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Fecha: marzo, 2017
La tierra es plana
Javier Menéndez Llamazares 26-03-2017 | 12:09 | 0

Que Shaquille O’Neal afirme que la tierra es plana es como para hacer dudar a cualquier: desde luego, desde altura tiene que tener una mejor perspectiva para otear el horizonte. Y si él, que ha recorrido medio mundo, asegura además que conduce a menudo de Florida a California y no ha notado ni el menor indicio de curvatura. Hasta la ley de la gravedad ha puesto en solfa, dudando de que realmente China esté bajo sus pies, en las antípodas del globo terráqueo.

Claro que no se trata de un descubrimiento personal, ni de una estratagema para recuperar la atención que recibía cuando era el amo de la zona, sino de una especie de epidemia que parece afectar a otras estrellas de la NBA, cuyo empeño en poner en duda la esfericidad del planeta esconde en realidad un inteligente llamada a la opinión pública para que dejemos de dar por buena cualquier información, por mucho que venga bendecida por las redes sociales o la avale una figura popular. ¿De verdad vas a creer que la tierra es plana sólo porque lo diga un famoso? Simplemente se trata de recordarnos que debemos contrastar la información, y no creernos todo lo que nos cuenten. Sobre todo, porque detrás de la desinformación suelen esconderse intereses de todo tipo, desde los políticos hasta los económicos.

Hace algunos años, la manera más concluyente de zanjar una discusión era con un tajante «lo ha dicho la televisión». No había forma de rebatir dicho argumento. Lo que decía ‘el parte’ iba a misa. Pero todo evoluciona, y hoy día nos creemos a pie juntillas cualquier mensaje, con tal de que llegue bendecido por el whatsapp o las redes sociales. Y colapsamos las wifis de medio mundo intercambiándonos bulos, en forma de falsas alarmas sanitarias, de oscuras conjuras políticas o de llamamientos al boicot frente a los abusos de algunas empresas. Y todos convenientemente aderezados con un supuesto origen en la policía o en medios de comunicación solventes, desde los caramelos con drogas o los secuestros de menores hasta los falsos vales descuentos para supermercados.

Que no todo es lo que parece ya deberíamos saberlo hace tiempo, pero seguimos picando con la viejas leyendas urbanas que circulaban detrás del «lo sé de buena tinta», o el «me ha dicho un amigo de un amigo». Otra muestra de ello es el último escándalo televisivo, donde la victoria contra pronóstico de un bailarín rocker en un concurso de talentos ocultaba en realidad un sonado tongo orquestado desde un foro de internet.

La travesura de ForoCoches, más allá de la opinión que cada uno tenga de los concursos televisivos, viene a demostrar lo sencillo que resulta manipular las consultas populares; algo que no resultaría tan grave de no ser porque buena parte de la ciudadanía las valora mucho más que las elecciones políticas. Si hasta Telecinco puede ser víctima de la desinformación, al final va a ser verdad que la tierra era plana.

 

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Futuro imperfecto
Javier Menéndez Llamazares 20-03-2017 | 8:00 | 0

Este jueves visitó Santander Ian Watson, uno de los más destacados novelistas de ciencia-ficción del último medio siglo, y cuando acabamos en el Canela entre cervezas me dio por preguntarle si, como anunciaba en los ochenta Radio Futura, «el futuro ya está aquí», o más bien el futuro ya no es lo que era. Me explicó entonces que los futurólogos no habían dado una, pero que hoy tenemos más tecnología en la palma de la mano que todo el Apollo XII cuando llegó a la luna.

El caso es que cuando uno se pone a rememorar la visión del futuro que tenía hace tres o cuatro décadas, y no se puede decir que este mundo cotidiano se parezca demasiado a lo que esperábamos. Ni ‘Mad Max’, ‘Metrópolis’ ni ‘Brazil’; el futuro guarda muy sospechas similitudes… con el pasado.

