más, pero para los que vivimos de nuestro trabajo, un hogar es mucho más que cuatro paredes. Nuestra casa es nuestra vida. Y no sólo por los cientos, miles de objetos personales que se habrán perdido en el derrumbe: el problema es lo que no se puede rescatar, los millones de horas vividos allí, el aroma propio de cada casa, los recuerdos que se pegan a las paredes. Todo aquello que ninguna indemnización podrá restituirles.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.