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Fecha: septiembre, 2016
Este equipo tiene todo
Javier Menéndez Llamazares 08-09-2016 | 1:51 | 2

El fútbol nos debe un título; y no sólo porque nunca hayamos ganado nada, más allá del Trofeo de la Galleta o aquellas Ligas del Norte cuando ni siquiera había blanco y negro. Probablemente una liga no vamos a ganarla nunca –ni siquiera ahora que se llama ‘Liga Santander’, como para poner aun más de manifiesto cuánto ‘pasa’ ese banco del Racing–, pero con la Copa del Rey tenemos una doble espina clavada: la del plante, y la semifinal que nos birlaron en el Calderón con un penalti a kilómetros del área.

Simplemente ver la alineación que presentó Viadero anoche supuso un auténtico alivio: nada de tirar la Copa. Nuestro míster no es de regalar nada. Al contrario; dispuso a su equipo de gala, con el generoso guiño de la alternancia de porteros, para que a Raúl Domínguez no se la haga demasiado larga la temporada. Y sobre el césped, la receta de siempre: líneas juntas, presión constante y mucho talento de medio campo hacia delante.

Que la Llagostera tampoco había venido a pasearse se vio en el primer balón dividido –en concreto, lo comprobó en carnes propias Óscar Fernández, al que arrolló un tren de mercancías por la banda izquierda, que lucía el brazalete de capitán–, aunque contra este Racing, rocoso y con pegada, poco pudieron hacer. Se mantuvieron en el partido gracias al juego duro y a un árbitro de opereta, pero el equipo de Viadero les maniató desde el principio.

El partido, además del resultado y las expectativas abiertas para próximas rondas, nos sirve para conjurar los fantasmas de la última fase de ascenso: este Racing sí es competitivo. Y otro tópico que rompe es de la falta de gol, un mal endémico en las últimas décadas en El Sardinero. Se estrenó Caye Quintana, con hechuras de gran delantero –y eso que al principio recordaba demasiado a Rosenber, aquel sueco que ldestacaba por su calidad, visión de juego, yelegancia… Todo lo hacía bien, menos marcar goles; menos mal que, en el caso de Caye, fue una falsa alarma–, aunque quien más brilló fue Heber, que marcó un gol de antología. Y lástima el mano a mano de Aquino, que rompió su racha.

El único punto negativo lo pusimos los aficionados. Por megafonía anunciaban orgullosos que ya hemos pasado por caja siete mil quinientos sufringuistas, pero en Los Campos de Sport no había ni quórum. Qué vamos a hacerle, si sólo nos gusta estar a las maduras…

En cualquier caso, el equipo consiguió encandilar al público con su juego, y la animación era tal que el estadio parecía estar llena. Al final, se cantaba en La Gradona: «este equipo tiene toque, este equipo tiene gol, este equipo tiene todo para salir campeón». Sólo faltó añadir que tiene picardía para cerrar los partidos, y garra a raudales, porque hasta los jugadores más técnicos, como Álvaro Peña, meten el pie y luchan con una entrega de auténticos gladiadores. Y un entrenador cuya apuesta por la cantera no es un farol: con el dos a uno y todo en juego, sacó a dos canteranos.

No sabemos si Luisito, como presumía el otro día, haría maravillas con esta plantilla y este presupuesto, pero hasta el momento el que las está haciendo es Viadero.

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No te lo crees ni tú
Javier Menéndez Llamazares 05-09-2016 | 5:47 | 0

Eso dijo Luisito, el míster del Pontevedra: que ni Coulibaly podía creerse que había metido aquel gol.

A la parroquia verdiblanca no le hizo ninguna gracia el comentario, presumiblemente por la carga de menosprecio que llevaban sus palabras, aunque puede que también tuviera que ver que el resto del partido no estuvo demasiado acertado, en especial en la segunda parte.

En cualquier caso, quitar mérito al gol de Coulibaly parece más bien una rabieta infantil. Para empezar, porque venía precedido de una imprecisión de los centrales visitantes, que se trastabillaron con un balón que acababan de cortar –como muchas otras veces más les sucedería a lo largo del partido–, y para continuar porque en la jugada Aquino y Couly se comieron a los defensas, les apabullaron, y para terminar porque, le guste más o menos al entrenador, al delantero le salió un gol para enmarcar, un zapatazo inapelable que se coló por la misma escuadra.

A Luisito, que tanto cuida su ‘look’ de rumbero de los ochenta, no le vendría mal aprender a encajar deportivamente los méritos ajenos, por mucho que le escuezan. Ya sabemos que tiene sus limitaciones pero, como diría Churchill, ‘es nuestro Coulibaly’. Mejor que no lo toquen.

