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Fecha: octubre, 2016
David Córcoles, la garra del Racing
Javier Menéndez Llamazares 31-10-2016 | 7:35 | 0

OFICIO DE DEFENSA. «Siempre voy al límite –admite–, pero tampoco me sacan tantas tarjetas». Ochenta y una amarillas en trece temporadas da un media inferior a diez por año. «Tengo un carácter fuerte, pero nunca me ha gustado ser ‘guarro’. Lo que me gusta es retarme. Si el rival me rebasa, me sienta fatal y voy a por él como un misil, a alcanzarle, quitarle la pelota, molestarle lo máximo posible. Al final, esto es un juego psicológico y consiste en ganar al otro; si al delantero le das libertad, te come. Hay que bajarle la moral». ¿Y si te toca un Neymar que no baja de la bicicleta? «¡Uf! Entonces hay que ir a tope. Yo aprendí jugando en el barrio, y entiendo esa forma de jugar, pero si te hacen un caño hay que levantarlo como sea».

Su leyenda no para de crecer. En Galizano, tras sólo dos semanas de pretemporada, David Córcoles (Alicante, 1985) ya era el jefe del equipo. También ayudó bastante su debut con roja directa. Desde entonces, Viadero no puede vivir sin él. «David es la nobleza personificada; la clase de persona que siempre quieres en tu bando», asegura el míster.

Su contundencia y una calidad inesperada, que mostró frente a la Cultural Leonesa, –cuando jugó durante una hora conmocionado y con mareos– han llamado la atención de una afición que no sólo disfruta con el juego vistoso de los delanteros, sino que también adora la entrega y la raza de jugadores dedicados a tareas más sacrificadas.

Córcoles es un muro infranqueable y la grada le adora. Es un duro, pero es
nuestro duro. Ya le han sacado hasta gifs por las redes sociales. Es el ‘corcolismo’, que arrasa. «Los compañeros me los pasan todos; mi mujer se parte de risa», confiesa. Mirando ése en el que le nombran capitán después de amenazar de muerte a sus compañeros, pone cara de póquer: «¿Qué te parece? ¿Te lo puedes creer?».

Más que con resignación, se lo toma con humor. Vestido de calle da bastante menos miedo. De hecho, es todo amabilidad cuando se  sienta a tomar algo; probablemente, ya ha tomado la medida al redactor y sabe que no va a escaparse por la banda. «En este deporte hay que hacerse respetar. Y más cuando, como en mi caso, siempre eres el último hombre: hay que rascar. Cuando empezaba en el primer equipo, con quince años, me daban por todos los lados, y me volvía para casa cabizbajo. Hasta mi madre, con toda la inocencia, me decía: ‘tú devuélveles los golpes, hijo’. Al final, acabé por curtirme».

 

Una larga trayectoria

Y es que Córcoles nunca ha sido de los que se dejan avasallar. Ni de los que toleran las injusticias: «A mí no me hacían bullying en el colegio, pero tampoco permitía que se lo hicieran a nadie», dice mientras regresa a su memoria ese adolescente que debuta con el Hércules. «Los veteranos me pusieron de camarero, querían que sirviera a toda la plantilla. Menos mal que vino a poner paz el entrenador», recuerda con una sonrisa.

Su trayectoria está llena de anécdotas; empezó, como los niños de entonces, jugando en la calle: «De niño me pasaba la tarde rompiendo los garajes; en mi barrio los usábamos de porterías, y no veas cómo se ponían los vecinos». Luego llegaría el equipo de su barrio, el San Blas Alto, «cuando teníamos que pagar por jugar»; y eso que a la primera no había querido. «Mi padre había sido un mediocentro que se manejaba bien con las dos piernas, pero lo había dejado porque mi madre insistió, y cuando quiso inscribirme acabábamos de cambiar de barrio y no hubo manera». Pero cuando con nueve años empezó a jugar de medio volante, tiraba hasta los penaltis. «Treinta goles marqué cuando ganamos la liga de fútbol 7», así que el Hércules se lo llevó enseguida y, tras la llamada de la selección sub-16, con quince años ya alternaba con el primer equipo. Allí coincidiría con otro principiante, Samuel Llorca. Aún no tenía toda la barba cuando le fichó el Valencia, para reforzar al Mestalla que comandaba Boro, mientras él miraba de reojo a Fabián Ayala, su ídolo entonces.