De momento, los coches no vuelan, sino que más bien se amontonan por todas partes, ocupando más espacio que los humanos, que dedicamos media vida a conseguir comprarlos y mantenerlos. Tampoco se ha desarrollado el teletransporte ni la telepatía, y tenemos que conformarnos con Ryan Air y sus vuelos a bajo coste –que tienen su gracia, pero no son lo mismo– y el Skype –que tampoco es que lo usemos demasiado, y eso que es una de las escasas predicciones que realmente existen–.

No se ha encontrado la cura del cáncer ni la vacuna del sida, aunque hay que reconocer que la medicina nos ha traído regalos maravillosos como los ansiolíticos y la viagra –si ahora no los valoras, tranquilo… tal vez seas demasiado joven–; y menos mal que los ingenieros nos trajeron los gepeeses, y así ya no andamos tan perdidos por el mundo.

En lugar de dos cadenas, y una blanco y negro, ahora tenemos infinidad de canales, aunque en realidad nunca haya nada interesante que ver, y hayamos abandonado la tele por el facebook o las series descargadas. Cargamos los discos duros de más canciones de las que podríamos escuchar en diez vidas consecutivas, y los libros en nuestras tabletas se cuentas por millares; sin embargo, pasan las décadas y seguimos leyendo libros en papel, disfrutando del olor a tinta fresca al abrir el periódico y sucumbimos al encanto decadente del vinilo y sus chasquidos, tan analógico todo…

Aunque algo sí que ha cambiado, y radicalmente. Y como apuntaba Watson, está en la palma de nuestras manos, permanentemente. La combinación de internet y telefonía móvil nos ha transformado en una especie de ‘homo smartphonicus’ que abusa del whatsapp y peca cibernéticamente, aunque en el fondo coincida con sus abuelos en que «como lo antiguo, no hay».

Al final, por mucha cacharrería que nos rodee, seguimos siendo los mismos. Ciudadanos buenos y benéficos, como en 1812 pero con el móvil en la mano. Buscando la felicidad, aunque sea en Google. Menos mal que el futuro, cuando llegue, será mejor.

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Tortas a treinta euros
Javier Menéndez Llamazares 12-03-2017 | 10:01 | 0

Cómo conseguir que te abaniquen la caraHace algunos meses que le partieron la cara al graciosillo aquel que iba llamando ‘caraanchoa’ y tontadas similares a la gente, con intención de grabarlo y difundirlo por la red para que sus seguidores se rieran de los pardillos. Hasta que dio con un tipo –por más señas, repartidor en horas de trabajo– que no le vio la gracia al asunto, y después de intercambiar unas palabritas acabó abanicándole la jeta, como suele suceder cuando le buscas las cosquillas a quien no debes.

Hasta aquí impera la lógica del mundo real, pero en lugar de poner la otra mejilla, el caso del cazador cazado dio un inesperado giro de guión: el provocador –es decir, el youtuber, alias MrGranBomba, aunque en su casa le llaman Sergio desde chiquitín– se sintió víctima y exigió que la dignidad se la restituyera un tribunal, en lugar de plegar velas o, como mucho, dejar a la audiencia internetera que dirimiese el asunto. El chaval, lógicamente, sabía lo que se hacía, que para algo llevaba meses riéndose de cualquier primo; pero ahora el ‘pringao’ era él, y de sobra tenía claro que en la red no hay piedad para los patinazos, por mucho que te hayan aplaudido primero.

Ni que decir tiene que el público –es decir, todos nosotros–, así tomados de uno en uno, que diría Goytisolo, somos más o menos buena gente, pero hay dos momentos en que dejamos fluir todo el mal que atesora nuestro inconsciente: cuando nos sentimos camuflados entre la muchedumbre –de estar en los Campos de Sport, la grada le hubiera cantado el clásico ‘¡Tonto, tonto!’–, y cuando creemos que nos protege el anonimato, sea en nuestro coche o detrás de un teclado. Este último caso es el arquetípico del ‘homo interneticus’, voraz especie omnívora dedicada al pillaje, el voyeurismo y la maledicencia. Después de meses de explotar nuestra maldad reprimida, tenía bien claro que los internautas, en vez de darle la razón, se iban descascarillar, porque desde el principio de los tiempos las tortas promueven mucho más la risa que la empatía con el abofeteado, así que mejor llamar al primo zumosol o, en su defecto, a la justicia.