Aún así, Coulibaly se llevó ayer los mayores aplausos en los Campos, pero quien de verdad brilló fue el que promete ser la gran estrella del equipo en esta y ojalá que en próximas temporadas: Dani Aquino.

A pesar de que su pretemporada había sido más discreta, su racha de gol por partido no sólo resulta espectacular sino además merecidísima. Juega de espaldas, toca todos los balones de ataque, mueve a la defensa y además deja destellos de calidad a la mínima de cambio. Eso por no hablar de una entrega mucho mayor de la esperada por su trayectoria. Ciertamente, resulta incomprensible que un jugador con esa clase y esa entrega no esté triunfando en categorías superiores. Se ve que era el destino, que había de traerle a Santander para redimir a este Racing que, por primera vez, arranca la temporada con la mayor de las solvencias.

Y es que pinta bien, pero que muy bien, este nuevo Racing. Tras el debut frente al Palencia, era obligado poner coto al optimismo, pues los castellanos no venían en las mejores condiciones. En Vigo se arrancó un empate que supo a poco, de modo que el encuentro contra el Pontevedra tendría que servir para saber si realmente tenía razón Viadero o no al asegurar que tenía el mejor equipo de la categoría.

Que confiaba en los suyos lo demostró con la alineación: no se volvió loco por hacer debutar a Caye Quintana. El ‘nuevo’ debe ser un figura, pero resulta que el resto del equipo no le va a la zaga.

Eso sí, lo mejor del partido, y de lo que va de temporada, lo hizo un novato, Sergio Ruiz, que se inventó un pase de treinta metros desde el cruce de líneas lateral y central que se coló entre los dos centrales y le cayó a los pies a un Coulibaly que, con todo a favor, no supo qué hacer con él. Sergio nos va a dar muchas alegrías, y Viadero lo sabe.

 

Lo peor del partido llegó cuando a punto de terminar la primera parte, le llueve del cielo un balón a Iker Alegre en el área grande. Uno de esos balones con los que sueñan los delanteros: plácidamente bombeado, sin defensas alrededor y forzando al portero a una media salida que se prometía fallida. Una bicoca.

Claro que los que están hechos para el sufrimiento, cuanto más fácil lo tienen, más se complican la vida. Alegre quiso pincharla, pero el pie de apoyo se le clavó en el suelo y la rodilla quiso girar sobre sí misma. Lo que podía haber sido un gran gol, uno de esos tantos con valor psicológico por el momento del partido, y porque además marcar sin demasiado merecimiento sabe todavía mejor. Pero Iker Alegre parece que se contagió de ese espíritu de la desgracia que tan a sus anchas campa a menudo por los Campos de Sport, y quiso dejar constancia de que sin problema ninguno podría haber pasado por un sufringuista más. Ojalá que la lesión no sea grave, aunque parece que pintan bastos.

Y un detalle que humaniza a las estrellas del deporte: Quique Setién en la grada, grabando en vídeo el debut de su hijo Laro. Poco importa el liderato de liga o su historial impresionante: al final, era un padre más emocionado por ver a su hijo con la camiseta del club de su vida.

 

 

 

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Empate técnico
Javier Menéndez Llamazares 04-09-2016 | 5:51 | 0

Poco importa lo que hubiera ocurrido en las dos últimas sesiones de investidura: si hubiera salido presidente uno u otro, media España se habría llevado las manos a la cabeza, desesperada. Porque es posible que hayamos superado el bipartidismo –y no sólo porque el juego de siglas sea ahora más plural–, pero lo que sí parece evidente es que la polarización no afecta tanto a lo que queremos, sino a quién no queremos en el gobierno.

Con escasísimo margen de diferencia, se diría que la mitad de la población está en contra de que gobiernen ‘los otros’. Para algunos sería una catástrofe dejar en manos de los progresistas un país que, entonces sí, avanzaría a directo a su autodestrucción. Para otros, lo intolerable es que el partido que repartía los sobres de Bárcenas siga oprimiendo a los más humildes. Hay matices, sí, pero básicamente así están los bolos pinados. Gobierne quien gobierne, reinarán el descontento y el revanchismo a partes iguales.

El problema, o la ventaja, es que ese empate técnico que parece haber en las calles se ha trasladado a un parlamento en el que no exista la menor cultura del pacto ni del consenso, lo que le convierte en ingobernable, a menos que se quiera entrar en la peligrosa senda de los nacionalismos. Y eso que algunos partidos son capaces de cualquier pirueta ideológica con tal de llegar al poder.

Ni siquiera es posible cargar las tintas –al menos, en exclusiva– sobre las imperfecciones de un sistema electoral tan imperfecto en el que los escaños ‘cuestan’ más o menos según la provincia a que representan, por no hablar del manifiesto atropello de las minorías que supone la ley D’Hondt; recalculando los resultados de junio a circunscripción única y sin correcciones porcentuales, el hemiciclo mantendría una fragmentación muy similar, por mucho que pudiera resultar más representativo de la realidad española.