Tras cinco años y un debut en primera y hasta en la UEFA, Guardiola le echaría el lazo para el Barça B. Sería una etapa dulce: ascenso, estreno en amistosos y en el Gamper con el primer equipo y, sobre el papel, fue campeón de la Champions, pues el Barcelona le inscribió, aunque no llegase a disputar ni un minuto.

Sin embargo, al no consumarse el salto al primer equipo decidió aceptar la oferta del Recre. En Huelva sería indiscutible durante cinco temporadas, hasta que una lesión de rodilla coincidiera con el descenso del equipo. En Albacete se repetiría la historia. Tal vez por eso aceptó la llamada de Viadero, aunque supusiera jugar en segunda B: «Yo nunca he mirado ni el dinero ni la categoría. Del Valencia en primera me fui al Barcelona B en tercera. Pero era el Barça». Y ahora, era el Racing quien llamaba a su puerta. Sólo hizo falta que le diera el espaldarazo Jonathan Valle, su gran amigo dentro y fuera del campo desde que coincidieran en el Recre, para que se embarcase rumbo a Santander antes incluso de consultarlo con la familia.

 

La distancia corta

Y es que ésa es la palabra clave para el otro Córcoles, que poco tiene que ver con el que pisa los estadios amedrentando a los rivales. Un tipo que adora la montaña y el senderismo y se lleva a recoger castañas a David y Marc, que tienen siete y tres años, y a los que dedica todo el tiempo que puede. Su punto de equilibrio es una valenciana llamada Amparo que es la mitad de su vida desde hace una década. «Yo antes era un vinagres; cuando perdía un partido no hablaba en dos días, tenía un mal perder tremendo. Pero Amparo me cambió. Aunque le costó, porque siempre he tenido muy mala leche».

De eso pueden dar fe muchos rivales. De algún lado vendrá esa leyenda de duro. «Soy contundente, no lo voy a negar. No me gusta perder ni a las canicas. Que se toma su trabajo muy en serio lo demuestra su colección de cicatrices; con el Mestalla se rompió un pómulo y la mandíbula en un amistoso contra el Levante, y tuvieron que ir el míster y su familia al hospital porque se negaba a operarse: quería jugar el domingo. Además de los tres meses de recuperación, le quedó de recuerdo una placa de titanio, un tornillo bajo la ceja y molestias cuando va a cambiar el tiempo. «Los amigos siempre me vacilan: ¿Y no te pita en los aeropuertos?». Lo que no sabemos es cómo quedarían los dos rivales contra los que chocó.

Donde pocos le vacilan en sobre el césped. «En la vieja escuela te enseñaban que el delantero tiene que notar desde el principio que estás ahí», confiesa. Claro que no todos se someten fácilmente. «Algunos dan mucha guerra. Te enseñan el balón, te quieren regatear… Otros hasta se revuelven, te insultan o te dan puñetazos en las costillas. Ésos son los que más me gustan, porque me motivan, me hacen dar lo mejor de mí para superarles».

Son dieciséis años ya de carrera, que él espera estirar aún más; «me gustaría llegar en forma hasta los treinta y siete». Alguien que ya tiene sus propios cromos, que sale en el FIFA 2009, ¿cómo mantiene la ilusión, las ganas? «Los dos descensos me afectaron mucho y llegas a plantearte cosas, pero me gusta ser positivo, y la verdad es que aún disfruto mucho con el fútbol».

Si le ha quedado alguna espina clavada en la vida, son los estudios; aunque era movido, siempre se le dieron bien; luego, faltaba tiempo. Se quedó en el bachillerato, pero le hubiera gustado estudiar economía. «Siempre estoy leyendo sobre el tema, me apasiona». Entre sus libros de cabecera, ‘El precio del dinero’ o ‘Padre rico, padre pobre’, de Robert Kiyosaki. Y muestra su iphone, repleto de aplicaciones de información bursátil.

