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Fecha: mayo, 2017
El camino a Liébana
Javier Menéndez Llamazares 28-05-2017 | 7:53 | 0

img_2336-2Me llama mi amigo Raúl con una propuesta bartlebiana, una de esas de «preferiría no hacerlo»; se le ha ocurrido la peregrina idea de viajar hasta Santo Toribio, y nada menos que a pie, como si viviéramos en la Edad Media. Y, encima, en pleno agosto, que es la época más propicia para los disparates veraniegos.

Ni que decir tiene que ante semejante perspectiva lo primero que hace la mente, en modo automático, es empezar a fabricar excusas, cuelen o no. Con sólo una rápida mirada al ‘mapamundi’ de Cantabria infinita ya es evidente que llegar de San Vicente a Cades en una jornada no sería una machada sino un auténtico milagro.

Por mucha fe que uno tenga en el género humano, hay que conocer las limitaciones propias, y asumir que hay retos que es mejor no plantearse. Porque no es que uno sea vago –más bien, selectivo con los esfuerzos–, sino que me estoy preparando para el campeonato mundial de siesta y una caminata semejante me parte por la mitad el plan de entrenamientos.

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El gallo de Manel
Javier Menéndez Llamazares 14-05-2017 | 11:18 | 0

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Probe Manel. Eurovisión no le ha sentado nada bien: lo que tenía que ser un trampolín se le ha vuelto un patinazo. Como el borrón del escribano, nadie está libre de fallar en el momento crucial. Pero si sueltas un gallo cuando media Europa está mirando, ya te puedes preparar porque te van a crucificar en las redes sociales.

La verdad es que, hasta ayer, no es que el chico me cayera nada simpático. Ya sabemos que en este mundo todo se consigue por contactos, pero que se vean los enchufes nunca dejará de ser grosero. La ‘ayudita’ de un conocido locutor de radiofórmula –como jurado de la fase previa, le dio lo que la audiencia le había quitado– le ha salido tan cara que le costó el favor del público. Y tampoco ayudó demasiado lo de los cortes de mangas y la chulería a destiempo; para los rockeros de los ochenta casi era una obligación ser borde, pero en esta década de buenrollismo han cambiado los códigos. Y debía de ser algo generalizado, porque su sonrisa de medio lado poco a poco fue desapareciendo de la primera línea informativa, como si TVE intuyera que era mejor no darle demasiado bombo al muchacho.

De poco sirvió el entusiasmo playero, el playback de los colegas con las guitarras desenchufadas y las poses con los deditos como buscando la foto: nada gusta más que disfrutar con las desgracias ajenas, y el canto del gallo se lo puso a huevo al personal para desatar el chaparrón. Desde el choteo más o menos lógico de todo quisqui –que hay que ver lo listos e intolerantes que somos todos con un teclado en la mano– hasta el oportunismo más zafio –Ángel Llacer habló de tongo, como si lo de ser jurado de talent shows fuera para tirar la primera piedra–, entre medias llegó hasta lo intolerable, como algún titular de la prensa seria que parecía más propio de una conversación de bar.

Sin embargo, la saña con la que le han atizado desde todos los frentes, hasta convertirle en un pimpampún nacional, resulta tan desproporcionada que acaba por despertar simpatía hacia el chaval, algo inconcebible hace apenas unos días. Y uno le perdona incluso el errático peinado y las camisas hawaianas, y hasta le empieza a sacar parecido con rockeros de fuste, como el alemán Bela B., de Die Ärzte.

Y el caso es que, ahora que le han dado hasta en el cielo de la boca, me empieza a caer mejor. Vapuleado por la prensa y los opinadores de las redes, abandonado por TVE… En este momento, Manel Navarro es la encarnación del fracaso. Un perdedor en toda regla. Su carrera musical, el disco anunciado, su futuro prometedor, todo queda eclipsado por un desliz inoportuno. Y amplificado por medio centenar de canales de televisión y millones de pantallas informáticas. El gallo de Kiev.

Pero, quién sabe… Igual la desgracia se transforma en buena fortuna, y ese gallo se convierte en su amuleto personal. Su cancioncilla no era gran cosa –como la inmensa mayoría de que han participado este y los últimos años en Eurovisión– y estaba condenada a un olvido inmediato, pero ese error épico la puede grabar para siempre en la memoria colectiva. Sólo le faltó haberse quedado a cero del todo para convertir en imborrable su «Dououiiiouit foryor lover». Porque, ¿quién se acuerda hoy del ‘Valentino’ de Cadillac? O de la canción de Patricia Kraus. En cambio, el «Quién maneja mi barca» de Remedios Amaya será eterno. Tal vez no sea la fama con la que cualquier artista sueña, pero los caminos del éxito son inescrutables.

 

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Saber perder
Javier Menéndez Llamazares 07-05-2017 | 10:16 | 0

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Jugaba ayer a las paradojas Iván Gutiérrez en el Diario afirmando que perder es bueno, o a menos que a su equipo le va a venir bien la última derrota, y lo primero que a uno le viene a la cabeza es que no sólo en el deporte hay que saber perder, sino también en la vida. Sobre todo, en la pública.

En el fondo, la política es cuestión de ojo. Se tiene o no se tiene. Ojo de águila o visión de la jugada, como prefiramos llamarlo. Incluso hay quien lo adorna con flores, pero ese es otro cantar. Tener vista y cuidar la imagen son dos de las más importantes cualidades para lograr ese casi imposible equilibrio de los que aspiran a mantenerse en la cima.

Algo en lo que está fallando Ignacio Diego, a quien de poco le va a servir que sus más acérrimos seguidores remuevan Roma con Santiago –o Génova con Joaquín Costa, que para el caso viene a ser lo mismo–, que recurran a la justicia o si quieren al sursum corda: lo de echar la culpa al empedrado es de malos perdedores.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.