Lo que pasa con todo esto de internet es que, al final, siempre llega la realidad a despertarte con una bofetada. Como al listillo del Caraanchoa, que le llenaron la cara de aplausos, y al final ha tenido que pagar él la minuta del juzgado. Y ‘por bobo’, ha venido a decir el tribunal, que ha resuelto la papeleta con una multa de treinta eurazos al agresor y un tirón de orejas y la condena en costas al agredido.

Cierto que se antoja una tremenda injusticia que al pobre repartidor le hayan soplado treinta lereles por culpa del faltón aquel, pero seguro que los da por bien empleados. De hecho, estará pensándose si adelantar otros ciento veinte, y así acabar de despacharse a gusto.

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Héroes sociales
Javier Menéndez Llamazares 01-03-2017 | 12:38 | 0

«Ya no hay héroes», cantaban en los ochenta los Stranglers. Y ese vacío aparente ha decidido llenarlo José Luis Bonet, presidente de la Cámara de Comercio de España, que el viernes aseguraba en Santander que debemos ver a los empresarios como ‘héroes sociales’.

No queda claro si en su ánimo está que les coronemos de laureles, les hagamos la ola allá donde aparezcan y hasta les entreguemos a nuestros primogénitos como ofrenda, pero lo que sí parece evidente es que el tal Bonet –presidente, por cierto, de Freixenet– tiene un concepto muy particular del heroísmo.

Un héroe es Juanjo, que es agente del Tedax y cada vez que llega una amenaza de bomba o aparece un explosivo de la guerra se tiene que jugar la vida desactivándola, para que a los demás no nos pase nada.

Un héroe era Cioli, quien acabó perdiendo la cuenta de los bañistas a los que había rescatado en la Bahía.

Un héroe fue Jesús Neira, quien se jugó el tipo para defender a una mujer agredida por su pareja. Con independencia de lo que opinemos de su trayectoria posterior, su acción fue un acto de heroísmo.

Un héroe fue Julián Sánchez, el bombero 148, un madrileño que vino a Santander para ayudar a apagar el gran incendio de 1941 y aquí se dejó la vida.

Un héroe social fue mi bisabuelo Avelino, que después de sobrevivir a una explosión de grisú y salir con un compañero a cuestas, entró de nuevo para intentar rescatar a los que habían quedado atrapados, y ya nunca más volvió a salir de aquel pozo. Por mucho que quiera Bonet, creo que su heroísmo no es modo alguno comparable con el del empresario que explotaba la mina.

Está bien que cada cual defienda su oficio, pero no alcanzo a imaginar qué clase heroísmo puede esconderse en la gestión de una empresa como Freixenet, más allá de devanarse los sesos para evitar los boicots al cava catalán o sobrevivir al tópico anuncio de las burbujitas. Presidir Freixenet podrá ser complejo, agotador, y hasta excitante, y seguro que incluso muy rentable, pero lo que no es en modo alguno es heroico.

Y mucho menos heroísmo hay en parapetarse tras una sicav, cotizar en Andorra o Montecarlo, firmar EREs y todas esas ‘buenas’ prácticas que distinguen a nuestros empresarios. Cierto que hoy día el trabajo más que un derecho constitucional es un milagro, pero lo que buscan no es crear empleo, sino riqueza. Su propia riqueza, naturalmente. No es que sea para ponerles en los altares, desde luego.

Los verdaderos héroes sociales resultan mucho más cotidianos: son los millones de jubilados españoles que hacen malabarismos para mantener a sus hijos y nietos con pensiones de miseria, y a los que debemos que en la última década no se haya producido una revolución social. Son los ciudadanos que auxilian a esos emigrantes que nadie quiere, los que trabajan en los refugios y comedores sociales, los que reparten lo poco que tienen para ayudar a los demás.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es