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Fecha: agosto, 2016
La historia inteligible
Javier Menéndez Llamazares 30-08-2016 | 6:42 | 0

El historiador Joseph Perez, en los Martes Literarios de la UIMP

La historia, como todas las ciencias, tiene algo de muñeca rusa; si, como asegura Manuel Arce, «el arte nace del arte», a poco que profundicemos en el trabajo de cualquier historiador acabaremos topándonos con la tradición en la que se apoya, la investigación de aquellos que podríamos considerar sus maestros.

Si el empeño de este historiador es, más que divulgar la historia, hacerla comprensible, para entender a Joseph Pérez resulta inevitable recurrir a Pierre Vilar, y su manera de entender la historiografía. ‘Historia total’, la llamaba, y entre otras novedades metodológicas aportó el estudio de la economía como fuerza subyacente a muchos fenómenos sociales. Pero su empeño, sobre todo, incidía es escribir una historia tan rigurosa como comprensible. Y cualquiera que haya sufrido los incomprensibles manuales universitarios sabe de la importancia de que un texto resulte inteligible.

Con respecto al rigor, hubo un tiempo en el que la historia de España, al menos la más objetiva, se escribía desde fuera. Un tiempo en el que los hispanistas eran franceses o ingleses, porque desde nuestro propio país se preferían anteponer intereses partidistas, en lugar de aplicar criterios científicos.

Por supuesto, esta situación no supone nada nuevo, ni algo exclusivo de la dictadura de posguerra; la utilización de la historia con fines políticos debe de resultar ancestral, pero los primeros casos evidentes en nuestro país se dan con los cronicones medievales, un ejemplo de cómo fabricar el pasado a medida del presente.

Que la historia la escriben los vencedores es un lugar común, pero también una triste realidad contra la que ha luchado Joseph Pérez durante toda su vida. Aunque su discurso haya incomodado a algunos. Lo hizo, por ejemplo, al defender que antes del año 711 resulta difícil hablar de España, pues es un concepto posterior.

Pero sobre todo lo hizo al desmontar la famosa ‘leyenda negra’ que ha acompañado a nuestro país desde que Guillermo de Orange descubriera que la intoxicación informativa era un arma de guerra tan eficaz como los arcabuces contra el imperio de Felipe II. Gracias a Joseph Pérez, pudimos quitarnos de encima muchos complejos que, como españoles, han acompañado a tantas generaciones.

Claro que la historia no sólo sirve para relatar el pasado, sino también para comprender el presente. Aunque sea para asombrarse, como declararía Joseph Pérez en 2014: «no acaba de entender la reivindicación de los catalanes»: «No veo discriminación en Cataluña. No se prohíbe la sardana ni ningún aspecto de su cultura. Si dejan de sentirse españoles y forman un Estado, esa respuesta la tienen los catalanes. Tendrán que decidir si quieren separarse de aquellos con los que han convivido desde la Edad Media».

Precisamente en estos días, con los planes de la CUP en marcha –ya han puesto fecha a la independencia de Cataluña–, la historia como Joseph Pérez quiere hacérnosla entender está más vigente que nunca.

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La maldita camiseta negra
Javier Menéndez Llamazares 29-08-2016 | 6:44 | 0

Lo de volver de Vigo de vacío se estaba convirtiendo en una costumbre, más que improductiva, bastante molesta. Por si fuera poco el desgaste del viaje –uno de los desplazamientos más largos de la temporada–, que año tras año un tal Borja Iglesias nos marque el gol de la victoria tiene ya algo de recochineo, sobre todo teniendo en cuenta que nos enfrentamos a un filial y, en nuestro fuero interno de racinguistas, sentimos que el rival debería ser el Celta y no su equipo promesas. Si ya, además, nos relegan a Barreiro, un campo poco menos que auxiliar, la espina se va clavando cada vez más adentro.