Así las cosas, y como en este deporte no hay penaltis después de la prórroga, se diría que estamos abocados a unas terceras elecciones, y quién sabe si no unas cuartas, mientras no produzca algún cambio significativo bien en el voto de los ciudadanos, bien en la ley electoral, o bien en el juego político, que siempre se ha dicho que produce «extraños compañeros de cama».

Es de suponer que, en algún momento, y antes de jugarse a pares o nones el gobierno, se acabe pactando alguna fórmula tipo ‘segunda vuelta’ que permita desbloquear la situación, pero de momento nadie parece acordarse de que ha habido una gran cantidad de españoles que no se han pronunciado, ni en la primera ni en la segunda llamada a las urnas.

Un treinta por ciento de ‘no sabe, no contesta’ supone muchos millones de votos, casi tantos como los que hoy protestan no por el desgobierno, sino porque no gobiernen ‘los suyos’. Sería bueno que esa inmensa minoría opinara.

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‘El libro de los espantos’, de Pablo Gallo y Beñat Arginzoniz
Javier Menéndez Llamazares 02-09-2016 | 5:53 | 0

Entrañable serie B

 

Título: El libro de los espantos. Autores: Beñat Arginzoniz y Pablo Gallo. MICRORRELATOS. Ed. El Gallo de Oro, 2016. 109 pág., 15 €.

En las dedicatorias de esta obra –para las que Pablo Gallo utiliza tinta blanca, pues las páginas de cortesía aparecen de luto, completamente en negro–, el pintor suele escribir: «Para X, este espantoso libro». Y ciertamente se trata de un libro de espantos, o más bien de personajes espantados, en el que el pintor da rienda suelta a su pasión por la serie B: iconografía del mediados del XX y una temática que oscila entre el misterio y el horror.

Sin prólogos ni preámbulos, el libro da paso a una galería de personajes capturados en el preciso instante del espanto –entre los retratos aparecen incluso un perro, un mono y quién sabe si hasta un editor; quien sí que aparece horrorizado es un lector en pleno acto–, aderezados cada uno con un microrrelato alusivo firmado por Beñat Arginzoniz, cargados de un fuerte simbolismo hasta el punto de que en ocasiones casi parecen prosa poética –«Alguien te habita: un animal extraño vive oculto en el fondo del deseo»–, aunque en su mayoría glosan los personajes que Gallo propone, y que parecen sacados de una película en blanco y negro, con ese estilo tan particular del pintor en el que se combinan pop y expresionismo, apostando un trazo grueso y una estética claramente retro, en este particular homenaje al terror, al susto, a la plasmación gráfica del miedo. Todo, obviamente, desde una atmósfera mucho más irónica que siniestra; y es que abunda el humor negro, como cuando de un muerto con un pastel en la mano se afirma que «murió de la muerte más dulce».

La disposición de texto e ilustración induce a pensar que se trata de un texto ilustrado –las páginas impares, las más destacadas según las teorías de prácticas lectoras, se reservan para la tipografía, mientras que en las en teoría secundarias pares aparecen los dibujos–; sin embargo, hay un detalle que nos lleva a deducir precisamente lo contrario: que se trata de un libro de estampas ‘ilustradas’ por los microrrelatos.

Y es que en la página 19, tras la imagen de un hombre que mira –con espanto, como no podía ser menos– un pequeño papel, Arginzoniz nos dice que «la muerte por un cheque sin fondos podría ser el título de este dibujo». Así pues, parece claro que la génesis de la obra se produjo en ese orden: primero Gallo plasmaba sus dibujos, y después el escritor ideaba un texto ad-hoc. Lo que, además, da sentido, aparte del cronológico, a la ordenación de imagen y texto.

Aunque el libro esconde innumerables detalles, juegos y guiños que, además de reflejar el deleite de los autores con su trabajo, construyen un nexo muy especial de complicidad con el lector. Por ejemplo, en las páginas 34 y 35. En la impar, el texto habla de la sed en el desierto, con la única solución de ‘besar’ un cactus. Y se alude a un «Pablo en el desierto», que sufre de ensoñaciones artísticas, «como el Gallo (sic)». El juego de metarreferencias se completa, obviamente, con un autorretrato del pintor, de quien asegura Arginzoniz que su «arte sigue girando entre la profecía y la alucinación».

Sorprende, eso sí, la visión de sí mismo que nos traslada Pablo Gallo, mientras sujeta un cactus con las manos sangrantes. Se diría que el espanto, como la tele, engorda.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es