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Fecha: noviembre, 2016
«‘Años salvajes’ es un canto a la belleza y fuerza del mar, por uno de los periodistas más importantes del siglo»
Javier Menéndez Llamazares 29-11-2016 | 4:57 | 0

El editor Luis Solano presentó en Santander el libro sobre surf de William Finnegan, premio Pulitzer 2016

 

 

El editor Luis Solano visitó Santander el martes 29 de noviembre para presentar la gran apuesta de la temporada de Libros del Asteroide: ‘Años salvajes’, unas memorias literarias y surferas del escritor y periodista estadounidense William Finnegan, que le valieran la concesión del Pulitzer de este año.

Hemos conversado con Luis Solano, quien una década al frente del sello independiente puede presumir de haber introducido en España a autores como Robertson Davies y revalorizado a otros Manuel Chaves Nogales.

 

El premio Pulitzer, un gran revuelo mediático y cifras de venta mareantes son una carta de presentación impresionante para cualquier publicación. ¿Realmente ‘Años salvajes’, de William Finnegan es el mejor libro sobre surf que se haya escrito nunca?

​Sí. No se ha escrito tan bien sobre surf, sobre todo porque nunca se había dado la extraña coincidencia de que un escritor extraordinario, uno de los periodistas estadounidenses más importantes del principio de siglo, que podría haber ganado el Pulitzer con alguno de sus reportajes, fuese además un consumado surfero y quisiese escribir sobre ello. Es una coincidencia realmente irrepetible.​

 

¿Qué tiene el surf tan apasionante? Porque sus incondicionales acaban convirtiéndolo en un modo de vida, como bien demuestra ‘Años salvajes’.

​Creo que basta enumerar los elementos que pone el juego el surf para que se entienda las pasiones (y adicciones) que levanta: aventura, comunión con la fuerza de la naturaleza, actividad física, juego (ya que es una actividad puramente recreativa), belleza (es indudable que la imagen de un surfista haciendo piruetas sobre algo tan poderoso como una ola es algo bello), peligro (a partir de determinado tamaño las olas son realmente peligrosas y el surfista se pone en peligro cada vez que entra al mar). Es un cóctel tan bueno que no me extraña la adicción que genera.

Los que no seríamos capaces de resistir sobre la tabla ni la primera ola, ¿qué podemos encontrar en el libro?

Las memorias de un escritor y periodista americano que se forma de la manera menos convencional que uno podría imaginar, una fascinante historia de aventuras, una reflexión sobre el ser humano, el amor y la familia, y un canto a la belleza y la fuerza del mar.​

¿Cómo lleva ejercer de suplente de Finnegan? Acabará sintiendo el libro todavía más suyo…

​He estado muy metido en el proceso de traducción, así que ya era un libro que tenía especialmente cercano. Además he tenido la suerte de acompañar al autor durante unos días recientemente mientras presentaba el libro en Madrid y Barcelona, con lo cual, pese al respeto que siento por el autor y la obra, espero poder hacer un papel razonable y decir cosas interesantes.

Finnegan tiene una biografía envidiable: viajero incansable, escritor, surfista, periodista… y además el Pulitzer. ¿No tiene miedo de que acabe convirtiéndose en un personaje novelesco?

​No lo creo, me parece que su mayor miedo era que esa obsesión enfermiza por las olas que describe en el libro​ no lo hiciese quedar como un estúpido. Pero ese es precisamente uno de los éxitos del libro, que sabe explicar por qué algo que para algunos pudiera parecer una afición estúpida es, en realidad, algo apasionante.

Se ha valorado mucho la traducción de Eduardo Jordá…

Jordá ha hecho un esfuerzo formidable, sobre todo si se tienen en cuenta que el lenguaje sobre surf es mucho más limitado en castellano que en inglés. Desde el principio teníamos claro que el libro tenía que funcionar tanto con legos en surf como con expertos, razón por la que la traducción y su revisión han llevado más trabajo del habitual.

Libros del Asteroide cumple este mes once años, con más de un centenar de libros en su haber e implantada como una editorial de referencia dentro del panorama independiente nacional. ¿Esperaba llegar tan lejos cuando sólo era un proyecto?

​La verdad es que sí, que cuando empezamos esperaba que la editorial estuviera donde esta ahora; otra cosa es que ahora me parezca que entonces era un inconsciente porque lograr una posición como la que hoy tenemos es mucho más difícil de lo que imaginaba hace once años.​

¿Con qué títulos de su catálogo se siente más satisfecho? ¿Y cuáles le sorprendieron más?