Esa manía de Iglesias de tumbarnos con sus goles hace recordar aquellas eliminatorias internacionales del baloncesto de finales de los ochenta, cuando el hasta entonces triunfal Real Madrid encontró a su bestia negra en forma de yugoslavo rizoso y burlón. Petrovic no sólo te ganaba, sino que además se reía de ti. Cuando los blancos se aburrieron de perder, encontraron la solución: ficharon al escolta, y se acabó el problema. De hecho, ya sólo lo dejarían salir en dirección a las ligas profesionales, no fuera que la historia se repitiera. Aunque los madridistas sí que la repetirían: Sabonis, Kurtinaitis… Si no puedes con tu rival, fíchalo.

Tal vez el Racing debería empezar a plantearse una estrategia similar, a ver si de una vez conseguimos salir de esta categoría.

En cualquier caso, Viadero sí parece haber encontrado soluciones. Por el momento, se acabó esa racha de derrotas; Borja Iglesias marcó su gol, como mandan los cánones, pero esta vez el Racing no se volvió con cara de circunstancias. Y es que este nuevo equipo tiene demasiado carácter como para dejarse amilanar por ningún rival.

Y eso que, aunque el partido arrancó bien, el respeto del Celta no duró más allá del primer cuarto de hora. De los escarceos iniciales de César Díaz pasamos a vivir con el miedo en el cuerpo, cada vez que el locutor advertía de un nuevo ataque celeste. De pronto, descubrimos que uno de los poderes de Viadero es la clarividencia, porque supo anticiparse al dominio rival mucho antes de que ocurriera. Algo iba mal, debía de barruntar desde el banquillo, incluso cuando Sergio Ruiz estuvo a punto de consagrarse con un zapatazo desde fuera del área. Pero las apariencias no le engañaron: el Racing iba por mal camino.

Si Viadero hubiera sido supersticioso, seguro que le habría dado por cambiar la camiseta, quitase esa negra que parece tener un mal fario al que nadie es capaz de poner remedio. Sin embargo, el míster es más bien pragmático, y en lugar de las equipaciones prefirió cambiar a los que la portaban. Al menos, a uno de ellos.

Y desde luego que Viadero acertó, porque fue hacer el cambio y llegar el gol rival; aunque fuera por la banda contraria a la que pretendía reforzar.

Aún así, el paso del tiempo –y por la sesión de terapia que debió de propinarles en el descanso–, acabaría por demostrar que el entrenador no se mueve por impulsos, sino que sabe muy bien lo que se hace. Sus reflejos salvaron el partido, aunque fuera a costa de minar la moral de uno de sus mejores pupilos.

Cambiar a un jugador a la media hora de juego no suele ser muy buena señal; o bien demuestra que el entrenador se ha equivocado con el planteamiento inicial –o, al menos, con la elección de la alineación–, o bien que hay algo que no funciona como el preparador quiere y decide arreglar la situación por la vía más drástica.

En rueda de prensa, Viadero quiso quitar hierro al asunto, asegurando que podría haber cambiado a algún otro jugador, pero lo cierto es que la sustitución prematura de Óscar Fernández es un claro mensaje de vestuario. O bien el futbolista no estaba siguiendo sus órdenes, o bien consideraba que su entrega no era necesaria. En cualquier caso, con su sustitución le señala, y más vale que nuestro joven valor se aplique en complacerle, porque la competencia por el puesto es grande. Grande y musculosa. Y entre el talento y la garra, no sabemos qué elegirá Viadero; de momento, ha estado apostando por la calidad de Óscar, pero esta corrección sobre la marcha puede hacer que Coulibaly le quite el puesto. Incluso, a pesar de la notoria falta de generosidad que demostró en El Sardinero el pasado domingo, negando a Goñi un pase de gol.

En fin, menos mal que el domingo, en los Campos de Sport, el Racing lucirá la camiseta blanca, y no la negra.

 

 

 

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Pasión por el vinilo
Javier Menéndez Llamazares 28-08-2016 | 1:20 | 0

Un recorrido por la Feria del Disco de Santander

 

La feria, como la vida, es una continua fuente de sorpresas, encuentros y desencuentros. Encuentros como los de los coleccionistas locales, un mundo pequeño por lo reducido de su número y también porque, a lo largo del año, la oferta en Santander se encuentra tan localizada que resulta imposible no acabar coincidiendo, hasta que los rostros resultan ya familiares.

