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Pesadillas contemporáneas
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Javier Menéndez Llamazares | 10-05-2017 | 21:51

Lo que más temían nuestros antepasados medievales era que el demonio les sorprendiera durmiendo y acabara poseyéndoles, y quién sabe cómo de figurada o literal podría ser esa posesión. Los copistas, por ejemplo, tenían su diablillo particular, llamado Titilvillus, que les confundía susurrándoles cosas al oído, o introduciendo alguna errata que luego se arrastraría de copia en copia durante siglos.

Luego, las pesadillas evolucionaron en una dirección que inauguraría Kafka: el pavor de ser engullidos por un sistema deshumanizado. Charles Chaplin lo contaría con más gracia en ‘Tiempos modernos’, donde la cadena de producción provocaba que Charlot siguiera apretando tuercas muchas horas después de salir de la fábrica. Y Harold Lloyd uniría el vértigo y la dictadura del reloj en su magistral ‘El hombre mosca’.

Nuestras pesadillas, pues, se van volviendo más y más sofisticadas, aunque que desde hace una década ha aparecido una de lo más recurrente: el pánico a quedarse sin móvil. Y eso precisamente le ocurrido al que suscribe, que por algo arrastra una no del todo inmerecida fama de despistado.

Por algún motivo inexplicable –aunque seguro que Titilvillus tuvo algo que ver– esa maravilla de la técnica que últimamente parece un apéndice de mano, mi adorado teléfono móvil, se me quedó olvidado quién sabe dónde justo el día en que salía de viaje, y no reparé en el descuido hasta que ya había pasado los controles de pasaporte, ese punto de no retorno. Por delante me quedaban cuatro días sin conexión, una eternidad de la que no sabía cómo salir indemne.

Y es que uno no es consciente de sus adicciones hasta que no sufre el síndrome de abstinencia. Que en mi caso empezó con un leve cosquilleo en la mano derecha, que se sentía huérfana sin el tacto a plástico y cristal de mi querido aparatejo. Porque el mío hasta tiene nombre: ‘Kleiner’ le puse, el chiquito. Y así andaba yo perdido por el mundo, cruzando aeropuertos, surcando Europa, bajando al subsuelo, montando en barcos y caminando por las aceras y mi vista no se detenía en los monumentos, en el paisaje o en todo lo hermoso que se cruzaba a mi paso. Qué va: yo sólo veía móviles. Gente feliz que sonreía al chatear, que mataba el aburrimiento jugando al Candy, que cotilleaba despreocupadamente en las redes sociales. Que leía el periódico o compraba por correspondencia. Gente a la que miraba con envidia creciente porque hacía todo lo que yo no podía hacer con ese bendito artilugio que es lo que une a esa Europa multicultural en la que no importa tu raza ni tu credo sino la marca de tu móvil.

No sufría tanta ansiedad desde que dejé de fumar, hace más de quince años. Todo un viaje al pasado, sin correo, sin mensajes del redactor jefe, ignorando la temperatura de mi pueblo o qué foto habría subido mi hijo esa tarde. Una pesadilla que ríase usted de Kafka.

 

 

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.