Se acerca la despedida; esta tarde tiene entradas para el cine y ya le están esperando. ¿Una de acción? «Qué va, es una peli infantil», aclara. «No te lo creerás, pero soy muy familiar, me encantan las bromas y el buen ambiente». Él, que era de ‘Mad Max’ y ‘Robocop’. Que adora el house y el heavy, lo más cañero, que amedrenta a cualquiera con la mirada, y en realidad es un hombre amable, que comparte las tareas domésticas, fanático del orden, que le gusta cocinar y que mira de reojo las galletas de chocolate de los críos.

Se despide con un apretón de manos: «No me pondrás mal en el periódico, ¿no?». Cualquiera se atreve. Menudas se las gasta el Córcoles ése.

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Yo no te pido la luna
Javier Menéndez Llamazares 30-10-2016 | 11:43 | 0

«Yo no te pido la luna», dijo ayer Rajoy, arrancándose por Daniela Romo en pleno debate de investidura. Le faltó seguir con el «sólo te pido el momento», y aquello de ver las estrellas al hacer el amor, pero se decidió por el pie más prosaico: «Pido un gobierno previsible». Adiós emociones. Si esperaban alguna sorpresa, más les vale cambiar de canal.

Como reincidiendo en la misma idea, la oposición citaría a Dante. «Abandone toda esperanza», replicó poco después Antonio Hernando, el chico de las gafas que lo mismo defiende el no que el ya veremos que todo lo contrario, con el mismo gesto de ser el más listo de la clase. Al mismo nivel que Albert Rivera, que lo mismo se arrima a la izquierda que a la derecha, pero no por su propio interés, sino porque «los ciudadanos que cobran setecientos euros, los que están en situación de dependencia y no pueden soportar más recortes», no pueden seguir viviendo en un país paralizado.

Hasta Pablo Iglesias estuvo clásico, con su retórica de los años treinta: la nueva España, la industrialización…

Previsible, todo tan previsible como el gobierno con el que sueña Rajoy. Al final, lo más llamativo fue el pelazo indie de Marcelo Expósito, ese gran artista que ha pasado del 15-M a la poltrona y que cada vez que chupa cámara le pillan dándole al wasap, como si lo que sucede a su alrededor le aburriera soberanamente.

Y es que, obviando los dardos de Rufián, la investidura de Rajoy ha tenido menos emoción que un solitario con las cartas marcadas, por más que la intriga de qué haría Pedro el Decapitado haya animado un poco el cotarro con un toque de misterio.

Tras el harakiri del PSOE, se acabó el desgobierno. Porque hasta ahora vivíamos sin gobierno, aunque en provincias mucho, lo que se dice mucho, tampoco lo habíamos notado. Vamos, que de no ser por la matraca en prensa y medios que hemos tenido que soportar durante el último año, no nos habríamos dado ni cuenta.

En aquel país sin gobierno, los trenes seguían llegando puntualmente con retraso; las estaciones se sucedieron con la misma informalidad de siempre, y lo mismo sopló el viento sur en invierno que algún día de verano salió torcido. Los famosos del corazón no dejaron de entretenernos con sus líos amorosos, Gran Hermano sobrevivió al despido de la Milá y el Racing volvió a intentar matarnos a disgustos. Siguió sin haber trabajo ni esperanza, pero tampoco nadie nos recortó nada de lo poco nos quedaba.

O sea, que España se seguía pareciendo a una canción de Julio Iglesias: casposilla e intrascendente. Pero el país no se hundió ni sobrevino el apocalipsis. Si no sonase un poco anarquista, lo suyo sería preguntarse qué ocurrirá ahora que por fin ha llegado la caballería, que viene Rajoy a salvarnos del desgobierno. Más que pedir la luna, igual hay que ir pensando en empadronarse allí.