Pero no sólo se reencuentran los coleccionistas, porque la feria atrae a muchos visitantes, curiosos o simples paseantes que se acercan a husmear entre los puestos; a fin de cuentas, la música tal vez sea, junto con el cine, el arte más popular del último siglo; al menos, la música popular, pop y rock incluidos.

Y también hay encuentros que no por inevitables resultan menos gratos; por ejemplo, en el primer stand coloca y recoloca sus discos Antonio Pérez, un viejo conocido de la feria, pues era ya habitual en la época en que su sede era el Santemar. Pero su cara resulta también conocida para muchos de los veraneantes, y casi todos los coleccionistas que aprovechan los viajes a Madrid para proveerse de discos, pues regenta ‘Bangla Desh’, la mítica tienda de Costanilla de los Ángeles, un paraíso para completistas y otros viciosos del vinilo.

«Me tocó elegir entre tomar mi semana de vacaciones o venir a la feria de Santander; al final decidí compatibilizar las dos cosas», cuenta, justo antes de asegurar que la feria, por una vez, «va bien». Para la ocasión, se ha traído una buena selección de indie nacional, con algunas piezas inencontrables, como la primera edición de ‘Agujeros de gusano’ de Izal, con una tirada de tan sólo cien copias y que se financió por crowdfunding; de hecho, los benefactores aparecen en la portada del elepé.

Pared con pared nos topamos con Carlos Valle, uno de los mayores coleccionistas nacionales de psicodelia y rock cósmico. Pero sobre todo es conocido desde hace años por su puesto cada domingo en el mercadillo del túnel, cuya especialidad son las ediciones estadounidenses expresamente importadas para su tienda informal. Sorprende el curioso nombre elegido para su stand, ‘Caemu’. En seguida nos aclara con un guiño nostálgico que el acrónimo –Compañía Acústica Experimental de Música Utópica– era el nombre del grupo musical santanderino que fundó en su juventud.

A la feria ha traído, sobre todo, música de los sesenta y setenta, psicodelia, progresivo y hard rock. Entre otras delicatessen, ofrece un ejemplar de ‘Incense And Peppermints’ de Strawberry Alarm Clock firmado por la banda en un concierto en Bilbao, por el que pide 30 euros. Claro que la verdadera joya ya no está disponible: en un cajón de singles apareció un EP de ‘Los Nada’, el mejor grupo de Muriedas.

Curioseando por los puestos también puede verse a algunos músicos locales, como Pablo Gregor o David deLlera; al bibliófilo Roberto de la Lastra o al magistrado Ernesto Sagüillo. Hay sorpresas, como descubrir el alma melómana del gerente de la UC, Enrique Alonso, quien se toma su tiempo para inspeccionar uno a todos los vinilos de cada puesto. Los inevitables desencuentros llegan cuando ves volar el disco que más querías: le sucede a Cinta Suárez, que se ocupa de ayudar a los enfermos en Valdecilla. Buscaba el ‘Parallel lines’ de Blondie, pero no ha habido suerte. Al que suscribe le ocurre algo parecido en el túnel con un tipo que se le adelanta siempre; en el siguiente puesto le confirmarán que, efectivamente, hoy también él ha llegado antes.

En el siguiente puesto, Citadel Records, Esther ofrece láminas de motivos musicales enmarcadas a precios muy asequibles. «Hay que diferenciarse; mi fuerte es la decoración y la colocación», asegura. Y hay un cuadro de Nick Cave que me mira como si quisiera venirse conmigo a casa. Y por sólo 15 euros.

Me cruzo con Ana y David Gimeno, que es informático y además un base de baloncesto abnegado y generoso. En la bolsa que llevan se intuyen dos elepés, aunque no se transparenta lo suficiente para poder ver los títulos. «Es para mi suegro», me explican mientras me enseñan un disco de canciones montañesas y otro de Manolo Escobar.