​Eso es como preguntarle a un padre a qué hijo quiere más… Es verdad que hay títulos que nos han ayudado a consolidarnos y que se han convertido en clásicos de nuestro catálogo, pienso en libros como ‘El quinto en discordia’ de Davies, ‘El maestro Juan Martínez’ de Chaves Nogales o ‘En lugar seguro’ de Wallace Stegner. Pero cada año hemos sabido encontrar uno o dos títulos que han logrado el favor de la crítica y el público y nos han permitido seguir creciendo y llegar a cada vez más lectores. De los últimos años pienso en ‘Canciones de amor a quemarropa’ de Nickolas Butler o Alice McDermott. Pero también podría mencionar ‘Viaje a la aldea del crimen’ de Ramón J. Sender o ‘De noche, bajo el puente de piedra’ de Leo Perutz que hemos publicado este año. Y no me olvido de ‘Años salvajes’ que creo que es uno de los mejores libros de no ficción que hemos publicado nunca.

Julio Fajardo, Marcos Ordóñez… ¿Qué responde a los que echan de menos más apuesta por los narradores españoles?

​Que no se impacienten, que vendrán más, pero que queremos que sean igual de buenos que los dos que acabas de mencionar.​ Vamos lentos, pero seguros.

Esta semana coincide en Santander con otro editor, Enrique Redel, director de Impedimenta. Ambos forman parte de Contexto, un grupo pionero en aunar esfuerzos editoriales. ¿Hace falta más unidad en el libro independiente?

Yo creo que ya hay bastante solidaridad entre librerías y editoriales, no creo que se le pueda reclamar más al sector, sólo espero que se mantenga igual. Lo que sí tengo que reconocer es que para nosotros el pertenecer a Contexto ha sido clave en nuestro éxito.​

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Sobre 'Patria', de Fernando Aramburu
Javier Menéndez Llamazares 15-11-2016 | 7:12 | 0

Al final siempre gana el olvido

 

‘Patria’ son ciento veintinco fragmentos que podrían funcionar como relatos cortos, pero que en realidad componen el mosaico de un tiempo y un lugar en el que la libertad fue desdibujando su concepto hasta convertirse en una pesadilla de opresión, en el que los juegos de intereses intercambian papeles de víctimas y verdugos y sumen en un manto de fanatismo y violencia cuatro décadas para el olvido.

‘Patria’ es la memoria del miedo y el rencor, de un forzosa socialización en la que única posición posible es la propia, y en la que las actitudes refractarias a lo foráneo, a lo ajeno, acaban conduciendo a una barbarie en la que ni siquiera los supuestos referentes morales, como la Iglesia, consiguen superar un discurso maniqueo, cargado de ‘buenos’ y ‘malos’.

‘Patria’ es un país partido en sus entrañas, es la reflexión de una sociedad que culpabiliza a las víctimas, que consigue imbuir el terror en el interior de las mentes, que no pretende convencer sino hacer uso de la fuerza. Un país que inventa una lengua nueva, para no llamar a las cosas por su nombre.

‘Patria’ es la historia de dos familias en un pueblo que no necesita nombre; de dos ‘amas’ a las que la violencia separa tras décadas de amistad. Miren y Bittori son dos mujeres dominantes a las que un atentado –el asesinato del Txato, marido de Bittori– separará en un abismo fondeado por el aislamiento de un entorno que prefiere refugiarse en el ‘algo habrá hecho’.  Pero es también la historia de Joxe Mari y sus manos manchadas de sangre, cuyo camino conduce al arrepentimiento.

‘Patria’ no tiene una única voz, sino nueve –Miren y Bittori, sus maridos y sus cinco hijos– que se alternan y que forman un caleidoscopio que recoge las múltiples actitudes frente al horror. Aunque al frente de todas está la de un escritor que no rehúye su propia postura, su propia memoria. Se busca identidad y se encuentran personas, cada uno con su propio universo a cuestas.

Y aunque se llega a afirmar que «al final, siempre gana el olvido», la réplica reza que tampoco vamos a hacerle el trabajo.

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Disfrutar con el trabajo
Javier Menéndez Llamazares 13-11-2016 | 2:18 | 0

A pesar del ‘trumpazo’ –que demuestra que no sólo de las urnas españolas salen recuentos surrealistas–, el mundo sigue girando, por mucho que no sepamos muy bien hacia donde. Aunque lo que de verdad importe sea contarlo, y contarlo de la mejor manera posible. Y a eso se dedican los periodistas, como bien sabía García Márquez.

Esta semana compartí mesa en El Riojano con dos periodistas, así que antes de llegar a los postres era inevitable que la conversación derivase hacia la profesión. Con la excusa del paupérrimo futuro que le aguarda a mi hijo, recién matriculado en Ciencias de la Información, mis compañeros de mesa, que habían pasado por la misma facultad, insistían en quitarle hierro al asunto: «Hay que estudiar lo que uno realmente desea», aunque en lo que uno realmente pensaba era en que encontrar empleo en ese oficio hoy día es una quimera. Remunerado, claro.

Pero mis compañeros insistían: «La mayor parte de nuestro tiempo real lo pasamos trabajando; es fundamental hacer algo que te guste», decía él. Y ella apostillaba: «tiene que ser horrible que odies tu trabajo, o que te lo tomes como una obligación».