 

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Perro viejo
Javier Menéndez Llamazares 30-10-2016 | 11:39 | 0

Lo que se planteaba en El Sardinero era un duelo de estilos. El chándal de Viadero contra la americana con espais de Rubén de la Barrera. El toque frente a la presión. El talento frente a la inteligencia. Los cazurros serían más jugones, más guapos, más hipsters, pero Viadero sabe más por viejo que por diablo. Y lo iba a demostrar a las primeras de cambio.

En la previa –que viene durando ya unas dos semanas, desde la visita al Bierzo–, mi amigo Fernando Pérez me había hecho un croquis. Son veinticinco años siguiendo la segunda B y contándolo en Radio León y en la prensa nacional. Otro perro viejo. «Si el partido es loco, de ida y vuelta, la cultural te mata. Tiene dos puñales arriba», vaticinó. «Si Viadero es listo, y lo es, planteará un partido tosco, feo, al uno a cero. Y ése sí es para el Racing».

La Cultu, muy previsora, vino con el traje antiniebla; a los aficionados cazurros ni se les veía, pero entre la bruma se les oía animar: «¡Cultural, Cultural!». Diez mil gargantas les acallaron, pero al balón le gusta destrozar cualquier plan lógico. Por eso nos gusta el fútbol, claro. Aunque cuando el visitante te clava una chilena en una jugada de dibujos animados mientras aún te estás acomodando, puede que te guste bastante menos.

Volcarse al ataque, la reacción previsible, podía ser un auténtico suicidio, así que había que activar el plan B. Hacer valer el efecto Sardinero ante un rival que no suele tener más de dos mil y pico espectadores.

Los leoneses parecían querer redimirse en Santander por el 1 a 7 copero, y jugaban como si fueran ellos el club grande. Hasta Córcoles, sin barba, infundía menos miedo.

Sólo hizo falta que el árbitro, un jovencito tan altivo como influenciable, pitara un par de veces en contra de sus intereses para que el míster gritara ¡eureka! O algo mucho más fuerte, porque el árbitro se acercó como un rayo para expulsarle. Y Viadero, con mucha picardía, prolongó el instante todo lo que pudo, soliviantando a una grada que, a partir de ese momento, redoblaría sus esfuerzos. Funcionó.

Existe una especie de comunión entre El Sardinero y su equipo, y en cuanto las cosas se tuercen ambos parecen animarse mutuamente.

Algunos lo entendieron, como Bontempo, que sabe de lo que va este juego, y se dedicaron a calentar a la grada todo posible. Herido en su orgullo, el Racing se metió de lleno en el partido. El empate llegó por avasallamiento, aunque no pudiera consumarse la remontada. A partir de ese momento, la Cultural firmaba tablas, pues se dedicó a jugar con el reloj.

Como en el ajedrez, la jugada de Viadero había funcionado, aunque no hubiera sacrificado precisamente un peón. Más allá del resultado puntual, el Racing dejaba claro que no era peor, ni mucho menos, que unos leoneses que pasaron la segunda parte a merced de los verdiblancos, víctimas de su nefasta puntería.

Pero no se jugaba sólo un partido, sino buena parte de la temporada. Ya sabemos cómo es el temperamento racinguista, que lo mismo da por ganada la eliminatoria de Copa desde el sorteo, que por enterrada la temporada por un para de derrotas. Mejor no andar jugando con fuego. La consigna para este partido era, al menos, salir vivo en la clasificación. Tras un auténtico partidazo, poco faltó para el milagro. Tres palos tuvieron la culpa.

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La novela de Munitis
Javier Menéndez Llamazares 24-10-2016 | 7:30 | 0

Esta semana, Munitis nos ganó por la mano a todos los ‘escritores’ del Racing: «¿quién habrá escrito esta novela?», se preguntaba el gran capitán nada más aterrizar en Ponferrada para comandar a una Deportiva llamada a ser el gran rival de los verdiblancos esta temporada, por más que su arranque haya sido titubeante.

El destino es caprichoso, pero gusta de propiciar los más pintorescos cruces de caminos. Como los buenos guionistas, cuando menos te lo esperas da una vuelta de tuerca y donde sólo había rutina y metraje de relleno en un abrir y cerrar de ojos te encuentras en medio de un torbellino.