El siguiente puesto está muy concurrido; en Discoloco mantienen una actividad febril, asistiendo a ferias o con su tienda virtual, aunque tampoco está de más echar un vistazo por su almacén de Collado Villalba: tienen prácticamente todo. Pero a la feria han traído además objetos de lo más friki, que a buen seguro harán las delicias de los cuarentolescentes. Hay muñecos de Kiss y pequeños Lord Vaders, pero lo que más lucen son las lámparas de tetris. Y son tuyas por 45 euros.

En Discos Cucos juegan en casa, y además apuestan por los precios populares, con cajones de elepés a un euro. Eso sí, el single ‘Surfin Safari’ de Melopea lo han tasado en 15 euros. Pero además tienen uno de los productos más buscados por los coleccionistas, las agujas de diamante, que cuestan entre 22 y 40 euros. Nos cuentan que los únicos que las fabrican en España son Fonestar, una empresa de Camargo. Y mientras se nos va los ojos al medio centenar de adaptadores para single que tienen escondidos al fondo de la mesa.

En la caseta de los jerezanos Disco por 1000 descubrimos que en los puestos no sólo se vende, sino que también se compra. Como les ocurrió en León, donde adquirieron la discoteca completa de un locutor de radio, Gelete. Dieciséis mil singles. Pero Juan de Dios prefiere mostrarnos sus otros discos estrella, como la discografía de Mar Otra Vez, primeras ediciones por 35 euros.

Los madrileños de Discos Ziggy completan su oferta con camisetas rockeras a buenos precios, pero sobre todo llama la atención el ejemplar de ‘Música para la libertad’ de Bloque que tienen a la venta por 20 euros. Sí, en efecto, es el mismo que puede verse en el MAS, en la exposición ‘Vinilos’, ilustrado por el cántabro Jesús Alberto Pérez Castaños en 1981.

En ‘El Trastero de Alfredo’ ojea los discos de revival el historiador Julián Sanz Hoya; lleva un niki de Elvis, «comprado en Memphis», puntualiza. Pero la atención se nos va a las estanterías, que parecen de un anticuario: Cámaras de super 8, publicidad de los años treinta, los irrompibles teléfonos góndola, cintas de pianolas, odres de esparto… Hasta una báscula romana o hilanderas de cola-cao se han traído desde León.

Pero además les acompaña un viejo amigo, el coleccionista Félix Martínez. «Estoy vendiendo parte de mis discos, pero es para poder seguir comprando más», nos confiesa. «Aunque bueno, también los cambio, que las ferias son para eso, para el trueque». Pide 60 euros por ‘Policlínico miserable’, de Siniestro Total; es muy difícil de encontrar porque se publicó cuando el vinilo entraba en decadencia, y apenas se tiraron unos centenares de copias. También tiene ‘La caja de los truenos’ de Deltonos por 20 euros.

Un poco más allá, La Bomba Records se han traído desde Oviedo discos de Doctor Explosion y un recopilatorio de Ilegales que desconocía, ’20 canciones’, pero Susana Fernández prefiere no darse importancia: «En Asturias no es raro, lo tiene todo el mundo». Cosas de la oferta y la demanda. Ella prefiere recomendarnos un doble elepé de Kiss, con la portada tridimensional, por 45 €.

Aunque no es muy partidaria de transportar tanto material valioso –«desde que hay internet ya no se viaja»–, nos transmite su satisfacción por la feria santanderina: «era un mercado que había que explotar; y es curioso, pero se está vendiendo muy bien el cedé, toda una sorpresa». Misterios del hipsterismo.