Imagino que cuando uno es un triunfador resulta mucho más fácil sentirse a gusto con lo que hace; dirigir un periódico, presidir una institución cultural o ser una estrella mediática no encaja exactamente con el concepto que la mayoría de los humanos tenemos del trabajo, que más bien tiene que ver con esas riadas de miles de personas arrastrando sus cuerpos cada mañana como en una invasión zombi, camino del trabajo, mientras sus almas siguen durmiendo plácidamente en sus casas. No se ve en sus caras mucha satisfacción, precisamente.

También me cuesta imaginar a mi bisabuelo disfrutando de las doce horas que pasaba bajo tierra, arrancado carbón a la cordillera, o a mi abuelo patrullando los montes del Bierzo, rezando porque detrás de cada sebe no se escondiera una metralleta.

Claro que uno disfruta cuando su trabajo es leer una buena novela, ir al concierto de Leiva, ver al Racing –aunque tocara paparda–, conversar con un escritor de primera línea como Jorge Carrión, conversar con amigos en la radio o celebrar el Día de las Librerías. Una semana privilegiada. Sí, luego tienes que contarlo, y requiere esfuerzo, pero ¿qué mas quiere el que escribe que tener a alguien que le lea?

Sin embargo, hay actividades a las que no se les puede llamar exactamente trabajar. Trabajar es algo que se hace por dinero. Igual habría que inventar un nuevo verbo para eso que hacen los futbolistas, los escritores de éxito, las estrellas del rock o el famoseo televisivo. Aunque sólo fuera por respeto a los millones condenados a ganarse el pan con el sudor de su frente.

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El huracán Leiva
Javier Menéndez Llamazares 12-11-2016 | 2:02 | 0

Que el público de Santander era frío vino a desmentirlo el viernes Leiva, que dejó pasar unos minutos hasta que el último de los mil cien espectadores estuviera ya en su sitio. Entonces, bastó con que sonaran los primeros acordes de ‘El último incendio’ para que se desatara el delirio, entre una concurrencia que se sabía de memoria hasta la última letra de cada canción. Y aún subirá más temperatura cuando se acerque al público con un contoneo stoniano, al ritmo del riff de un clásico de Pereza, “Animales”, mientras la sección de metales baila a lo Blues Brothers.

Leiva da de sobra el perfil de una ‘rock and roll star’ –no hay más que ver la devoción de sus fieles – pero no ha perdido la conexión con la vida real; que haga un alto en el concierto para agradecer al público «el esfuerzo que conlleva pagar una entrada». Veinticinco euros muy bien invertidos, en una descarga de casi dos horas de electricidad y adrenalina, plena de saber hacer y de profesionalidad.

Escoltado por la ‘Leiband’ –siete músicos que han dado la vuelta ya al cuentakilómetros, en especial ‘El Niño’, mítico batería de Fito o Calamaro, aunque el guitarrista César Pop tampoco le ande a la zaga–, consiguió sacar a la enorme sala de Escenario Santander su mejor sonido, y quizás hasta poner en evidencia a sus productores de estudio, porque en directo consigue que todo suene mejor, más enérgico, más sugerente… Puro rock, ahogado por las mil gargantas que no se cansan de corear un himno tras otro, de sus tres discos más algún rescate de Pereza.

Aunque no se prodiga demasiado, dedicó unas palabras a la memoria de Leonard Cohen –su voz ya de otro mundo ha sonado en la previa–, a la decepción por la victoria de Donald Trump y hasta brinda levantando su copa. Para presentar ‘Windsor’ admitió las dificultades para preparar un repertorio cuando tienes diez discos en cartera. «Esta canción es mi Sergi Busquets», así que no podía dejarla fuera». Un guiño futbolero de quien tomara su apodo de Leivinha, ariete atlético en los setenta. Y es que José Miguel Conejo –su nombre real– sigue apegado a sus raíces, a ese barrio de Alameda de Osuna que le regaló el acento cheli y esa chulería con que derrite a sus incondicionales –en un variado abanico desde la adolescencia a la cincuentena–, que estallan cuando ensaya un par de pasos de baile antes de cantar «súbete la falda».

Las Llamas era una fiesta, y sobre el escenario lo mismo sampleaban el ‘I’m a loser’ de Beck que el ‘Hey Jude’ o la ‘Estrella Polar’; los músicos bailaban y contagiaban tan buen rollo que tras veinte canciones se hacía breve. Himnos para los bises: ‘Terriblemente cruel’ y ‘Lady Madrid’. Pero antes, una petición insólita: «batir el record del mundo, con mil personas disfrutando en directo de una canción, con el teléfono en el culo; o en el bolsillo, vamos». Al público se lo metió en el bolsillo, pero con los móviles no pudo: todos querían inmortalizar el momento. El paso del huracán Leiva por Santander.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es