Como ayer; lo que debía haber sido un plácido partido contra un equipo en desbandada, hace seis días se convirtió en el duelo del morbo, el partido con más aristas de toda la temporada. La Deportiva no había digerido bien el descenso, y en Ponferrada cometieron los mismos errores que el Racing el pasado año; cuando el presupuesto es tan abultado, es difícil resistir la tentación de fichar jugones y dejar para más tarde la construcción de un equipo.

Desde la perspectiva de Munitis, la historia se repite. Como si fuera un eterno retorno: de nuevo la misma presión, al frente de una plantilla de calidad pero descompensada, y lastrado por un mal arranque liguero. Otra vez su divisa es ‘ascenso o muerte’. Más que una novela, parece una tragedia.

Sin embargo, a la vez es una gran oportunidad de volver a hacer el mismo recorrido, pero en esta ocasión con final feliz. No todo el mundo puede disfrutar de un segundo intento. Y Munitis lo sabe. Es un luchador, una de esas personas que no saben conjugar el verbo rendirse. Y los caprichos del calendario habían querido que debutara contra su equipo, contra ese Racing que para él es una obsesión desde la niñez. Para lo bueno y para lo malo.

¿Cómo no maliciar una posible venganza de Munitis? Más que un pulso contra Viadero, se trataba de un duelo con el pasado, contra sí mismo. El año y medio como entrenador del Racing ha debido ser el más difícil de toda su vida. Se ha cargado contra él con y sin razón, desde todas las trincheras, y siempre con bala.

Antes del partido, en uno de los habituales mentideros por las calles de Ponferrada, comentaba mis dudas: «Munitis es imprevisible», opinaba, pues no tenía nada claro si la Deportiva querría dominar o nos dejaría el balón. «¿Qué dices? Munitis lo que es, es malísimo», sentenció un locutor y bloguero. Da la sensación de que no importa qué haga el gran capitán: siempre tendrá críticos.

Eso sí, para ser justos, hay que admitir que otra parte del racinguismo, tal vez mayoritaria, tenía ayer el corazón dividido. Y es que el Racing le debe tanto a Munitis… En lo deportivo y en lo emocional, sí, pero sobre todo en lo fundamental: en lo económico. De no haber sido por su empeño, por su apoyo incondicional, el año pasado el club tendría que haber hecho colectas por las calles para pagar el autobús de los desplazamientos. Su implicación casi ha rozado la locura…

Sin embargo, los racinguistas íbamos a Ponferrada confiados, aupados en la euforia de una espectacular racha de resultados. Casi se nos había olvidado que esto era fútbol, entretenidos como estamos con la copa y las cuentas de la lechera. Nosotros fuimos a comer pulpo y botillo, pero ni por asomo sospechábamos que, en realidad, nos dirigíamos sin saberlo al matadero.

Porque la Deportiva fue un vendaval. Tuvo todo lo que le faltó al Racing de Munitis: entrega, presión, picardía y hasta un punto de mala leche, con una agresividad en ocasiones excesiva. Y aunque las fuerzas de ambos equipos están muy parejas, ganó por esas agallas. Se jugaban demasiado en el envite, mucho más que los verdiblancos; sólo con ver salir a Heber en el cambio, a cámara lenta, quedó claro que los nuestros habrían firmado las tablas que entonces lucían en el marcador.

Hasta Munitis y Colsa parecían otros, en continua tensión, comiéndose a los árbitros, motivando a los suyos y hasta pidiendo el apoyo de la grada. Habían sido recibidos en El Toralín con una ovación y una nube de fotógrafos, pero ni eso pudo descentrarles. Al contrario, contagiaron su actitud a un equipo hasta entonces melancólico, pero que tras aferrarse a su nuevo guía luchaba por cada balón, convirtiendo hasta los saques de banda en una auténtica batalla. Tanta fue la entrega, que uno de los blanquiazules acabó vomitando durante el partido, extenuado por el esfuerzo, pero aún así quería seguir jugando. Su presencia, sus galones, tienen que imponer en un vestuario, pero está claro que algo habrán visto en él sus hombres para seguirle tan ciegamente.