Tras la curiosa propuesta de La Reciclería, con objetos decorativos artesanales de temática sobre todo surfera, el contrapunto exótico lo ponen los expositores extranjeros; uno es Klaus, que en lugar de abrir su propia tienda prefiere la vida seminómada del feriante, y recorre todos los mercados cercanos a Berlín. En su tocadiscos –retro pero actual– suenan los mexicanos Toncho Pilatos, y mientras me cuenta que estudió español en el instituto y que es un lengua que siempre le ha gustado, suenan las sirenas del ferry y al teutón se le ilumina la cara. «Me recuerda a Hamburgo, mi ciudad natal». Seguramente de su puesto un buen amante del deutschrock se llevaría muchas joyas: ‘Autobahn’ de Kraftwerk, ‘Ege Bamyasi’ de Can o incluso el ‘Heroes’ del Bowie más berlinés. Todos a 18 euros.

El otro feriante internacional se llama Gilles Amoros y viene desde Po, en Francia, aunque no es exactamente un novato: ya había participado en la feria santanderina en el año 2002. Está especializado en los años sesenta y setenta, aunque lo que más llama la atención son algunos clásicos de los cincuenta, en especial los singles. Colgado en la pared, el ‘Da doo ron ron’ de The Crystal es todo un objeto de deseo, del que sólo nos separan 40 euros.

Y como cierre del recorrido, un dj ameniza la tarde desde la última caseta, formando alrededor una improvisada y animada tertulia.

Las ferias son un universo en sí mismas, como vamos descubriendo poco a poco. En muchos puestos oímos preguntar: «¿Hasta qué día están?». Algunos feriantes se preguntan si es que van a posponer las compras hasta el último día, pero otros nos revelan que la inmensa mayoría nunca regresa. «Las ferias también tienen una función terapéutica; en estos tiempos todos necesitamos compañía, hablar, y hay hasta quien quiere venderte discos que sólo existen en su imaginación. Ojalá supiera escribir para hacer un libro con todo lo que me ha pasado», confiesa Félix Martínez. Pero claro, esa sería otra historia…

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Citius, altius, fortius
Javier Menéndez Llamazares 28-08-2016 | 1:05 | 0

Eso de volver a casa con una medalla olímpica tiene que molar mucho. Ser el mejor del mundo en algo, y encima que te suban a un cajón con el número uno y los telediarios canten tus alabanzas…

Aunque sea con un diploma, o con el mero orgullo de haber competido entre los mejores, tiene que resultar inolvidable que te den un paseo por tu ciudad en autobús descubierto y que en la plaza principal te reciban tus vecinos enfervorizados y hasta el alcalde como si fueras míster Marshall.

Lo que ya no debe de tener tanta gracia es que lleguen los de la ‘cáscara amarga’ y se quejen de que si se mezcla la política con el deporte o de que una vez hiciste un feo al Racing.

Y es que lo del politizar el deporte resulta un debate de lo más manido ya, en el que se da la paradoja de que todos estamos de acuerdo, excepto los políticos. Sean del partido que sean, si están en la oposición lo denuncian, escandalizados, pero una vez en el gobierno son incapaces de resistir la tentación.

Pero, ¿para qué perder el tiempo con lo que no tiene remedio? Visto que Mahoma no va a la montaña, la única solución que nos va a quedar sería ‘deportivizar’ la política. O, al menos, intentarlo.

Aunque nada de hacer unas olimpiadas del ‘trinque’ o las promesas electorales, no. Para empezar, podrían aplicarse aquella máxima de Pierre de Coubertain que aseguraba que «lo importante es participar», y no ganar. Porque mucho hablar del bien común y el servicio público, pero a la hora de la verdad lo que hay es una competencia feroz, una guerra sin cuartel por conseguir el sillón o el bastón de mando.

Tampoco estaría de más echarle algo de espíritu deportivo al asunto; a la hora de respetar al rival, a la hora de aceptar las derrotas –en lugar de culpar a los ciudadanos, que no saben votar– y hasta para asimilar las victorias, y no dejarse llevar por el triunfalismo y la sed de venganza. Apostar por el juego en equipo, por ejemplo, no nos vendría mal, porque no sólo se puede gobernar con mayorías absolutas.

