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El camino a Liébana
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Javier Menéndez Llamazares | 30-05-2017 | 20:02

img_2336-2Me llama mi amigo Raúl con una propuesta bartlebiana, una de esas de «preferiría no hacerlo»; se le ha ocurrido la peregrina idea de viajar hasta Santo Toribio, y nada menos que a pie, como si viviéramos en la Edad Media. Y, encima, en pleno agosto, que es la época más propicia para los disparates veraniegos.

Ni que decir tiene que ante semejante perspectiva lo primero que hace la mente, en modo automático, es empezar a fabricar excusas, cuelen o no. Con sólo una rápida mirada al ‘mapamundi’ de Cantabria infinita ya es evidente que llegar de San Vicente a Cades en una jornada no sería una machada sino un auténtico milagro.

Por mucha fe que uno tenga en el género humano, hay que conocer las limitaciones propias, y asumir que hay retos que es mejor no plantearse. Porque no es que uno sea vago –más bien, selectivo con los esfuerzos–, sino que me estoy preparando para el campeonato mundial de siesta y una caminata semejante me parte por la mitad el plan de entrenamientos.

Y luego están, claro, las dudas existenciales que a uno le asaltan: ¿cómo voy a sobrevivir tres días sin mi portátil? ¿Habrá wifi en el camino? ¿Y vermú de solera?

Pero por más que uno se niega, los amigos insisten, contraargumentan, y al final juegan con el comodín del chantaje emocional y acaban ganando para la causa a tu señora. Sí, sí, esa misma que hasta para ir al estanco de la esquina tiene que coger el coche.

Está claro que las autoridades lo promueven por los motivos más mundanos; de hecho, por algo al frente de la campaña está el consejero de turismo, y no el de cultura. Desde luego que algo tendrá el camino cuando lo bendicen, pero ¿qué mueve a alguien a peregrinar a Santo Toribio?

Puede ser la religión, el amor por el paisaje, la búsqueda de aventuras de baja intensidad para escapar de la rutina o incluso seguir la moda: cualquier motivo es bueno. Aunque el más interesante, sin duda alguna, es el del jubileo.

Porque mola mucho la Puerta del Perdón. Eso de que te perdonen los pecados tenía que ser obligatorio, sobre todo para los que tenemos tendencia a saltarnos todas las normas. Vamos, como la amnistía fiscal, pero sin tener que apoquinar ni el diez por ciento. ¿No podían inventar algo parecido para las multas de tráfico? De hecho, yo ya me estoy planteando cometer algún que otro pecadillo, más que nada por aprovechar la indulgencia plenaria.

Total, que tiene toda la pinta de que este verano tendré que desempolvar la mochila y las chirucas, llenar el botiquín de tiritas para las ampollas, y con cristiana resignación disfrutar de una ruta en la que los beneficios espirituales compensan el desgaste físico. A fin de cuentas, Liébana es el paraíso terrenal, y lo demás tierra conquistada.

 

[Publicado el 28 de mayo de 2017 en El Diario Montañés, sección Opinión]

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.