Tras la victoria, en la sala de prensa parecían haberle abandonado las fuerzas. Un Munitis algo melancólico huía de todo triunfalismo; acababa de resucitar a una Ponferradina que de perder podía despedirse del campeonato de grupo; había ajustado cuentas con el pasado, poniendo en evidencia que en la pasada campaña el problema tal vez no fuera él. Pero en lugar de hacer sangre del rival, enarboló la humildad como bandera y hasta reafirmó su racinguismo. Seguramente había demasiados sentimientos encontrados, que deberá ir reordenando poco a poco.

Al final, la ‘novela’ acabó bien para Munitis, al menos en este primer capítulo. El Racing, ya lo sabíamos, algún día tenía que perder, aunque ojalá no hubiera sido contra un rival directo.

Eso sí, quedan aún muchas páginas del libro. Y, como dice el tópico, el final aún no está escrito.

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Pensionistas sin futuro
Javier Menéndez Llamazares 23-10-2016 | 1:23 | 0

Hay cosas que deberían ser intocables, y tal vez la más sagrada de todas sea la famosa ‘hucha’ de las pensiones. Y es que desayunarse con la noticia de que el año que viene no habrá dinero para la paga extra de nuestros abuelos es como para estar todo el día de mal café, y el resto de la semana planeando una revolución.

Y no sólo porque muchos pensionistas se vayan a quedar a dos velas esa navidad, que también, sino porque en este país tan moderno y tan divertido que les vamos a dejar en herencia a los españoles del futuro, muchas, demasiadas familias sobreviven gracias a las ‘propinas’ de los abuelos. Puede dar la risa, pero si no fuera por las pensiones, media España sería un solar. O tal vez ya lo sea, y no queremos verlo.

Y eso que de vez en cuando viene alguien y te abre los ojos, aunque no te guste. Como hizo esta semana Santiago Niño-Becerra, que en el Foro Económico del Diario Montañés demostró calculadora en mano que las cuentas no salen sencillamente porque el país ha cambiado tanto desde que se diseñó el sistema de seguridad social que, como diría Alfonso Guerra, «ya no lo conoce ni la madre que lo parió».

A mitad del siglo pasado, los españoles ganaban poco pero todos tenían empleo; entre otras cosas, porque el que no lo encontraba emigraba, con lo que además enviaba divisas. Y luego está esa manía que tenemos de vivir cada vez más, por no hablar de la inflación, la economía sumergida y toda esa picaresca que arrastramos desde que el mundo es mundo.

Y lo peor de todo es que, aunque Niño-Becerra asegure que sólo se mantendrán las pensiones si se recortan sus prestaciones, la gran mayoría de los pensionistas son mileuristas, y un cuarenta por ciento gana menos de 750 euros al mes. ¿Qué les van a recortar? ¿La esperanza de vida? ¿O la poca felicidad que les queda?

Este drama se veía venir desde hace años, pero contrariamente a lo que le sucede a Rajoy, las cosas no se nos arreglan solas. Y mientras mirábamos para otro lado, resulta que durante estos años de crisis nuestros políticos han mantenido el tren de vida tirando de donde no debían: de ese fondo de reserva de la seguridad social. Como si fuera la cocina de su casa, donde uno mete mano en el cajón de las monedas para comprar el pan, y ya lo iremos devolviendo cuando se pueda. Lo que pasa es que nunca es buen momento. Nuestros mayores confiaron en el sistema y cumplieron; gracias a su trabajo y sus aportaciones hoy día el mundo es mejor. Pero el sistema no piensa pagarles con la misma moneda, por desgracia.

Claro que en este país lo único que nos importa es si será frío el reencuentro entre Chenoa y Bisbal o cuántos le meterá el Barça al City de Guardiola. El resto, el rollo ése de la política, lo dejamos tranquilamente ‘pa prao’.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es