Lo imprescindible, eso sí, sería fijar unas reglas de juego, iguales para todos, en lugar de favorecer siempre al pez grande. Fijarlas y, además, respetarlas. Juego limpio.

Aseguraba Eduardo Galeano que «uno puede cambiar de religión o de partido político, pero no de equipo de fútbol», aunque lo cierto es que en España de partido no cambia nadie, ni aunque vea con sus propios ojos a su candidato metiendo la mano en la caja o atropellando huerfanitos. Lo demuestra este bucle electoral en el que estamos metidos, y en el que, hagan lo que hagan ‘los nuestros’, seguimos votando con la fidelidad y el espíritu crítico de un hincha.

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El reto del principiante
Javier Menéndez Llamazares 26-08-2016 | 5:48 | 0

El comisario Llaneza rememora su primer caso, el español que liberó París de los nazis

 

Título: La muerte abrió la leyenda. Autor: Alejandro M. Gallo. NOVELA. Ed. Reino de Cordelia, 2016. 264 pág., 18,95 €.

Pese a lo estricto que suele ser el género negro, Alejandro Gallo sabe que las convenciones están para romperlas. Así que, del mismo modo que el detective Llaneza es un policía atípico –o, al menos, poco vocacional, si es que no resulta bastante pintoresco el interés por el bando republicano en un comisario de la época por mucho que se sitúe en los últimos coletazos del franquismo–, para ‘La muerte abrió la leyenda’ no elige un arranque al uso: en lugar de con un asesinato, todo arranca con una entrevista radiofónica. Y no entraremos en si algunas formas de periodismo pueden ser o no un crimen, pero lo cierto es que en el programa ‘Black friday night’ descubren que, en lugar del suero de la verdad, la mejor forma de soltar la lengua del comisario es ofrecerle chorizo de León. Picante, en concreto.

Una vez avivada la nostalgia por el pimentón y los sabores de la infancia, el locutor David Panadero conseguirá sonsacar al policía los pormenores de su único caso sin resolver, que fuera precisamente el primero.

Así, la acción se retrotrae a la primavera de 1972, con un bisoño subinspector Llaneza recién instalado en su primer destino, una comisaría de Castellón en la que campa a sus anchas la temible brigada político-social, el cuerpo de represión de la dictadura. Falta, claro, el cadáver. Será un ingeniero chileno, tras cuya muerte descubren que, tras su falsa identidad se ocultaba un tal Amado Granell, nada menos que el combatiente español que, en uno de los tanques de la resistencia, encabezaría la entrada en París de las fuerzas aliadas. Condecorado por la República Francesa, su fallecimiento ocurre precisamente cuando se dirige a la embajada para tramitar una pensión. Así, un mero trámite derivará en una investigación compleja y molesta, que acabará por destapar los más turbios asuntos de la aparentemente idílica provincia.

Por supuesto, la novela no va a defraudar a los seguidores de Gallo; no falla en su habitual estilo, de toma y daca, con diálogos trepidantes y un impagable deje de irónico desencanto. Narrado en primera persona, el uso del presente en varios pasajes confiere al relato un ritmo vertiginoso, incluso en las escenas más pausadas. Además, la estructura temporal resulta muy atractiva, pues se narra desde el presente, con sucesivos flashbacks hasta cerrar la retrospectiva con un final sorpresivo, de vuelta ya a nuestros días pero que conecta historia y futuro.

Hay, además, una interesante relación entre la trama y algunas canciones que aparecen en el relato; desde el ‘This land is your land’ de Woody Guthrie hasta el ‘My man’, de Diana Ross. Y toda una serie de referencia culturales, reflejo del universo personal del autor –no olvidemos que es licenciado, entre otras cosas, en filosofía–, que alude a Aristóteles o a Guillermo de Ockham y su ‘navaja’, aparte de a la Alicia de Carroll o a Max Aub.

En definitiva, estamos ante una novela con el inequívoco ‘sello Gallo’, que supone además una ‘precuela’ de otras obras del comisario Llaneza, y que profundiza en el habitual interés del autor por la memoria histórica.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es